Regresar a la portada

El final del laberinto

Al comienzo, en mis prematuros nueve años, me encontraba contemplando el fondo de casa por la ventana, ensimismado en mis propios pensamientos. En ese momento, lo único que me distrajo fue la fresca mirada de mi madre que se amalgamaba con el albor del día, era tan especial que me retraía a todos los momentos lindos de mi vida, pero sin embargo esta vez fue distinto. Sin renunciar a mi estado de ensueño y haciendo foco en el rostro de mi madre que se desvanecía hasta contemplar solo su entorno para luego abandonarlo por completo, se materializó frente a mi un pasillo y al final de éste dos puertas situadas una al lado de la otra. Inmediatamente entendí que debía atravesar por él si deseaba salir de ahí, y de hecho, por una incómoda sensación de claustrofobia quería hacerlo, pero, una vez en frente de las dos puertas ¿cuál escoger?, ¿cómo saber cual sería la decisión correcta?

El pasillo se presentaba en forma de dovela y a medida que avanzaba, en sincronía a mis pasos, se reproducía una imagen. Ahí, en esa imagen estaba yo “contemplando el fondo de casa por la ventana”… No fue tanto lo que tardé en recorrer el pasillo observando pasar mi vida, para luego encontrarme frente a la bifurcación. La decisión inminente fue abrir la puerta que estaba a mi derecha, así pues que actuando en absoluta discordancia con mi instinto opte por la izquierda. Para mi sorpresa me volví a encontrar en un pasillo y dos puertas al final de éste me ponían en un embarazoso compromiso. Esta vez me tome más tiempo en recorrerlo. Los pequeños detalles que uno puede observar cuando se encuentra narrando en tercera persona, sembraron una pequeña brisa de resentimiento hacia mi madre incuestionablemente amada por ese chico de nueve años. Nuevamente elegí la puerta izquierda, pues entendí que en ese lugar se encontraban los pensamientos más oscuros de mi inconsciente.

Recorrí muchos pasillos, crucé muchas puertas y pude ver cómo ese resentimiento hacia una madre sobreprotectora, pero carente de carácter a la hora de defender sus ideales, a sus hijos, a su familia, se transformó en odio, que en primer medida era implícito, todavía resguardado por el pudor de la autorrepresión. Muchos años pasaron y la ira era insostenible, los insultos verbales ya habían curtido la acartonada personalidad de una anciana sumisa que por servil orgullo solo se permitía llorar a escondidas.

Ese último y lúgubre pasillo lo recorrí con cierta angustia; al abrir la puerta, la que todos sabemos, me llené de estupor al ver a mi madre que yacía muerta dentro de un ataúd. Los ojos se me llenaron de lagrimas, en ese momento comprendí que ese era el final del laberinto y que cada puerta que había abierto y cerrado dejaba detrás de mí una posibilidad inalcanzable, que cada pasillo recorrido me había llevado allí, a ese cuarto mustio, contemplando el cajón con una inmutable mirada de odio que ni yo mismo podía comprender.

Al despejar mi mente de estos lúdicos pensamientos, me encuentro a mis ya maduros y sobrios treinta y tres años. Las distintas puertas que había abierto y cerrado me hallan en el germen de una nueva familia y una hermosa hija que lee un cuento de Salvador Elizondo, “La historia según Pao Cheng”, mientras yo no termino de salir de mi asombro. Es increíble cómo nuestra imaginación repliega un insondable horizonte de expectativas, cómo lo que parece una simple decisión nos abre un abanico inmenso de posibilidades. Sin terminar de escuchar el desenlace del cuento me dirijo a la puerta que comunica el patio con el living, a la correcta, y llamo a mi madre para preguntarle como se encuentra.

Víctor Suárez Nicolás, Argentina © 2009

suarez1264@yahoo.com.ar

Para enviar un comentario sobre este cuento pulsar [AQUI]

Para ver lo que los lectores han dicho sobre este cuento pulsar [AQUI]

Regresar a la portada