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En busca de alguien

Voy en busca de alguien que huyó de mí
Mary W. Shelley

Alongarme somente foi o xeito
de ficar para sempre
.
José Ángel Valente

Arrastró la maleta unos centímetros. Alto y gris, de perfil tenía treinta años y de frente cuarenta. Con el pie tocaba un bulto de ocho kilos de peso. Todo su equipaje. Parecía triste, doliente, sin ganas de hablar, dispuesto a mentir y aceptar cualquier pregunta con tal de responder con un monosílabo o un gesto. Sintió un golpe leve en los tobillos y, sin darse la vuelta para pedir o aceptar disculpas, hizo un gesto imperceptible con la cabeza y empujó de nuevo la maleta.

A las tres de la tarde, por la dársena de la estación de autobuses de Lugo sólo discurrían una decena de pasajeros que tomarían el Alsa en dirección a Madrid y tres hombres que, sentados muy juntos en un banco de madera, compartían confidencias y un cartón de vino Don Simón. El frío luminoso y constante de diciembre manoteaba el rostro de Uxío Carballo y pasaba alfileres de cristal por las comisuras de sus ojos. A fuerza de párpados trataba de mitigar el dolor, de apartarlo de sí como si fuese una visión.

El conductor revisó su billete y colocó su equipaje en el maletero. Antes de subir al autobús, levantó sin propósito la mirada hacia la luz del mediodía y un estremecimiento de memoria le recorrió todo el cuerpo. En el cierre de la estación divisó un pasado cercano e hizo un gesto con la boca para tragar los agravios que lo habían herido. Recordó que se habían encontrado en ese mismo lugar. Se marchaban. Estarían juntos honestamente, sin mentiras o, al menos, no volverían a frecuentar las mismas formas de mentir. Se sintió un amante abandonado acudiendo a la cita. La Penélope de Serrat. En las manos cerradas en los bolsillos apretaba la pena, las circunstancias mal traídas. Llevaba sufrimiento.

Dejó el abrigo en el compartimento superior y se sentó en el asiento número veintitrés. Por la ventana no vio a ninguna persona conocida. Nadie había ido a despedirlo y esta certidumbre le hizo consciente de su tristeza, la tristeza de estar solo, de comer la sopa sin hambre en un mantel de hule con flores gastadas, con diminutas quemaduras de cigarros y migas de pan de ayer por la noche, sin la complicidad y el insulto cariñoso de una persona querida.

El vehículo salió de la estación, descendió por la avenida de Madrid, siguió por la N-VI algo más de cuatro kilómetros y llegó a Nadela. Atravesó esta localidad y, en la rotonda, tomó la cuarta salida en dirección a A-6 / Ponferrada / Madrid. Ya en la Autovía del Noroeste, Uxío se entregó a la contemplación del paisaje gallego que tanto amaba. Pestañeaba poco. Todo lo reconocía por primera vez, nostálgico y febril, en un éxtasis de amor. Se despedía de los robles, los abedules y los castaños, de los seres que habitan en sus templos, admirando la exactitud inconmovible de la naturaleza. Entre las ramas de los árboles advertía los silencios del viento, el salto de un gorrión, seguía la voz distante del río Miño. Veía la vida pasar sin preocupación, alejándose –para estar más cerca– de las cosas que le importaban y habían perdido su sentido.

Salió de Galicia sin darse cuenta, tal y como se cambia de sueño. No se percató de que era un sol más triste y un campo más largo los que miraba sin ver. El hueco de una sombra que crecía se había posado en sus actos y pensamientos en los últimos meses, en la imagen que había construido del destino y, de gris en gris, fue disolviendo el futuro cada vez más lóbrego, hasta arruinar también el pasado y atenuar la luz de los espejos. Ya no había nada real por lo que permanecer y el sol descendía quemando Galicia y su memoria. O eso deseaba.

Una hora y media después, el autocar tomó la salida Ponferrada (norte), superó Columbrianos, continuó por la CL-631 durante algo más de dos kilómetros y medio y, luego de tres glorietas y de vislumbrar Compostilla, entró en Ponferrada. En su estación hizo una breve parada para recoger más pasajeros. Las caderas de la muchacha se sentaron poderosas en el asiento veinticuatro y más allá de él. Con el teléfono de mano en mano y sacándose la chaqueta, dedicó segundos de silencio a ofrecer los labios mudos de una sonrisa al pasajero del asiento de al lado. Por el hábito de la costumbre, Uxío trató de corresponder a la alegría de Daniela, que se mostraba exuberante y complacida como si acabara de dar una limosna generosa o de prestarle dinero a un amigo. Sus veintidós años hablaban a media voz por el teléfono móvil, respiraban por los agujeritos de sus pantis, se veían en el perfil alto de sus pechos. Consolaban e invitaban a cualquier cosa futura que hubiera reservado la vida.

El Alsa abandonó Ponferrada por la Avenida de Montearenas, continuó por la N-VI y tomó la salida A-6 / Astorga / Madrid. Daniela tropezó con unos ojos pardos, comunes a todos los hombres que han sufrido vergüenza en la niñez. Entrevió una infancia campesina y maternal en las manos grandes, dobladas hacia adentro como en las láminas de Castelao. Pensó en su abuelo, sentado en un rincón de la cocina, con las manos envejecidas sobre los muslos, mientras su hija le daba cucharadas de sopa y él lloraba avergonzado. Aún le dolía el orgullo. La chica cruzó las piernas y con el pulgar y el índice separó varias veces la camisa de su cuerpo para que entrara el aire. Después se peinó la melena castaña con las dos manos y deslizó por un hombro el pelo liso, dejando a la vista la ceniza de un beso en la nuca. Ya más cómoda, abrió el bolso azul de Pierre Cardin que había colocado bajo el asiento y sacó un libro de fotografía que su abuela le había regalado esa misma mañana, Legados de Susana Girón, dispuesta a pasar sus páginas con una firme mirada sepia, acorde con la luz del atardecer.
–¿Va también a Madrid?
–Sí, claro.
–Por cierto, me llamo Daniela –dijo extendiendo una mano–, ¿cuál es su nombre?
–Uxío. Encantado, Daniela.
–¡Qué nombre tan maravilloso! Nunca lo había escuchado.
–Muy amable –el hombre devolvió su mano a la joven. Daniela percibió agotamiento en su voz y cómo su mente volvía a un lugar determinado, que estaba más allá de la carretera y el paisaje, un lugar poblado por símbolos y soledad. Le hubiese gustado hablar de lo fortuito de algunos encuentros, de recuerdos no vividos, de escalas de valores, del gobierno, de cualquier cosa en definitiva, pero fue inútil. Había empezado a lloviznar y a oscurecer. El hombre se inclinó con ternura hacia la lluvia y siguió gastándole los ojos al reflejo de la ventana con aire de leyenda. El autocar fluía nuevamente en silencio.

Bembibre y Astorga quedaban a la espalda cuando, de pronto, Daniela se descubrió mirando el vislumbre de aquellas pupilas de perro castigado, que brillaban comprensivas y serenas de tan tristes, y entraban en su cuerpo cariñosas y calientes como el vuelo de un jilguero, cuyo canto es contenido e interminable a la vez. Ella se preguntaba qué veían, qué podían ver, pues en su horizonte no había paisaje, árboles, era un mismo árbol que se repetía, que se repetía del mismo modo verde sobre fondo gris. Cada vez más oscuro y menos verde.

A las cinco y media de la tarde, el autobús dejó una vez más la autovía para cumplir su parada habitual en el área de servicio de La Bañeza. Daniela entró con sus tacones altos en la cafetería y pidió un café con leche. A través de la cristalera observó cómo su acompañante se alejaba del punto de descanso con la vista fija en los colores del enorme horizonte rojo, azul y verde. La muchacha se conmovió, se le llenaron las manos de una rara nostalgia –aquella que se vive en la memoria de otros–, al intuir que ese hombre contemplaba la belleza del mundo en todas partes. Con todo, en ese preciso instante le pareció un animal perdido.

El transporte se puso en marcha. Caminando por el pasillo lo vio volver a su asiento, escuchó cómo le pedía disculpas y apartó las piernas para dejarlo pasar. Tenía el resplandor de un hombre verdadero y, sin embargo, no sabía por qué lo asemejaba más a un niño o un anciano. Sonreía, extraviado y ridículo, mirando por la ventana los colores que empalidecían el atardecer como si los fuese a besar. Daniela se asustó y le preguntó si se sentía bien, pues le había visto aire de sentirse feliz. Él asintió sin explicarse. Estaba seguro de que no lo entendería y continuó llorando sin lágrimas en los ojos.

El Alsa salió de La Bañeza, avanzó dos kilómetros por la N-VI y, al llegar a la glorieta, tomó la segunda salida en dirección a A-6 / Benavente / Madrid. Daniela se preguntó sorprendida qué le atraía de ese hombre feo, solitario y triste que no le hacía ni caso; por qué le despertaba tanta ternura. Cuantos más defectos le veía más le gustaba: un corte en la comisura de los labios, la mueca pensativa o evocadora en el perfil, los rasgos disminuidos en la ventana. Le gustaría abrazarlo, que la escuchara, saber los motivos de su tristeza, verlo llorar hasta cansarse.
–¿Es usted poeta?
–¿Perdón?
–Le he preguntado si es usted poeta o artista.
–No, para nada, ¿por qué lo dice? –Uxío se sintió invadido, incómodo, pero se esforzó porque no se le notase–.
–No lo sé –Daniela buscaba sin éxito el sentido preciso a sus palabras–. Supongo por cómo mira el paisaje, el atardecer. No lo sé. Pensé que podría serlo.
–No, yo nunca he leído poesía –dijo rotundo y fastidiado, dando por terminada la conversación–. Lo siento.

La muchacha midió con turbación y extrañeza la esquivez de su acompañante, el absurdo de la cordialidad con algunas personas. Se arrepintió de su curiosidad, se sintió torpe y ridícula ante tanta indiferencia y deseó llegar pronto a Madrid. Uxío había ladeado su cuerpo hacia la luz que se iba, ofreciéndole parte de la espalda, como si un paisaje entero pudiera desaparecer definitivamente tras el cristal y él pretendiese custodiarlo con la mirada. Sin fatalidad, Daniela pensó que, preocupado por el futuro o amargado por el pasado, era irremediablemente un ser solo, la niebla de un hombre, un paisaje sin consuelo. Recordó vivamente un verso de Neruda, “No quiero para mí tantas desgracias”, y deseó en los próximos años amar a algunos hombres, a algunos países, y no gastarse en el error estúpido de la nostalgia, de la apatía, viendo el mundo a través de un cristal que reconoce tus rasgos vagamente. Se prometió a sí misma que no se dejaría vencer por los desengaños ni por los remordimientos, que se entregaría al placer y a la alegría. En esta voluntad halló consuelo y se sintió afortunada imaginando los olvidos de los que podría vivir.

Sin consecuencias, el tráfico y la niebla se espesaban por momentos, y el autocar llevaba una línea recta e imperturbable que ya no se torcería hasta alcanzar su destino. Entonces, tal y como estaba previsto, llegó a la Estación de Méndez Álvaro a las nueve y media de la noche, una hora que poco anunciaba y que supo preservar su secreto. Daniela supo que mañana no lo recordaría, que nada especial había en aquel hombre, en aquella presencia que la había ignorado durante cinco horas, en aquella boca que veía reflejada en el cristal. Contempló brevemente el fracaso de sus gestos frotándose los párpados, la mueca de los labios, la juventud y la belleza perdidas. Se abrió la puerta trasera del autobús, la mujer escrutó la oscuridad y una fina llovizna le salpicó los ojos. Bajo el abrigo, sintió en la piel una caricia temprana vagando su transparencia. Un poco herida en el orgullo, había bajado sin despedirse porque entendió que con aquel hombre de nada servían las palabras. Sin embargo, después, mientras lo miraba recoger la maleta y luego avanzando por la dársena indiferente de Madrid, intuyó con asombrosa lucidez que algo los unía o, con mayor exactitud, que podría quererlo de una manera extraña y perseguida, como a un hermano o a un tío al que se le ve de vez en cuando. Sintió lástima por él unos segundos; los que tardó en divisar una gorra roja y una cazadora plateada bajando por las escaleras mecánicas de la estación de autobuses. Caminó apresurada a su encuentro y, antes de apartarse de la espalda y la saliva de aquel joven, ya había separado de su memoria la figura maltrecha de Uxío Carballo que, respirando profundo, abandonaba la dársena de la Estación Sur a pasos largos, arrastrando la maleta, sintiendo el temblor de sus pisadas en todo el cuerpo.

Uxío se alejaba del lugar y el tiempo en el que había sido feliz, del contexto y las circunstancias que no volverían, del hombre que ya no era y había sido consumido por los mezquinos rencores, las palabras crueles y malintencionadas, las provocaciones y los engaños sin remordimiento. Imaginó su desesperación al no encontrarlo, al entender lo que había sucedido. Vio el llanto de esa otra persona temblando en el balcón, a esa misma hora, con un cigarro que le quemaba los dedos. Se ilusionó pensando que preguntaba por él a los vecinos y a sus familiares, sin vergüenza y con los párpados hinchados, que lo buscaría durante semanas, tal vez meses, por fin consciente de su error y de lo que había perdido perdiéndolo. Uxío Carballo huía de alguien a quien todavía amaba, pues este era el único modo de estar juntos para siempre. O eso creía.

Al franquear la puerta de la estación, una ráfaga de aire, hojas secas y polvo le golpeó la cara con violencia. Levantó las manos para protegerse y, un par de segundos después, ya para que las impurezas saliesen de sus ojos o ya por algo muy íntimo que le animaba dentro del pecho, pudo al fin llorar las lágrimas vivas que lo estaban ahogando.

Saturnino Valladares, España © 2016

saturninovalladares@gmail.com

Saturnino Valladares nació en Lugo (España) y es Doctor en Humanidades y Servicios Culturales por la Universidad de Santiago de Compostela. Es autor de cuatro libros de poesía y de numerosos artículos y poemas publicados en Brasil –Anuario Brasileiro de Estudos Hispánicos, Hispanista, Boyrá, etc.–, en España –Campo de Agramante, Quimera, Moenia, El Mundo, Mujer de Hoy, Letralia, etc. – en Argentina -La Nación de Argentina-, etc. Trabaja como profesor en el curso de Letras: Lengua y Literatura Española de la Universidade Federal do Amazonas (Brasil) desde el año 2013. Actualmente, realiza un Postdoctorado sobre la poesía erótica de Claudio Rodríguez Fer.

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