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Aprendiendo a contar

Uno busca lleno de esperanza. Una oportunidad tenía la Martita. Una oportunidad por día para verlo a Juan. Todos los días, de lunes a lunes, Juancito tomaba el mismo camino para ir al trabajo. Salía de su casa en Aragón al 111, caminaba por la vereda impar hasta la esquina de González Pardo, cruzaba la calle y seguía por la de los pares. A unos pasos del cruce, en el quiosco de chapas naranjas, charlaba unas palabras con don Asencio, y mientras leía una página de deportes y tropezaba con una baldosa despegada, pasaba por la casa de la Martita, la del jardín al frente. La única distinta en ese barrio de gallegos inmigrantes que plantaron los ladrillos desde el borde mismo de la línea municipal. La casa del jardín donde la flor más flor de todas descorría presurosa una cortina a las 8 y 31, para ofrecer una sonrisa a Juancito, mientras él leía ensimismado las noticias de su amado Boca, que venía perdiendo uno a cero mas seguido de lo querido. Juancito trabajaba sin francos en una ferretería del barrio “Un Amor, Una Esperanza”. Con el sueldito miserable apenas podía pagar el alquiler de una pieza y darse un gustito como el diario todas las mañanas y el cine un domingo por medio. Que seré pobre pero informado. Informado de todo menos de los ojos de la Martita que se comían un pedacito de su indiferencia cada mañana.

Dos vestidos rojos tenía la Martita. De algodón el más cansado, para las tareas de la casa con jardín al frente y dos farolitos rojos en el porche. Otro reluciente y escotado, con dos tajos discretos y doble forro de tafeta, reservado para ocasiones especiales. A los dos los había comprado en una feria de usados, a dos cuadras de la casa. Rojos como sus labios, rojos como su corazón, rojos pasión como la que le despertaba Juancito. Su madre nunca le consentía usar prendas de color rojo, no era propio de una niña de su casa. Pero cuando la vieja crepó, un día dos del mes dos, la Martita sorprendió a propios y extraños en el velorio con su vestido rojo escotado, con el par de zapatos rojos que su escueta progenitora le había prohibido usar hasta que ella muriera. Y la Martita cumplía con la palabra prometida. La vieja fría y vestida de negro, bien muerta en su cajón. La Martita caliente y maquillada de rojo, corpiño rojo, trusa roja, dos aros rojos, vestido rojo escotado. Rojo como la cara furiosa y escandalizada de sus dos tías, las que la Martita ignoró dos veces.

Tres cuotas pagó la Martita por la compra que hizo en la ferretería de Barcala al 333, la del cartel con el sombrero de tres picos. Acudía cada tres meses a comprar artículos de jardín, tijeras de podar, herbicidas, fertilizantes, palas. La atendió Juancito, que le ofreció su mejor sonrisa. Buen día señorita, ¿qué puedo ofrecerle? Buen día, joven, necesito llevar tres cosas para mi jardín: fertilizante, palas y sulfato de amonio. ¿Para su jardín? ¿El de la casa hermosa que está en la calle Aragón? Yo vivo cerca y paso todos los días a la misma hora. Esas rosas rojas son la envidia del barrio. Muchas gracias, se sonrojó la Martita. El corazón le bailaba a ritmo bermellón. Tres mil latidos por minuto. Luego de algún comentario ingenuo y tres miradas no tanto, la Martita salió entre vapores, provista de tres palas, tres litros de herbicida y trescientos gramos de sulfato de amonio, todo envuelto en tres paquetes, y el nombre del dependiente de la ferretería, Juancito, tercer hijo de don Juan y doña Josefa, nacido en agosto, el mes necesario.

Cuatro veces logró la Martita que Juancito levantara la vista mas allá del suplemento deportivo en su recorrida mañanera y ubicara sus ojos anhelantes entre las cortinas de voile blanco con cuatro voladitos rojos. Juancito, famoso en el barrio por su despiste, recién en la cuarta ocasión acusó recibo. La Martita usó casi todas las recetas del manual de seducción de la niña discreta. No fuera a pasar que las cuatro chismosas del barrio se ocuparan de ella. Pero la paciencia y la pasión no son buenos amigos cuando arrecia la soledad. Los modales de la buena mujer van a contramano de los apuros de la entrepierna acuciante. Y si el pretendido no colabora, la imaginación trabaja a cuatro manos. Cuatro manos quería la Martita que recorrieran sus cuartos traseros.

Cinco suspiros regaló la Martita cuando Juancito divisó sus anhelos. De ahí a cruzarse como sin querer fueron solo cinco pasitos, los que hay desde la puerta hasta la reja roja del frente. Y a los pocos días, solo cinco no más, había logrado que Juancito partiera cada mañana mas temprano de su casa, caminara por la vereda impar hasta González Pardo, cruzara apurado la calle, siguiera por la de los pares, comprara el diario, saludara a don Asencio sin darle chance a decir cinco palabras y a las ocho y cinco, estuviera parado en la puerta de rejas rojas, esperando la sonrisa roja, de labios rojos, de roja pasión y rojos sueños calientes. Cinco veces la invitó a salir, a pasear, al cine, a comer, a la plaza. Cinco fresias rojas le regaló. Fresias y no rosas. Fresias puede comprar quien atiende en una ferretería. Cinco rosas necesitarían de cinco sueldos.

Seis besos se dieron una mañana a las ocho y seis. Seis besos rojos, sabrosos. En la baldosa número seis contando desde la reja roja de seis gruesos barrotes. Seis segundos tardaron por beso. Seis segundos ardientes. Seis ensayos hizo Juancito de deslizar la mano, de intentar comprobar la curvatura del paragolpes trasero de la Martita. Seis veces deslizó la palma a través de la espalda. Juanseisdedos le decían los amigos. Contó las vértebras y a la sexta lo pararon. Seis tandas persistió con la temperatura seiscientos por ciento por encima de lo normal. En la número seis lo logró. Comprobó que seis veces seis es treinta y seis. Treinta y seis pasos lo separaban de la poltrona de la Martita, engalanada con sábanas blancas con treinta y seis rosas rojas pintadas a mano. Rojas como la imaginación de Juancito, que de tanto multiplicar cargaba seis millones de grados de calentura.

Siete intentos de Juancito para hacerle el amor a la Martita. Siete intentos frustrados. Siete veces la acarició, de lunes a domingo. Siete besos en el cuello. Siete Velos se llamaban los preservativos que tenía en el séptimo bolsillo del saco, los de un peso setenta y siete la cajita. Siete consejos de cómo lograrlo se había copiado de la revista Siete Días. Siete insultos le dedicó al autor de la nota. Siete veces llegó hasta la cama. Siete bajadas de trusa. Siete disparos falló el enanito. Siete y sin concretar. La séptima fue la vencida. Se rindió Juancito. Siete intentos son mucho para seguir intentando. La Martita era peor que el séptimo infierno. Siete excusas y ningún desahogo.

Ocho puñaladas le dio la Martita al de agosto, el mes octavo. Una por cada intento y la octava por no intentarlo. Ocho pequeñas incisiones debajo de la octava costilla. De aperitivo ocho pastillas del somnífero “Octavo Sueño”, con algunos tragos de anís “Ocho Hermanos” etiqueta roja. Ocho rosales tiene ahora la Martita. Ocho rosales de rosas rojo sangre. Ocho rosales elegidos con pasión, con desenfreno. Ocho corazones, frustrados, sangrados, alimentan sus raíces. Ocho rosales. Y la Martita quiere tener doce. Uno por cada mes del año.

Gustavo Javier Araujo, Argentina © 2017

gustavojaraujo40@yahoo.com.ar

Gustavo Araujo es argentino nacido en la provincia de Mendoza. Lector voraz desde pequeño, y poco consecuente de grande, tiene intereses variados en cuestiones literarias. Escritor ocasional de cuentos, encuentra en la literatura un modo de interesar a los demás en las cosas que le importan, con humor y a veces con algo de ironía. No es profesor de universidad alguna, ni tiene doctorado en nada. Apenas si consigue usar el Word penosamente para escribir sus historias. Por suerte para sus lectores.
Ha ganado algunos premios, y publicó en revistas literarias de Argentina y antologías varias. No ha editado libros porque no cree que pagarlos sea meritorio, aunque tiempo atrás tuvo una editorial con sus amigos, Paraíso del Diavlo, proyecto que se truncó por cuestiones que más vale no recordar. Escribe cuentos porque considera que es la forma más eficaz de contar una historia interesante, que aunque sea repetida, el hacerlo con oficio y trabajo consigue que sea atrayente.

Lo que el autor nos dijo sobre su cuento:
Este cuento fue una idea que surgió sin querer, como una forma de contar una historia común en forma distinta, de modo que el oficio literario pueda hacerla diferente. La repetición de los números surgió casualmente y luego se usó como un recurso literario. La utilización del humor es también un recurso valedero a la hora de llegar a los lectores que me parece muy ameno. El final, negro y algo trunco, surgió luego de mucho trabajo y muchas opciones descartadas, situación en la que agradezco el aporte valioso de mi esposa. Lo que más me gusta de este trabajo fue el hecho de encontrar un modo de contar una historia simple de tal modo que, por la complejidad del recurso, se transforme en algo mucho más profundo.

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