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El trébol que a propósito he sembrado

A Julio Cortázar:
con permiso, voy a entrar.
Nací en el año del Conejo y de eso debe venirme este gusto por vivir a los saltos, el apetito sexual indiscriminado, la engañosa mansedumbre que incluye el mordiscón porque sí, para que no se confundan.

Ser hijo único en una familia afectuosa y de muy escasa exigencia, la irresponsabilidad de mis vínculos amorosos y un marcado desapego por el bienestar económico, me permitió vivir alegremente, capitalizando con poco esfuerzo un talento natural para administrar e invertir fortunas ajenas. Todo esto y, claro, la tía Andrée.

¡Ah, la tía Andrée! Irrumpió como el hada madrina sobre el fin de mi adolescencia, en la que un gusto no reprimido por hacerle pequeños favores a cambio de nada, la llevó cada vez más a poner en mis manos el cuidado de sus inversiones. En ese entonces tía Andrée llevaba más de veinte años viviendo en París. Se había ido por unos meses y en ese tiempo la alcanzó una catástrofe de la que nunca me preocupé por saber detalles, una carta que no debió llegar y que la sorprendió una mañana en París, adonde le fue enviada después de esa catástrofe. Por esto, y tal vez otras cosas que podría imaginar, la tía Andrée no volvió nunca más, se casó con un criptofilólogo o un entomolingüista o alguna otra profesión igualmente imposible, no tuvo hijos, acumuló idiomas y libros y plantas, y me escribía no muy frecuentes cartas con un afecto escueto y un buen humor descarnado, a las que yo respondía con el detalle de sus finanzas y comentarios algo desfachatados que creo siempre la divertían. No nos habíamos visto nunca, no intercambiamos fotos, jamás nos hablamos por teléfono, nos teníamos cariño.

Y de golpe, a partir de un telegrama despachado en Brasil veinticuatro horas antes y que me pone en el aeropuerto de Ezeiza un mediodía de abril, la tía Andrée es esta mujer que hace más de cuarenta años no viene a la Argentina, alta, delgada, de pelo corto, canoso, con una onda sobre la frente, suave la nariz, precisa la línea del mentón; de traje beige con una blusa marrón con lazo y dos vueltas de perlas, que me tiende las manos pálidas de uñas cortas con un brillo mate. Y es toda ella escueta y tierna como sus cartas y me dice cher Michel con la misma intensidad con que lo escribía.

Se instala en el bar, pide té, dice en dos horas me voy, no pienso salir del aeropuerto, he venido a conocerte y a darte unos papeles.

Ahí me entero de que la tía Andrée tiene un departamento en la calle Suipacha del que me ha hecho propietario, que está cerrado desde hace más de cuarenta años, todos los papeles están en orden, acá tenés las llaves. Me las pone en la mano, me besa, va a su avión, la veo irse. Y es real que nos queremos, pero ahora el viejo orden ha sido trastrocado, ingresa en un carril donde ya no podré ser naturalmente desfachatado y ella no escribirá cher Michel sin verme.

La tarde de abril se ha puesto calurosa y con amenaza de lluvia cuando entro al departamento que ahora me pertenece. Abro las persianas y es como si allí en algún momento hubiera pasado un tornado. Lo que no está roto revela señas de haber sido roto y pegado, hay una lámpara de porcelana con mariposas que cuando la toco se abre en varios pedazos, unos almohadones de seda tal vez verde, o azul, que se deshacen solo al pasar, grandes bollos de pelusa gris por todas partes, infinidad de libros roídos por ratas o polillas. Siento algo así como un viento latente en los rincones, a la espera de desatarse.

Salgo al balcón en busca de aire y me sorprende un macetón lleno de tréboles frescos, verdes, en esa soledad de cuarenta años, sostenidos por el aire y la lluvia. Lluvia que empieza a caer y que quizás me alivie de este extraño malestar que siento, ganas de vomitar, una efervescencia subiéndome por la garganta.

Zulma Fraga, Argentina © 2016

zulmafraga@yahoo.com.ar

Zulma Fraga nació en Realicó, La Pampa. Vive y trabaja en Buenos Aires, Argentina.

Ha publicado, entre otros: Relatos del Piso 12 (Editorial Florida Blanca,1998), Marginales (Editorial Piso 12, 2004), El músico y Angelita (Editorial Piso 12, 2005), Cuerpos en tránsito (Editorial Piso 12, 2012) y Subirse al micro (Editorial Piso 12, 2013).

Sus cuentos han sido incluidos en: En frasco chico, Antología de microrrelatos, selección de las Prof. Silvia Delucchi y Noemí Pendzik, Ed. Colihue, CABA, Argentina, 2004; Relatos para Sallent, Selección del Concurso de Relatos Cortos para leer en tres minutos “Luis del Val”, Edición del Ayuntamiento de Sallent de Gállego, España, 2007; Grageas. Antología de 100 cuentos breves de todo el mundo, Ed. Desde la gente, Buenos Aires, Argentina, 2007; Cielo de Relámpagos, Antología de microrrelatos de autores latinoamericanos, selección de María Cristina Ramos, Ed. Ruedamares, Neuquén, Argentina, 2007; Antologías del V y VI Encuentro Nacional de Narrativa, Bialet Massé, Córdoba, Argentina, 2009/2010 ; Basta, 100 mujeres contra la violencia de género, Editorial Macedonia, 2013.

Recibió la Segunda Mención en el concurso de Poesía MOSTRARTE 97, Facultad de Psicología, UBA, y el Diploma de Honor en el Certamen Poético del II Encuentro Internacional de Poetas de la Nueva Pléyade, Glendon College, York University, Toronto, Canadá (2000).

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