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Regresión

Para Glaysbel Gómez
Para Eliana, Yidri, Yajaira, Juanita, Nelly
Máxima, Gregori, Clarisa, Dayana…
A mi Toñita

—¿Cómo será su cabello? —le pregunté con timidez a mi madre. Jamás me había atrevido a hablar de mujeres con ella; las confidencias se dan entre iguales, amigos: una madre y un hijo no son homólogos. Esa relación, desde su etapa embrionaria, está condicionada por una férrea jerarquía que, con el tiempo, tiende a tamizar las confesiones: retiene toda aquella confesión dilatada por el pudor o la perversión. Pero la adversidad nos aleja de algunas personas y nos acerca a otras, en ocasiones nos aleja tanto de los demás que nos aproxima únicamente a nosotros mismos. A mí me alejó de muchos y me acercó a mi madre—, ¿con cabello será igual de simpática?

Mi madre permaneció en silencio mientras me observaba comprensivamente. De pronto emitió una rápida y sabia sonrisa, obtenida no tanto por los años sino porque ella ya había caminado ese escabroso sendero que G. estaba transitando. Un instante después respondió dulcemente:
—Su sonrisa es hermosa.

La respuesta me decepcionó, deseaba que me diera una pista, algo concreto que me permitiera reconstruir aquella versión de G. desconocida para mí. Durante dos días más traté de imaginarla con su cráneo poblado de cabello, con un cuerpo más voluminoso y sinuoso, pero fue inútil: cada vez que lo intentaba solo lograba entrever a su madre. El rostro de la señora lo recordaba fielmente, pero el de ella siempre surgía difuso. Entonces intenté recrearla a partir del claro recuerdo de las facciones de su madre, pero tampoco logré evocarla. No obstante, la certidumbre que tenía de su hermosura amortiguaba la imparable ansiedad que producía mi desatinada búsqueda. Sabía que era hermosa porque desde que la vi así la sentí.

La desgracia nos condujo al mismo sitio: a mí como acompañante y a G. como paciente. Desde el primer miércoles (o tal vez desde el segundo, mi madre eligió el día miércoles tanto para las consultas como para el tratamiento) que comencé a ir al hospital —la enfermedad de mi madre reapareció nuevamente después de veinticinco años de la primera manifestación: aquella vez la acompañaba su juventud, su vitalidad, esta vez la acompañaba yo— había observado a G., pero de eso me di cuenta seis semanas después, cuando ella surgió ante mí de manera definitiva: mi madre, en la sala de tratamiento, me pidió que la llevara al baño. Caminábamos con lentitud: a mi derecha mi madre, a mi izquierda el soporte donde colgaba su tratamiento, y ella, G., parada al final del pasillo junto a su madre (frente a la puerta del baño, aguardando su turno para pasar), viéndonos con ternura, esperando que correspondiéramos a su saludo cuando la proximidad lo propiciara. Apenas la vi sentí su unánime belleza. Llevaba una breve bufanda blanca que, en uno de sus pliegues dejaba ver un rosario (blanco también) que se ocultaba, rápidamente, debajo de su holgado suéter rosado y, un gorro tejido con gruesos hilos de tonos pasteles se inclinaba, como una boina francesa, hacia el costado derecho de su rapada cabeza. Algo indefinido dentro de mí se exteriorizó al verla: su presencia ya me inquietaba desde hace semanas, algo en ella me atraía y, además, en ningún momento (durante las seis semanas) pasó desapercibida para mí (innumerables e imprecisas imágenes suyas se reprodujeron en mi mente. Logré concatenar sin dificultad cada una de ellas. Establecí secuencias. Las imágenes no solamente me remitían a un día sino también a determinados intervalos de ese día), solo que durante todo ese tiempo se mantuvo oculta en mis zonas de irreflexión. Ese día fue el primero de aquellos siete días que persistí en evocar, inútilmente, tanto su rostro como aquella versión suya ignota para mí: ella antes de aparecer su enfermedad. En el transcurso de esa semana mi ansiedad aumentaba por mis rotundos desaciertos: recordaba formas, generalidades, pero no detalles suyos. Necesitaba conversar con alguien para desahogar esa imprecisable desesperación que se acumulaba en mí. Pienso que también esa necesidad surgió porque —y creo que este era el verdadero motivo—, recónditamente, pensaba que esa persona podría brindarme alguna clave que me permitiera rememorar e imaginar a G. con exactitud. Recurrí a mi madre, le hablé profusamente de G., también le hice preguntas; aunque a través de la conversación con ella pude liberar sentimientos que se abigarraban en mí, quedé insatisfecho.

Por fortuna el miércoles siguiente coincidí nuevamente con G.. Experimenté una felicidad intuida (porque sabía que la vería) cuando la vi llegar junto a sus padres. Caminaba con dificultad. Poseía la audacia de Aquiles y la serenidad de Buda. Esta vez nada cubría su lisa testa. Algo refrescante, revitalizador, emanaba de su —redentora— sonrisa: noté que todos los que la observaban dulcificaban su mirada mientras sonreían candorosamente (ella, por un instante, temperaba el sufrimiento). Ella avanzaba, hermosa, entre el marco que formaban sus dos muletas. Tanto ella como mi madre tenían consulta médica y tratamiento en las mismas salas; ellas aguardaban en la sala de espera junto a los demás pacientes; yo —junto a los otros acompañantes— esperaba en un pasillo contiguo separado de la sala por un vidrio transparente. Algo en G. me sometía poderosamente. Veía a mi alrededor tersas y sanas muchachas que acompañaban a otros pacientes; sin embargo, no me interesaba conocerlas: nada absoluto, trascendente, podían decirme. En cambio G., debido al tenebroso abismo que la enfermedad tuvo que haber abierto en ella, podía hablarme de la vida, de la muerte, del tiempo, de Dios. De ella podía esperar algo contundente: un hito. Que me lo comunicara a través de su mirada, de sus gestos o de sus palabras, era indiferente para mí.

Ese miércoles fue significativo para mí porque logré conversar con ella densamente (aunque con abruptas y desesperantes intermitencias para mí; ella oscilaba, inquieta, entre la sala de espera y el pasillo adyacente mientras esperaba el turno de su consulta médica), también hablé con sus padres. Ese mismo día por la noche, antes de dormir, ya sosegado —alejado tanto del regresivo trance reflexivo como del convulso aprieto emocional que experimenté esa inolvidable tarde—, logré calibrar la personalidad de G. a través de tres vertientes: la de ella, la de su padre y la de su madre: la enfermedad solo logró impactar en su cuerpo, sus proyectos y sueños se mantenían intactos: ella me manifestó sus pretensiones de cursar estudios de postgrado; de cambiar de trabajo para vincularse con otras áreas de su carrera; de viajar, conocer culturas y asimilar idiomas; de formar una familia. Ella era consciente de que la vida le estaba impartiendo una dura lección y la aceptaba, solo que todavía no lograba identificar las múltiples enseñanzas que había debido adquirir hasta ese momento (porque nada tenían que ver con palabras): esta lección no concluye donde una última letra completa una palabra y cierra una frase, un párrafo o un capítulo de un texto —me dijo—. Por eso era imposible que supiera qué había aprendido y qué le faltaba aprender de ese amargo padecimiento. La vida parece un péndulo que vacila, ineluctable, entre la amplitud que delimitan dos sentimientos: la alegría y el dolor (el amor, la felicidad, el triunfo, el placer… no son más que formas de la alegría; y, la enfermedad, el desamor, el fracaso, el rechazo… no son más que formas del dolor). Todo lo que ocurra en esa incesante oscilación es fuente de aprendizaje, solo que lo que se aprende de esa manera entra inadvertidamente en nosotros, y se mantiene sigiloso al mismo tiempo que se transforma y multiplica, manifestándose en momentos imprevisibles de la vida. El padre de G. me mostró un vértice de ella semejante a la valentía; era impresionante la entereza con que soportaba los estremecedores estragos que le ocasionaba el agresivo tratamiento (se lo aplicaban durante tres días continuos, semanalmente, en el trascurso de un mes). Los efectos la vapuleaban con violencia: náuseas, vómitos, cólicos y evacuaciones incesantes la desorbitaban por completo durante dos o tres días después de la dosificación de la medicación; ella aguantaba la refriega sin quejas ni reproches y sin dudar nunca de su sanación. Su madre, por su parte, me reafirmó un ángulo de G. que apenas intuí cuando hablé con ella: su cómico sentido de lo trágico: después de volver en sí (al cesar los efectos del medicamento), parodiaba algunas actitudes suyas ocasionadas por el abrasivo tratamiento, las cuales —según ella— eran graciosas y dignas de volver a dramatizar. Pero estos pensamientos cristalizaron en la noche, sobre la reconfortante placidez de mi cama (acostado, acechado por un sueño pesado producto del extenuante día, trataba de enlazar diversos puntos de una misma imagen), nueve o diez horas después de concluir mi conversación con G. y sus padres: la tarde separaba esos dos acontecimientos y me reservaba un tercer suceso.

Ese día, luego de conversar con G., divagué por el hospital: hablé con mi madre. Fui al cafetín a tomar café. Regresé al lugar donde estaba mi madre. Entré al consultorio con ella. Después salimos de allí. Creo que fui de nuevo al cafetín a tomar café. Llevé a mi madre a la sala de tratamiento. Salí de la sala. Tomé café nuevamente (probablemente este si era el tercer café que me tomaba porque la muchacha que atendía el establecimiento apenas me vio me preparó la bebida). Me senté en una butaca. Leí brevemente (algo de Robert Louis Stevenson o Joseph Conrad, no recuerdo con exactitud). Dormí un rato. Después comí algo frugal en el cafetín y me senté nuevamente. Me sentía muy intranquilo, quería expresar algo que todavía no lograba precisar. Saqué de mi bolso el cuaderno que siempre llevo conmigo, el lápiz no lo hallé pero el lapicero sí, entonces no me quedó otra opción que —aunque lo deteste— escribir con lapicero. Las sencillas palabras fueron fluyendo, después de escribir la evasiva frase inicial, sin dificultad. Lo que escribí era para G.. Necesitaba un lápiz para trasladar a una hoja blanca lo escrito en el cuaderno, y luego entregársela a ella. Le pedí un lápiz a una empleada del hospital y amablemente me lo prestó. Salí del sanatorio para comprar hojas blancas. Regresé, me senté en la misma butaca y comencé a transcribir la esquela. Al concluir compré otro café y me dirigí a la sala de tratamiento. No pude entrar al llegar a la puerta, estaba muy nervioso; le di mucha dilación al asunto.

Cuando por fin entré a la sala de tratamiento, G. no estaba. Aunque la busqué disimuladamente con la mirada, mi madre se percató porque al acercarme a su asiento me dijo, sin yo preguntarle por ella, que se había ido hace una hora aproximadamente. También me dijo que G. le preguntó por mí cuando se fue. Inmediatamente recordé que ella me había dicho que ese era su último tratamiento, que después de eso la iban a operar, en otro centro hospitalario. No le respondí a mi madre, no quise hablar para no exponer algún quiebre de voz. La hoja que tenía en mis manos la fui arrugando hasta hacer una pelota de papel y, antes de salir de la sala, cabizbajo, la lancé en el tacho de la basura.

Fui de nuevo al área donde pasé las primeras horas de la tarde, pero no me ubiqué en la misma butaca, sino en una que se hallaba diagonal a ésta. Me senté, la mirada dirigida al suelo, las manos entrelazadas y los codos sobre las rodillas. Lamentaba no haberle podido hacer llegar, a través de la hoja, mis torpes palabras de aliento; sabía que, si bien ella había superado con creces el duro tratamiento, le faltaba pasar el vado más difícil del trayecto: la operación. Pensé con detenimiento en ella, en mi madre y en todos esos seres que había conocido en ese lugar: en sus miradas había visto el Gólgota que estaban transitando, su profundo temor, el temor por sentir que están en una encrucijada donde todos sus actos están siendo calibrados (por ellos y por Dios) en una zona limítrofe entre la vida y la muerte. El tributo que quieren pagar por su sanación es la conversión de sus actos: trocar todo aquello que sea ripio por experiencias vitales. Esta enfermedad (como ocurre también con las guerras, desastres naturales y cualquier otra circunstancia asociada con el sufrimiento) puede mostrar el lado más sublime del dolor: su capacidad para extraer gestos hermosísimos: el vértice más noble de una persona. Cambié de posición, recosté la espalda y la parte posterior de la cabeza sobre el espaldar de la butaca. Cerré los ojos. Pensé de nuevo en G., evoqué aquel maravilloso encuentro al final del pasillo, pero ahora, cuando rememoraba con precisión sus facciones, su sonrisa resaltaba como un detalle superior, místico, de su bello rostro. La hondura de su sonrisa me insinuaba otro rostro, otra persona. De pronto recordé un sueño que había tenido unos días antes: a mi madre le diagnosticaron el agravamiento de la enfermedad y le plantearon dos opciones: operarse, pero sería una intervención quirúrgica riesgosa; o no operarse y dejar que la voracidad de la enfermedad continuara avanzando. Ella decidió la primera opción. Respetamos su decisión. Antes de entrar al quirófano (acostada sobre la camilla) ella sabía que no saldría con vida de allí y, en un último intento por aferrarse a la vida me dijo, con los brazos abiertos, que no quería entrar a la sala de operaciones, que no permitiera que la intervinieran, que lo único que deseaba era irse a casa y realizar los quehaceres que siempre ha hecho. Entonces me acerco para levantarla de la camilla y marcharnos. A medida que avanzo noto que la angustia se había esfumado de su rostro; ahora, una sonrisa enigmática (dibujada sobre facciones remotas, ya inexistentes —registrada vagamente en los estratos más antiguos de mis recuerdos—: el negro de su cabello poseía una intensidad inusitada, la tersura de su piel correspondía a una versión pretérita suya, un fuego ya extinto crepitaba en su mirada), purificada por las vicisitudes de la vida, refulgía en su cara y me encandilaba con tierna dulzura. La alzo, pero mi sorpresa fue inmensa cuando me di cuenta que entre mis brazos no estaba ella sino un bebé. ¡Tenía un bebé entre mis brazos! Después de recordar ese peculiar sueño, cuatro cosas se me mezclaban: G., mi madre, la niñez y yo.

Continuaba en la misma posición: reclinado, con los ojos cerrados. La persistente mixtura que me invadía comenzó a moverse hacia matices muy míos: la sonrisa de G. cuando estaba de pie al final del pasillo se solapaba con la sonrisa de mi madre sobre la camilla. Rezumaban la misma sabiduría, pureza, vitalidad y misterio; tal vez, la coalescencia se produjo porque aquella imagen de mi madre, lozana y vigorosa, se aproximaba a la juventud de G. Esa fresca versión de mi madre, que ya no le pertenece, se correlaciona en tiempo con una versión mía que ya tampoco me pertenece. (Cada vez que recuerdo alguna tesitura significativa de mi vida, un dejo de amargura me queda entrampado entre el estómago y la garganta: volver —tanto físicamente como a través de reminiscencias— a los lugares donde me siento vencido por el tiempo, donde siento implacable el puñal del reloj, me sumerge en una honda tristeza, porque en tales lugares andan todos los que he sido y los fantasmas que sellaron el final de cada una de esas versiones mías; versiones que jamás podré ser nuevamente). Aquel niño que fui muy poco convivió con su madre: la presencia de ella fue casi nula en mi niñez. Ese vacío inadmisible fue llenado, ásperamente, por el severo método pedagógico de mi padre (climatizado tenuemente con los discos de Herbert Von Karajan interpretando las obras de Johann Strauss I y II y Chaikovski; cuando la interpretación de las piezas de esos compositores recaía en la batuta de Franck Pourcell, o sonaba algún disco de Paul Mauriat o Ray Conniff versionando éxitos de la música pop de los 60’ y 70’, las lecciones eran menos rígidas). Ya grande, entendí su distanciamiento porque conocí los motivos que la alejaron del hogar (la aparición de la enfermedad. En esa época el recorrido entre nuestra casa y el hospital era muchísimo mayor que ahora: no existía autopista que alineara la sinuosa, huidiza y montañosa trayectoria que unía mi pueblo con la capital del país; por lo cual, mi madre tenía que quedarse, durante prolongados períodos de tiempo, en la casa de una hermana suya que residía en la capital). Aunque ya en la adolescencia comprendía su ausencia en mi infancia, en el fondo no aceptaba esa forzada separación: deseaba tener recuerdos sólidos de ella en mi niñez. Quería suturar esa fisura, llenar aquel vacío, pero no tenía nada suyo para remediarlo.

Eché un vistazo imaginario por el lugar, frente a mí las seis filas de sillas frontales a las cinco ventanillas de la Central de citas, después de las sillas un largo pasillo transversal y luego el área de Triaje, a la derecha de Triaje el cafetín y a la izquierda el área de Bioanálisis, Banco de sangre, Rayos X y Radioterapia, en los cuatro pisos superiores el resto de las unidades del hospital. Vi a mi madre, joven, pasar solitaria frente a mí. Se notaba horrorizada: los innumerables exámenes médicos se empecinaban en concretar el sostenido temor que la acechaba desde que comenzó a sentir las primeras molestias en su cuerpo. La enfermedad innombrable. Luego la observé en un rincón, llorando, después de que le hicieran la temible punción; un instante después la vi con el resultado de la biopsia entre sus trémulas manos; el llanto, ahora menos abundante, anegaba zonas abisales suyas: era consciente que a partir de ese instante se producía un desgarramiento en su vida. El cáustico tratamiento. El desesperante desvelo de las primeras noches esperando la caída del cabello. Mientras ella lidiaba, sola, con esos avatares, yo la esperaba cada tarde junto al portón de la casa, montado en un pequeño muro (en aquella época no tenía ni siquiera la mitad de la estatura promedio que tengo ahora) para poder ver hacia la calle; toda la familia —menos yo— sabía que ella no llegaría esa tarde ni las siguientes; yo, en cambio, esperaba con ansiedad cada atardecer porque tenía la certeza que ella llegaría. En ese entonces era imposible que denominara engaño a la omisión de mis parientes ni fracaso a mi ingenua espera, pero sí es posible que, en esas tardes, algo desconocido hasta ese momento comenzara a filtrarse en mí: la tristeza. Afortunadamente, el candor de la niñez logra distender con celeridad aquello que nos tensa; tal candidez sostenía mi esperanza: cada tarde tenía la misma fe que la tarde anterior.

Después que ella superó esa tormentosa etapa, no se habló más de eso: el silencio impuso un veto (en nuestra familia) que remitió a movedizas zonas del olvido a aquella época. Luego, transcurridos cinco lustros, la segunda manifestación. Mi madre y yo. En el hospital, sin advertirlo, atisbé facetas suyas desconocidas para mí: su actitud ante las dificultades, la variabilidad de su temple ante una misma situación, pero que, en el instante determinante, dicho titubeo desaparecía y su valentía se imponía, siempre. Además de aquello que capté a través de la observación, obtuve una sorprendente fuente de información, que en ocasiones, cuando llegaba a mí, me llenaba de una sana presunción: conocí algunos médicos, enfermeros y empleados del área administrativa que conocieron a mi madre en aquel primer episodio de la enfermedad; todo lo que me comentaban era información de primera mano, valiosísima para mí (aunque en ese instante no la valoraba de esa manera). Para algunas pacientes jóvenes mi madre era una garantía que erradicaba sus dudas, era una costura para la herida que abría el máximo temor que las subyugaba: no superar la enfermedad, dejar huérfanos a sus hijos. Todos esos datos los fui recabando por mera curiosidad; en ese momento ignoraba su utilidad. Pero, al pertenecerme tanto esos testimonios como la información producto de la observación, solo necesitaba un engarce para que tales saberes confluyeran hacia terrenos íntimos míos. G., con esa admirable elasticidad para enfrentar la desgracia sin quebrarse, con su indudable y atrayente hermosura, con aquella tierna y honda sonrisa, me llevó, sin ella saberlo jamás, hacia un punto donde pude empalmar su temprana juventud con una fase tardía de la juventud de mi madre. Y esa fase tardía propició la ligazón entre dos situaciones simultáneas ocurridas en ámbitos distintos; nuestra recíproca ausencia: mi infancia sin ella y el final de su juventud sin mí. Hoy, con la visión total que tengo de ese suceso, no sabría sopesar qué dolor fue más intenso para mi madre, si el que le asestaba la enfermedad o el que le infligía la distancia que la separaba de mí.

Abrí los ojos y me incorporé en la silla. Vi a mi alrededor: a mi derecha algunas personas conversaban seriamente; al frente otras más se hallaban sentadas, conversando o calladas; a mi izquierda una señora, dentro del grupo que se ubicaba en esa zona, me sonreía desde el interior de una de las casetas de la Central de citas. Inmediatamente viré la mirada hacia otro foco, me sentí como un desquiciado, su sonrisa era el detalle que ponía en evidencia tal actitud mía desde que me senté ahí. No sé cuánto tiempo tendría observándome, no me mortificaba saberlo, tampoco me incomodaba su sonrisa; me sentía sosegado, liberado, embriagado por una extraña alegría. Volteé nuevamente hacia su ventanilla, me seguía marcando con la mirada; su sonrisa, intrascendente y vulgar como la mía, volvió a delinearse en su rostro. Le sonreí también (ya en ese momento había reconocido a la señora). Me levanté, animado. Mientras avanzaba hacia su casilla metí mi mano en el bolsillo de la camisa. Ya frente a su ventanilla introduje parte de mi brazo por la abertura del cristal de la caseta y, sin dejar de sonreír, coloqué el lápiz sobre la palma de su mano.

Aníbal Alvarado, Venezuela © 2017

anibalisandro@gmail.com

Aníbal Alvarado nació en Estado Miranda, Venezuela, en 1987. Es profesor de Ciencias de la Tierra por el Instituto Pedagógico de Caracas, UPEL (2009). Geólogo por la Universidad de Oriente – UDO (2014). Cursa una Maestría en Ciencias de la Tierra en la Universidad Simón Bolívar – USB.

Lo que el autor nos contó sobre el cuento:
El cuento fue escrito durante el mes de agosto de este año, aproximadamente un mes después de la muerte de mi padre, que falleció tras una lucha muy breve con una dura enfermedad (se manifestó en su fase terminal); al mismo tiempo, durante esos meses, mi madre asistía a sus sesiones de quimioterapia para contrarrestar la enfermedad que padecía. Yo la acompañaba con rigurosidad cada semana; y es en una de esas estancias donde surge de manera inadvertida el relato: una carta que le escribí a una joven paciente y nunca le entregué se transformó, semanas después, en la idea inicial del relato: a partir de esa carta fue creciendo el cuento y cuando éste comenzó a esculpir su propia forma la carta no tuvo cabida en él, por lo cual tuve que prescindir de ella en el cuento. Durante 26 años mi madre le ganó la batalla a esa agresiva enfermedad, pero este año, a mediados del mes de noviembre, no pudo salir airosa. Este cuento está dedicado tanto a ella como a todos esos admirables guerreros que libran (o libraron) la batalla más difícil de todas: aquella donde no ven al oponente porque lo tienen dentro.

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