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3 de corazones

I

Hay una chica en medio de la plaza, sentada, con las rodillas junto al pecho y las manos sobre los zapatos. Alguien diría que eso es normal. Y lo es. Pero es que llueve demasiado y las gotas gruesas del otoño hacen daño. La plaza es peatonal. Rodeada de árboles y bancos de madera. Veo a la chica a través de los cristales de una cafetería. A su lado hay algo rectangular, pequeño. Debe ser un móvil. Pienso que quizá se encuentre mal, que le haya pasado algo. Y decido acercarme.

No llevo paraguas, entro en la cortina de agua. He dejado mis apuntes y mis libros en la mesa de la cafetería. Cuando llego a su lado ya estoy tan mojado como ella. Me siento junto a ella, la miro con los ojos entornados y llenos de agua. La chica levanta la cabeza, me sonríe y me dice:
-No me ha llamado.
-¿Y quién tenía que llamarte?
-Él. Sabes… me lo prometió. Y yo me lo creí.
-A veces esas cosas pasan. No hay que tomarse el amor muy en serio.
-Pero es que llueve demasiado y yo no puedo más.
-Siempre va a llover demasiado. Ni tú ni yo podremos evitarlo.
-Tengo la boca llena de agua. Quiero beberme toda esta lluvia. Quiero llenarme de lo que nunca tendré.
-Tal vez nunca tengamos nada -le digo-, no hay que empeñarse en tenerlo todo.
-¿Tú tampoco tienes lo que quieres, verdad?
No sé qué decirle. Yo sólo quería rescatarla de la lluvia. Sacarla de este intenso aguacero. Y ahora estoy tan atrapado como ella.
-¿Por qué no me contestas? -me pregunta.
-Lo siento. Creo que es mejor que me vaya.
-No, no. Quédate. Mójate conmigo. Quédate hasta que deje de llover. Hasta que suene ese maldito teléfono y yo pueda decirle que se acabó. Prefiero que mi corazón se deshaga en el agua de la lluvia antes que en su boca. ¿Tu corazón también es de azúcar?
-Probablemente.
-Entonces quédate conmigo y que el tuyo también se deshaga poco a poco en la soledad de esta placita.
-¿Y qué haremos luego sin corazones? -le pregunto.
-Tendremos que buscar otros. No te preocupes. Hay muchos palpitando en cualquier parte. Ahora sólo tienes que dejar que la lluvia se lleve los nuestros. Y luego habrá que tener paciencia. Mucha paciencia.

Tumbados sobre el asfalto nos ponemos de lado. Encogidos. Con la caras pegadas y los ojos apretados. Sin darme cuenta enlazo mis manos a las suyas. Siento sus yemas deslizarse primero por mi pecho y luego por el suyo. Después me acerca su dedo índice a la boca y me dice:
-Dime, ¿a qué sabe?
-A azúcar -le digo mientras siento el calor de su yema.
-Entonces, todavía es pronto para irnos y encontrar un nuevo corazón.

II

Hay tan sólo medio metro entre nuestras bocas. Duermes. Sé que te despertarás, que llegará ese momento. No hemos dormido nada en toda la noche, tú ahora lo has conseguido. Pero yo no puedo. O no quiero. Necesito seguir así. Mirándote. Ahora te estoy descubriendo. Nos conocimos ayer por la tarde y por eso no quiero dormirme, porque quiero pensar que todavía es ayer. Aunque para ti cuando despiertes, ya sea hoy. Quiero estirar más el ayer, estirarlo hasta que no pueda más. Quizá este hoy improbable se esfume al abrir tus ojos. Quizá todo sea producto de la noche. De esas noches que uno sale con el corazón frío de casa y necesita que unas yemas cálidas lo acaricien. Pero es que cuando el ayer merece la pena, uno insiste en alargarlo siempre. Aunque hay que ponerse límites, saber hasta dónde podemos llegar.

Miro el reloj, nos queda una hora para entrar a trabajar. Creo que es el momento de despertarla. Ya va siendo hora de entrar en el hoy. Probablemente, todo se acabará. No entiendo por qué tengo ese tipo de presentimientos. En fin, lo mejor es que saque los uniformes de la secadora, habrá que vestirse. Porque habrá que trabajar. Ayer nos cayó la lluvia encima cuando salimos del trabajo, y decidimos darnos un respiro, darnos unos cuantos sueños a cuenta de la casa. Salimos del restaurante con los uniformes puestos, cogidos de la mano, cansados de los clientes y del encargado. Dijimos adiós con una sonrisa y salimos corriendo. Los gritos del encargado todavía se escuchan en mi cabeza. Creo que nuestros nombres serán famosos para muchos clientes y vecinos del barrio. A ella le bastó una tarde para despedirse, yo tuve que aguantar muchas tardes más.

Fue divertido pasar el resto del día con aquellos uniformes. Riéndonos de todo. De nuestro despido. De las caras de los clientes. De la voz aguda del jefe. Son momentos divertidos en el instante en que uno los hace, en cuento se piensan, ya son diferentes. Y ahora, con los uniformes en la mano, tengo que despertarla. Me tumbo a su lado y la abrazo debajo de las sábanas. Me encanta. Está tan calentita. Y tan dormida. Su pelo largo y rubio le recorre la espalda. Observo sus párpados, los beso con delicadeza, con cuidado de no dañar sus sueños. Le toco la cara con la palma de mis manos. Con la yema del pulgar le rozo la suave línea de las ojeras. Mientras beso y lamo su boca, ella, sin abrir los ojos, me abraza. Poco a poco despierta. Sus ojos verdes entran en el hoy, y dejan atrás el ayer.

-Te estaba mirando mientras dormías -le digo.
-Ah, ¿sí? ¿Y qué has visto?
-Esto -y acerco mi boca a la suya.
-Pero eso ya lo viste anoche -dice entre risas.
-Cuando te miraba, para ti era todavía ayer. Y ahora, apenas has abierto los ojos, ya es hoy. Y quizá nos toca volver a lo de antes -aparto un poco la sábana y le señalo los uniformes.
-¡Uf!, los uniformes -me dice-. Mira, hacemos una cosa. Cierra los ojos y ponlos muy cerca de los míos. Párpado con párpado. Dime, ¿qué sientes ahora?
-Me siento feliz.
-Porque has vuelto al ayer conmigo. Ahora estás en mis sueños. Y vamos a quedarnos así todo el día, soñando con ayer.
No digo nada. No quiero decir nada. Alejo mi mano de los uniformes. Y envuelvo nuestros cuerpos con la sábana.

Ya es medianoche. Ella está junto a la ventana. Noto una sensación muy agradable al mirarla. De afuera entra un viento todavía cálido para ser noviembre. El brillo de la luna endulza su piel. Está sentada encima de la mesa, con sus brazos rodea sus rodillas y me mira.
-Buenas noches, escritor -me dice mientras me enseña un libro donde pone mi nombre.
-Sólo he escrito ese. Todavía no soy escritor. Quizá lo fui.
-¿Por qué dices eso?
-Ahora estoy sin editorial. Ese libro no vendió casi. Ya forma parte del ayer. Mi hoy es éste -y le señalo el uniforme.

Nos reímos al ver de nuevo los uniformes. Arrugados y tirados por el suelo. Me levanto de la cama y me acerco a ella. Le beso la cara. Cuando llego a los ojos, los cierra. Siento sus párpados en mi boca. Me paso mucho rato besándolos. Siento vibrar sus ojos en mis labios.
-Me encanta el sabor de tus párpados -le digo.
-Pero no saben a uniformes. Ni tampoco a gritos, ni a jornadas de diez horas, ni a clientes pesados. ¿Verdad?
-Saben a tus sueños. A mis sueños. A tantas cosas.
-Ayer por la tarde servía mesas contigo y hoy me lames los párpados. Creo que lo mejor que me ha pasado es despertarme a tu lado esta mañana. Y… ¿si nos pasamos otra noche y otras muchas más saboreándonos?

III

Llueven corazones. Es lo que dice una canción por la radio esta mañana. La escucho cuando estoy a punto de salir de casa y con una sonrisa dudo entre coger el paraguas o no. El día es soleado. Pero la canción insiste. Por un momento me gustaría que llovieran corazones. No sé. Sería diferente. Como otra manera de ver el mundo. Y para que la vida cambie, uno tiene que desear cambiar, así que cojo el paraguas. Nunca se sabe.

Es un día de primeros de diciembre. A pesar de la fecha, el abrigo molesta. En el cielo no hay ni una nube y son casi las 9 y media de la mañana. En el trabajo, para no variar, clases, textos, y algún que otro poema odiado por los alumnos. Parece que todo es siempre igual. Rápidamente se hace la hora de irse. Al salir, alguien me pregunta que por qué llevo paraguas si no llueve. Hay preguntas que es mejor dejarlas pasar. A nadie le importan los sueños de uno.

Atravieso la plaza del Ayuntamiento y bordeo las tiendas de flores. Huele a pétalos mojados. Sentada en uno de los bancos, hay una chica. Estamos a pocos metros. En su mano izquierda lleva un libro donde pone Buscando corazones. Tengo ganas de preguntarle si ella ha escuchado la misma canción que yo en la radio. Quizá también quiera cambiar de vida, tal vez espera que algo suceda, como por ejemplo, que lluevan corazones. Un viento suave le mece la melena. Con disimulo me pongo muy cerca de ella, la tengo de frente. Tiene una mirada verde, tranquila. Como esos lagos de primavera donde te zambullirías y no querrías salir nunca.

Cuánto me gustaría acercarme a ella y decirle que me gusta, sí, suena impulsivo, demasiado frenético, ingenuo, adolescente. Pero es así. Y no hacerlo tal vez sería perder una oportunidad y entonces sí que sería como un adolescente cobarde y tonto. Quizá delante de mí, agarrada a ese manual de corazones, esté la mujer de vida. Y me voy a quedar sin saberlo. Todo por el miedo al fracaso. Al ridículo. No puedo salir de casa esperando una lluvia de corazones y luego echarme atrás por conocer a una chica. No es algo muy coherente. Así que voy a ir. Ya se me ocurrirá algo en los pocos metros que nos separan.

Ella sigue con la mirada fija. Aprieta su libro con fuerza. Antes de acercarme, cuando estoy casi a su lado, sin querer le doy al botón del paraguas. Se abre. Sonrío y nos ponemos debajo.
-Perdona… es que llueve -le digo.
-¿Estás seguro? -me dice mientras saca la mano y gira su palma hacia el cielo.
-Bueno, esta mañana cuando he salido por la radio han dicho que llovía.
-Es verdad. Yo también lo he oído. Y por eso he cogido este libro.

Lo abre y pasa las páginas. Está lleno de fotos de corazones. De todos los colores. De todas las formas posibles. Hay muchos. Demasiados. Algunos tienen tiritas. Otros moratones. A otros se les nota duros, como si les faltaran caricias. Sigue pasando páginas. Se detiene. Me señala un corazón falto de ternura. Ya no tiene color. Parece desgastadísimo.
-Este es como el mío -me dice-. Por eso hoy he salido de casa convencida de que encontraría otro mejor. Pero no es posible.
-¿Por qué dices eso? No te des por vencida. Además, no sólo caen los corazones del cielo. Eso sólo pasa en las canciones.
Sonreímos.
-También salen del pecho -le digo-. Toma. Este es para ti. No es gran cosa. Pero es bastante tierno.
-No puedo aceptarlo. Es tu corazón. ¿Qué harás tú sin él? Además, apenas me conoces.
-Te lo presto unos días. De verdad. Está un poco loco y dice que quiere ser escritor, pero pertenece a un buen tipo. Pruébalo. Quizá te guste. Y es verdad que no nos conocemos. Pero ahora tenemos una buena excusa. Llevas mi corazón. Nos tendremos que volver a ver. Así podremos tomar un café y hablar sobre esa lluvia de corazones que nunca cayó.
-Vale, de acuerdo. Pero yo a cambio te dejo el mío, ¿me lo cuidarás?
-Claro, lo haré encantado. Pronto se curará. Lo lameré todas las noches. Despacito. Susurrándole al oído que otro mundo es posible. La ternura es el antídoto contra la decepción.

Sergio Llorens, España © 2008

sergillorens72@hotmail.com

www.sergiollorens.com

Sergio Llorens nació en Valencia (España) en 1972. Es Licenciado en Filología Hispánica. Acaba de publicar su primer libro De lo canalla, del amor y de lo absurdo en Brosquil Edicions.

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