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Fémina erecta

Llevaba meses sintiéndose rara y con dolores por todo el cuerpo. Lo comentó con su marido.

–Será la menopausia. Contestó él.
–Sólo tengo 47 años. ¿No te parece un poco pronto?
–El promedio son 52 años, así que a ti te ha tocado de las primeras. A otras les llega más tarde. Has tenido mala suerte.

Miguel siempre conocía datos precisos sobre todo lo habido y por haber. Ella no recordaba estadísticas pero nunca había leído u oído que la menopausia viniera acompañada de tan fuertes dolores.

–Puede ser el síndrome del nido vacío –continuó Miguel.

El nido había quedado efectivamente vacío desde el mes de setiembre con la marcha del más pequeño de los cinco hijos a otra ciudad para estudiar.

También Miguel estaba al tanto de todos los síndromes y Lucy tuvo que aceptar que la marcha de Yago la había afectado profundamente. Veintisiete años dedicada al hogar habían impuesto un ritmo a su vida que ahora dejaba de tener sentido. Por eso, después de haber pasado casi sola el último verano en la casa que tenían al borde de un lago, sin decirle nada a nadie, en secreto, se había matriculado en la universidad. Lo ocultó por miedo a fracasar y a las bromas que tendría que soportar de todos, incluidos los hijos. Nadie notó su nueva actividad. Miguel salía pronto por la mañana y no volvía hasta las siete de la tarde. Durante el día tenía tiempo de ir a clase, trabajar en la biblioteca y le sobraban horas para lo poco que tenía que hacer en la casa. Las clases, al principio, le resultaron difíciles. Recordaba muy poco de lo que había estudiado y hasta algo tan conservador como la literatura clásica había sufrido cambios enormes. Persistió, pues no tenía nada que perder, y para las navidades ya funcionaba como un estudiante más. Sus compañeros, a pesar de ser la única persona mayor en la clase, la recibieron con los brazos abiertos; se le acercaban en la biblioteca o la cafetería, le hacían confidencias personales y hasta le pedían consejo. Consejo a ella que había pasado la mayor del tiempo en la casa limpiando, cocinando, planchando y cosiendo como la pobre niña de la canción y que sabía de la vida lo que había aprendido leyendo el periódico, viendo la televisión o escuchando a Miguel y a los hijos.

Volver a la universidad había sido la mejor decisión de su vida. La mejor y la única importante que había tomado por sí misma en muchos años. Desde que se casó, llevar la casa y cuidar a sus hijos la habían mantenido ocupada. Las otras decisiones, qué casa comprar, qué vacaciones, qué colegios y carreras para los chicos, habían sido compartidas y ahora pensaba que su participación había sido decididamente minoritaria.

Lentamente, sintió que estaba cambiando. Ropa, peinado, zapatos, forma de andar y de pisar; vocabulario, risa y gestos. Al principio se controlaba para que los cambios no resultaran demasiado notables. Luego se dejó llevar por sus impulsos.

Cuando todo parecía que iba sobre ruedas, se acentuaron los dolores. Se hicieron tan intensos que no tuvo más remedio que ir al médico.

La examinó con cuidado; ordenó un completo chequeo. Cuando tuvo todos los resultados la volvió a ver.

–Será la premenopausia. Le dijo.
–Sólo tengo 47 años. ¿ No le parece un poco pronto?
–El promedio son 52 años o así y a usted le ha tocado antes. A otras no les llega hasta más tarde. Voy a recetarle unas vitaminas, beba leche y añada otros productos lácteos a su dieta.
–Pero estos dolores tan fuertes, en las articulaciones, en las piernas...
–Puede ser también el síndrome del nido vacío.

Empezó a beber leche y tomar vitaminas pero los dolores no desaparecieron. Curiosamente cuando andaba o se movía no le molestaban tanto. Comenzó a ir con dos de sus compañeras al gimnasio de la universidad; perdió peso y se sintió mejor. Por la noche, en la cama, seguía despertándose con dolores insoportables.

Llegaron los exámenes finales y luego las notas. Cuando tuvo en la mano el documento que confirmaba su éxito académico lamentó no tener a nadie de la familia con quien celebrarlo. Le daba vergüenza descubrir su inocente secreto a los hijos y en cuanto a Miguel, precisamente, el hecho de que fueran tan buenas lo hacía aún más difícil. Si la hubieran suspendido, hasta la habría consolado. Ahora iba a parecer una traición, una deslealtad, una falta de confianza. Resolvió que durante el verano, en la casa del lago, buscaría una ocasión para confesar, casualmente, como quien habla de una clase de baile flamenco... que había asistido a unas clases en la universidad; que pensaba seguir y hasta terminar la carrera.

En julio no tuvo oportunidad. Miguel solamente vino un fin de semana; el mismo que vinieron todos los chicos. Fue un mes de julio triste. El tiempo más frío que de costumbre y una soledad que se notaba aún más en una casa que había siempre estado llena de los gritos, de entradas y salidas. Ahora todos tenían trabajos, viajes y cosas mejores que hacer. Lucy fue un día a la ciudad y compró los libros para los cursos del año próximo. Los dolores se hicieron más intensos. Al volver al lago se confirmaron sus temores sobre lo que le estaba pasando. Y de una manera muy simple. Como no tenían lavaplatos cuando compraron la casa, sobre el lebrillo, habían colocado una rejilla para escurrir la vajilla. Miguel decidió a la altura que debía estar. Lucy se atrevió a protestar cuando vio que no alcanzaba a colocar los vasos en la bandeja superior del escurreplatos.

–Si se coloca más baja, contestó él, los demás nos vamos a dar un porrazo en la cabeza. Tú eres la única que no llegas. Es preferible que te subas tú en un taburete a que nos desnuquemos los demás. Lucy pensó que, puesto que era ella la que fregaba, lo más natural sería que estuviera a su altura pero no dijo nada porque si alguna vez Miguel se golpeaba la frente, que no la nuca, cualquiera lo oía. Pues bien, el primer día al fregar los platos observó que no necesita usar el taburete; sin hacer el menor esfuerzo, levantó el brazo derecho y colocó con toda facilidad los vasos en la bandeja. Iba además descalza así que no le cupo la menor duda, había crecido varios centímetros tal como venía sospechando. Aquella misma tarde compró un metro y se midió contra la pared; un metro sesenta y cinco. Hacía mucho tiempo que no se medía pero estaba segura que nunca pasó de un metro sesenta.

Volvió a la ciudad y al médico: éste no hizo mucho caso a la prueba del escurreplatos: "¿Cuánto tiempo hace que no se mide? Las mujeres, sobre todo si se casan jóvenes, a veces crecen al tener hijos no sólo en anchura sino el altura y seguramente eso es lo que pasó." Volvió a preguntarle por los síntomas de la menopausia; sonrojos, ahogos, palpitaciones, desarreglos del período y otra vez le recomendó, aunque no tenía ninguno, que bebiera leche y diera paseos.

Volvió al lago. Le pareció que aún llegaba con más holgura al escurreplatos. Se volvió a medir. Un metro sesenta y ocho.

Llegó agosto; vinieron Miguel, Yago y Marta con su marido. Luego, los demás. La casa se llenó de ruidos y de risas y Lucy de trabajo. Los dolores se hicieron más soportables pero tenía miedo que descubrieran este segundo secreto que ni siquiera ella sabía como interpretar. Nadie lo notó. Marta comentó un día:
–Estás más delgada.
Isabel, otro:
–Te queda bien el pelo así.
Teresa:
–!Qué morena te has puesto este año!

Cuando había alguien alrededor procuraba quedarse sentada. Compró otro taburete; éste, alto como los de los bares. En la cocina se sentaba a preparar las verduras, a pelar las patatas. Hasta la plancha empezó a hacerla sentada. Eso si lo notó Miguel.
–Te estas haciendo vieja.
Y Teresa:
–¡Qué magnífica idea! Así te desaparecerán los dolores de las piernas.

Un día en la mesa cuando Marta le hablaba de su trabajo del instituto, le dijo:
–Sabes, como estaba tan aburrida este año pasado he ido algunas mañanas por la universidad y he empezado a leer libros; creo que me gustaría terminar la carrera. La casa, sin ninguno de vosotros, se me cae encima.
–Sería más útil que te dedicaras al jardín o fueras a clases de cocina y de costura –se entrometió Miguel–. Con la edad que tienes y el poco trabajo que hay, no vas a conseguir nada con tener un título. Además cuando termines tendrás edad de jubilarte.
–Pues yo creo que si a mamá le hace ilusión terminar la carrera tenemos que animarla y no desilusionarla –contestó Marta.

La discusión se hizo general. Todos los jóvenes estaban a favor. Miguel cambió de tercio.

–¿ Y el coste? Las matrículas se han puesto carísimas y los libros están por la nubes. Demasiado tenemos con mantener a tres en la universidad. Como éramos pocos parió la abuela –sentenció.

Lucy no dijo nada más; seguiría estudiando. Pagaría los libros y la matrícula de los pequeños ahorros que hacía de la cantidad que Miguel le daba para los gastos de la casa. Llevaría el pelo recogido en cola de caballo en vez de ir a la peluquería. Sin consultar había suprimido dos días de asistenta a la semana y como no le quedaba tiempo para ir de compras, a merendar o al cine, tenía más dinero disponible que nunca. En setiembre estaba preparaba. Algo debió notar Miguel que le preguntó:
–¿Qué, te vas a matricular en alguna asignatura?
–Sí, ya lo he hecho.
–Ya verás lo difícil que te va a ser. No te acordarás de nada. Los métodos han cambiado mucho y no te digo nada en otro país; aunque estudies latín y griego las clases van a ser en inglés, tendrás que escribir los trabajos también en inglés y tú nunca lo aprendiste bien. No te lo tomes muy en serio y si no te va bien, lo dejas. Es a mí y me cuesta mucho mantenerme al día en mi profesión y eso que no he parado.
–Aunque no te lo dije ya hice cursos el año pasado sin problemas.

Tuvo que dar más explicaciones. Admitir que se había matriculado en cursos y sacado excelentes notas. Miguel se enfadó. La acusó de haberle ocultado muchas cosas, de haberle engañado. Se defendió como pudo. Que él cuando llegaba a casa nunca había querido saber saber lo que ella hacía o dejaba de hacer; que tampoco él le contaba nada de su trabajo. O sea que salió del paso pidiendo perdón y acusando; defendiéndose y atacando. Siempre había tenido que hacerlo así para justificar sus propias decisiones. Empezaron las clases. El profesor de latín medieval le preguntó si le interesaría ayudarle en un proyecto de investigación. No podía pagarle mucho, dijo, pero le serviría más tarde para su curriculum y sobre todo para facilitarle la búsqueda de trabajo al terminar. Le hubiera besado de agradecimiento. Primero por haberla elegido y sobre todo por hablarle como si ella fuera una persona normal que estudia, termina, busca y hasta encuentra trabajo. Aceptó tragándose las lágrimas.

Todo iba viento en popa. Miguel, más atento, parecía llegar algún día que otro más pronto a casa. La única nube seguían siendo los dolores. Le daba miedo medirse. Por fin lo hizo al notar que los pantalones cada día le quedaban más cortos. Al medirse casi se desmaya: !un metro setenta y cinco! Ya era bastante más alta que sus tres hijas y del mismo tamaño que Fran, el hijo mayor. Sólo el pequeño y Miguel la sobrepasaban.

No quiso ir al médico. Esta vez no iba a poder negarle la evidencia pues él mismo la había medido. Tenía que ser una enfermedad muy rara, pensó: un cáncer de huesos. El cáncer es eso precisamente; un crecimiento alocado de células. Estaba mucho más delgada pero aparte de los dolores nocturnos se encontraba fuerte y con más energía que nunca. Prefirió no pensar. Seguir con sus clases y sus cosas. Pero tenía que disimular. Si se llegaban a dar cuenta le harían miles de preguntas, no descansarían hasta encontrar la causa y lo peor, no podría seguir estudiando.

La cena de Nochebuena le daba horror. Los hijos iban a darse cuenta de lo gigantona que se había vuelto su diminuta madre. La preparó con gran antelación para no tener que moverse mucho. Los recibió sentada. Luego, en lugar de levantarse para recoger y cambiar platos, pidió ayuda a sus hijos pretextando estar muy cansada. La obedecieron pero dirigiéndole miradas de preocupación, pensando que o estaba enferma o se estaba haciendo vieja. Todo funcionó. Lucy se atrevió a decir:
–Desde ahora me vais a ayudar a quitar la mesa y a recoger la cocina. –Y añadió–: ya no soy tan joven como antes.

Desde aquel día, cuando estaban en casa, comenzaron a ofrecerse para todo. Lucy se admiró que hubiera sido tan fácil y le dio coraje no haberlo hecho antes.

De todas manera seguía teniendo miedo que un día descubrieran su secreto. Dejó de usar tacones altos; andaba por la casa medio encorvada para disimular los quince centímetros extras de altura. Nadie se percató; se dio cuenta con cierta tristeza, que hacía mucho tiempo que su familia la tenía catalogada y para ellos seguía siendo la misma mujer pequeña e insignificante de siempre.

En enero reanudaron las clases y se lanzó a trabajar cada vez con más entusiasmo. Poco a poco sus estudios lo iban invadiendo todo. Comenzó a ser más descuidada, a dejar libros por en medio; a traer el trabajo a casa y estudiar hasta el momento que escuchaba la llave en la cerradura. Miguel terminó por preocuparse. No le preguntaba nada directamente; trataba de sorprenderla en flagrante delito volviendo a horas desacostumbradas, tomándose de improviso una tarde libre y proponiendo ir al cine o de compras. Lucy se esforzaba en recibir ese nuevo interés en su persona con las muestras de agradecimiento que de ella se esperaban. Tuvo que perder algunas clases, cambiar a última hora la fecha de un seminario para el que se había comprometido a presentar un trabajo. Miguel se cansó pronto del juego. Hiciera lo que hiciera, su trabajo y su vida habitual lo mantenían tantas horas ocupado que a Lucy le quedaba tiempo de sobra para todo. Ya no se trataba de sacar buenas o malas notas. Con la mitad de lo que estudiaba tenía garantizado el sobresaliente; trabajaba porque se había vuelto a apasionar por la literatura y la cultura clásica. En la universidad era feliz porque los profesores parecían apreciarla y los estudiantes la trataban como una hermana mayor. Los últimos años, a medida que los hijos habían ido creciendo, viviendo cada vez más tiempo fuera de la casa y por último abandonando el hogar, se había ido aislando más y más, dejando que el silencio creciera a su alrededor. Al matricularse parecía como si hubiera salido de una especie de convento de clausura donde sólo la dejaran hablar unas horas al día o, mejor dicho, escuchar, pues ella bien poco tenía que contar. La camaradería del gimnasio y la piscina, el café entre clase y clase, el intercambio de libros e ideas, la habían sacado de la mortaja que ella misma se había fabricado.

Poco antes de las vacaciones de Pascuas, el profesor McMichael le hizo saber que quería hablar con ella a la mayor brevedad posible. Lucy pensó, con horror, que el trabajo que había preparado y acababa de entregarle no le había gustado. Se acercó a su oficina a la hora señalada, nerviosa. Al verle se disiparon sus miedos. La recibió sonriente y la felicitó por el magnífico trabajo que había hecho. Quería proponerle que trabajara durante el verano para él como ayudante de investigación. Le habían otorgado una magnífica beca para trabajar en la Biblioteca Vaticana y Lucy era la única de todos los estudiantes graduados que parecía tener facilidad para la paleografía. Se trataba precisamente de transcribir notas marginales de varios manuscritos ovidianos. Trabajarían juntos en Roma durante el mes de julio y recogerían todo el material necesario para terminar el trabajo de edición que tenía entre manos. A Lucy el corazón empezó a saltarle como queriendo escapar. El profesor McMichael la miraba esperando la respuesta. Medio tartamudeando, supo agradecerle que hubiera pensado en ella y asegurarle que desde luego le encantaría ir pero que sus circunstancias familiares... No la dejó terminar; le dijo que no tenía que contestarle inmediatamente, que lo pensara, lo consultara con su familia y le diera la respuesta el martes siguiente.

Lucy salió de la oficina sin saber si era feliz o desgraciada. No había deseado nada tanto en su vida, ni tampoco había nada que le pareciera más difícil de conseguir. Sabía que no valía la pena ni soñar en la posibilidad de marcharse todo un mes a Roma. Todos, absolutamente todos, la tomarían por loca de atar, se reirían de ella y cosas peores. Miguel que, si se lo hubieran ofrecido a alguno de los hijos lo habría considerado como una magnífica oportunidad, al proponerselo a ella, lo catalogaría, sin apelación posible, como una solemne barbaridad.

Intentó quitárselo de la cabeza y pensar en otras cosas agradables: la comida de Pascua; la visita de los hijos. Siempre por Pascua se habían discutido los planes del verano: cuándo abrirían la casa del lago, en qué fechas vendrían unos u otros; qué amigos o familia invitar este año. Lucy volvió a preocuparse de la cuestión de su altura pero no se atrevió a comprobar si seguía creciendo. Confió que como tantas veces no la miraran con atención. Seguiría andando por la casa encogida, cargada de hombros y con las rodillas medio dobladas; al fin y al cabo, quince o veinte centímetros no es tanto, se decía. En la mesa miró a su alrededor. Sus hijos tan guapos, tan llenos de vida, de proyectos, de ilusiones. Marta, la mayor, las manos entrelazadas con las de su marido, feliz, esperando ya en cualquier momento el nacimiento de su primera hija. Miguel, por una vez contento y satisfecho, dominando como siempre la conversación. Lucy olvidó por un momento sus malogradas vacaciones romanas. A los postres se comenzaron a discutir los planes del verano. Uno a uno los chicos fueron exponiendo sus proyectos. Todos esperaban trabajar y como mucho se tomarían algunos días a finales de agosto, justo antes de comenzar el curso. Marta declaró que tampoco ella iría al lago hasta finales del verano. John sólo tenía dos semanas de vacaciones y una la pasarían con los suegros. Lucy vio que este año iba a estar más sola que nunca: Miguel se quedaría en la ciudad y la visitaría, si acaso, un fin de semana. ¡Y para eso tenía ella que renunciar a Roma! Durante todo el tiempo que duró la discusión, no pronunció una palabra. Quizás su silencio consiguiera comunicarles más que lo que otras veces había intentado hacer hablando.

Miguel se dio cuenta y mirándola fijamente, afirmó:
–En todo caso mamá no va a estar mucho tiempo sola pues ayer hablé con la abuela y le he dicho que este año sería mejor que viniera en julio, así la acompaña y tenemos más sitio en agosto.

Lucy lo escuchó incrédula, tan sorprendida que no respondió de inmediato. Quería a su suegra y se llevaba bien con ella pero no dejaba de ser la madre de Miguel. Hacer un viaje tan largo para no ver a su hijo más que unos días, sin disfrutar de sus nietos y biznieta no era justo para ninguna de las dos. La rabia empezó a amontonársele; sintió que le subía por la garganta una lava amarga que si no la expulsaba terminaría por ahogarla. Por eso habló, en voz muy baja, despacio, dejando resbalar suavemente las palabras:
–Deberías haberme consultado antes de hablar con tu madre. Debes llamarla otra vez para decirle que venga en agosto como otros años. Así podrá ver a todos, estar contigo y pasar algún tiempo con Marta y la nena.
–No creo que se puede hacer ya nada para cambiar los planes –insistió Miguel–conociendo a mi madre, seguro que ya sacó el billete.

Lucy se tomó tiempo para contestar. Se había hecho un silencio como nunca antes había existido cuando todos estaban juntos:
–Pues tendrás que telefonearle enseguida para que cambie el billete. Como sabía que me iba a quedar sola también yo he hecho planes para julio. Me han ofrecido una beca de investigación para trabajar en la Biblioteca Vaticana –dijo exagerando un poco– y como la familia más inmediata no me necesita, la voy a aceptar.

Miguel, atónito, no acertaba a responder. Se puso de pie y dando la vuelta a la mesa se situó justo a su lado. Alzó la voz para decirle recalcando cada palabra:
–Lucía, esa explicación tan bonita y convincente se la vas a tener que dar tú.

Lucy apartó la silla de la mesa y, muy lentamente, se puso de pie. Como una serpiente obedeciendo la música de un faquir se fue desenrollando, estirando las piernas, enderezando los hombros y alzando la cabeza. Cuando estuvo completamente erguida se dio cuenta que sus ojos estaban al mismo nivel de los de Miguel, incluso quizás un poco más altos. Sus hijos, después de tantos años sin mirarla, la vieron por fin, aunque sin saber cómo explicar el cambio que había sufrido su madre. Miguel fue el único que miró hacia abajo con la vana esperanza de que se Lucy se hubiera subido en algo. Cuando se dio cuenta de que no era así se dejó caer, aturdido, en la silla que ella había dejado libre. –Tú la has invitado y eres tú quien debe explicarle el cambio de fecha. Afirmó Lucy.

Al otro lado de la mesa, Marta se levantó ágilmente a pesar de su embarazo.
–A mí me parece estupendamente que mamá haga un poco su vida, ahora que puede. Ya quisiéramos todos ir a Roma con una beca de investigación.

Lucy, sin decir nada más, salió del comedor. Le dolían todos los huesos del cuerpo y, en su interior, les hablaba, llamándolos por su nombre e insultándoles como si fueran ellos los responsables de todo lo que estaba ocurriendo.

En la cocina, seguía dándole vueltas en la cabeza a lo que se le venía encima. Sólo había ganado la primera escaramuza; las cosas no iban a quedar así. Cuando se quedaran solos vendrían los reproches, los chantajes sentimentales, los ruegos y las amenazas. Tendría que admitir el papel que el profesor McMichael jugaba en todo. Ella misma debería reflexionar sobre qué es lo que quería hacer en Roma. Si de verdad lo que le interesaba era estudiar los manuscritos de Ovidio o lo que buscaba era explorar el arte de amar con su admirado profesor. Si en el fondo no abrigaba la esperanza de que la colaboración fuera de tipo más íntimo. Pensó en él como no se había atrevido a hacerlo antes; un hombre atractivo, poco más o menos de su misma edad. No sabía nada de su vida personal y es posible que estuviera felizmente casado y que fuera hasta cura; en el Instituto de Estudios Medievales nunca se sabe.

Salió al jardín y a pesar del frío se sentó en el banco. Se fue serenando. En realidad no tenía por qué preocuparse. El martes aceptaría el ofrecimiento y persistiría en llevar adelante su empeño. Tomaría las cosas como vinieran; por lo pronto, únicamente tenía que pensar que iba pasar un mes en Roma trabajando en algo que le interesaba; seguiría estudiando y trabajando como tantos hombres y mujeres. Si se le presentaban problemas de otra índole, sentimental o de los que fueran, trataría de resolverlos como mejor supiera: tropezando, cayéndose y levantándose para volver a tropezar y caer. Solamente así avanzan los seres humanos.

Se puso de pie de un salto, la estaban llamando para tomar café. Al entrar en la casa casi se descalabra con el dintel de la puerta, tendría que vigilar por donde se metía para no hacerse daño; de la misma manera que antes tenía cuidado de no caerse de las sillas y banquetas a las que se subía para alcanzar las cosas. A pesar de eso decidió que mañana mismo se iba a comprar zapatos de tacón bien alto, unas grandes plataformas. Entró en el comedor firme y resuelta, decidida a afrontar todos los riesgos que trae consigo el caminar mirando hacia adelante, bien derecha.

Rosa María Garrido, España, Canadá © 2002

rgarrido@trentu.ca

Rosa Garrido es profesora de literatura española en Trent University (Canadá), y ha sido presidenta de la Asociación Canadiense de Hispanistas. Es autora de la novela De las Artes de Amar (Alfar: Sevilla, 1996)

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