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La vieja de Ojos Negros

Cada día, la sirena de la excavación reverberaba en la cuenca minera, estridente como una muela de afilar. Los cuervos, entonces, rompían a graznar, aleteaban encaramados sobre arbolejos de ramas igual que espinas o salían volando. Obedientes a la llamada, hordas de hombres sombríos emergían de sus covachas, avanzando hacia la mina con los miembros entumecidos por el sueño. Voces roncas, reniegos mordidos, el chapoteo de las botas en el barro; enseguida el estruendo mecánico lo devoraría todo, el jadeo pesado de las máquinas, el gruñido silbante del vapor. Las extracciones de la mina a cielo abierto habían ido corroyendo la tierra, surcándola de fenomenales arrugas, de cráteres y senderos como cortes de bisturí, envejeciéndola poco a poco pero sin descanso durante años y años de trabajo cotidiano. Hangares y lagos artificiales, oficinas y túneles salpicaban los cerros del contorno. En las inmediaciones se asentaba el pueblo minero.

Al anochecer, cuando el sol iluminaba ya sin calor y corría el cierzo en ventiscas heladas, la mina de hierro soltaba entre bocanadas de humo un puñado tras otro de escarabajos. Con los rostros sucios de grasa y las dentaduras centelleantes, los hombres volvían a casa, hambrientos, luchando contra el cierzo que se les enredaba en los harapos y los huesos y les arrancaba jirones de sudor y metal. Estaban demasiado cansados para hablar o reír, para alegrarse por haber consumido otro día. Sólo una sopa de gachas, algunas patatas, mendrugos de pan y pedazos de sueño les separaban ya de la siguiente hornada.

En un extremo del pueblo se levantaba desangelada la casa del maquinista. Dentro, el viento no era sino chillidos molestos. Una vieja seca y baja, con un rostro que parecía labrado a puñetazos, esperaba sentada. Olía a cena recién hecha; y aquella mujer de ojos como ascuas, que mascullaba ensalmos mientras retorcía los sarmientos de sus dedos como cuentas de rosario, aguardaba a su marido. Desde el otro lado del ventanuco, envuelta en nubarrones, la luna descarada espiaba su angustia. La vieja había tenido un mal presentimiento: un dolor sordo en el pecho la había acompañado durante todo el día, igual que una sombra; ahora, con el corazón roído por la incertidumbre, sólo pedía que no hubiera tenido ningún percance.

La vieja saltó de la banqueta casi antes de que sonaran los nudillos en la puerta. En el hueco de la entrada, un bulto destacaba de la oscuridad.
–Anda, pasa –dijo haciéndose a un lado–. Estarás cansado y tendrás hambre. Ya tienes la cena.

Después de tantos años, la vieja se había acostumbrado a su marido como un enfermo crónico lo hace al dolor. Ahora formaba parte de ella: las esperas, el viento y la lluvia, el pálpito del corazón marcando el paso de las horas… velaba a cada instante, y no dejaba de pensar en él ni despierta ni dormida. Sólo ella podía notar el casi imperceptible olor a locomotora que envolvía al hombre; cuando estaba fuera, sentía la lejanía en las ropas sudadas y lo imaginaba trabajando.

Gregorio Singra, en cambio, parecía ausente: su semblante era el de un condenado. Se lavó las manos en la jofaina de agua tibia; se frotó los ojos, la nuca. En su rostro de cobre viejo había anidado la tristeza. Mientras su mujer trajinaba con los platos, fue a sentarse junto a la estufa. Volvía a casa tras bregar durante todo el día, azotado por el viento gélido de los yermos, tras recorrer el camino de ida y vuelta que conducía el hierro a los Altos Hornos de Sagunto. Sin embargo, a pesar de tantos kilómetros, no estaba cansado: llevaba haciendo el mismo recorrido desde que era zagal y un día, al mirarse las manos cuajadas de sangre por las ampollas reventadas de sudor negro, comprendió que su infancia había desaparecido; tampoco sentía el frío: su piel era áspera como lija y llevaba el ardor de la caldera en medio del pecho.

La mujer dejó el plato de sopa sobre el tablero. Sentada frente a su marido, le miraba comer, mientras aguardaba sus palabras. Todavía tenía el corazón en la garganta. Pero durante la cena no hubo más sonido que el de la cuchara de madera al tocar el plato. El aspecto del maquinista era sombrío.
–¿Qué ha pasado hoy, Gregorio? –inquirió finalmente, con un hilo de voz, cuando ya no pudo resistir las embestidas de la impaciencia–. ¿Habéis tenido algún percance?, ¿alguna avería…? Mira que el tiempo es malo y la máquina anda gastada.

El mecánico terminó la comida sin levantar la vista del plato: puede que en el fondo siguiera viendo los raíles, y sobre ellos el arrastrarse cansino de la Vieja, su locomotora, al salir cargada de Ojos Negros.
–Se le calienta el muñón –suspiró resignado.
–¿El muñón…? El invierno último también se calentaba, ¿verdá?

Gregorio Singra cortó una rebanada de pan. Dejó el cuchillo sobre el tablero y se limpió el mostacho con la mano, grande y oxidada como una pala.
–No, es otro –respondió, levantando los ojos hacia su mujer, aunque sin verla.

Ella recogió el plato y trajo un tazón humeante de café, donde su marido acostumbraba a untar el pan. De sus ademanes, algo precipitados, se desprendían interrogaciones. Sentándose de nuevo, aguardó las palabras del maquinista, mirándole a la cara de hito en hito: la cabeza de ralos cabellos canos, peinados con las manos y el viento; el rostro que parecía esculpido en granito, curtido al sol que asalta en el camino, por la lluvia y las navajas del cierzo; rostro de cuero arrugado, moreno, salpicado acá y acullá de manchas herrumbrosas, negras y coloradas; mandíbula fuerte, barba silvestre, cuello de toro… Gregorio Singra tenía todo del aspecto de una máquina descarrilada, al borde de las vías.

Al fin, tras aclararse la garganta y mientras mordía el pan, comenzó su explicación con voz semejante al rechinar de una polea mal engrasada.
–Es en la tercera rueda de la izquierda. He batallado con el muñón todo el viaje. Tenía miedo de que el rodamiento fuera a ceder y que la leva se doblara con la máquina en marcha. No quiero ni imaginármelo…

Un terrible acceso de tos cortó de raíz sus palabras. Las venas se le hincharon en el cuello y las sienes, y el rostro se le encendió como un ascua; parecía una caldera a punto de reventar. Cuando tosió y volvió a toser, escupió, dejando una mancha color de hollín en las cenizas de la estufa.
–Bebe un poco de café. Está caliente y te hará bien.
Su marido no dijo nada pero siguió el consejo.
–¿Y no puede ser que el aceite del timón o de la biela esté sucio? Mira de decirle a tu ayudante que te filtre el aceite, o lo haces tú… mañana te doy un trapo limpio y así nos ahorramos desgracias. Si se echa a perder la máquina, ¿qué pasará?
–No permitiré un aceite malo –respondió, serio de repente; sus ojos chispeaban–. ¿Por qué te metes en lo que no sabes? Antes de ponerle un aceite malo me lo bebo yo; a la Vieja siempre le pongo aceite limpio y abundante. ¿Por qué dices eso?
–¡Porque el muñón se calienta! –le reprochó su mujer, levantando sin querer la voz–. Si lo dejas seguirá calentándose, se caerá y ¡adiós, muy buenas! ¿Qué pasará si se salta una rueda, eh?
–¡Mientras esté vivo, mientras sea mecánico, Eulalia, no se me caerá nada, te lo puedo asegurar!, ¡ni con la Vieja en marcha ni cuando esté parada!, ¿me oyes?

Las palabras fueron golpes de pico en la noche. La mujer no dijo nada; y en el silencio volvió a escucharse el viento, que corría por las callejuelas deformes del pueblo, que empujaba con su cólera helada el ardor de las locomotoras al avanzar, fatigando sus calderas, reventándolas igual que un caballo viejo al que se ha hecho correr demasiado.
–Anda –dijo la mujer al cabo–, bébete el café, que te se va a enfriar y luego no lo querrás.

El maquinista suspiró, mirando a su esposa; luego desgajó otra rebanada de pan y se la comió untada en el café. Con el ceño fruncido, sin dejar de pensar en la Vieja, apuró con tragos largos el contenido del tazón.
–Las ruedas no saltan de los ejes de la locomotora. El que diga eso se equivoca. ¿Te acuerdas de lo que le pasó al Macario Monreal, que dijo no sé quién que se le saltó una rueda? –gruñó–. El que diga eso no tiene ni idea, ¡ni idea! Lo que le pasó al Macario Monreal es que se le aflojó una llanta con la locomotora en marcha. Y una llanta, Lali, no es una rueda, ni mucho menos. El pobre Macario no tuvo la culpa: la locomotora acababa de salir de una reparación general y no le habían apretado lo suficiente la llanta.
–¿Y a ti también se te hubiera soltado?

Por toda respuesta se sorbió el mostacho, pensativo. Su mujer se llevó el tazón; le daba la espalda cuando él contestó:
–A mí no, casi seguro que no. Me habría olido la tostada, seguramente.

Sacó papel de fumar y algo de tabaco y comenzó a liarse un cigarrillo con esos dedos suyos como sirgas metálicas.
–Prepárame la cama. No voy a dormir todavía, pero me tumbaré un rato…

El cierzo azotaba fuera sin descanso; la luna vertía entre nubarrones una claridad turbia. El olor a cebolla y patatas se mezclaba con el vaho húmedo propio de los agujeros sin vida. En el silencio espeso del pueblo minero, las puertas reflejaban la miseria; su interior resonaba a hueco: ruidos vagos que se extinguen de seguido, lágrimas ahogadas, juramentos e imprecaciones perdidos… la pesadilla del hambre y el cansancio era más intensa, cada noche, que el olor de las cenas, la humedad y el invierno: cientos de cuerpos tumbados en los camastros con el vientre vacío.

En Ojos Negros las luces iban naufragando en las tinieblas. Se oyó un último portazo… todos dormían ya, las mujeres con sus maridos, los pequeños juntos igual que camadas animales, para darse calor. Y desde el pueblo hasta la mina, cuyo estertor nunca cesaba, a la deriva en las ráfagas del viento, podía adivinarse un lento desfile de sombras, la marcha del turno nocturno, camino del trabajo. Tiritando de frío bajo jirones de mendigo –con su balanceo de hombros, estorbándoles incluso los brazos, que terminaban cruzados sobre el pecho–, los obreros avanzaban, lentos, hoscos, disgregados; con la cadencia del rebaño dormido, maquinalmente, seguían adelante.

El mecánico y su mujer acabaron por acostarse. En la casa palpitaba la noche muda: el tictac acompasado, la respiración intranquila de la vieja, al lado, su cuerpo caliente y dormido. Arrebujado en las mantas, hundido en el sopor que es la antesala del sueño, Gregorio Singra no podía dejar de preocuparse por la locomotora: su silueta negra recortándose sobre el fondo de piedra y terrones cuando, arrastrando con sus potentes ruedas hasta veinticinco vagones cargados de mineral, subía resoplando los puertos; incluso creía sentir el frío afilado en el rostro. Sin embargo, la Vieja estaba enferma; tosía, se quejaba, tenía achaques cada pocos kilómetros, y el día menos pensado iba a provocar algún accidente. Él la mimaba como a la niña de sus ojos, la amaba con la pasión del viejo matrimonio que ha sobrevivido a muchos inviernos juntos. Además, entendía su naturaleza, la situación del tiempo, si helaba o hacía calor; conocía las subidas de memoria y en cada temblor sabía lo que la locomotora quería decirle. Y a pesar de todo…

El reloj de pared, colgado sobre la cama, avanzaba lentamente; mientras, la noche resbalaba hacia la madrugada. El viento, finalmente, parecía haberse recostado, sumiso como un perro apaleado, y el silencio era una telaraña invisible con dedos largos. En algún lugar crujió la madera, atenazada por la helada. El maquinista aguzó el oído. Fuera, el frío espesaba la escarcha y empeoraba la visibilidad. Con este tiempo, pensó, será difícil echar a andar la locomotora. Recordó las cuatro subidas largas del camino de regreso; lo mismo que en un cielo nublado cruzan en ocasiones enjambres de nubarrones, así sobre el rostro del viejo se deslizó una sombra nueva.
–Hay que mantener la fuerza de tracción en la caldera para que por más que avance, por más que tire, la presión del vapor no decaiga y el nivel del agua no disminuya –aquel murmullo ahogado parecía al del estudiante que repasa la víspera del último examen–. Así es como hay que conservar la caldera.

Dándose la vuelta, se acurrucó en la cama; al poco le envolvía un pesado duermevela. Soñó que a la Vieja se le doblaba el muñón resentido, en la caldera se fundían las bielas y no había arena en el cajón… soñó que llevaba la ventilación al máximo, zumbaba muy fuerte y no se oía nada, ni siquiera el muñón doblándose… soñó que todo el tren se detenía en una subida, que empezaba a alargarse y acababa descarrilando…

Gregorio Singra daba vueltas en el lecho, sudaba y hablaba en sueños, moviendo violentamente las manos. Fue su mujer quien lo sacó de las pesadillas: arrodillada junto a él lo sacudía suavemente; hasta que abrió los ojos.
–Despierta, viejo diablo –le amonestaba–, ¿no ves que vas a levantar a todo el pueblo? Eres peor que la guerra. ¿Qué tienes, eh?, ¿es que te ha sentado mal la cena o qué? Con tantos quiebros de cabeza ni me has comido a gusto. Mira que mañana te prepararé unas migas, para que luego no me pisotees por la noche como unas uvas.

El viejo mecánico esbozó una media sonrisa y besó a su mujer en la mejilla, más pálida que de costumbre. Ella sonreía también y se dejó besar; pero tenía los ojos enrojecidos porque había llorado mientras dormía. Igual que una arañita, escondió la madeja de sus aflicciones dentro del pecho; también ella había tenido un mal barrunto.

Ambos, tras santiguarse, volvieron a acostarse; y el maquinista le perdonó todo al instante. Con el tacto suave de la almohada en el rostro y el abrazo fraternal del colchón y las mantas, finalmente, Gregorio Singra acabó por dormirse.

Domingo Alberto Martínez, España © 2018

despertafierro@hotmail.com

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