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Morgan

Nací el 20 de Diciembre de 1947, el mismo día y a la misma hora en que mi padre, por tenebrosa coincidencia, se diera un tajo en la garganta llenando la habitación de sangre y baba pegajosa. Al parecer murió rápidamente, sin dolor, dicen, aunque poco puede saberse acerca de lo que siente un moribundo durante el tránsito, en esa zona marginal en la que nadie ha estado y de la que las referencias son mera conjetura. Ni en la Biblia ni en el Quijote, por citar dos fuentes de conocimiento enjundiosas, se encuentran apuntes literarios con garantías, y sólo las diversas versiones del Libro de los Muertos, amén de alguna sospecha apócrifa, Tolteca o sibarítica, se atreven a describir un paisaje inevitablemente vacío y en el que no debiera haber ni ruidos ni colores, sólo la calma aterida por el viento, la sorpresa quizás, la amargura de lo inmenso y, probablemente, la ausencia de criterios morales, de puntos de vista y de ideología. Al menos nada de eso encontraron los que fueron a retirar su cadáver, apergaminado a esas alturas y con el hedor propio de las circunstancias.

Pasaron algunos años hasta que mi hermana, primero, y mi madre después me aclararan parcialmente la confusión que me atenazaba en todo aquello que se relacionaba con mi padre. Había muerto al nacer yo, y punto. Hasta que un día en que me arrancaba un pellejo con fruición, deleitándome con mi capacidad para resistir el dolor y admirándome ante mi habilidad para disecar limpiamente fragmentos de piel con la única ayuda de los dientes, mi madre me miró con frialdad, se secó las manos en el delantal y sentenció sin emoción: "vas a acabar como tu padre". Aquel simple comentario, mezcla de profecía y parcial desvelo de una época remota, la que se relacionaba con mis primeros días, con mi nacimiento, quién sabe si con mi historia previa, me llevó a iniciar una investigación concienzuda y a desarrollar una actividad inquisitorial que no cejó hasta que mi madre, probablemente cansada por el acoso, terminara por contármelo todo, y mi tío Ambrosio, que había tenido la fortuna de contemplar la escena tras el macabro hallazgo, me describiera meticulosamente los detalles situando las manchas de sangre con precisión, cuantificando los mocos y facilitándome una visión completa con su verbo apasionado y su gusto por la gramática. Desde aquel momento la muerte dejó de ser para mí una ambigua amenaza, lejana y escasamente familiar, para convertirse en un elemento de mi personalidad, como si me corriera por las venas o dormitara en mi abdomen hasta que llegara el momento propicio para hacerse conocer. Y comencé a desear ese momento como si me fuera en ello la vida, es decir, lo que había identificado como el otro componente de mi existencia. Vivir y morir parecían estados variables de lo mismo, y el proceso de cambio entre uno y otro, el mecanismo de transmutación, debía estar ubicado en alguna parte de mi cerebro.

A decir verdad no me costó mucho esfuerzo vislumbrar las claves de aquel aparente dilema. Comencé a experimentar con moscas y hormigas a las que arrancaba con cuidado las alas o las patas, enfrentándolas a situaciones límite para su exigua existencia, como colocarlas en el centro de un vaso lleno de agua, arrimarles clavos previamente calentados al fuego, echarles unas gotas de lejía o inducirlas a una contienda que solía finalizar, salvo que yo decidiera acortar la pelea, en un amasijo de queratina sanguinolenta cuyo gusto acaramelado solía comprobar con la punta de la lengua. El hallazgo esencial consistió en descubrir mi poder sobre aquellas pequeñas vidas, mi capacidad para terminar con ellas sin que ocurriera nada, como si aquel suceso constituyera una parte insignificante de un argumento global, inmenso, eterno y absolutamente inconsciente. La naturaleza, de la que yo constituía una parte contradictoria, transcurría con monotonía a lo largo de las horas y los días, y mi intervención, aunque decisiva para los insectos que colaboraban en el experimento, no parecía alterar su curso definitivo ni aportar ningún elemento de transgresión mínimamente perceptible. Es decir, yo tomaba decisiones que afectaban la duración de la vida de una mosca, pero su ejecución no implicaba cambios climáticos, modificaba mis relaciones o me quitaba el sueño. Si acaso, por lo que significaba de avance en mi formación como adulto, se insinuaba una sensación de tarea bien diseñada, bien hecha, un sentimiento goloso de perfección profesional que, ya por entonces, resultaba cálidamente turbador, como si ello comenzará a definirme como una entidad separada de las otras, una entidad, además, con capacidad de pensar e inducir cambios en el mundo cotidiano.

Pronto tuve que utilizar animales algo más grandes, capaces de mirarme a los ojos mientras les quitaba la vida, y así lo hice con ratones, pollos y conejos que de una u otra forma llegaban a mis manos o encontraba en el campo. Con menos frecuencia me serví igualmente de perros, patos y hasta un caballo. Pude comprobar que el tamaño o la especie no afectaban en modo alguno mi indiferencia hacia ellos, lo que convertía el dato en general y me hacía sentir cada vez más independiente, más protagonista de un argumento que parecía dejarse diseñar por mí, que parecía estar esperando mi presencia para echar a andar. El mundo y sus habitantes me pertenecían y estaban allí para ser objeto de mi capricho. La vida era una metáfora universal y estaba a mi alcance para ser transformada en su opuesto según me viniera el ánimo o se dieran las condiciones. El dolor ajeno, que intuía en las expresiones de los animales o en sus gemidos, no me causaba otro efecto que la satisfacción de mi permanente curiosidad, el interés aséptico por provocar respuestas observables sin otra finalidad que la manifestación de hechos naturales, la comprobación una y otra vez de aquel fluir ingenioso entre las diversas formas que me rodeaban, dóciles al ejercicio de mi mano y ciegamente obedientes al destino que yo trazaba en cada momento. Casi sin percatarme de ello tuve la secreta convicción de que yo era distinto, que los conocimientos que adquiría no podían ser compartidos con nadie, y que el vacío que crecía a mi alrededor lo hacía con una fatalidad decidida de antemano.

Por esa época yo había crecido al tiempo que mi conocimiento de la calle, y comencé a compaginar mi asistencia a la Universidad con un trabajo a media jornada en una biblioteca municipal, lejos de casa y a salvo de la impertinencia de mi familia. A pesar de estar mal pagado me ofrecía horas incesantes de lectura y me proporcionaba relaciones sin apenas esfuerzo. Pude leer mucho, especialmente novelas de toda época y estilo, lo que me sirvió para apreciar que algunas de mis observaciones más acertadas ya habían sido descritas anteriormente. Más que apenarme por trabajar un terreno desflorado, me gratificó la coincidencia y pensé con cierta simpatía en aquéllos que me habían precedido, probablemente tan aislados como yo, pero con la sensibilidad adecuada para captar de la naturaleza sus aspectos más delicados. A veces, al recoger o entregar un libro, algún cruce de miradas daba fe de que mi soledad era relativa y que otros estudiosos habían encontrado las mismas huellas literarias y compartían, por tanto, una forma refinada de percibir la realidad.

Durante algún tiempo limité mis actividades a la observación. Había hecho algunos amigos y me reunía con ellos periódicamente, participando de forma aparentemente normal en el juego de lo cotidiano, pero manteniendo una razonable distancia entre ellos y mi intimidad. Ya había comprobado que la generosidad en la comunicación iba paralela a la pérdida de autonomía, y había aprendido a establecer unos límites invisibles y extremadamente eficaces entre mi ámbito individual y el entorno en que me movía diariamente. Las personas con que me relacionaba, ya fuera en el círculo universitario, en el trabajo o en el barrio, parecían aceptar mi forma de ser sin efusiones y, en el supuesto de que mi actitud distante resultara extraña o motivo de comentario, jamás detecté atisbo alguno de rechazo ni percibí indicios de marginalidad. Probablemente había desarrollado una curiosa habilidad para no despertar inquietudes, ni siquiera sensaciones, por lo que conseguía moverme entre la gente con sosiego, con un espontáneo sigilo que facilitaba el examen a que les sometía, absolutamente inconscientes de ser observados y, lo que me resultaba aún más satisfactorio, totalmente ajenos al carácter pasivo que les había otorgado en mi particular puesta en escena, ignorantes del papel que yo jugaba o podía jugar en su destino. Parecía tan fácil y resultaba todo tan accesible que no hice esfuerzo alguno por evitarlo. Simplemente lo hice.

A pesar de los años transcurridos recuerdo minuciosamente todos los detalles relacionados con mi primera experiencia de cierta entidad, y encuentro un entrañable placer en rememorarlo de cuando en cuando, como si la memoria me sirviera para rehacer la historia en la dirección que más me agrada. Había salido a pasear al atardecer, recorriendo el camino que llevaba hasta el borde del parque. Me adentré entre los vericuetos bordeados de vegetación descuidada sin una idea determinada, ni siquiera con la sospecha de que un acontecimiento inesperado pudiera alterar la monotonía. Hacía un poco de frío y el lugar se encontraba escasamente concurrido, sólo algún borracho terminando su ración del día, dos o tres jóvenes iniciándose en vicios complejos y un par de mujeres de mediana edad que charlaban mientras paseaban al perro. Me crucé con unos y otros sin mostrar curiosidad y me dirigí al lago. En una esquina del mismo conocía un lugar tranquilo, apenas frecuentado a esas horas, casi oculto por los arbustos y suficientemente protegido del lejano ruido de los coches. Me senté en el banco de hierro, disfrutando con la soledad y contemplando con placer el pedazo de franja azulada que se recortaba entre las ramas más altas de los árboles. Mientras se hacía de noche pensé en que casi era parte del paisaje y saboreé aquella sensación de privacidad absoluta, calladamente otoñal, mientras me dejaba ensoñar por la aparición de las primeras sombras, el despertar de sonidos propios de la noche, el gemido distante de un perro o un gato, el olor del agua bañando los restos de madera carcomida que flotaban en la superficie del lago y el ritmo acompasado de mi respiración. Impensadamente abrí los ojos y lo vi ante mí.

--¿Tienes un cigarro? --preguntó con una voz sucia y mal modulada, mientras me aproximaba un aliento repujado en alcohol barato.

Tardé unos segundos en adaptar mi visión a la escasa iluminación de la zona. Aunque no pude distinguir sus rasgos con claridad me di cuenta que se trataba de un vagabundo de los que habitualmente escogían el parque para dormir. Le alargué el paquete de tabaco e imaginé como encendía un cigarrillo, guardaba el resto en un bolsillo de la chaqueta, se sentaba a mi lado y fumaba en silencio. Estuvimos así durante unos minutos, sin mirarnos, como si el uno no existiera para el otro. Ni siquiera se inmutó cuando me levanté con lentitud y me situé a su espalda. Con cuidado para no molestarlo me agaché y cogí una piedra con las dos manos. Era pesada y ancha, con bordes redondeados y forma de hogaza. La levanté sobre su cabeza y le golpeé diez o doce veces con decisión. Probablemente murió al primer golpe, ya que no fue capaz de iniciar ningún gesto defensivo. Aún con la piedra en las manos me quedé escuchando, comprobando que nada perturbaba la tranquilidad del recodo. Rodeando el banco me situé por delante y golpeé cuatro o cinco veces más. Después dejé la piedra en el suelo y comprobé su pulso y su respiración. No había signo alguno de vida y me senté a su lado. Ahora fui yo quien encendió un cigarro y lo fumé con agrado, sintiendo una mezcla de emoción y orgullo al pensar en la limpieza de la operación. Pese a la ausencia de premeditación un instinto natural me había hecho pensar con suma rapidez, calculando las diferentes alternativas, el modo de actuar con eficacia y el grado de impunidad de la hora y el escenario. Al cabo de un rato, sin prisa y con cierta delectación en los movimientos, cogí la piedra de nuevo y la arrojé al agua. Serían sólo las doce cuando, tras recorrer pausadamente el camino de vuelta, crucé el portal de mi casa. Aquella noche, en una sucesión de sueños circulares y anacrónicos, la escena se me repitió una y mil veces, recreándome en los detalles más insignificantes e imaginando otras soluciones para un paisaje y una trama que, desde entonces, se iban a repetir en circunstancias muy similares.

A partir de ese primer contacto comencé a aprovechar las situaciones propicias, siempre sin buscarlas premeditadamente y manteniendo en todo momento la prudencia suficiente para evitar incomodidades. En una ocasión empujé al agua helada a un anciano que caminaba distraído por un puente solitario. En otra, y tras ayudarle a bajar del autobús y acompañarle durante un trecho a una supuesta dirección que me había indicado, situé a un ciego cuidadosamente al borde de un barranco, por el que se despeñó irremisiblemente en cuanto intentó dar un paso sin mi ayuda mientras yo, en lugar y actitud seguros, contemplaba a distancia el suceso. Varias veces apuñalé mendigos y vagabundos con su propia navaja, o los estrangulé con un pedazo de cuerda aprovechando un encuentro fortuito en lugares apartados o bajo la protección de la noche. Cada vez que cometía alguna de estas acciones buscaba una referencia al respecto en los periódicos del día siguiente, pero la mayoría de las veces el comentario se limitaba a reseñar escuetamente el suceso, interpretándolo como una desgracia propia de la edad o el resultado de una riña entre personajes marginales. A lo sumo, en alguna reseña esporádica, en esas secciones veraniegas dedicadas a rellenar espacio en los periódicos ante la falta de noticias de verdadera importancia, algún que otro reportero inquieto hacía una relación prolija de las muertes sin motivo aparente en los últimos años, los crímenes misteriosos y las desapariciones sin explicación, mencionando sin saberlo alguno de mis modestos trabajos y estableciendo, en un alarde de fantasía creadora, un rebuscado paralelismo entre la personalidad de los supuestos criminales y ciertas leyendas transliterarias, como Jack el Destripador, Mr. Hyde o el sacamantecas. Dada la afición de los periodistas a estos ejercicios y, probablemente, a la turbia atracción que este tipo de temas ejerce sobre una parte de la población, pude comprobar la existencia de un importante acervo al respecto, ya fuese en los archivos de prensa, en ciertas publicaciones del género o, incluso, en un par de tesis doctorales que encontré en la biblioteca de la Universidad. La lectura de estos papeles, a caballo entre la documentación y el relato gótico, me llevó a la convicción de que mi actividad no era aislada, ya que si bien los detalles, la fórmula y hasta el estilo coincidían de forma extrema, resultaba obvia mi incapacidad material para haber sido responsable de todo, ni siquiera de aquello que había sucedido en mi época y mi entorno geográfico. Supe así que ni estaba solo, ni la actividad a que me dedicaba esporádicamente constituía una invención moderna, producto de la competitividad capitalista o del desencanto post-industrial, sino una manifestación eterna del alma humana, tan vieja como el principio de las cosas y tan arraigada como la ira o el amor.

Con el tiempo fui adquiriendo una destreza que a mí mismo me resultaba insólita al principio. Era capaz de caminar entre la gente sin hacerme notar, sin ruido, como si mi visibilidad fuera un concepto no suficientemente demostrado, dudoso al menos y susceptible de disolverse a mi antojo. Podía tomar una decisión trágica en cuestión de segundos y valorar de golpe todos los aspectos relacionados con un movimiento de mi mano, un paso, una atención o una mirada sigilosa. Para mi sorpresa, comprobé que mi seguridad no era exactamente dependiente de una planificación exhaustiva, de un análisis riguroso o de una preparación que incluyera el control de todos los elementos implicados en el suceso, sino fruto de mi intuición, de mi instinto depredador y, a veces, de una conjunción de señales y acontecimientos que me llevaban inevitable y plácidamente al final. A veces cerraba los ojos y jugaba a adivinar el paso de una víctima por su olor, el son de sus pasos o un indefinible hormigueo que me recorría la piel en todas direcciones. Y cuando al abrirlos la encontraba frente a mí jugaba a perdonarla sin motivo alguno, en virtud de un impulso repentino e injustificado, o la seguía durante horas deleitándome con su propia ignorancia, con su dependencia, con el sabor a fuerza que me proporcionaba el ejercicio de mi albedrío.

El trabajo, las relaciones y el ejercicio profesional fueron moldeando mi personalidad en un sentido que no dejaba de resultar sugestivo, aunque siempre pecara de cierta frialdad. Usé con exceso del silencio, tanto como justificación como aliado, y acepté las relaciones con amigos y compañeros como una concesión inevitable a la normalidad, como un ejercicio interpretativo que, con la práctica, llegué a realizar casi sin esfuerzo, mecánicamente y sin aparentes indicios de artificio. Al terminar mis estudios conseguí con cierta facilidad un puesto de corrector en una importante editorial, lo que me permitió adquirir un aceptable nivel de consumo en poco tiempo, alcanzar rápidamente un prestigio dudoso y organizar mi vida en un tono vagamente mediocre, sin excesivas pretensiones y gozando, en cualquier caso, de la confianza de mis congéneres.

Debo reconocer que en ningún momento de mi vida he tenido dificultades para compaginar mis actividades conocidas con aquellas pertenecientes a mi mundo privado. Es cierto que he sido prudente, he calculado mis pasos y he actuado con una razonable contención, pero también lo es que la inocencia humana no tiene límites, y que el desconocimiento que la mayoría de las personas tienen de sí mismas suele impedirles la sospecha y alejarlas irremediablemente de la sabiduría. Matar no es más que un juego de la propia vida, una forma de finalizarla, quizá la más natural de todas, en elegante contradicción con el impulso evolutivo y en una zona de la mente en que el equilibrio y el desequilibrio están tan próximos que casi se confunden.

A lo largo de los años he aprendido tanto a disimular mis sentimientos como a crearlos a mi antojo, lo que me ha permitido asistir con la suficiente frescura de ánimo a los aconteceres próximos sin afectación, creo que con elegancia y sin molestar al prójimo en demasía, si bien esta última afirmación puede resultar discutible. La monotonía, sin embargo, ha terminado por agotarme. Al fin y al cabo nunca me ha movido el interés, el hambre o la ambición, sino el instinto. Si me he dedicado todo este tiempo a ciertas aficiones ocultas, a un tipo de actividad al margen de los cauces mayoritarios, no ha sido motivado por la pobreza moral del delincuente habitual, sino inducido por la sangre. He sido, de alguna forma, fiel a lo que me pedía el cuerpo con honestidad, sin ambages y sin concesiones a principios etéreos o mandatos colectivos de dudoso rigor científico. Puede que se trate de una forma de tolerancia, un mecanismo de hartazgo en el que la repetición de la dosis acaba por embrutecer al sistema, anulada su capacidad de respuesta por exceso de uso. Otra explicación no se me ocurre y, por otra parte, me tiene sin cuidado.

Rafael Alonso Solís, España, © 1997

ralonso@ext.step.es

Rafael Alonso nació en Madrid, donde obtuvo la licenciatura en Medicina. Posteriormente realizó su tesis doctoral en La Laguna (Tenerife, España) y una estancia post-doctoral en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, especializándose en Neuroendocrinología. En la actualidad es Profesor de Fisiología en la Universidad de La Laguna, donde dirige el Laboratorio de Neurobiología Celular e investiga sobre las acciones de las hormonas gonadales sobre el sistema nervioso. Compagina su actividad científica con la literaria y escribe una columna semanal en La Gaceta de Canarias. Ha obtenido el premio de relatos del diario La Tarde y el premio Ciudad de Santa Cruz por el libro de cuentos "Milton Perkins y otras historias similares", ambos en Tenerife. En la actualidad, y en los ratos que le permite su actividad remunerada, trabaja en un par de temas con vocación de novelas.

COMENTARIO DEL AUTOR SOBRE "MORGAN": Creo que siempre me ha fascinado el presentimiento de que todos tenemos un lado negro, más o menos desarrollado o más o menos oculto. Este relato nació con ocasión de un concurso literario, arrancando con mi fecha de nacimiento y ubicándome, sin una idea previa, en la mente de un individuo predestinado para el crimen, un asesino químicamente puro. El cuento fue escrito casi de un tirón, en dos o tres sesiones, e imagino que en su desarrollo fue influyendo, inconscientemente, la información cotidiana sobre asesinos en serie callejeros. En esos días, de manera particular, un presunto criminal andaba suelto por Tenerife tras haberse escapado de la prisión y haber asesinado, supuestamente, a un par de ancianos. Tales hechos nunca pudieron confirmarse, ya que, tras un cerco que duró casi un mes, la guardia civil lo acorraló en un cobertizo abandonado en el monte. Tampoco quedó claro si murió en el curso del tiroteo o se pegó el mismo un tiro. En la actualidad la historia de "Morgan" ha crecido un poco, y es posible que el cuento acabe siendo un capítulo de un relato más extenso en el que el protagonista acaba convirtiéndose en un profesional del crimen, un asesino a sueldo primero y más tarde... pero esa es otra historia.

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