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Montañas y nubes

En los ojos de las montañas vive el recuerdo de lo que vieron; las nubes, por su lado, no lo pueden retener porque se desmoronan y vuelven a nacer en distintos tiempos. Entonces, las montañas se acuerdan, se ponen tristes y lloran rocas, se llenan de felicidad y nace la mazorca.

La carretera abraza la montaña, la roca plana sostiene a los que pasan y los túneles, hechos por el hombre, se inmiscuyen abriendo paso.

La caravana baja, bordea la montaña y al frente, vigilante con sus miles de ojos, la cara de una montaña rayada con surcos tiene una ruana que en cuclillas recoge la papa.

Al mirar abajo el río, agua que salta apresurada entre las rocas y la espuma con sus largos brazos alcanza a tocar las paredes de nada que alzan una pequeña choza. La poca ropa, después de haber sido desmugrada contra las piedras, se extiende donde la toque el sol y no la alcance el agua.

El viento sopla y las nubes escalando el cielo llegan a las cimas de las montañas. El viento sopla de nuevo pero las negras nubes se han quedado estancadas y ahora se arropan unas con otras.

La caravana sigue bordeando la montaña, pero algo cambia, ahora más ruanas recogen la papa. Grandes y pequeñas ruanas, algunas jóvenes y otras viejas.

Las nubes se apretujan y estallan de tanto beber agua, el viento sopla queriendo mover conciencias mientras las nubes se desmoronan muy despacio pero con fuerza. Entre tanto, una ruana sola corre a coger la ropa y la mete en las paredes de nada.

Las luces de la caravana alumbran las gotas que engrandecen el río. Ahora el agua se violenta contra las piedras, crece despacio pero con constancia. Una ruana se para, mira la caravana y se echa un costal lleno de papa en la espalda.

El sol se ha escondido para no ver la tempestad que se avecina y ahora los truenos y relámpagos saltan en el cielo.

Agua que corre y agua que cae se vuelven una sola y comienzan a formar brazos, tan largos, que alcanzan las paredes de nada y las dejan marcadas con gotas perdidas.

Algunas ruanas se levantan y caminan hacia las paredes, pero las más viejas siguen en cuclillas recogiendo papa y viendo como la tierra se convierte en barro.

La caravana se detiene ya terminando de bordear la montaña y almuerza; entre muchas cosas, come papa. Se abren paraguas, se cierran las mentes y el viento que sopla despeina a la gente.

El agua y el viento se unen agrietando los muros de nada. Las ruanas viejas ahora corren a su aposento mientras las montañas miran sin querer contemplar.

La caravana se alista para acabar de bordear la cordillera. Al mismo tiempo, el río se comió al viento y ahora lo vomita desde sus adentros, las nubes no dejan de desmoronarse y las paredes comienzan a desbaratarse. Corren ruanas tras sus costales y otras agarran los animales pero el río sigue creciendo y ahora comienza a abrazar los surcos estirando sus brazos al cielo.

Ya no hay surcos. Desde las montañas no se ven las paredes de nada. La caravana terminó de bordear la montaña y llega a un puente que mira desde lo alto al río. El puente estira sus brazos para unir la cordillera con el llano y así, la caravana escoltada de vacaciones en la sabana dice adiós.

Julián Salcedo, Colombia, Canadá © 2008

Julian.salcedo@umontreal.ca

Julián Salcedo es un colombiano radicado en Montreal, Canadá.

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