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El cuadro

Caía sobre Madrid una de esas tardes frías, de las que ya no se desean a finales de abril, cuando Ángela de la Fuente recibió en su casa un paquete remitido desde Nueva York por una tal Mrs. White. La extrañeza que le produjo semejante envío le costó una propina más que razonable y la pérdida de unos segundos antes de abrir el paquete. Cortó las cuerdas, rajó la cinta adhesiva y desplegó el cartón, dejando al descubierto un magnífico retrato de gran tamaño y en primer plano de su propio rostro, pintado al óleo con una técnica excelente, que pudo apreciar a primera vista gracias a sus amplios conocimientos de arte. Posado sobre el retrato, cubriendo la curva de su barbilla, un sobre blanco (como el apellido de Mrs. White) a su nombre. "Querida Ángela: espero que con esto entiendas que por mi parte ya no hay rencor —leyó en la nota—. Recuerdos a Joaquín. Firmado: Marina".

Así que la Señora White era Marina Galiano. ¡Y estaba en Nueva York! El despeje de la incógnita hizo que los azules ojos de Ángela de la Fuente volaran de nuevo hacia el retrato como pájaros sorprendidos ante un posible ataque inesperado. Siguiendo minuciosamente el rastro de cada línea, su mirada lamiendo los juegos de luces y sombras, los colores, los rasgos, los contornos que la dibujaban, llegó a la única conclusión posible: era perfecto.

Apoyó el retrato sobre el aparador y se arrellanó suavemente en el sillón, paladeando la sensación de triunfo que le había producido verse retratada –y tan bella– por la antigua novia de su marido. Había ganado. Marina Galiano, doña perfecta, el gran genio de su promoción de Bellas Artes, la musa indiscutible de todo el que llevara pantalones en la facultad de aquella época, había pintado su retrato.

Se lo enseñaría a todo el mundo. Todos sabrían que Marina Galiano la había perdonado. Y no sólo eso, la había pintado reconociéndole una belleza exquisita, captando la imagen exacta de su dulzura, el juego acuoso de la luz en sus ojos, la sonrisa que conquistó a Joaquín. Aquello no era un simple retrato, era la abdicación de Marina, su renuncia definitiva y sin despecho. Porque, si no, ¿cómo habría podido pintarla tan bella? Ese retrato, su rostro, ella –porque era ella– tenía el halo de las diosas contemporáneas de la publicidad, exhibidas por las calles en paneles gigantescos que la gente mira como quien mira un sueño. Ella podría ser una de esas mujeres de papel irreales, perfectas, de las que provocan deseo en estado puro y sin materialización posible, ese deseo melancólico que nace en los hombres ante lo inalcanzable. ¡Y era Marina Galiano la que la había visto así!

Y, bueno, si se había casado, como parecía, y además estaba en Nueva York –la meca de la modernidad– era normal que hubiese olvidado lo de Joaquín y quisiera reconciliarse con ella, que al fin y al cabo había sido su mejor amiga durante mucho tiempo.

Mientras contemplaba el retrato desde el sillón, entre las oscuras pestañas de Ángela de la Fuente se fueron alojando los recuerdos, las imágenes, a conciencia olvidadas hasta entonces, de aquellos años en la facultad de Arte. Se vio a sí misma junto a Marina pintando, cada una sobre un boceto que la otra había diseñado previamente en las sábanas que solían utilizar como lienzos –economía estudiantil obligaba–. Día a día los pinceles avanzaban dando forma, color, significado a las líneas primitivas, unas veces realzándolas, otras emborronándolas. Así se probaban a sí mismas. En el retrato Ángela reconoció aquella forma de pintar de Marina Galiano. La huella de sus dedos sobre el lienzo era palpable recreando sus rasgos con la pintura gruesa y compacta.

Para ser sincera, tenía que reconocer que ella rara vez había podido alcanzar la genialidad plástica que surgía tan espontáneamente de cualquier boceto de Marina. Cuando Ángela se enfrentaba a ellos pasaba horas estudiándolos, buscando algún resquicio de imperfección o debilidad expresiva al que poder agarrarse para hacer sobresalir su talento. Pero era inútil. Acababa pegando cuatro brochazos torpes mientras Marina se explayaba completando la otra sábana a su lado. Al final de la orgía pictórica, un canuto sustituía a los pinceles y ambas se quedaban observando los cuadros. Entonces Ángela tenía que oír de labios de su amiga esas frases llenas de maldita hipocresía que tanto la crispaban: “Si está muy bien, mujer, te ha quedado perfecto”.

La frustración la fue invadiendo lienzo tras lienzo hasta que desbordó el entorno de aquel estudio y la incitó a maquinar, casi de forma inconsciente, la venganza, atacando por donde se podía, mordiendo ese jugoso talón de Aquiles que tenía Marina llamado Joaquín.

Y Joaquín fue el cómplice ideal, porque a esas alturas, y a punto de casarse con la genialidad personificada, empezaba a estar hastiado de tanta perfección. Porque, además, había otras sábanas entre las que los pinceles de Marina –ella lo sabía desde hacía tiempo– no se movían con tanta soltura. Así que fue fácil y natural, en medio de una media borrachera, besar a Joaquín y con la lengua empezar a trazar sobre su cuerpo el diseño voluptuoso y tierno, finamente lascivo, que Marina jamás habría podido realizar.

Ángela de la Fuente apartó los ojos del retrato por primera vez desde que había abierto el paquete. Joaquín estaba de viaje en una de sus frecuentes ferias de anticuario. ¿Qué sentiría al ver el cuadro? Hacía ya varios años que estaban casados pero rara vez hablaban de aquello. Quizás todavía se sentía culpable de haber abandonado a Marina de la forma en que lo hizo, quizás había todavía algo de ella que echaba de menos.

El largo recuerdo de los años en que había visto amarse a Marina y Joaquín comenzó a devanarse frente al retrato en la redonda cabecita de Ángela de la Fuente, llenando las horas de aquella tarde. Las imágenes llegaban a ser tan nítidas en su mente que difuminaban los rasgos de su propio rostro sobre el lienzo pintado por Marina Galiano y oscurecido paulatinamente por la luz que huía de la estancia. De repente, por una milésima de segundo, en medio de la absorta contemplación no interrumpida, Ángela vio la cara de Marina Galiano sobre la suya en el lienzo. Una lanzadita de inquietud le torció el gesto. Se levantó, encendió un flexo y apuntó el haz de luz contra el retrato. El fantasma se había desvanecido y allí estaba de nuevo su propia sonrisa, impertérrita.

Para recuperarse del susto, Ángela de la Fuente tomó el cuadro y fue a mirarse al espejo de su habitación. Quería corroborar la veracidad de aquellos rasgos delicados. Sentada en el taburete de la cómoda, se observó a sí misma por duplicado, buscando la similitud más que la diferencia.

En realidad, el espejo le devolvía una imagen empequeñecida, más pálida, más normal, podría decirse, y algo envejecida. Su rostro en el óleo tenía entidad propia. Una entidad que pertenecía al mundo irreal de la creación artística, desvinculada ya de su referente, que era ella, Ángela, reinterpretada y viva en la mente de Marina Galiano.

¿Cuánto tiempo habría tardado Marina en pintarlo? Quizás varios meses. Y antes de pintarlo, ¿cuánto tiempo habría estado Marina pensando en ella, imaginando su rostro, recordando ese gesto suyo tan característico entre la insinuación y la nostalgia, que había quedado plasmado para siempre de forma tan magistral?

Una ola de perfidia le arqueó la comisura de los labios al pensar en ese calvario recocido al que voluntariamente se habría sometido Marina Galiano en todo ese tiempo. Marina siempre había sido un alma cándida, de una bondad impostada, casi monjil. Pero de todas formas era increíble que no hubiera una sola pincelada sospechosa, un solo rasgo afeado o difícil. Al contrario. Su rostro en el retrato era, sí, por qué no reconocerlo claramente, mejor que el que le devolvía el espejo. Un sentimiento amargo, lejanamente familiar, se desperezó entonces en el corazón de Ángela. La contrariedad se le desplomó en la frente, haciendo torva su mirada. Algo parecido al furor iba invadiendo lenta e imperceptiblemente el rostro del espejo. Bruscamente se alejó de él y del retrato y abrió un poco la ventana. El crepúsculo había terminado por pudrirse. El día se había muerto dejándola sola otra vez.

En pocos días Joaquín regresaría a casa y vería el retrato. Se quedaría boquiabierto, por supuesto, ante semejante maravilla. Sabría ya para siempre que la belleza de su mujer podía mejorarse. ¿A quién le estaba haciendo el regalo Marina, si es que aquello era un regalo? Quizás en el fondo seguía enamorada de Joaquín y quería conquistarlo al precio que fuera, pasando por encima de ella otra vez. No le bastaba haber conseguido alejarla de la creación artística, obligarla a elegir otra especialidad en la carrera, condenarla a la trastienda que para ella había significado la restauración. Ahora quería también soplarle su único triunfo, invadirles la casa con su presencia, segura de que a lo largo de los días Joaquín se acostumbraría a pensar de nuevo en ella, a recordarla en el acto genuino de crear maravillas con sus manos, que la admiraría por su genio artístico y su bondadosa actitud de perdón, por su amistad altruista, su extraordinaria nobleza, su creciente brillantez como artista.

“¡Maldita zorra!”, masculló rompiendo el agitado vaivén de sus pensamientos, atacando con un golpe certero de muñeca el ídolo de barro cocido que su estúpido marido le había traído de México.

De espaldas al retrato y al espejo, rígida, luchaba contra su propio cuello, que quería obligarla a volverse, a contemplar una vez más la mala pasada que le estaba jugando esa artistona engreída que era Marina. ¡En Nueva York! ¡Quién se había creído que era! Finalmente venció su cerviz esbelta y Ángela de la Fuente miró una décima de segundo más el retrato. Pero volvió la cabeza rápidamente, con un ímpetu que preludiaba tempestades.

A traición, completamente a traición, Marina le lanzaba a la retina un color amarillo oro viejo, incisivo, terriblemente pertinaz, que no conseguía quitar de su vista ni aun con los ojos cerrados como con párpados de hierro. ¡La había pintado con esos pendientes!

Ángela de la Fuente creyó empezar a comprender algo. ¿Y si aquello no era más que un autorretrato engañoso? Porque estaba claro que nadie que la estimara la habría pintado a ella con esos pendientes. Era indudable que Marina siempre le había envidiado su belleza física, único campo en el que Ángela brillaba más. Sólo faltaba que tuviera ahora la desfachatez de usurparle el rostro para ofrecerle a Joaquín, en ese terrible retrato, una imagen confusa en la que todo lo atrajera, y en la que su presencia estuviera, subliminal, definitiva, escondida en el reflejo dorado y límpido que surgía detrás de un mechón de pelo negro. Porque, aunque no se distinguiera nada más que el brillo y ligeramente la forma, esos eran los pendientes que Joaquín había encontrado entre la maraña de baratijas de un anticuario de la Ribera de Curtidores horas antes de que hicieran el amor por primera vez; una extraña pieza de orfebrería fina que Joaquín le negó, estando acostado con ella, alegando que tenía que investigar.

Sí, esos eran los pendientes de un orfebre florentino del siglo XVI, según investigaciones posteriores, que ella tuvo que ver muchas veces colgados de las orejonas de su amiga porque, inexplicablemente, Joaquín acabó por regalárselos a Marina, a pesar de que ella se los había pedido para ponérselos aquella primera noche, como única prenda de un amor que comenzaba.

De nuevo dio vuelta el retrato entre las manos de Ángela. Lo sostuvo muy cerca de su rostro, inyectando el veneno de su mirada en el oro viejo. ¿Cómo había podido ser tan cruel con ella Marina Galiano? ¿Cómo podía haber olvidado, a pesar de todo, que habían sido amigas durante tanto tiempo? Le entraron ganas de hacer desaparecer esa burla pintada al óleo de la faz de la tierra. Le entraron tantas ganas que estuvo a punto de rajarlo y dejarlo destrozado sobre la alfombra. Pero cuando ya lo estaba apuntando con las afiladas tijeritas de manicura que su mano había agarrado con una rapidez insólita, la sombra de una idea definitiva le hizo bajar el brazo lentamente y, fría de repente, como un carámbano, Ángela de la Fuente se enfrentó a su retrato una vez más.

Había encontrado la forma de acabar con esa farsa que Marina Galiano había urdido a partir de la imagen de su rostro. Ahora le resultaba tan evidente que se extrañó de haberla arriesgado, hacía un instante, por un acceso de furia. Había una única manera de perfilar la venganza, de devolver la carga de profundidad que Marina Galiano le lanzaba desde el otro lado del océano. Y consistía en que Joaquín jamás llegara a ver ese retrato. El atroz reflejo amarillo retornaría, como un boomerang, hasta alcanzar al gusano más podrido de la Gran Manzana.

Se dirigió al maletero del armario donde habían estado guardados sus pinceles, sus pinturas, sus aceites, sus paletas, su primer caballete, y los fue sacando ceremoniosamente a la luz. Desenterró el álbum de antiguas fotografías mientras ideaba cómo encajar el rostro de Marina sobre el suyo, conservando, aprovechando al máximo las líneas primitivas. Quería recrearla con toda precisión.

Cuando estuvo preparada, miró su retrato por última vez, esquivó el oro viejo que aún le hacía daño y empezó a pintar.

Dos horas después su pelo sobre el lienzo ya no le pertenecía. Ahora era algo más largo, más liso, más claro. Era una melena exactamente igual a la que llevaba Marina cuando Joaquín la abandonó. El álbum de fotos, tirado en el suelo, apenas le hacía falta. Sus manos movían el pincel con una soltura que no recordaba haber tenido nunca. Pintaba con rabia, con la pasión que Marina, o los años, o quizás nadie le había robado, puesto que ahora brotaba a borbotones por el filo de sus dedos, arrebataba el pincel, impregnaba el lienzo con pintura nueva, provocando la lenta, inexorable metamorfosis del que había sido su retrato.

Llenó sus ojos azules de reflejos pardos, terrosos, arqueó ligeramente las cejas, oscureció con dureza la base de sus pómulos, marcó con líneas más leves, más delgadas, la comisura de sus labios, afiló la barbilla. Fue retocando aquí y allá todos los rasgos, dinamizando los fondos con tonalidades nuevas, enmarcando la expresión que buscaba, el efecto de los gestos que recordaba.

Los días la veían pintar, naciendo y muriendo uno tras otro detrás de la ventana, la veían volcar sobre el lienzo toda la fiebre triste acumulada en tantos años de inactividad.

Aquella venganza la estaba dejando exhausta. Porque además, qué ironía, para perpetrarla, Ángela de la Fuente tenía que hacer sobre la tela, y con todo su esfuerzo, lo que Marina siempre había logrado tan espontáneamente: esconderla, mantenerla en la sombra, desdibujar su personaje, relegarla constantemente a la oscura mediocridad de los segundos planos. Pero esta vez ella tenía las riendas, y siguió pintando como nunca hasta que Marina Galiano estuvo allí, tal como era.

Ya sólo faltaba un detalle crucial: descubrir la verdadera forma del reflejo amarillo, pintar por fin el pendiente haciéndolo resaltar por encima de todo. Que Marina supiera, al verlo, que a ella no le importaba ya quién demonio los llevara, en qué oreja se pudrieran, qué ventolera los agitara o en qué maldito día el mundo se olvidaría de su existencia. Y así fue. Después, descansó.

Sólo tras haber dormido durante muchas horas, Ángela de la Fuente se percató de que el retrato de Marina que había pintado era una auténtica obra maestra. Mucho más innovador técnicamente que el que se escondía debajo, mucho más abstracto, esencial. El pendiente oro viejo engullía la atención de tal manera que el resto de los rasgos dibujados parecían constituir, más que un rostro, un paisaje simbólico dotado de todo el ardor y el movimiento que ella había visto desencadenarse en la expresión de Marina cuando estaba pintando a su lado sobre la sábana paralela.

Ángela de la Fuente no podía creer que fuera ella la autora de semejante genialidad. Perpleja, sin dejar de mirarlo, sentada en el sofá con un café que acabaría por enfriarse, se increpaba. Llevaba varios años restaurando a los grandes, visitando ferias y exposiciones de artistas noveles, reflexionando y escribiendo sobre arte. Sabía reconocer lo que realmente merecía la pena. Y si siempre había sido capaz de admitir su propia derrota –en ese campo– en favor de Marina ¿por qué negarse ahora a la evidencia de que esta vez su obra era tan personal, tan única en su género, que la comparación no tenía sentido?

La idea de la venganza se le fue diluyendo junto al azúcar en el café tibio. Con cada sorbo, Ángela de la Fuente olvidaba un agravio y rescataba un retazo de serena complacencia. Había vuelto a pintar y ahora lo único que importaba era su cuadro.

Pensó que no estaría mal, finalmente, que Joaquín lo viera. Pero le pareció demasiado el tiempo que faltaba para su regreso y, al fin y al cabo, ¿qué razón había para que él fuera el primero en verlo? Ese honor debía corresponderle más bien a Marina Galiano, su amiga de siempre, su compañera artística y, para qué negarlo, la persona que la había impulsado a pintarlo. ¿Le molestaría el pendiente? ¿A quién podía ofenderle la belleza?

En todo caso, no había mejor lugar para exponer su cuadro que la casa neoyorquina de Marina Galiano. Por ella pasarían otros pintores, galeristas y críticos de arte que sin duda sabrían valorar su obra. Ángela pensó que ese retrato era el comienzo de la gloria, que Marina, sin querer, le había abierto las puertas, y la autocomplacencia volvió a dorarle la sonrisa.

Algunos días después, Ángela de la Fuente se dispuso a embalar el retrato en el mismo cartón en que lo había recibido. Lo contempló por última vez y, en cierto modo, le pareció verse a sí misma reflejada en el lienzo. Quizás, pasado mucho tiempo, los rayos x de algún restaurador como ella descubrirían su rostro dormido bajo el de Marina Galiano. Escribió una nota: "Querida Marina: Esta es la última sábana que hemos pintado juntas. Saludos a Mr. White. Ángela".

María Montero Cué, España, Francia © 2006

lola.montero@hotmail.com

María Montero Cué nació en Madrid en 1964. Es licenciada en Filología Románica por la Universidad Complutense de Madrid. En 1991 se trasladó a Ginebra para trabajar como free-lance en distintos organismos de las Naciones Unidas, primero en los servicios de autoedición de textos y luego como traductora de inglés y francés. A raíz del nacimiento de su hija, en 2002, decidió reducir drásticamente su trabajo como traductora para consagrarse a la escritura. Acaba de terminar una antología de relatos y ahora trabaja en una novela.

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