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La vecina de al lado

Estaba tal y como la recordaba. Hundida en el valle parecía que la vegetación la había ido engullendo poco a poco como un siniestro monstruo verde y solo era cuestión de tiempo que desapareciera completamente. Viéndola desde la carretera, daba la impresión de una casa vieja y abandonada, al lado de otras casas que tampoco presentaban muy buen estado.

En ese momento vinieron a mi cabeza los recuerdos de un episodio que me sucedió cuando vivía allí, varios años atrás, y que nunca había conseguido olvidar.

Por aquel entonces la vida se había quedado suspendida, como a la espera. Ni siquiera sabíamos cuánto iba a durar una situación que se había producido tan de repente, aunque confiábamos en que todo pasaría rápido, en que vendría el verano y con él se iría aquel virus tan peligroso que se extendía rápidamente y nos acechaba desde cualquier rincón, que incluso parecía que flotaba en el aire y nos perseguía. Era un tiempo extraño y difícil.

Nos dijeron que no podíamos salir a la calle. Cerraron las tiendas, los cafés, los restaurantes y todos los sitios públicos. Y la única razón por la que podíamos aventurarnos fuera de la seguridad de nuestra casa era por razones de urgencia médica. Nada más. No podíamos visitar a los amigos, ni a la familia, ni reunirnos con nadie que no viviera en nuestro propio hogar. Y yo estaba completamente solo.

Tardé varios días en darme cuenta de la presencia de una mujer en la casa vecina. No la había visto antes, pero pudiera ser que se hubiera mudado recientemente. Tampoco yo llevaba allí el tiempo suficiente como para reconocer a todo el vecindario.

Estaba de pie, en el jardín gemelo del mío, delante de su puerta que quedaba al mismo nivel que la mía. Volvió la cabeza y al verme sonrió sin decir una palabra. Yo le devolví la sonrisa y seguí con lo que estaba haciendo. Cuando volví a mirar ya no estaba.

Ocurrió un par de veces más. Ella me miraba y sonreía y yo repetía su gesto sin atreverme todavía a iniciar una conversación.

Me preguntaba si vivía sola o tenía familia. Parecía muy joven, no más de dieciocho años, de manera que imaginé que no estaba casada y que aquella sería la casa de sus padres.

Yo entonces había tenido que convertir el salón de la planta baja en oficina, haciendo allí, desde casa, todo el trabajo que solía hacer en los despachos de la redacción de la revista para la que trabajaba como periodista, con sede en la ciudad. Mi ordenador era la única ventana que me mantenía abierto al mundo exterior. En él escribía mis artículos, hacía la compra, veía películas, tenía reuniones de trabajo y hablaba con mis amigos.

A ratos me lamentaba de la decisión que había tomado –después de un divorcio poco amistoso– de mudarme del piso en el centro de la capital a aquella casita a las afueras de un pueblo situado en un valle rodeado de bosques, un lugar idílico en una situación que me permitiera alternar la vida en el campo con mi trabajo y con los viajes a otros lugares más interesantes que aquel, no en esta situación de obligado encierro. Pero era una lamentación inútil. Lo hecho, hecho estaba. Y ahora no me quedaba más remedio que seguir allí y soportar de alguna manera mi soledad.

Por eso, pronto empecé a añorar el momento de ver a la vecina que era uno de los pocos contactos humanos que tenía en persona y traté de calcular los momentos de salir al jardín para sacar la basura o recoger las hojas caídas sobre el camino de entrada para que coincidieran con su presencia. Así, finalmente, un día me atreví a saludarla con un “buenos días” que ella contestó con una sonrisa.

En otras ocasiones, cuando el trabajo me absorbía completamente, me olvidaba de ella. Pero luego no tardaba mucho en atisbar por la ventana tratando de localizarla en el jardín. Aunque había mirado las ventanas de su casa por si podía distinguir la figura de otras personas –su familia, quizá– no había conseguido ver a nadie. Y la joven tenía un aire melancólico que me hizo pensar si les habría ocurrido algo, si se habían infectado del virus y estaban ahora en el hospital. A juzgar por las noticias que cada día escuchábamos, los casos y los ingresos en hospitales habían ido aumentando de manera alarmante en las últimas semanas.

Mi preocupación por esa vecina desconocida fue creciendo al mismo tiempo que mi deseo por verla y hablar con ella. También me preguntaba cuál había sido su vida antes del confinamiento. Y me imaginaba que tal vez era una estudiante que ahora seguía sus clases a través del ordenador en lugar de asistir a la universidad personalmente. Igualmente, cualquier otra ocupación o profesión la habría obligado –en las circunstancias actuales– a trabajar desde casa como yo hacía.

Dos días después me decidí a presentarme. Era por la mañana y la había visto salir, quizá tan solo buscando un poco de aire fresco. La primavera había traído ya los primeros brotes verdes en los árboles y arbustos y se percibían los aromas de la nueva estación.
–Hola –dije–. Me llamo Kenneth.

Me miró y me dedicó una de sus encantadoras sonrisas.
–Yo Hannah.

Después nos quedamos los dos callados, sin saber qué decir. Entonces me fijé con más detalle en su larga melena rubia, en su figura delgada cubierta por un vestido amplio y una chaqueta de lana gruesa de un color azul desvaído. Supuse que no se arreglaba demasiado. Como ahora no podíamos ir a ninguna parte la ropa de andar por casa se había convertido en el atuendo más generalizado.
–¿Cómo estás? –pregunté al fin, más que nada por retenerla un poco más de tiempo.
–Bien ¿Y tú?

Hice un gesto afirmativo con la cabeza. Sí, yo también estaba bien. Poniéndome al día con el trabajo, con esos artículos que tenía que entregar a tiempo y que nunca parecían tener el final adecuado.

Quise encontrar una forma de seguir hablando, pero ella hizo un gesto de despedida con la mano y entró en su casa.

Esta escena se convirtió en una costumbre. Yo me hacía la ilusión de que Hannah –ya la llamaba por su nombre en mis pensamientos– también anhelaba sus encuentros conmigo, pero era una chica tímida y callada a la que costaba tiempo establecer una relación de amistad con un desconocido. Tampoco quería forzarla con mis preguntas sobre su vida y someterla a lo que pudiera parecer una intromisión en sus asuntos privados. Pero no podía dejar de pensar, ¿tendría un novio al que la pandemia había obligado a mantenerse alejado? No, no me atrevía a preguntárselo. Todavía no.

Un día me pareció oportuno saber si vivía sola, si tenía familia. Su respuesta me conmocionó.
–Mis padres han muerto. Se infectaron…
–Y tú, ¿estabas bien? ¿No te llegaste a contagiar?
–Sí, yo estaba bien.

Por un momento pensé que no tenía idea de que mis vecinos más cercanos se hubieran contagiado. Imaginé que tal vez vino una ambulancia durante la noche para llevarlos al hospital y allí se había producido el fallecimiento. Desde luego, yo no me había enterado de nada.
–Bueno… lo siento muchísimo –fue lo que acerté a decir–. Ya sabes… si necesitas algo...

Ella sonrió y musitó un “gracias” apenas audible.

Aquello me hizo sentir aún más el deseo de pasar más tiempo con mi vecina, poder reconfortarla en lo que debían ser unos momentos terribles. Me moría por acercarme a ella, por tocarla, por abrazarla, incluso. Pero eso no estaba permitido ahora, era un riesgo para la salud –la propia y la de otros– tener contacto físico directo con un extraño.

Nos veíamos solo en la distancia, esa distancia obligada que nos habían impuesto. Y yo, gradualmente, iba consiguiendo retenerla cada día un poquito más, casi con miedo, no fuera a espantarla como a un animal temeroso que finalmente acude a comer a tu mano. Por eso mi conversación era siempre relajada, para no hacer que se sintiera incómoda con mis preguntas. Y empecé a hablarle de mis aficiones, de mis libros favoritos, de mis comienzos como periodista. Ella a veces parecía escucharme con un ávido interés y acababa preguntándome cosas de la ciudad que yo me apresuraba a responder.

Mientras hablaba con ella desde el otro lado del jardín, observé que su casa era más grande que la mía y que tenía aspecto de ser más antigua. ¡Qué sola debía sentirse allí!, pensé. Pero no había nada que yo pudiera hacer para aliviar su soledad aparte de estos encuentros.
–Y ¿qué haremos si llueve? –le dije un día, medio riendo.
–Podemos hablar desde la ventana.

Su respuesta me llenó de alegría. Eso quería decir que deseaba verme tanto como yo a ella.

Cuando volví a entrar en la casa lo primero que hice fue subir al piso superior y acudir a las ventanas que daban a la casa vecina. Sí, desde allí podría verla si se asomaba. Incluso podría distinguir algo del lugar donde vivía, de su habitación, por ejemplo, si es que daba a ese lado. Y esos pensamientos ocuparon mi mente el resto del día.

En algún momento también pensé que podríamos intercambiar nuestros teléfonos y nuestra dirección de correo electrónico, cualquier cosa que permitiera asegurarnos que podíamos seguir en contacto. Todo lo que fuera posible para mantener una relación que, aunque aún era débil, yo deseaba reforzar como fuera. Y me prometí a mí mismo que la próxima vez que nos viéramos se lo pediría. Solo esperaba que Hannah aceptara.

Efectivamente, dos días más tarde, una lluviosa mañana en la que salir al jardín no hubiera sido una buena idea, conseguí verla a través de la ventana. Habían sido dos días de angustia para mí, sin poder concentrarme en el trabajo, agobiado por la preocupación que me producía no poder establecer contacto con mi vecina. Por eso, cuando al fin distinguí su rostro al otro lado del cristal, un alivio enorme me invadió.
–¡Hannah!– grité, casi aullé.

Luego me contuve. Tampoco quería parecer desesperado. ¿Qué pensaría ella? ¿Que su vecino se había vuelto loco? El miedo a espantarla todavía dominaba mis actos.
–Hola –me contestó con esa voz dulce a la que ya me había acostumbrado.
–¿Cómo estás? –ahora la preocupación por la salud era la primera cosa que te venía a la cabeza. Luego añadí apresuradamente–: Oye… te doy mi número de teléfono por si otra vez me quieres llamar o necesitas algo…

Me pareció que asentía con la cabeza de manera que le dije mi número. Y la vi agacharse en una postura que me sugirió que lo estaba anotando, quizá incluso en su móvil.
–Llámame siempre que quieras… –insistí.

Luego pasé a contarle lo que estaba haciendo y otras cosas triviales como el encargo que había hecho esa misma mañana: dos cartuchos de tinta para mi impresora.
–Cuando esto pase –dije de pronto, guiado por un impulso repentino–, te llevaré a cenar o a comer a un sitio que te guste. Todavía eres muy joven y podrás seguir adelante con tu vida…

Me pareció que su rostro se iluminaba, de alivio, quizá. Sí, sería un placer salir con ella, verla disfrutar. Pero para eso tendrían que esperar un poco.
–Muchas gracias. Tus palabras significan mucho para mí –respondió.

Y permaneció sonriendo hasta que al final hizo un gesto de despedida con la mano, cerró la ventana y desapareció en el interior de la habitación. Y yo, reconfortado e ilusionado por esta breve charla con Hannah, me dispuse a continuar con mis ocupaciones. El mal tiempo continuó durante varios días. La vida seguía más o menos igual: las noticias, poco optimistas y la sensación de enclaustramiento que iba creciendo. ¿Hasta cuándo lo soportaríamos? Mis contactos con el exterior seguían reducidos a los repartidores de los supermercados u otras empresas y a los brevísimos viajes en coche que hacía para comprar algunos productos de primera necesidad en las tiendas del pueblo que aún permanecían abiertas.

Más de una vez me sentí tentado de arriesgarme y llamar a la puerta de la casa vecina. Pero inmediatamente borraba ese pensamiento de mi cabeza.

Pasó una semana casi sin sentir. Terminé el artículo que estaba escribiendo, tuve dos reuniones con mis jefes y una videollamada de una antigua compañera de trabajo. Pero, a pesar de todo, no podía dejar de pensar en Hannah. Una o dos veces creí ver una sombra detrás de los cristales de la ventana del piso de arriba. Sin embargo, ella no se asomó.

Entonces fue cuando empecé a preocuparme de verdad. Salía al jardín, hacía señas desde la ventana, gritaba su nombre… Nada.

¿Se habría puesto enferma?, me preguntaba. Y me di cuenta de que no sabía nada de ella. Sabía que sus padres habían fallecido, pero podía haber otros miembros de la familia y amigos que, aunque no vivieran cerca, podrían haber estado en contacto. Sin embargo, yo no tenía a nadie a quien acudir. Hannah había irrumpido en mi vida tan inesperadamente en esta situación anómala en la que vivíamos y ahora no podía seguir adelante sin ella, sin esos breves encuentros, sin su rostro asomado a la ventana, sin nuestras conversaciones. Aunque también era consciente de que la mayoría de esas conversaciones habían sido desiguales: yo el que hablaba y ella la que escuchaba.

Traté de indagar en internet con la dirección de la casa y su nombre de pila, pero no encontré nada. Al final no me había dado su teléfono ni ningún dato que me ayudara a encontrarla.

Un día me arriesgué a preguntar a uno de los habituales repartidores que venían con sus furgonetas por toda la zona. Ellos tenían que conocer ya al vecindario, pensé.

El primero que vino se encogió de hombros. No tenía ni idea, no conocía a nadie en el barrio, era nuevo en la empresa… Entonces pensé en el cartero que vendría por la tarde. Y aguardé varias horas hasta que vi el coche aparcado un poco más arriba, en la esquina.

Salí a la calle y le llamé. No sé si se sorprendió, pero vi que se acercaba cautelosamente.
–Esta casa… el número 5 –empecé señalando el jardín de al lado–.¿Conoce a la mujer que vive en ella?

Me miró y se quedó callado, pensando.
–¿La casa de ahí, dice? –y señaló también con un movimiento de la cabeza.

Yo asentí.

–Lleva mucho tiempo vacía, al menos que yo sepa. Creía que la habían puesto en venta, pero con la pandemia… De vez en cuando venían cartas para los antiguos propietarios, pero nadie las recogía, así que las devolvíamos.
–Pero… –respondí yo– ahí vivía una chica con su familia. Los padres han muerto, pero ella sigue en la casa. Solo quería saber si estaba bien porque hace unos días que no la veo.
–Bueno, yo le digo lo que sé. Pregunte a los vecinos o en el pueblo…

Sin ganas de seguir una conversación que parecía inútil, regresé a mi casa. Estaba claro que el hombre se equivocaba. Quizá la familia de Hannah había comprado la casa, se había mudado recientemente y a causa de la pandemia no habían tenido tiempo de establecerse oficialmente. Luego los padres enfermaron y Hannah se quedó sola sin oportunidad de formalizar los asuntos relacionados con la nueva casa: correo, facturas, etc.

Esa misma noche hice lo que llevaba tiempo deseando. Salí a la calle y abrí con cuidado la cancela de hierro de la casa vecina. Como ya suponía, no había ninguna alarma o dispositivo de seguridad que me impidiera acceder al jardín.

Primero atisbé por las ventanas de la planta baja, pero todo estaba oscuro. Luego llamé a la puerta. Nadie contestó. Repetí la llamada varias veces, pero no tuve respuesta.

Decepcionado y preocupado, volví a mi casa, convencido de que no podía dejar las cosas así, de que tenía que averiguar qué le había ocurrido a Hannah. Por eso, finalmente, lo que hice fue llamar a la policía.

No sé si mis explicaciones sonaron demasiado vagas o confusas, pero conseguí que me escucharan y atendieran mi petición de investigar la situación de mi vecina. Podía haber una mujer enferma o muerta, incluso, fue lo que dije. Aunque esto último no me atrevía a pensarlo.

La policía se presentó horas después cuando ya me había cansado de esperar y había asumido que nunca vendrían. ¿Llegarían a tiempo? Era lo que me preguntaba.

Y cuando los vi salir de la casa y venir hacia mí me temí lo peor.
–Aquí no hay nadie.
–Pero… no puede ser… ¿han buscado bien?

Los dos policías llevaban parte del rostro cubierto por unas mascarillas como las que usan los médicos en los hospitales. Pero adiviné en sus ojos una expresión de incredulidad y de desdén. Creían que estaba loco. O borracho.
–No podemos hacer nada más –añadió uno de ellos antes de entrar en el coche patrulla–. Ahí no hay nadie, ni vivo ni muerto.

Si descubrir que no estaba enferma o incluso que no había fallecido me aliviaba, la posibilidad de que se hubiera marchado me decepcionaba y me intrigaba a la vez, mientras trataba de convencerme a mí mismo que no era imposible que se hubiera ido a otra parte inesperadamente para vivir con un familiar, una amiga…

Pasé los siguientes días repartiendo mi tiempo entre mi trabajo y una vigilancia estrecha a la casa vecina por si en algún momento podía vislumbrar una luz encendida, un movimiento que delatara la presencia de una persona. En definitiva, que Hannah hubiera regresado.

Aún pregunté a otro cartero que vino una tarde, pero la respuesta fue la misma: “Ahí no vive nadie, la casa lleva vacía mucho tiempo”.

Una mañana me desperté con una idea extraña en la cabeza. En realidad, no sabía si había sido parte de un sueño o algo que había pensado cuando ya estaba despierto: tenía que investigar la historia de la casa, su pasado, los secretos que escondía. La respuesta de que mi vecina simplemente se había ido no me convencía: había algo misterioso que rodeaba, primero su aparición y luego su desaparición. Yo nunca me había tenido por una persona supersticiosa o crédula. Era periodista y me gustaba indagar hasta el fondo la veracidad de los temas sobre los que escribía. Pero ahora empecé a reflexionar sobre todo lo ocurrido desde que descubrí a Hannah en el jardín de la casa vecina y me di cuenta de muchos detalles en los que antes no había reparado: después de mirar detenidamente la casa comprobé que era cierto –como dijeron el cartero y el policía– que daba la sensación de una casa vacía y abandonada, una casa que llevara mucho tiempo sin que nadie se ocupara de ella.

Me pasé tardes enteras al ordenador buscando registros y archivos de la zona, apuntando teléfonos de bibliotecas y sociedades históricas. Incluso contacté con un compañero periodista para que me ayudara. Por supuesto no le conté la verdadera razón de mis pesquisas.

Alternaba todo este trabajo con mi vigilancia a la casa vecina. Pero la situación no había cambiado: ninguna señal de la presencia de Hannah.

Poco a poco fui recopilando la información que buscaba, datos que me llevaron muy atrás en el tiempo y que empezaban con una tristemente célebre historia que yo desconocía. La historia de la peste bubónica en los años de 1600 y cómo se extendió por la localidad alcanzando otros pueblos en las proximidades. Leí sobre los sucesivos brotes de esa terrible enfermedad que acabó con la vida de muchísimas personas en toda Inglaterra a mediados del siglo XVII y posteriormente. Pero todavía me preguntaba ¿qué tenía que ver eso con el presente, con mi casa y las casas de la vecindad?

Mis lecturas me llevaron a los trágicos acontecimientos en relación con varias familias que habían contraído la peste y muerto inmediatamente después. Una de estas familias había vivido en una casita en los terrenos adyacentes a la mía. La historia añadía que muchas de esas personas no habían podido ser enterradas en el cementerio local por miedo a extender la infección y habían sido enterradas de cualquier manera en los jardines de sus propias viviendas.

Cuando acabé de leer me dolían los ojos. Llevaba horas inmerso en todo el material que había conseguido recopilar sintiéndome cada vez más inquieto. Porque ahora estaba considerando la posibilidad de que Hannah no fuera una chica que había sufrido las consecuencias de la enfermedad que se había extendido en nuestros años 20 del siglo XXI, sino una joven de otra época cuya situación –salvando las diferencias– había sido muy parecida a la mía, confinada, aterrada ante la desaparición, uno tras otro, de todos los miembros de su familia y, quizá, aguardando también su propio e inevitable final. ¿Descansaban sus restos aún en ese jardín que yo contemplaba cada mañana? No lo sabía con certeza ni tampoco quería saberlo.

El recuerdo de Hannah trastornó mi vida y me acompañó durante los meses que siguieron. Ya no quise indagar más. Tal vez me había equivocado tratando de encontrar respuestas y hubiera sido mejor borrarla de mi cabeza inmediatamente para continuar con mis ocupaciones y mi trabajo, asumiendo que había conocido a una chica –una chica viva y real– que luego se había marchado y no había tenido interés en mantener una relación de amistad conmigo, fuera en persona o electrónicamente.

La situación sanitaria mejoró poco a poco y en cuanto pude me mudé de nuevo a la ciudad. Y tardé bastante tiempo en recobrar una cierta normalidad, en mi cabeza y en mi vida. Solo recientemente tomé la decisión de regresar, tal vez por curiosidad, tal vez porque necesitaba despertar esos recuerdos dormidos que ya pertenecían al pasado. Por eso estaba allí ahora, de pie frente al jardín de la que había sido mi casa vecina y donde había tenido lugar tan extraño episodio, mirando fijamente aquellas ventanas oscurecidas por la suciedad y el abandono.

Al cabo de un rato me di la vuelta y eché a andar en dirección a la carretera y a donde había aparcado mi coche, alejándome de allí y de mis recuerdos y mis especulaciones, aún preguntándome si lo que vi entonces había sido de verdad un fantasma: el fantasma de una joven que había muerto siglos atrás como consecuencia de una situación que, de alguna manera, se asimilaba a la nuestra de entonces, o una ilusión en mi mente producida por el anómalo aislamiento en el que yo me encontraba. Y en el momento en que la casa ya se perdía en la distancia lo único que pensé fue que ya nunca sabría si alguna vez regresó.

Mercedes Aguirre Castro, España © 2023

macics@yahoo.co.uk

www.mercedesaguirrecastro.com

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