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Detrás del espejo

Tengo cuatro o cinco años y estoy jugando con mis primas en la casa de la abuela. Es una casa enorme, llena de habitaciones cerradas y mal iluminadas, por las que yo me paseo triunfal, como si fuera otra persona. Me gusta ir a la casa de los abuelos. Cada vez que lo hago, mi mamá me peina con mucho cuidado y me viste como lo hace cuando vamos a misa los domingos. A veces me pone mi camisa predilecta y luego me monta en el carro, hacemos un viaje largo; al menos eso me parece a mí. Cuando llegamos, mi mamá deja caer tres veces un gran aldabón que hay en la puerta de entrada. Me gusta su sonido, gong-gong-gong, es como si la música saliera de las entrañas de la casa, y luego la puerta se abre. Subimos una larga escalera, me da la impresión que subo hasta el cielo. Arriba están los abuelos, siempre hay galletas de vainilla y yo puedo comerme las que quiera. Al final de las escalas hay un corredor largo y al fondo está la cocina, corro a reclamar las galletas que tanto me gustan. Al lado del corredor están alineadas las habitaciones, se comunican unas con otras. Al lado de la cocina hay más escaleras, así que sigo subiendo, llego a una gran terraza, es la terraza más grande que conozco, apenas para patinar; pero mi mamá no me deja traer los patines. Es el lugar de la casa que más me gusta. Los adultos nunca suben. Levanto mis brazos y toco el cielo. Oigo voces, me buscan y me dicen que baje, no les gusta que esté arriba solo, mi mamá no se cansa de decirme que es peligroso, yo no entiendo qué es el peligro, miro para todos lados pero no lo veo. Imagino que debe ser un señor muy feo, a lo mejor tiene mal olor. No me gusta que la gente huela mal. Por eso me gusta tanto que mi mamá me bañe. Sé que debo obedecer, así que bajo. Me encuentro con mis primas. Me siento bien con ellas, menos con Susana. Jugamos a las escondidas. Hay tantos lugares donde esconderse en esta casa, así algunas puertas estén cerradas y no podamos cruzarlas. A mí no me gusta buscar, prefiero correr a esconderme y esperar, sin respirar apenas, que alguna de ellas descubra dónde estoy. Pero siempre soy el primero que pillan y eso que me oculto muy bien, dentro del armario de mi abuela; estoy convencido de que es el mejor escondrijo. Las puertas tienen unos espejos enormes, me gusta mirarme en ellos, a veces me da la impresión que mi cuerpo crece, que se transforma, me veo reflejado dos, tres, cuatro veces. Como si fuera un camaleón. Mi papá, que siempre me cuenta historias de animales, me habló hace poco de ellos. Me dijo que cambiaban de color, utilizó una palabra muy rara, que no entendí, la repitió dos o tres veces, como hace cuando quiere que yo me aprenda una palabra nueva. Mimetizar, mimetizar, mimetizar. Es nuestro juego. El día de mi cumpleaños me regaló un libro de zoología, todos los días se sienta conmigo y me muestra un animal diferente. Me lee sus características, si tiene pelo o lana o plumas o escamas. Me dice su nombre. Me explica si es mamífero u ovíparo, si es terrestre o acuático. Me gusta oír la voz de mi papá. Recuerdo que debo esconderme, así que abro la puerta del armario sigilosamente y me oculto detrás de los vestidos de la abuela. Me gustaría ponérmelos, algún día voy a preguntarle si me presta alguno. Escucho pasos, tratan de no hacer ruido, pero yo puedo oír el aleteo de las moscas en la oscuridad de la alcoba, así que los pasos, por más silenciosos que sean, no pasan desapercibidos. Los pasos se paran al frente del escaparate, me quedo más quieto que nunca, ojalá continúen; pero la puerta comienza a abrirse, muy suavemente, sin hacer ruido. Tengo un poco de miedo, no quiero que me descubran. Pero a quien veo entrar es a Susana, a ella no le toca buscar, sino esconderse. Así que se pone un dedo en la boca y se sienta a mi lado. Ella es más grande que yo; cuando lloro, se burla de mí y se pone a cantar en un tono muy desagradable: “El bebé está llorando, el bebé está llorando…” y entre más la escucho más ganas de llorar me dan. A veces pienso que no me quiere. Me hala el pelo o me da puños, con las otras primas es igual y después dice que no ha hecho nada. Y si la regañan, se aguanta y no llora. Esperanza ya nos ha debido de encontrar, no sé qué le pasa hoy. Así que comienzo a aburrirme, además no contaba con la presencia de Susana, este es mi rincón. Entre la ropa de mi abuela, hay algo que nunca había visto, es una prenda rara, como si fuesen dos cuencos de coco o dos tazas para naranjas o mandarinas. La cojo y la miro. Le pregunto a Susana si ella sabe qué es y me responde con aire de suficiencia: “Es para las mujeres, cuando sea mayor yo también tendré uno, mi mamá me lo prometió”. Me lo arrebata de las manos y se lo pone en el pecho. Yo la encuentro linda y eso que no soy muy amigo de ella. Le respondo que yo también le voy a decir a mi mamá que me compre uno. Me responde con una gran carcajada, “¡Pero si tú no eres como yo!” En su voz hay algo horrible. No entiendo por qué me dice que no soy como ella. Es verdad que tengo el pelo muy corto, yo quisiera tenerlo largo, como el de Esperanza. Me gusta su pelo, es sedoso y brillante, su mamá le hace unas trenzas muy bonitas. También me gusta su ropa. Yo no sé por qué siempre me visten con pantalones, yo quisiera ponerme el vestido azul con el que ella va a misa, como el que tiene hoy. Susana se sigue probando la pieza de los cuencos y yo quiero arrebatársela; ella no me deja. En cambio me dice que los hombres no usan ese tipo de prendas. Nuevamente siento que me hiere y cuando voy a ponerme a llorar, la puerta se abre y Esperanza grita emocionada: “1-2-3, los encontré”.

Me llamo Orlando y tengo quince años. A todos mis compañeros les está saliendo barba, menos a mí; por lo que todo el tiempo me hacen bromas bastante pesadas. Me llaman niñita, marica, me dan patadas o me insultan. Venir al colegio a veces resulta una tortura, pero ni modo de decirle a mi papá que me quiero salir. Además, no estoy muy seguro que en otro colegio no me pase algo parecido. Yo solo siento que estoy atrapado en el nombre de Orlando. Como si ese nombre fuese mi verdugo. En las noches, en la soledad de mi alcoba, me imagino con otro nombre, sonoro y profundo: Cayetana. Con él callaría a mucha gente, a los que no me aceptan, a los que me pegan en la calle o en el colegio; pero sobre todo podría vestirme como una mujer. Al menos, eso es lo que el médico me aconsejó. Mi papá está muy preocupado porque no desarrollo los músculos de un hombre y porque no hay atisbos de barba, así que me envió donde un médico. El doctor quiso saber qué pensaba de mi cuerpo, y yo, por primera vez en la vida confesé mi deseo: “Quiero el cuerpo de una mujer, no me gusta el empaque con el que llegué al mundo”. Él me aconsejó que me vistiera de mujer para ver si seguía pensando lo mismo. En la casa se armó la de Troya. La voz amada de mi padre sonó como los truenos en plena tormenta. No me pegó, pero el grito fue suficiente para producirme una gran herida.

Estoy parado al frente del espejo de la abuela. Trato de ponerme la prenda de los cuencos, mi mamá me dijo que se llamaba brasier. No sé cómo se pone. ¿Cómo harán las mujeres? -me pregunto-. Comienzo a sentir una sensación de incomodidad, no tardo mucho en conocer la causa. Detrás de la silla, está escondida Susana. Me mira con una sonrisa burlona. Nuevamente me dice que yo no soy una niña y me ordena que me baje los pantalones; cuando lo hago, ella se baja los calzones y señala con un dedo: “¿Ves?, tú no tienes un pipí como el mío. Nunca lo tendrás”. Luego se los sube y se va corriendo. Yo no puedo moverme, siento que estoy pegado al piso; y de la rabia, o de la sorpresa, no sé, me orino encima de la ropa. Susana debe de ser el peligro del que tanto habla mi mamá.

Tengo 20 años, mi papá sigue insistiendo en que debo ver a un médico, “pero a uno competente” -me dice, sin mirarme-, “no al tegua que le recomendó vestirse de mujer” -aclara con la voz llena de ira-. Ya no me habla directamente, siempre lo hace como si me enviara una razón; tampoco me mira a los ojos. Ya no soy el niño consentido a quien le solía leer historias de animales. El médico me prescribe un tratamiento hormonal, mi cuerpo comienza a cambiar; pero algo en mi interior sigue rechazando ese miembro que me estorba. Comienzo a ser aceptado por las chicas. Siempre me han gustado las mujeres, por eso anhelo ser como ellas. Ahora tengo una amiga con quien salgo siempre; nos entendemos; aunque ella no sabe que en el fondo la busco porque ella tiene lo que a mí me falta.

Un charco se ha formado a mi alrededor, huelo a orines, no me gusta sentirme sucio. Me pongo a llorar y veo a mi mamá parada en el umbral de la puerta preguntando por qué no he ido al baño. No sé qué responder. Es mejor no hablar de los juegos con Susana.

En la casa busco prendas de mi hermana mayor, me las pongo cuando ella no está. Descubro que hay una mansarda. Me escondo en ella cada vez que puedo. Se convierte en mi lugar predilecto. Allí hay un viejo baúl con ropa que ya nadie utiliza. Los vestidos me quedan muy grandes, así que ensayo con las camisas, descubro que son de mujer, y aunque me llegan al suelo puedo caminar sin caerme todo el tiempo. En la buhardilla también hay un espejo, me paseo frente a él, y sonrío cada vez que veo mi imagen, mi verdadera imagen, reflejada en él. Pienso que soy un camaleón, comienzo a entender la palabra mimetizar. Aprendo que yo también puedo cambiar de aspecto, ese es mi secreto; no debo revelarlo. Pero aquí, en este cuarto oscuro, es donde verdaderamente soy feliz. Susana no sabe de la existencia de este cuarto, así que cuando ella viene yo no hablo de él, no quiero que suba.

Una amiga de la universidad, a la que le gusta mucho leer, me habló hoy de un libro que lleva mi nombre: Orlando. Dice que es un libro muy bueno, de una escritora inglesa. Quedo atónito. Yo, que toda la vida he detestado mi nombre, descubro que es el título de un libro muy famoso. Me pongo un poco nervioso, pero ella no lo nota. Le digo que me hable un poco sobre el argumento.
—Es un hombre de la época Isabelina, un aristócrata inglés, a quien le encantan las mujeres —igual que yo, pienso—. Orlando, sin ser un ser sobrenatural, o un dios, o algo parecido, ni envejece ni muere.
—Como en el caso de Dorian Gray —le contesto—.
—Algo así. Con la diferencia, que él no hace pactos de ninguna clase, ni tiene una mente abyecta, no tiene manchas que ocultar. El caso es que a mediados del siglo XIX, trescientos años después de haber nacido, y en plena época victoriana, un buen día se despierta siendo mujer. Es un libro que bucea en la intimidad del ser humano —concluye—.
Recuerdo el armario de la abuela y a Susana diciendo que no soy como ella, que nunca lo seré. Siento una gran desazón. Quiero salir corriendo a comprar el libro y no puedo. Otra vez estoy pegado al piso. Por primera vez intuyo que sí puedo cambiar. Que el alma que habita en esta carcasa equivocada puede al fin encontrar el cuerpo adecuado.

Mi mamá acaba de subir, y al verme con ropas de mujer me hizo bajar de inmediato y me prohibió regresar a la mansarda. Mi secreto ha sido descubierto, me siento desnudo, no entiendo qué mal puede haber en vestir ropas de mujer. No digo nada, pero ante mí todo es negro. Me cerraron el acceso al único lugar donde soy yo mismo.

Tengo cuarenta años, estoy casado desde hace diez y tengo dos hijos. Soy un hombre roto, dual. En mí siempre ha habido un cisma. Debo fingir que estoy bien, cuando en el fondo quisiera recuperar lo que me quitaron antes de nacer, mi cuerpo de mujer. Tal vez si fuese andrógino mi vida sería diferente. Cuando me quedo solo en el apartamento, me pongo la ropa de mi esposa y me paseo ante el espejo largo rato. Lo vengo haciendo desde hace unos tres años. Desde que visité a un chamán que al verme me dijo: “Debes aceptar a la otra que llevas en ti”. Desde entonces he venido abriéndole camino a la Cayetana de mi adolescencia; poco a poco se apodera de mí y rompe el silencio. A medida que lo hace, mi cuerpo comienza a unirse, poco a poco voy dejando atrás la sensación de estar escindida. He hecho progresos, ya puedo caminar con tacones y me desenvuelvo mejor con las manos. No quiero que mis gestos parezcan caricaturas cuando recupere mi verdadero yo. Deseo que cuando a ella le llegue el momento de hablar, no tenga los gestos de él. Desde hace poco estoy pensando en hacerme operar. Ese miembro que llevo entre las piernas cada vez me estorba más. Siento a Cayetana como si fuese un volcán que anida en mi interior, su fuerza magmática crece y crece; no demora en hacer explosión. Cuando eso ocurra, mi antigua armazón habrá desaparecido y dará paso al cuerpo que siempre he ansiado.

Berta Lucía Estrada Estrada, Colombia © 2023

bertaluciaestrada@yahoo.es

Ilustración realizada por Enrique Fernández © 2023

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