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La patrona

Encontró la llave debajo de la maceta. Abrió la puerta y entró. Antes de atravesar el umbral, volvió a dejar la llave en su sitio.

Cruzó la sala. Al subir la escalera, los peldaños crujieron suavemente. En el piso superior, vio una línea de luz que asomaba de la puerta entreabierta. Entró.

Don Octavio estaba sentado en la cama, leyendo. Al verla, arqueó las cejas y preguntó:
—¿Qué haces vos acá?

Ella no respondió.
—La patrona no regresa hasta mañana. Si venís a pasar la noche conmigo, nos podemos mandar una linda fiesta.

Ella se acercó cubriendo con los pliegues de la pollera lo que llevaba en la mano derecha.
—Vení, putita. Vení, que te conozco. Tanto despreciarme, y cuando te agarran las ganas sos como todas.

El viejo dejó el libro y abrió los brazos. Ella se acercó hasta quedar junto a él. Empuñó el cuchillo con las dos manos, y girando con una rapidez que le salió de las entrañas le barrió el cuello, que se abrió rojo como una sandía. La sorpresa lo tiró para atrás, se llevó las manos a la herida tratando de contener el río de sangre. Ella retrocedió. El viejo intentó bajar de la cama, perdió el equilibrio y cayó de rodillas. Estiró las manos. Sus ojos, agrandados por el horror, clamaban ayuda. Ella se aferró a un mueble y lo miró con asco.

Don Octavio boqueaba tratando de hablar. Un estremecimiento lo hizo caer de costado, se desangraba. Un estertor, luego otro… y quedó quieto, con los ojos llenos de odio, fijos en ella. Quedó de costado, como un trapo. Él, su orgullo, su fuerza, ahora estaban convertidos en nada. Un nuevo estremecimiento. Y ya no se movió más.

Ramona limpió el cuchillo con la sábana. Quedó de pie ante él, sin pena ni lástima; sólo aversión. Retrocedió sin dejar de mirarlo, llegó a la puerta y salió.

Yendo escaleras abajo, pensó en cuántas veces había soñado este momento. Y ahora, que lo había concretado, un vacío muy grande le subía desde el fondo de las tripas.

El ruido de la puerta al abrirse la alarmó: alguien entraba. Reconoció la silueta: era la señora Martina, la patrona. Al verla con la llave en la mano, ella se detuvo en seco.
—¿Qué paso que estás acá?

Ramona no respondió. Respetaba a esa mujer. La luz acusadora que leyó en sus ojos no le gustó.

Por la cabeza de la patrona cruzaron mil preguntas, pero estaba demasiado cansada para estructurarlas siquiera; esperaba una respuesta. Los comentarios de sus amigas le llegaron nuevamente: Tu marido es un sinvergüenza, se acuesta con todas las chinitas. Y, a la que no quiere, la agarra por la fuerza.

Una a una las fueron nombrando: la María, la Teresa, la Susy…

Ella escapó, no pudo aguantar tantas mentiras.

¿Mentiras?

Su cabeza batallaba entre el dolor y la rabia. Sin saber cómo, se las arregló para hablar con toda tranquilidad:
—¿Qué estás haciendo en mi casa?
—No es lo que usted piensa, patrona.
—¿Viniste a acostarte con mi marido?
—¡No!

Ramona bajó el último escalón. La señora Martina retrocedió: los brazos y la blusa de la muchacha estaban salpicados de sangre.
—Por Dios, ¿qué hiciste?

Ramona se irguió, pareció crecer. Le mostró el cuchillo, y lentamente dijo:
—Ayer don Octavio se abusó de mi hija. Trece años. La encontré tirada en el piso del galpón, llorando, con el pelo pegado a la cara, sucia de tierra. ¿Usted me entiende? Yo a usted la respeto, es muy buena. Pero no quiero que él repita en mi hija lo que hizo conmigo. ¡Basta! Se terminó, nunca más.

Martina la veía a través de las lágrimas. Corrió hacia el piso alto, entró… y el espanto se le hizo grito: Octavio yacía en el piso, blanco, muy blanco. Le tomó el pulso: no latía. Una angustia mezcla de dolor y rabia le ahogó un sollozo. Se le aflojaron las piernas, los brazos le pesaban. No podía creer que Octavio había sido tan hijo de puta. Y ahora, al verlo así… un gigante caído.

Ella siempre había cerrado los ojos a sus escapadas, a sus gestos confianzudos con las chinas del obraje. Lo que le decían era cierto, y ella era tan culpable como él. Había estado ciega.

Se apoyó contra la pared, respiró hondo, dejó correr las lágrimas. No lloraba por él, lloraba por ella. Lloraba por Ramona y por su hija.

Cuando consiguió recuperarse, bajó a la sala.
—Ábrame la puerta de calle, por favor —le suplicó Ramona.

Antes de abrir le dijo:
—Te me vas rápido a tu casa. Quema esa ropa y límpiate la sangre que tenés encima.

Martina cerró con llave, se sentó en un peldaño de la escalera. Y abrazada a la baranda sollozó.

Amanecía. Las voces de sus amigas no dejaban de taladrarle la cabeza.

Fue hasta al teléfono. Levantó el auricular y marcó el número del comisario.

Después se sentó a esperar.

María Rosa Giovanazzi, Argentina © 2012

mariarosagiovanazzi@hotmail.com

María Rosa Giovanazzi es argentina y vive en la ciudad de Buenos Aires. Participó de talleres literarios de Andrea Gelsin y actualmente en los talleres Literarios del escritor Marcelo di Marco. Le gusta escribir y ha encontrado en los cuentos un género ameno donde logra transmitir la realidad del mundo actual con sencillez y claridad. Ha sido premiada en concursos de cuentos siendo uno de los más importantes el premio recibido por el cuento “La señorita Isabel”, el concurso de relatos breves de la Biblioteca Domingo F. Sarmiento de la ciudad de Elortondo, provincia de Santa Fe. Participó en varias antologías de cuentos de las editoriales Dunken y Mis Escritos: Cantares de la incordura, Los vuelos del tintero, Acaso la vida y Letras embrujadas. Durante años le atrajo la literatura, pero las obligaciones la llevaron por otros caminos. Hoy, en la tranquilidad de la vida junto a los nietos, ha renacido el placer por escribir y volcar en los cuentos su experiencia de vida.

Lo que la autora nos dijo sobre el cuento:
En el cuento “La Patrona” he intentado mostrar la realidad de algunas zonas del interior de mi país, donde el patrón es dueño de vida y personas. Pasan los años, pero ciertas costumbres se mantienen.
Una mujer que ante la posibilidad de que su hija se transforme en sierva sexual del patrón decide procurar una solución. Y junto a ella, la patrona, una esposa que ama y es ciega a las actividades de su compañero. Estos dos personajes son el centro de una historia cruda y casi real, donde la ignorancia y los sentimientos juegan un rol importante.

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