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Imaginación

Imagino sus ojos amarillos, mirándolo desde la puerta abierta, descalza, con una mano apoyada en el marco y la otra agarrando sus zapatos. Ella no tiene que decir nada. Ya todo quedó hablado cuando el televisor voló por la ventana y cayó cerca de un perro, salpicado de manchas, que salió corriendo al sentir el impacto. Él la mira desde el sillón, sin camisa, en calzoncillos y con el control remoto en la mano. No sabe qué hará después, para calmarse, cuando ella se vaya. Pero eso a ella no le importa. Se siente liberada. Sus años de cueva han terminado. No sabe muy bien cómo, pero su jaula interna, la que la mantuvo amarrada durante años a tipos como ese, se ha abierto: adentro corre la brisa.

Cierra la puerta del departamento sin hacer ruido y sale al pasillo. Atrás, en el sillón y frente a una mesita negra que antes sostuvo un televisor, queda él, un plural de hombres, con distintos rostros, pero siendo todos un mismo fantasma para ella, una mismo peregrinar de purgación, como si su vida funcionase con extraños engranajes que la obligaron a pasar años encerrada en el mundo de otros. Pero una vez fuera del departamento, mientras espera a que el ascensor suba los catorce pisos que la separan del suelo, ella se da cuenta que todo eso que la atormentó durante años, esa bruma confusa que la obligó a lugares y gentes, en ese momento, comienza a borrarse, desdibujándose en su memoria como una mala película, vista a medias, durante un vuelo con turbulencia.

Y es ella la que baja, por ese ascensor de cristales, mirando una ciudad que acaba de hacerse hermosa. El sol hace que todo brille mientras ella desciende al suelo, a la tierra, a medirse con los árboles y los edificios altos. Ella se va haciendo pequeña en la medida que todo a su alrededor crece. Mientras más diminuta se siente, mas se expande su interior, mas libre se hace.

La puerta del ascensor se abre y ella sale al lobby del edificio, pasa frente al portero y se despide con un buenas tardes capaz de silenciar un estadio lleno de gente. El portero, que lee una revista, levanta la mirada para ver quién es la extraña que acaba de salir. Se turba un poco al ver que es la del piso catorce, la triste.

Dentro de ella sus cortinas vuelan con el viento mientras comienza, lentamente, a recoger los pedazos desparramados de esa vida que dejó de vivir durante años. Sabe que en algún lugar, un hombre la espera, ese que lleva buscando desde siempre, pero en los lugares equivocados, buscando a ese que todavía no tiene nombre, ni rostro, ni dirección, pero que es la pieza que le falta a ella. Está lista para él. El encierro del que acaba de salir fue el último eslabón de una gran cadena que comenzó hace mucho tiempo -piensa ella-, incluso antes de que ella naciera. Presiente que ha llegado el momento de buscarse a ella misma: presiente también que buscarse es encontrarlo a él, a ese que palpita dentro de ella, desde siempre, ese que también la busca y que estará, en algún lugar, buscándose para encontrarla. No hay apuro. El río sabe que tarde o temprano llegará al mar. Sólo hay que seguir fluyendo, arremolinándose en las esquinas del cauce y doblando los juncos mansos.

Ya aparecerá él, haciendo la fila para pagar en el supermercado, o apretando juntos el mismo botón en un ascensor lleno de oficinistas. Sin embargo, ella prefiere imaginarlo en un café, con el codo apoyado en la mesa, leyendo un libro o garabateando algo en un montón de papeles. Quiere verlo ahí, entre la gente, uno más en el mundo, en cualquier parte del mundo. “Pero ojalá no muy lejos, ojalá lo suficientemente cerca como para encontrarlo en esta vida y no en otra”, piensa ella mientras espera en la mesa a que le traigan el café, con un mapa abierto de par en par, dejando que la pronunciación de las ciudades, llene su cabeza de imágenes y sensaciones: “Estará de paraguas en un Buenos Aires lluvioso; o de candombe festivo en Montevideo; o de bossa nova y saxo en Rio de Janeiro; vivirá arriba de la escarpada Caracas; prófugo en Ceuta, la seca; perdido entre ruinas y columnas, en Trípoli; será fotógrafo de Alejandría, la sabia; estará cubierto por un turbante en El Cairo; borrándose a camello, como la arena, entre los viajeros del Sahara; pescando, a mitad de viaje entre Dar es Salam y Bombay; antropólogo conviviendo con los cazadores de miel en Nepal; motañista luchando contra el Everest y contra sí mismo”.

Ella lo mira sin mirarlo desde las alturas de su mapa, lo imagina en todas partes mientras pronuncia -en voz baja- los ríos y lagos, las fallas y mares, como si fueran parte de un conjuro que lo hará aparecer a él, a ese que ella imagina viajando desde lejos, a veces en medio de la lluvia, casi sin equipaje, ligero de adentro, intuyéndola en el aire y extranjero en todas partes, como ella. “Nuestro encuentro será sutil”, piensa ella con las pupilas dilatadas. “Un roce despreocupado de nuestras manos nos hará voltear y mirarnos. Quizás las palabras no sean necesarias. Sólo un abrazo fuerte, como de sobrevivientes a una guerra que acaba de terminar, y olernos largamente, reconociéndonos, yo en él y él en mí”.

Y yo imagino todo eso mientras la veo pronunciar en voz baja los nombres del mundo, a dos mesas de la mía. Por eso me pongo de pie y avanzo hacia su mesa, sintiendo que voy llegando al mar mientras busco el roce despreocupado de su mano, buscando el término de esta imaginación que podría ser falsa.

José Pablo Stange Catjak, Chile © 2004

gesimo@yahoo.com

José Pablo Stange Cajtak nació en Chile en 1976. Vivió doce años en Puerto Rico, donde comenzó sus estudios universitarios de literatura. Regresó a Chile en 1997 y se licenció en literatura y periodismo. De niño soñó con estudiar arqueología. Pero un día se sorprendió escribiendo y no ha dejado de hacerlo desde entonces. Se considera arqueólogo de sus circunstancias. Estudió música durante tres años, con un grupo de compositores de obras experimentales. Fue alumno de Alejandra Costamagna y Andrea Maturana en un ciclo de talleres literarios. Afirma que sus influencias literarias son, principalmente, las personas con las que vive. Reside actualmente en Valparaíso y colabora con artículos y columnas en revistas regionales. También es colaborador de la revista holandesa Vlucht.

Lo que el autor nos contó sobre el cuento:
El cuento “Imaginación” forma parte de una serie de ejercicios que escribí siendo alumno en los talleres de la escritora chilena Andrea Maturana. Formalmente, el cuento está pensado desde el rol del narrador. La voz que imagina se mantiene anónima casi hasta el final. Durante ese anonimato, el narrador inventa la historia de una mujer que busca a un hombre. Al final del cuento, esa voz sin cuerpo e identidad, brota desde el fondo de la masa narrativa, como un rostro que aparece bajo aguas calmas. La voz toma carne, es un hombre, y está sentado cerca de ella. El narrador se despoja de su rol pasivo y entra en la historia, deja de ser sólo un observador y decide formar parte de la acción. Este flujo simboliza una decisión personal: no me basta con narrar la vida, también quiero participar de ella, de sus incertidumbres, de sus azares. Debo confesar que la vida en el mundo me asusta, pero no quiero usar la literatura como refugio de esa vida, sino como un puente para conectarme con ella.

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