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CÍRCULO (La maldición de Everett)

Cuando el profesor acabó de dar su clase nevaba sobre los centenarios muros de Toledo y no había un alma en sus callejones seculares. Avanzó por la resbaladiza acera en dirección hacia su coche y vio en el suelo un objeto brillante que le absorbió plenamente la atención durante unos segundos. Le sacudió el mismo vuelco mental que nos prende a veces en el principio del sueño y prosiguió su marcha en medio del frío hacia su automóvil. En sentido contrario andaba un hombre. Su vestimenta le llamó la atención al ser idéntica a la suya, el mismo traje, la misma gabardina y los mismos grises pantalones. No sabía entonces el profesor de física que aquello significaría el preludio de su desgracia. El hombre sacó de su bolsillo una llave al mismo tiempo que lo hacía Alfredo, el hombre se situó delante de la portezuela de su vehículo con intención de abrirla. Parecía un personaje de un cuadro de Magritte por la inexpresión hierática de su rostro. El profesor no salía de su asombro y, cortésmente, le dijo al hombre:

-Me temo, señor, que se equivoca, está usted introduciendo su llave en mi coche y tiene pocas probabilidades de conseguir abrirlo.

El hombre, sin abandonar su impasibilidad, le replicó:

-Perdone, señor, éste es mi automóvil y éstas son las llaves, en consecuencia abrirán seguro, ¿no será usted el equivocado?

Sorprendentemente la cerradura respondió y el coche fue abierto sin ninguna dificultad.

-Pero, señor, éste es indiscutiblemente mi vehículo. Lo he dejado esta tarde aquí cuando me disponía a impartir mi clase de física en una cercana academia.

-¿Cómo ha dicho usted? ... ¿Su clase de ...?

-Mi clase de física ...

-¿De física?

-¿Qué le extraña? ¡De física!

-Es verdaderamente insólito nuestro caso y ciertamente casual pues - puntualizó el hombre - yo también soy profesor de física.

-Ciertamente se puede catalogar de inexplicable este extraño suceso, pero, caballero, ¿tendría usted la amabilidad de decirme lo que ha explicado a sus alumnos?

-Con mucho gusto, señor, he estado hablando de termodinámica. He hecho hincapié en la naturaleza probabilística de esta rama de la física y he insistido en que las leyes de la naturaleza se basan en el azar, de modo que si todas las moléculas de una piedra coincidieran en vibrar en dirección hacia arriba, la piedra, sin duda, subiría ...

- ... y como el universo es gigantesco aunque esa probabilidad es remotísima, a lo mejor, en algún lugar del espacio, tal increíble posibilidad se está ahora produciendo ...

-No hay duda - corearon - hemos explicado lo mismo y, casi, con las mismas palabras.

-Con esto, nuestro caso se complica, convendrá usted que se complica.

-Sí, por cierto.

La nieve caía insistentemente, era una tempestad. El Tajo andaba crecido y rugía por los puentes creando un clima irreal, las luces se perdían entre la nevada y la oscuridad opaca de la noche.

-Pero, ... ¿querría decirme su nombre?

-Naturalmente, no hay ningún problema, me llamo Alfredo N.

-¿Cómo ha dicho?

-Sí, ...

-Mejor, no me lo repita, ¿querría mostrarme su carnet de identidad?

El hombre accedió a su petición. Y pudo confirmar su nombre y apellidos y comprobar que vivía en su misma calle, en su misma casa, en su misma planta, en su mismo bloque y que compartía con él fecha, lugar de nacimiento y padres. Iba contra todas las leyes de la lógica que rigen la existencia. Pero, claro, debía de tratarse de una broma, una farsa urdida por sus inteligentes alumnos, no podía ser otra cosa.

Entonces se percató de brillo en los dientes del personaje, concretamente en el primer molar. Era de oro. Indiscutiblemente de oro como el suyo. Una sensación de pánico invadió a ambos en el mismo instante.

-Mire - disparó ¿nuestro protagonista? - la broma ha llegado demasiado lejos, convengo con usted en que es original, pero ya ha surtido su efecto. Además el frío arrecia. Le ruego que no la lleve más lejos y, con mi más firme deseo de felicidad para las próximas fiestas que se avecinan, se retire y me deje entrar en mi coche.

-Señor, lo mismo le digo pero en sentido contrario, le ruego ...

Las palabras empezaron a agotarse y aquéllos civilizados señores pasaron de los fonemas a los puñetazos, de las sílabas a las patadas y del diálogo a la pelea. Uno de los dos quedó tendido en el suelo junto al objeto brillante. El otro se introdujo en el coche y abandonó rápidamente el lugar en dirección a su domicilio, sin comprender muy bien todavía lo que había ocurrido.

Cuando llegó a su hogar esperaba poder contar a su esposa el extraño suceso, pero cuál no sería su tremendo pavor al comprobar que aquella escena era sólo el primer acto de una tragedia que se desarrollaba según unas normas absurdas e ilógicas.

-Señor, ¿qué hace usted, cómo se atreve a irrumpir en la paz de nuestra casa con ese cinismo?

Pero si soy tu esposo, tu marido, ¿dónde están los niños?

-No sé qué extraña forma de locura le posee, pero le ruego que no me asuste más.

Llamó a los niños, eran sus dos hijos que hacía unas horas había besado, con los que había jugado después de comer; no le reconocieron.

-Le ruego que abandone nuestro piso antes de que llamemos a la policía, además mi marido debe estar al llegar.

-Pero, pero ...

La puerta se cerró, una mujer nerviosa se perdió ante su vista, unos niños asustados se abrazaban a su madre.

Y él, un hombre solo, un hombre solo avanzando en medio de la nieve y el frío hacia la casa de un amigo, el compañero de su infancia que no le reconocería tampoco; una puerta que se cierra y otra que se cierra y en ninguna un lugar donde poder pasar la noche junto a alguien querido, junto a alguien conocido, él extraño para todos, extraño por la noche helada en el laberinto de los callejones y las plazas. Las gárgolas de la catedral le miraban con piedad, las estatuas le contemplaban desde su quietud de piedra pero no había nadie en la ciudad, nadie en su ciudad que le reconociese. En todas partes puertas que se cierran y la semilla de lo inexplicable germinando su fruto en aquel diciembre oscuro de Toledo. Volvió al callejón donde habían empezado los sucesos; nadie había allí, ni rastro de aquel hombre gemelo y no gemelo. Se perdió por una de las cuestas y en una plaza encontró un libro, era un libro de Ionesco. En un banco se sentó a leerlo aterido de frío. Después por la muralla vieja paseó sin dirección tratando de ordenar sus pensamientos. Decidió volver a su casa. Allí una mujer desesperada le insultó sin quitar la cadena.

-Mi marido no ha vuelto, usted lleva sus mismas ropas y conduce su coche, ¿qué pretende? ¿No le habrá matado?

-Pero, ¿crees que si le hubiese matado tendría el valor de venir aquí? - contratacó para después explicarle todo lo que había sucedido desde que terminara su clase. La mujer le tomó por loco, no le creyó.

-Váyase antes de que llame a la policía.

Se fue como un vagabundo repentino por las mismas escaleras y en la calle se puso a llorar. Mientras su llanto se helaba en sus mejillas, se escuchó la sirena que precedió a su detención, al juicio en el que se le acusaba de la comisión de un asesinato del que no se hallaría el cadáver, en el que no pudo determinarse su personalidad y al internamiento en un sanatorio por decisión judicial. Allí pudo soñar con rehacer su vida. Una enfermera, bella como pocas y dotada con el don de la palabra, se impuso en sus sentimientos y le hizo concebir la ilusión de reconstruir el edificio ruinoso de una existencia convencional.

Pero si lo insólito se repite cobra categoría de ley y bien parecía que el absurdo aspirase a destronar a la lógica porque cuando, por buena conducta, se le concedió el privilegio de régimen abierto, una noche que pretendía tomar el coche de su novia para retornar al hospital, pudo advertir que un hombre de su misma complexión y estatura aunque no de sus mismos rasgos, le decía:

-Me temo, señor, que se equivoca.Está usted introduciendo sus llaves en mi coche y tiene pocas probabilidades de conseguir abrirlo.

Y él sin salir de su impasibilidad replicó:

-Perdone, señor, pero éste es mi automóvil y ...

Marc Sil, España, ©1996

jredondo@lander.es

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