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La pirámide

Siempre quise ir a Uxmal. Hoy cumplo mi sueño.

De pie frente la pirámide del adivino, contemplo la extraña construcción ovalada y me pregunto cómo subir, con mis grandes pies, los estrechos y empinados escalones construidos para los pequeños pies mayas. Mi meta es el quinto templo, allá en la altura de esos treinta y cinco metros, ascendiendo sus ciento cincuenta escaleras de piedra custodiadas por el dios Chaak, habitante en los cenotes, señor del trueno y dispensador de la lluvia.

Me han advertido no trasponer la cerca, ya que no se permite invadir la pirámide. Rebelde por naturaleza, me preguntó: ¿qué es lo que tanto custodian y protegen allá arriba? No acepto que me impongan límites. Por ello, aprovecho un descuido, traspaso la valla y llego hasta tocar la piedra con mis manos anhelantes. Pulida hace siglos, impregnada de la devoción de los antiguos y soportando milenios, la piedra es suave al tacto a pesar de las cicatrices del tiempo. La acaricio y me acaricia con su hálito de misterio. Frente al primer templo, la cabeza de la serpiente es un signo desalentador pero, aún así, no me desanimo.

Oscurecida su trabajada arquitectura, la pirámide se yergue desafiante y a la vez incitadora. Poso mi pie en el primer escalón. Por necesidad me inclino para trepar, más que ascender, y la pirámide me invita a proseguir con reclamo silencioso que viene de ancestrales leyendas. Subo con decisión. Abordo el segundo templo. Desde el nivel del suelo, los mascarones de Chaak me reprenden. Subo lentamente, cuidadosamente. No debo perder pie o mi aventura podría finalizar trágicamente.

Al enfrentar el tercer templo se desata la tormenta. Chaak castiga mi desobediencia. Truenos y rayos amenazan mi integridad. Sin poder continuar debido a las inclemencias y sin aceptar descender, obstinadamente, me pego, literalmente, a la piedra y allí soporto casi veinte eternos minutos. Ya al límite, como única alternativa, invoco al chilán morador del monumento. Instante de reverente silencio. Un profundo pensamiento, más allá de mi comprensión, interroga atávicos poderes y, de súbito, cesa la lluvia. El sacerdote adivino responde con un tenue rayo de sol que tímidamente colorea arco iris en los goterones que todavía escurren por la piedra. Chaak no me venció. Yo continúo.

El cuarto templo me ofrece su entrada desatando mi pavor. La abertura coincide exactamente con la boca de otro mascarón de Chaak, representación quizás del hambre del dios dispuesto a devorarme. La insignificante seguridad que me ampara en la peligrosa escalera me produce vértigos. De algún lugar oculto en la pirámide, se filtran, a través de orificios velados, vapores turbadores atenuando mi raciocinio. Invoco nuevamente al chilán que ahora permanece impasible. Muy abajo, a ras del suelo, el guardia me requiere amenazante. No quiero volver sin culminar mi empresa. Un designio superior me impulsa. Desafiante, me dispongo a todo.

He llegado. Se oyen los sones de un tunkul. La madera resuena dulce y apagadamente bajo sabias manos, con un exótico ritmo. La música me desorienta. Desconozco el lugar donde me encuentro… y me desconozco. Contemplo con desconcierto la greca decorada con serpientes entrelazadas sobre las lisas paredes del quinto templo. Los reptiles se destrenzan para permitirme la entrada. Hay alguien adentro. Orando de rodillas el sacerdote adivino es una sombra apenas. Puedo oír el murmullo de su voz entonando cánticos sagrados e intuir la existencia de videntes que le precedieron, fluyendo en esa voz…

Concluida su devoción se incorpora con delicadeza, gira hacia la entrada y como si ya hubiera adivinado mi presencia, me dedica un ademán invitador. Me adelanto con temor y espero. Escucho su acento alentándome. Entro en silencio y espero. El sacerdote avanza. Me enfrenta. Me ofrece una reverencia. Oficia para mí una ceremonia que no comprendo. Luego me abraza … y se diluye en mí.

Ahora yo soy el adivino.

Permaneceré aquí imperturbable hasta el próximo que desafíe a Chaak.

Marta de Arévalo, Uruguay © 2016

mfdearevalo@gmail.com

Ilustración de Manuel Giron, 2015 © ProLitteris

Marta de Arévalo es uruguaya, nacida en Montevideo, donde reside desde siempre.

Lleva editados en Montevideo, México, Madrid y Paris, una treintena de títulos de poesía, narrativa, crónicas históricas y literatura infantil. Su nombre y/o su obra se incluyen – entre otros- en: Biografía de Intelectuales Uruguayo, 1978; Los Barrios de Montevideo (Villa Colón y su entorno), 1993, edición Intendencia Municipal de Montevideo; Agentes Culturales, Guía informativa del Ministerio de Educación y Cultura, 1994; e Historia del Uruguay, Tomo 2 ( La Literatura en la 2ª mitad del Siglo XX), 1995; Muestra de Literatura Uruguaya, 1996.

Varios poemas suyos fueron traducidos al francés, portugués, italiano, inglés y alemán.

Ha recibido: Medalla de Oro, Premio Nacional y por dos veces Violeta de Oro en los Juegos Florales Internacionales de Montevideo (1975 y 1977); Ministerio de Educación y Cultura, Uruguay, en 1975, 1981, 1982, y 1992; Intendencia Municipal de Montevideo, 1981-1982; en el 2000, recibió por su obra completa, el Premio Internacional de Literatura Latinoamericana y del Caribe “Gabriela Mistral”, que otorga la Asociatión Côté-femmes, de Paris, “a escritoras en lengua española con una obra valiosa en cualquier género literario”, con adhesiones de personalidades e instituciones de Uruguay, Bolivia, México, EE.UU. España y Francia. En 2003 el Frente de Afirmación Hispanista, de México editó “Antología de la Poesía Cósmica de Marta de Arévalo”.

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