La muñeca

Parte IV: últimas noticias

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En febrero se perdió la última esperanza de enterrar a la muñeca como Dios manda porque todos los párrocos de la zona se habían aliado en su negativa. Una comisión del ayuntamiento vino a verla para que desistiese de la absurda idea, y unos parientes suyos y de su marido se unieron para declararla incapacitada. Gertrudis lo vio todo muy claro y se atrincheró aún más en su casona. Su desconfianza llegó a echar a la calle a Benigna tras más de 25 años de servicio, acusándola de un inexistente robo. Fue durante la semana de carnaval cuando Gertrudis tuvo la idea de cómo adelantarse a los planes de sus enemigos y librarla de la humillación pública de ser sacada de casa en traje de bodas y paseada ante los libidinosos ojos de los vecinos. La noche del martes de carnaval puso su plan en ejecución. Agarrando la muñeca por los pies la arrastró hasta la cochera de la casa. Allí languidecía un mastodóntico De Soto 12 cilindros, regalo de bodas de su padre. Recientemente Benigna, alegando que lo podría manejar hasta el pueblo vecino para adelantarse a la lenta distribución de las revistas, lo había resucitado con no poca ayuda del mecánico local. Gertrudis descartó la espaciosa valija como opción indigna y sentó a la muñeca en el asiento delantero. Luego engalanó el auto con flores precipitadamente arrancadas del jardín. Con calma se vistió el chaqué que su marido había usado en su boda y un improvisado bigote postizo. Sentada al volante en la oscuridad de la cochera, abrazada a la muñeca, esperó hasta la media noche y arrancó el motor. Con un crujido seco los portones se abrieron de par en par ante el empuje del auto. El pesado De Soto salió bamboleándose, dejando algunas flores al rozar con los portones. A pesar de los años, Gertrudis recordaba las lecciones que su padre le había dado al regalarle el auto. Creía también recordar las calles del pueblo, pero ahora todas tenían nuevas casas y donde antes había campos en que ella había jugado surgían ahora bloques de ladrillo. Algo desorientada tuvo que retroceder varias veces para evitar las multitudes de pierrots y arlequines, diablos y muertes, hombres travestidos y mujeres semidesnudas. Aunque al principio el anacrónico auto cubierto de flores pasó desapercibido, un niño vestido de ángel apuntó un dedo acusador y exclamó: "Allá va la muñeca". En un segundo deformes disfraces rodearon el auto e intentaban meter sus brazos por el resquicio de la ventana para tocar a la muñeca, que sonreía indiferente a la multitud. Pisó el acelerador a fondo y una pareja de arlequines estamparon sus caras desencajadas de dolor contra el parabrisas, pero el potente De Soto los lanzó al pavimento. Seguida por el grotesco cortejo de mujeres con barbas, hombres con pechos, y máscaras sin rostro, Gertrudis enfiló la cuesta que conducía al acantilado donde estaba el faro. Nunca quedó claro si la impericia de Gertrudis al volante, el nuevo trazado de la carretera, la vejez del auto o, simplemente, la mala fortuna hicieron que se saliera de frente en la primera curva y se precipitase desde seiscientos pies de altura sobre las rocas de la playa. No se pudo hacer nada hasta la mañana siguiente. El mar había arrastrado los restos del coche de un lugar a otro y ni la muñeca ni el cuerpo de Gertrudis estaban adentro. Varias semanas después, un turista asustado vino a comunicar que el mar había arrojado a la playa el cuerpo de una ahogada. Cuando el forense llegó, descubrió la muñeca, con el traje de bodas hecho jirones, y la cara y las manos carcomidas por las rocas. En la confusión del momento, como se hacía con los cuerpos de los ahogados, la muñeca había sido conducida al depósito del cementerio donde amarilleó durante varios meses en un rincón. Como el cuerpo de Doña Gertrudis no aparecía, sus impacientes herederos decidieron finalmente hacerle un funeral solemne de corpore insepulto. El enterrador había llegado a detestar la mirada de cristal de la carcomida muñeca arrinconada en el depósito, así que en el último momento metió el cuerpo en la caja vacía de Gertrudis. Los que bajaron la caja notaron que pesaba mucho pero no dijeron nada.

FIN

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