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Ciruelas y almendras verdes

Con el Ramadán también llegaron los carritos de las ciruelas y de las almendras verdes. Me recordaban los años de la infancia, el sabor de la fruta robada, los albaricoques gordos, duros, a los que nunca dábamos tiempo a madurar, y las carreras nerviosas, entre carcajadas y miedo, cuando éramos sorprendidos y el viejo vecino loco nos perseguía gritándonos "¡Sinvergüenzas, hijosdeputa... Ojalá os lo tengáis que gastar en botica!", y que después nosotros imaginábamos, y llegábamos a creer, que había salido detrás de nosotros armado con un hacha, pues efectivamente no mirábamos atrás, del pánico que nos producía la posibilidad de ser atrapados. Sí, las ciruelas y las almendras verdes me recordaban a aquel viejo Madrid que ya no existe, que no volverá a existir. Tantas cosas en Teherán eran como en el Madrid de mi infancia...

Era miércoles. Sé que lo era porque tenía clase con Lilá y Smatikor. Dos horas interminables haciéndoles entender el complejo mensaje de las canciones de Julio Iglesias; hacía tiempo que había desistido de la quijotada de interesarlas en otros aspectos de la Gran Cultura Española. Para colmo, ¿cómo iba a olvidar esta tarde? me tenían preparada una sorpresa, un vídeo que ellas suponían me haría un hombre feliz, la grabación de un concierto de la Isabel Pantoja. No veía la hora de salir por pies de las garras de aquellas dos chicas hipersensibles...

Necesitaba despejarme. Vaya que sí. Y en vez de coger un taxi en Meidun-e-Shiraz bajé andando hasta Vanak. Ya en Meidun-e-Vanak empecé a luchar por un asiento libre para Sharak-e-Gharb o Azadi, con poco éxito. La gente estaba mas agresiva de lo normal, seguramente a consecuencia del ayuno, o yo estaba en uno de esos moods de caballerosidad que me dan de vez en cuando. Un tipo alto, con turbante y ropajes de indio o pakistaní, me preguntó que cómo se iba a no sé dónde, yo le dije que lo sentía, que no sabía... Apenas pasaron unos segundos cuando otro tipo me agarró fuerte del brazo y encañonándome con una pistola en la barriga me arrastró hacia un rincón y me dijo amenazadoramente que era un pasdarán.

Todo fue muy rápido, tan rápido que dudo alguien se diera cuenta de lo que había pasado. Me empujaron en un coche y allí estaba el tipo indio o pakistaní aquel, con otro tipo apuntándole con otra pistola. Yo estaba completamente acojonado, pero el jodido tipo que me había metido en aquel lío se permitía todavía gastar bromas que no debieron hacer gracia a nuestros secuestradores, pues el que acompañaba al conductor desenfundó otra pistola, otra más, ya era la tercera, y se la puso directamente en la cabeza. Yo estaba pálido, lo puedo jurar. Y más pálido aún cuando el coche dio un frenazo y nos pasaron a empujones a otro coche. Minutos después repitieron la operación. Durante media hora estuvimos corriendo a toda velocidad por calles que no me resultaban familiares. Casi tenía ganas de que llegáramos al Komite, al menos podría llamar a Sally o al doctor para que vinieran a por mí... Al mismo tiempo pensaba en mis papeles, en mis notas, en que yo no era precisamente un individuo que pudiera mantener la boca cerrada ante la menor agresión física, y pensaba en las cintas de música, en las botellas de araq, el frasco de la María, la reproducción de la Constitución Americana que decoraba la entrada de nuestro apartamento... Pensaba en Irán, en Sally, en el doctor, en toda la gente que caería a causa de mi falta de valor.

Al fin nos detuvimos. En un callejón vacío. Un sitio perfecto para darnos un par de tiros y dejarnos allí tirados. Sin enfundar las armas me pidieron la documentación. Se la entregué.

-Ingles? - preguntó uno de ellos.

-Na, Spañoli... - dije yo, y les hizo mucha gracia, empezaron a gesticular, a decir torero, torero... - Man Daneska-e-Azad car mikonam, Man Sharak-e-Gharb sendegui mikonam... ("trabajo en la Universidad Libre, Vivo en Sharak-e-Gharb") - seguí yo, hablando en farsí como no lo hiciera hasta entonces, exprimiendo al máximo el exiguo vocabulario que había acumulado en los ya más de siete meses que transcurrieron sin el menor incidente, de "éxito" en "éxito", de juicio superficial a conclusión sociopolíticaantropológicaculturalartísticacientífica... Después de esta tragicómica aventura ¿qué podía quedar todavía del mesiánico revolucionario que cambiaría el rumbo de la Historia Universal?

-...Voro, voro! - dijeron simplemente los pasdaranes, "Vete, vete!". Y me fui, vaya si lo hice. Sin volver la cabeza. O sólo una vez. Una sola vez. Con tiempo suficiente para ver como golpeaban a "mi compañero" en la cabeza... Quizás había gastado otra de sus bromas sin gracia. Yo me perdí entre las masas silenciosas, las amables, bondadosas, entrañables masas silenciosas.

 					*** 
¿Qué hacía yo en Irán? ¿Por qué había conocido a una chica iraní-norteamericana en la Torre Maldita, y me había casado con ella tantas veces, una tras otra? ¿Por qué mi vida siempre había sido tan rara? Si yo lo único que había querido, desde mi mas tierna adolescencia, era escribir, inventarme la vida, crear seres imaginarios más interesantes que los que tenía cerca... Sin saber cómo, ni cuándo, ni por qué, me encontraba envuelto, como uno más, en los extravagantes laberintos de la realidad... Y ahora que lo pienso, ahora que por fin he terminado de escribir esta anecdótica aventura, recuerdo otras aventuras semejantes... NESCAPOLITA... Era una barra americana de la avenida Oporto. Tendríamos entre diez y 14 años y comenzábamos a interesarnos en el sexo. Además aquella tarde estábamos muy aburridos, ya habíamos jugado dos partidos y dado una paliza a Ángel el Paleto, lo que necesitábamos era un poco de acción. Entonces allí fuimos, los mellizos Paco y Manolo, Josete, Luismi y yo, y nos pusimos a gritar en la puerta "Putas, Putas, Putas". Uno de los tipos salió y echamos a correr un poco.

-¡A ver si os voy a tener que dar un par de hostias, mierdecillas... Iros a joder a otra parte! - dijo el tipo, que automáticamente llamamos Trampas, pues según señaló alguno de la banda era igualito que el Trampas del Virginiano... Y a causa de cuyo parecido comenzamos a gritar mas fuerte, en cuanto cerró...

-¡Trampas Trampas Trampas! ¡Putas putas Putas!

Tras una breve carrera (recuerdo nítidamente saltar sobre los charcos, volver la cabeza y comprobar con pánico que me ganaba terreno con sus enormes zancadas, la respiración acelerada, retumbándome en los oídos) me alcanzó, me agarró de una oreja y por mas que pataleé, moqueé y lloré, por mas que mis amigos gritaron, desde una considerable distancia...-¡Cabrón, Chuloputas, Suéltale, Trampas, Trampas, Trampas! - terminé dentro de la barra americana, absolutamente aterrorizado. El Trampas, que debía de ser el jefe de aquel grupo de asesinos, dijo que me llevaran abajo y me sujetaran bien - yo no paraba de forcejear - mientras él llamaba a la policía. Un par de chicas me bajaron allí, diciéndome cosas dulces...

-No llores... No te vamos a hacer nada... ¿Por qué has sido tan malo? Era una rubia con una falda muy corta y yo no había visto nunca unas piernas tan largas y bonitas y hablaba tan dulce que me daban mas ganas de llorar. Y allí abajo era hermoso, luces rojas y paredes como de terciopelo azul marino. Jamás olvidaré lo que sentí cuando la otra mujer, una japonesa que llevaba un pantalón de cuero negro, me acarició y me besó en los labios y me dijo

-Tonto, tontito...

SAN FERMINES... Fue a la vuelta de los "San Fermines Sangrientos", en el 75 o el 76 o el 77... Lo habíamos pasado de miedo: borracheras, manifestaciones, no del todo mal en chicas... En Burgos paró un coche, pero dijo que sólo me llevaba a mí. Así que Jesús se quedó allí.

Era un tipo con pintas muy macabras, pero parecía bastante progre, así qué rápido nos metimos en el asunto. Y bueno... comencé a hablar a hablar y a hablar, exhibiendo mi radicalidad, los amigos que tenía militando en el Grapo, en HB, en el FRAP, en la ORT, en el PORE... Habla que te habla, la Revolución Mundial, El Proletariado, Los Curas y Los Militares y Los Banqueros, con la boca llena de espuma, Revolución Armada... Y luego, de repente, el tipo que frena en seco, en una carretera que desde hacía rato había dejado de ser la Nacional, y que abre la guantera y extrae de ella un buen pedazo de pistola y la deja allí, junto a la palanca de cambios, y me sonríe, porque se me han ido los colores de la cara quizás, porque
-¿No te dan miedo las armas, verdad?- dice, mientras baja del coche, y abre el maletero, y yo cierro los ojos, y no me atrevo a volver la cabeza, cierro los ojos muy fuerte, para que me duela menos cuando me pegue dos tiros en la nuca, ¿De qué me sirve que no se haya llevado las llaves? No sé conducir...

Cuando regresó a su asiento yo ya era otra persona. Completamente conservador, como mucho demócratacristiano...

-Soy de la DGS -me dijo, y me enseñó el carnet-. Vengo de San Sebastián, donde hemos tenido un buen tiroteo con un comando de ETA... ¿No te dan miedo las armas, verdad, un chico valiente como tú?

Durante el resto del viaje la conversación fue casi inexistente. Vinimos volando, a una velocidad constante por encima de los 140. El tipo de vez en cuando me miraba y se sonreía. Luego ya estabamos entrando en Madrid... Yo repasaba lo que diría en comisaría, trataba de recordar lo que decían los manuales de militancia sobre como resistir la tortura y engañar a los verdugos fascistas.

-Te dejo aquí -dijo, y algo estalló en mi corazón-. Espero que hayas aprendido algo, chaval. En boca cerrada no entran moscas... ¿Vale?

 					*** 
Tenía la garganta seca. El pelo aún erizado. Las palmas de la manos aún sudorosas. Saludé a mi amigo kurdo, el vendedor de cigarrillos. Le compré un paquete. En otro puesto pedí un cucurucho de ciruelas verdes, brillantes como globos. En las cumbres de la cordillera todavía quedaba nieve. El sol se pondría pronto. Me temblaban las piernas.

Jesús Meana, España-Irán-USA © 1997

"jmeana@cyberatl.net"@cyberatl.net

Jesús Meana, nacido en Madrid, pero "exiliado-emigrante" en Estados Unidos, es profesor de español en Atlanta, Georgia, desde la última invasión de Panamá. Profesor por accidente, periodista por título, escritor fracasado, padre y esposo por vocación, granjero amateur, bebedor profesional y soñador rutinario. Disfruta todavía escribiendo cuentos porque es un género rápido, flexible y antiguo, muy antiguo. Le gusta decir que su escritor favorito es Ferdinand Celine, pero confiesa que lo dice principalmente para hacerse el interesante. Le gusta la literatura real, sin artificios. En la actualidad está trabajando en una colección de cuentos infantiles cuyos protagonistas son los animales de su "mini-granja". Ciruelas y almendras verdes es un cuento autobiográfico basado en varias situaciones cómico-dramáticas que el autor "sufrió" en distintas épocas y lugares. La parte central de la historia transcurre en Irán y fue la última que se escribió y la que, a fin de cuentas, devoró a sus predecesoras. Quizás sin planteárselo el autor resume en esta historia los lazos invisibles que unen la infancia, "Nescapolita", la juventud, "Los San Fermines Sangrientos", y la madurez, "Ciruelas y almendras verdes".

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