La muñeca

Parte II: retrato de la princesa

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Uno de los pasatiempos favoritos de Gertrudis era leer la prensa del corazón. Los grandes romances y bailes de la realeza de Europa le servían para aliviar la monotonía de sus días. La princesa Diana de Gales, con su candorosa sencillez, era sin duda su favorita. Estudiaba atentamente sus vestidos y sus gestos en las fotos a todo color de las revistas. Había ido acumulando desde juegos de té con las caras de la familia real hasta figurinas de porcelana de la princesa y Charles. Pero la joya de su colección era sin duda la muñeca de tamaño natural. A pesar del astronómico precio no dudó en pedir por correo aquella reproducción de la princesa de sus sueños. Cuando al cabo de varios meses llegó la enorme caja al depósito postal del pueblo, una comitiva de ciudadanos acompañó al cartero, que para llevarla hasta la casa de Doña Gertrudis tuvo que tomar prestado el carrillo que usaban en la iglesia para sacar las estatuas de los santos en las procesiones. Una comitiva de vecinos escoltó la caja hasta la puerta de la casona, que Benigna abrió mientras Gertrudis, desconfiada, espiaba detrás de las cortinas del balcón. Siguiendo instrucciones de Gertrudis, Benigna hizo descargar la caja justo a la entrada del portal y cerró la puerta para decepción del cortejo de curiosos. Las dos mujeres desclavaron la tapa y desembalaron nerviosas la muñeca, aún más real de lo que el anuncio decía. El color de carne pálida era exactamente el que correspondía a un miembro de la realeza europea, así como el elegante pelo corto con flequillo levantado, y sus ojos de cristal daban la sensación de que las seguían cuando se movían por la habitación. El traje de bodas con que la muñeca estaba vestida requirió algunos arreglos de Gertrudis, pues el viaje había causado algunos desperfectos en las delicadas gasas. Mientras le arreglaba el vestido, Gertrudis le puso una de sus mejores batas de casa. Debajo del vestido de novia la muñeca llevaba ropa interior de seda como correspondía a una noche de bodas real, atrevidas fantasías de color rojo púrpura que le hicieron recordar las más decentes que ella había usado para ocasión semejante. Inspirándose en los que veía vestir a la princesa en las revistas, Gertrudis fue confeccionando diferentes modelos para la muñeca: un elegante traje de chaqueta corto oscuro para recepciones informales, un vestido de noche con los hombros al aire para los bailes y cenas de gala, y un cómodo mono de apres-ski, probablemente demasiado caliente para el clima de la isla.

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