Continuo auditae uoces uagitus et ingens
infantumque animae flentes, in limine primo
quos dulcis uitae exsortis et ab ubere raptos
abstulit atra dies et funere mersit acerbo.Eneida VI: 426-29
Cuando se despertó de mañana tras los sueños agitados de la
noche, se encontró con que la fiebre había desaparecido. Sin que nadie le viera,
salió de casa al alba, llevando sólo lo necesario para un agradable paseo
por el campo, una decisión que nunca tendría tiempo para lamentar lo
suficiente. No son estas tierras benévolas, ni tampoco lo es su sol
abrasador, con el caminante que se atreva a atravesar sus parajes
desiertos en esta época del año, más propicia para dormitar en la penumbra
fresca. Las primeras horas se sucedían placenteras mientras caminaba en el
frescor de la mañana por terrenos yermos y agostados. La monotonía de los
campos segados era rota solamente por algunos cerros pelados de laderas
calcinadas. Y poco a poco, inexorablemente, el sol subió a lo alto del
cielo. No sé durante cuánto
tiempo estuve así adormilado. Sentí un escalofrío, como si estuviera en
una corriente de aire frío. Entonces supe que alguien me observaba, y mis
ojos se abrieron rápidos con miedo. Sobre el banco de enfrente está echado
un perro de dos palmos de alzada, con una cabeza a todas luces demasiado
grande para su cuerpo que parece soportarla a desgana. Uno de sus ojos es
de una blancura opaca y el otro me mira pero parece que está mirando a
través mío, a algún punto en la distancia. La inmovilidad del animal me
tranquiliza. Es muy viejo; su pelaje ralo y descolorido, de una tonalidad
de gris difícil de definir; sus mandíbulas encajan mal y sobresalen unos
dientes desgastados y amarillentos que en su día debieron ser feroces y
amenazadores. Al jadear con bocanadas lentas saca una lengua amoratada y
temblorosa. Así estamos, frente a frente, durante unos segundos hasta que
me decido a ofrecerle los restos de mi almuerzo. El animal no muestra
intención alguna de acercarse, así que le lanzo un trozo de pan que
aterriza entre sus patas delanteras. Sin ni siquiera mirarlo se levanta,
desciende penosamente del banco e indiferente cojea hasta el borde del
andén.
Entonces veo que un hombre se acerca siguiendo la vía con paso
tranquilo. El perro mueve cansino el rabo y comprendo que está dando la
bienvenida a su dueño. Tiene unos treinta años, vestido con las ropas
propias del campesino: camisa blanca remangada, pantalones azules de un
género basto, unas alpargatas también azules y una gorra visera de color
oscuro. El sol sigue en su zénit. A medida que se va aproximando puedo
distinguir un hombre alto y fuerte, de rasgos finos y bien parecido, y con
la tez muy clara, sobre todo para alguien que pasa largas horas en el
campo bajo el sol. Sus ojos son negros, como su pelo, y sus fuertes manos
huesudas denotan pericia, y no cuesta mucho imaginárselo segando los
agostados campos con gesto fácil. El también me ve y me dirige una
amistosa sonrisa al mismo tiempo que con la mano derecha se toca la visera
en gesto de saludar y con la izquierda rasca la cabeza del perro. -"Buen
día tenga el caminante", me dice manteniendo la sonrisa con tono grave y
voz agradable y pausada. -"Buenos días a usted también, aunque mejor
sería si no fueran tan buenos y refrescase algo" -"Yo ya estoy
acostumbrado al calor y al frío, son ya muchos años trabajando al sol o a
la lluvia. Uno se hace a todo". Efectivamente no da muestras de estar
acalorado, sin que la menor gota de sudor delate el sofocante bochorno que
nos envuelve. -"¿Mucha faena hoy?", le pregunto por cortesía y sin saber
cómo interrumpir el silencio forzado que ha surgido. -"Siempre hay algo
que hacer, cada día de cada estación, año tras año. Esto es un trabajo que
no tiene días de descanso. Unos más y otros menos, como hoy, pero siempre
algo" -"Ya veo que no trae ningún apero", le digo -"No, para la faena de
hoy no hace falta". Mientras me dice esto me doy cuenta de que está
escudriñando el horizonte por donde se pierde aquella vía difícil de
distinguir entre los matorrales. Con una sonrisa y por seguir la
conversación le pregunto: -"¿Qué? ¿Esperando al tren?" Me quedo atónito
cuando apunta con la mano hacia el horizonte y contesta: -"Sí, y llegará
puntual como siempre, ya se le ve". Me vuelvo para mirar y creo que estoy
ante un espejismo: no muy lejos, silencioso, avanza hacia nosotros un
tren, sin ruido ni humos que delaten su presencia. -"Este tren siempre
llega a su hora", repite aquel hombre. Yo no puedo articular palabra y
durante unos segundos que me parecen eternos no aparto los ojos del convoy
que se acerca lentamente hasta que entra en la estación: la máquina es
anticuada, quizás de vapor pero no deja salir ningún humo. Al llegar a la
estación y frenar emite un prolongado chirrido. Los tres vagones de
madera barnizada y reseca, cubiertos de polvo, amortiguan con un golpe
hueco la brusca parada. Luego ni un sonido, todo silencio, un silencio
profundo al que envuelve aquel calor paralizante. -"Ya le dije que este
tren siempre llega a su hora. Además hoy no va lleno". Me acerco al
primer vagón que tiene las puertas abiertas pero nadie se baja. Los
cristales están cubiertos de polvo y el sol se refleja en ellos. Con la
mano limpio el polvo de uno de los cristales. Miro al interior y está
lleno a rebosar: hombres y niños cubren los bancos y comparten apretujados
el suelo del pasillo. Todos inmoviles, todos callados, todos diferentes
pero iguales. Miro al pasajero que está al lado de la ventana. La sangre
le cubre el pecho del uniforme militar formando una costra endurecida
sobre la que varias moscas se han posado. La cara manchada de lodo y
sangre, con los ojos inmóviles congelados en una mirada de espanto. Y en
ese rostro me reconozco a mí mismo con dieciocho años muerto en una guerra
a la que nunca fui. Junto a él estoy yo vestido de primera comunión con
la mirada triste de los niños muertos. En el suelo estoy yo con un tiro
en la sien del que sale un hilo de sangre que cae sobre una barba que
nunca llevé. En el vagón estoy yo inmóvil en cada asiento, en cada
ventana, en cada esquina. Allí estoy yo horriblemente desfigurado por una
explosión. Allí estoy yo sentado como si durmiera. Allí estoy yo
consumido, con el perfil afilado por la fiebre, mechones de pelo pegados a
la frente por el sudor frío que se ha secado, envuelto en una mortaja
blanca.
Entonces, en el andén, el hombre pone sobre tu hombro la palma de su mano que sentirás como un pedazo de mármol a través de tu camisa en la que el sudor se habrá quedado frío. Entonces el perro romperá aquel cuadro de inmovilidad y renqueando subirá al tren. El animal desde la plataforma del último vagón mirará impaciente a su amo, que dirá amistoso: -"Bueno, ya veo que éste no es su tren, sea paciente". Y se subirá al tren que chirriando, como al llegar, empezará a moverse. Antes de que se cierre la puerta del vagón te hará un gesto de despedida tocándose la visera con la mano izquierda, mientras el perro, por primera vez, te mirará fijamente con su ojo sano y enseñándote los dientes amenazadores emitirá un gruñido que te helará la sangre, y el tren se alejará lentamente por la llanura y tú te quedarás envuelto por un silencio que nunca antes habrás oído y que te cubrirá frío como un sudario y el sol seguirá en su zénit.
Enrique Fernández, España, Canadá, US ©
1996
fernand4@cc.umanitoba.ca
Enrique Fernández, de origen español pero afincado en Canadá y los Estados Unidos, está escribiendo su tesis doctoral sobre la representación del cautiverio en Cervantes en la universidad de Princeton. Le interesa el cuento como género "mínimo" para explorar y combinar las convenciones literarias y también como género ameno y que puede alcanzar al lector que nunca tiene tiempo. El cuento "Estación imposible" es un ejemplo de su intento de escribir dentro de una tradición literaria del descenso a los infiernos y al mismo tiempo incluir las formas abiertas de narración modernas en las que tanto el narrador como los personajes se disuelven. Se confiesa admirador, como no, de Borges y Cortázar entre los cuentistas modernos y del teatro de Pirandello y Brecht. La influencia de los clásicos, según confiesa, es en su caso mera deformación profesional.
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