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Prístino

El fragmento de mí misma que me mira, que no es más que mi imagen en el espejo del W.C., en la mañana, en un día cualquiera de una ciudad cualquiera, ésta, la mía, en un mundo incierto cualquiera, que avanza implacable hacia algún lugar, parte de un Universo grandioso que mira majestuosamente hacia otra parte, hace que me detenga a examinar cómo se tensan algunos músculos faciales que tengo alrededor de la boca, y que piense que no me gusta de la manera en que lo hacen, y el problema es que creo que nada ni nadie es capaz de remediarlo.

Ha sonado el despertador, he preparado el café; mi novio hoy no se ha quedado a dormir, hago la cama, huele a él a pesar de ello. Si alguien me preguntara no sabría decir si me disgusta o no lo anterior. Hay una maquinilla de afeitar en alguna parte de mi cuarto de baño, lo sé muy bien, y eso debería bastar para contestar a esa hipotética pregunta.

Llego tarde al trabajo, y la vida es demasiado noble y real y pura y absurda. Mi coche surca las arterias de la ciudad circulando entre otros, y entre edificios, y entre paisaje urbano de todo tipo, y entre papeleras, y bancos, y semáforos, y barrenderos madrugadores con muchos callos, demasiados, y ojeras, y arrugas alarmantemente tempranas y profundas, y barba muy dura, y a veces canosa, y también avanzo entre gente que vive demasiado deprisa para ella misma y muy a pesar suyo, y la música del estéreo de mi vehículo logra que todo ello dé más o menos igual, creo, y es llegando a la oficina cuando uno de esos componentes de la brigada municipal de limpieza, uno que conozco demasiado bien, detiene su penoso trabajo, para apoyarse en su enorme escoba, y mirar cómo paso por delante de él, y sonríe embobado el muy necio, que no quiere comprender que me daría igual que se dedicase los trescientos sesenta y cinco días del año a limpiar la calle por la que yo me deslizo.

Mi jefe me sonríe y yo a él cuando entro, y me dice el buenos días y yo le contesto lo mismo y charlamos algo incluso, y luego me concentro en regular el aire acondicionado de mi despacho.

-¿Qué has hecho este fin de semana?
-Poca cosa. He estado en casa. Alquilé unos videos. No tenía ganas de salir.
-¿Y tu novio?
-Voló el viernes a Atlanta. Cosas de su trabajo -y se supone, y de hecho es así, que me tengo que sentir orgullosa al decir esto, y mi secretaria, lo noto, me sonríe de acuerdo totalmente con este supuesto sentimiento mío, manifestándome de paso toda su empatía, y continúa:
-Yo he estado esquiando con Carlo. ¡Es tan romántico!

No sé muy bien si se refiere a Carlo, o al hecho de esquiar juntos, pero consigo imaginármelo, y deseo entonces hacer lo mismo con Sergio, pero, no se por qué, no me parece tan romántico cuando pienso en ambos deslizándonos por las laderas nevadas, y frunzo el ceño, y mi secretaria, Alba, lo nota, y sale de mi despacho cerrando muchas cosas además de la puerta tras de sí. Yo comienzo a ordenar papeles con evidente cara de fastidio, aunque no me de cuenta de esto mientras lo hago, hasta que miro la foto de Sergio y mía que hay sobre mi mesa, y veo mi cara reflejada en el cristal transparente del marco que la contiene.

Y luego llega la hora de comer, y consulto mis mails en el portátil una vez en el restaurante, bastante aceptable, comida de calidad, raciones curiosas, precio asequible, en el que suelo comer cada día, y en el que un día más espero sola a que me sirvan, para después de comer pagar e irme, volver a la oficina, y hoy al hacerlo suena el móvil justo cuando cruzo la calle, y es Sergio, tan cordial y educado como siempre, que me llama a la misma hora de todos los días, y me cuenta, esta vez, que ha ganado dos clientes nuevos, o conseguido, no tengo manera de acordarme de la palabra que ha empleado, y que me quiere, y que yo a él es mi respuesta.

Cae la tarde anaranjeando el cielo, y mientras lo hace, las hojas de los árboles van cubriendo la ciudad de tostado. Es otoño, y yo vuelvo a casa y pienso que mañana todo el mundo va a tener mucho que barrer, incluido él.

Y él no es otro que el amor de mi vida; un brillante escritor que se matriculó en la universidad el mismo año que yo, para estudiar Filosofía y Letras él, y Empresariales yo, y para conocernos y enamorarnos, pero para dejarlo después todo cuando se dio cuenta de que lo que quería, ¡Dios mío qué absurdo!, lo único que quería según me dijo un fatídico día, era que alguien, en algún lugar, después de su muerte, dijera de él que fue aquel que, el hombre que, la persona que, definió tímidamente (¡qué cursilada!, pero él lo expresó así), en la humildad de su interior, que una tormenta, ¡qué bonita metáfora! (esto no sé si lo dijo él, o lo dije yo con recochineo), era un grito de cielo. ¡Dios, cómo olvidarlo! Yo le pregunté que qué quería decir con todo aquello porque no sé de qué manera un miedo atroz se estaba apoderando de mí, y él me contestó que iba a abandonar los estudios. Que lo único que tenía sentido en su vida era yo y la poesía, y que a mí ya me tenía, así que le faltaba la poesía, y que en la universidad no la encontraba. Me aseguró que no le importaba su futuro ni su trabajo con tal de estar a mi lado y poder escribir, y que lo único que pretendía era eso: a mí, y que tras su muerte, muchos años después, y con eso me explicó lo que me había querido decir, se imaginaba a un profesor de pelo blanco y barba cana leyendo en clase una de sus poesías, ésa en concreto que decía algo de un grito de cielo y de agua espolvoreada por todas partes, y arrullo índigo, y no sé que de prístino, y que el profesor le preguntaba a los alumnos tras leerla que si sabían lo que era el grito de cielo, y en general a qué se refería el poeta en sus versos, y que quizás alguno de ellos aventurara algo, pero finalmente el profesor les iluminaba revelando que el grito de cielo no era otra cosa que una tormenta, y que luego el profesor quizás podría leer algún otro poema, y no se le ocurría nada más bonito y honroso, que el que leyera algo de Lorca, de Juan Ramón Jiménez, o las Nanas de la Cebolla de Miguel Hernández. Yo requerí una nueva explicación, y él se limitó a repetirme que era eso lo que deseaba: que sus sueños, todas sus metas, su mayor aspiración era que alguien, algún día, le descubriera por haber comparado un grito de cielo con una tormenta, o por cualquier otra metáfora de las que él llegara a escribir. Que lo que quería decir era que pretendía pasar a la historia como un poeta, ni siquiera especial, digno tan sólo, pero poeta, y yo le repliqué que todo eso del grito de cielo era muy bonito sí, pero que para grito el que iba a dar yo cuando llegara cada mes la hipoteca a casa y yo no tuviera para pagar más que mi sueldo y sus poesías, porque las facturas hay que pagarlas con algo, le aclaré, así que lo consulté, ya que él no atendía a razones y además aseguraba que ya encontraría trabajo en cualquier cosa, porque para hacer poesía no necesitaba los estudios que estaba cursando ni ningún otro, con todas mis amigas y con mi madre, y estuvieron de acuerdo conmigo en que yo no tenía ningún futuro con alguien así, y a pesar de que me partió el alma lo tuve que dejar, así que él mismo, con sus estupideces y con sus poesías me empujó a los brazos de Sergio, que era un prometedor empresario que conocí en mi facultad.

Por eso le odio. Por eso, y porque se metió a barrendero, ¡qué desfachatez!, cuando se enteró de que necesitaban gente en la zona en la que yo trabajaba, y de esa manera podría verme todos los días, como lo hace con esa sonrisa bobalicona que me provoca verdaderas ganas de vomitar, y porque sé que piensa que le voy a perdonar algún día, y no comprende que yo no puedo hacer nada y que toda la culpa es suya.

Le odio por eso, y porque cada noche me rompo en mil pedazos que vuelan hacia todas partes, y que cada vez me cuesta más recomponer cuando llega la mañana.

Suso Millán, España © 2005

www.susomillan.com

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