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La obra

La mujer se dejó caer al piso como con un gesto aprendido. Detrás de las cortinas, don Jaime, el director, sonreía como si fuera la primera vez que veía ese final dramático que siempre hacía que el público se parara de los asientos para luego, tras segundos de impacto, estallar en una ovación sonora y gritada, tan propia de los pueblos chicos.

Pero esta vez fue distinto, los hombres del público miraban con ojos de indignación y las mujeres ocultaban los rostros tras las manos para no seguir presenciando ese espectáculo grotesco.

Don Jaime no estaba preparado para esta reacción y se estrujaba los dedos, tratando de pensar una salida rápida que evitara alguna revuelta. Ya veía, con angustia, a los enojados campesinos intentando recibir de vuelta los centavos pagados por ver la obra. Cierren las cortinas. ¡Jaimito! Pon el cartel de "continuará". El hombre se movía rápido tratando de buscar el cartel que ya había guardado por innecesario.

Esta gente se veía desde el principio un poco extaña, pero ya habíamos estado por acá muchas veces, y los gustos no cambian tanto. Quizá una pequeña modificación, un cambio pequeñito. Ahora que lo veo, el lugar está cambiado y tal vez las gentes también.

Ya, cambiemos el final. Rosarito, usted se me tira al suelo de nuevo y después de un par de segundos, resucita. Claro, ¿como más? Aquí se me empieza a parar, una mano y después la otra hasta que quede enterita de pie y sonriéndole al público. Ya pues, ¡póngase colorete que esto tiene que ser rápido o no funciona!

La pobre mujer, que se había levantado y arreglado los vestidos empolvados, no lograba entender que al público no le hubiera gustado ese final, que de tan repetido a ella le parecía perfecto y miraba para todos lados sin saber qué hacer.

Gastón, tu te tiras al suelo llorando y dando gracias al cielo por la resurrección de tu amante. Sí pues, así no más va a tener que ser. Que se te vean las lágrimas, las llevas aquí en el jarrito.

Los actores se movían agitados y nerviosos, jamás habían tenido que improvisar nada y no sabían muy bien cómo hacerlo, pero don Jaime era el director y él siempre sabía los porqués.

Ya, el padre se arrepiente de todo, se arrodilla y pide disculpas a los amantes y los bendice. Sí Esteban, no hay más remedio, así que sin preguntas. ¿Estamos todos listos? Ya, ¡Jaimito!, las cortinas .... uno, dos, tres ... ¡ahora!

Las cortinas se abrieron y los actores esperaron un segundo en sus posiciones. La cara de los espectadores era una mezcla de curiosidad y enojo. De pronto, a una seña de don Jaime, Rosarito comenzó a incorporarse de su lugar, primero una mano, después la otra, luego las piernas y el torso. Todos los actores se movían tensos siguiendo las ordenes del Director. Por aquí un llanto, por allá unos gritos de terror. El asesino de rodillas murmurando disculpas mal aprendidas.

Luego de varios tropiezos intercalados con diálogos truncados, los actores salieron de la escena en espera del aplauso. Pero no, el público se negaba a brindarles esa mínima deferencia. La mujeres lloraban y los hombres repetían gestos de ira, mientras indicaban algo en los programas de papel raído que se les habían entregado al comienzo de la obra.

Don Jaime no podía más, no podía entender qué parte de la trama les había molestado tanto a estas gentes. Bueno, señores. Creo que debemos enfrentar las circunstancias. Estamos perdiendo encanto con nuestras representaciones y eso nos debe hacer reflexionar. A ver, Rosarito, ¿cuándo fue la última vez que nos habían reclamado por una obra? La pobre mujer contestó llorosa. Nunca don Jaime, en los 70 años que la venimos haciendo, ni una sola vez, pero estos campesinos son demasiado raros, yo no entiendo nada.

Don Jaime se subió al escenario y contempló por última vez los rostros del público. Todos metidos en esos carruajes extraños y haciéndoles gestos para que se movieran. Algunos se habían parado y corrían hacia atrás, desde donde venían luces.

Tras de él, una gran sábana blanca mostraba escenas rarísimas que se iban moviendo confundidas con su propia sombra. Desde lejos, unos señores de blanco y otros de azul corrían hacia el escenario y se llevaban a la fuerza a sus actores, la escenografía, los bultos y al mismísimo don Jaime. Los señores de blanco tomaban con cuidado a los ancianos, mientras otro señor de bata blanca, también muy viejo, acariciaba las manos de la actriz principal. Ya pues, Rosarito, usted sabe que las cosas ya no son las mismas, mire que andar haciendo la obra acá afuera. ¡No ve lo que les pasa por porfiados!

Pero si don Jaime fue el de la idea. En este mismito lugar nos había ido tan bien, tan bien. La Rosarito lloraba en silencio, mientras se dejaba llevar hasta unos carruajes blancos de los que ya no se acordaba.

Rodrigo Castillo M., Chile, © 1999

castillo@mnvb.sa.cl

Rodrigo Castillo nació en Santiago de Chile en el año 1973, desde esa época y hasta 1986 residió de manera alternada entre Santiago y Buenos Aires, Argentina. Estudió Derecho en la Universidad de Chile, carrera de la que egresó en el año 1995, y en los últimos años se ha desempeñado como abogado.
El tema de la escritura, ha sido una mezcla de pasatiempo y escape del trajín diario y hasta ahora no se le había ocurrido hacer nada "formal" con sus papeles. Castillo partió por la poesía, sin casi atreverse a hilar dos o tres frases en prosa; sin embargo, en el último tiempo le ha entrado el bichito de contar historias, de relatar cuentos, vividos o inventados.
Cuenta entre sus trofeos literarios, algún oscuro segundo lugar en un concurso universitario de poesía, y ... y nada más, claro, si el tipo no se cree mucho lo de escribir.
Este año recién pasado escribió una novela, la que está, por cierto, aún perdida en algún archivo de computador. Se podrá encontrar otro cuento del autor "Recuerdo el parque", en la Revista de Literatura - Internet "Letralia", a partir del 15 de febrero de este año.

Comentarios del autor sobre "La obra":
"La obra" fue una casualidad. El comité editorial de Sherezade, con muy buenos y comprensibles argumentos, rechazó el primer cuento que envié al proyecto. Ante este golpe anímico, me senté frente al computador y tras contener la respiración por varios segundos, escribí "La obra" en 15 minutos (después pasé otra hora retocándola, claro). Pero ha sido el ejercicio de escritura más fluido que nunca había logrado (descontado algunos problemas con el final del cuento que me hicieron pasar un gran dolor de cabeza). "La obra" data del mes de diciembre de 1998.
El hecho de que este cuento caiga en las manos de lectores, es un gran honor y desafío, por el que estoy muy agradecido al proyecto Sherezade, pues una cosa es escribir, y otra muy distinta es ser leído. Espero les guste.

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