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Amelia

—Vamos Amelia, es solo por diversión. No hacemos mal a nadie.

Desde hacía varios días Juan Mario había estado planeando la broma. Según decía él, no le haríamos daño a nadie, y nos divertiríamos un poco.

El plan era el siguiente. Todos conocen el mito urbano de la muchacha que tomaba un taxi al frente del cementerio, solicitaba ser llevada a una dirección específica y al bajarse dejaba olvidado algo en el interior.

El mito urbano tiene varias versiones: unos dicen que dejaba su bolso, otros que su chaqueta, algunos que su billetera. El taxista al día siguiente encontraba en el vehículo el objeto olvidado y como acto de civismo regresaba a la casa donde había dejado a la chica. Al llegar encontraba que la chica había fallecido hacía una semana. Las versiones más truculentas cuentan que al llegar el taxista, encuentra a la familia en un velorio y le explican que la joven murió exactamente a la hora que él la había recogido en el cementerio.

Pues bien, Juan Mario quería hacerle la broma a algún taxista y necesitaba a Amelia. Yo dudaba de que Amelia Gómez participara en dicha actividad. Flacucha y pálida, era la encarnación de un espanto. Sus ojeras bajo su mirada profunda, su cabello negro lacio que le cubría gran parte de su rostro, sus labios pequeños y pálidos, todo ello sumado a la ropa que parecía sacada del escaparate de la abuela, la hacían ver como una aparición de una película de terror.

Hablaba en tono muy quedo, casi susurrando, aunque muy pocas personas realmente la habían escuchado hablar. En las clases participaba poco y si no fuera porque los profesores le hacían alguna pregunta específica, ella pasaba desapercibida para todos. Nadie le conocía un amigo y realmente al hablar con ella, sentía uno que estaba hablando al vacío, pues ella respondía con monosílabos y rara vez dejaba escapar de sus labios alguna frase completa. Siempre aislada de todos. Siempre solitaria.

Todos en la universidad nos preguntábamos de donde había venido, pues nunca hablaba del colegio del que había salido, ni de su familia. Tan solo llegaba a clases, escuchaba la lección y luego partía a su casa caminando por la calle, abrazando sus cuadernos sin hablar con nadie. Tampoco sabíamos donde vivía ni cuales eran sus gustos e inclinaciones.

Cuando llegamos al semestre donde iniciaban las prácticas, debido a que nuestros apellidos estaban contiguos, nos tocó hacer con ella la rotación de medicina interna en el Seguro Social. El grupo estaba conformado por Amelia Gómez, Juan Mario Gutiérrez, Mauricio Jaramillo y, por supuesto, yo.

Desde hacía varios meses, Juan Mario estaba planeando su broma. La historia de la chica fantasma que tomaba un taxi lo tenía como trastornado. Era el payaso del grupo y quería traspasar las fronteras de la facultad de medicina. Cuando supo que haríamos rotaciones en el Seguro Social su plan comenzó a tener forma.

La clínica del Seguro Social quedaba en una zona de varios hospitales y por supuesto, muy cerca del Cementerio de San Pedro, uno de los más antiguos cementerios de la Ciudad, y en mi opinión, el más tenebroso.

Ya teníamos el lugar y teníamos a la candidata perfecta para personificar el mito. Solo había un problema: Amelia no quería.

Desde el principio, no me extrañó. La chica no era amiga de ninguno de nosotros. Apenas si nos dirigíamos el saludo. Mucho menos iba a participar en la broma de los tres mosqueteros, como nos solían llamar en la Universidad.
—Ya les dije que no. Y punto.
—Pero...
—No es no.

Mauricio sacó a flote todas sus dotes de orador para convencer a Amelia de participar. Pero Amelia siempre se negaba.
—Con esas cosas no se juega —decía ella.
—Pero no estamos haciendo mal a nadie.
—Ya dije que no, con la muerte no se juega.

Mauricio al día siguiente le traía una flor o le decía lo bien que se veía con el suéter de lana (que parecía de su abuela). Ella lo miraba con sus ojos tristes y melancólicos sin creer en sus falsos piropos y él apartaba su mirada a otro lado, confesándonos después que sentía un frio intenso cuando ella lo miraba así.

Todos los días Juan Mario y Mauricio insistían y todos los días ella decía que no. Yo, al margen, pensaba si sería conveniente buscar a otra cómplice con un poco más de chispa que la amargada Amelia.

Finalmente, el primero de noviembre de 1985, cuando el semestre estaba llegando a su fin, Mauricio llegó a la cafetería del Seguro donde nos habíamos reunido Juan Mario y yo a tomar un café y nos dijo:
—Amelia dijo que sí.
—Muy de malas vos, si te dio el sí. Yo hubiera preferido hacerlo con Rita.
—No, guev.., no es ese “sí”. Es el otro “sí”. Hoy tomará el taxi en el Cementerio cuando salgamos de la rotación. Va a hacerse la muerta.

De la alegría, Juan Mario derramó el café sobre su blusa blanca de estudiante, pero yo sentí algo extraño que no puedo describir y que solo he sentido dos veces en mi vida. La primera vez ese noviembre de 1985 y hace un mes cuando decidí escribir esta historia.

Juan Mario de pronto lanzó una exclamación soez.
—Mierda, no traje el disfraz para Amelia.
—No hace falta —dijo Mauricio—. Espera que la veas.

Efectivamente cuando entramos nuevamente al pabellón de medicina interna la vimos a lo lejos con su pelo largo cubriéndole parte de la cara. Tenia una blusa gris de manga hasta las muñecas y una falda larga y amplia de color negro que apenas le dejaba ver unos zapatos que parecían de monja. En el cuello tenía lo que parecía una bufanda, gris también, y bajo ella colgaba una cadena de plata con un crucifijo de metal muy similar a los que llevan las monjas. Era toda una aparición fantasmal.
—Brrr. Qué miedo, que a uno se le aparezca esta vieja en el cementerio —dijo Juan Mario.
—En cualquier parte... —respondió Mauricio—. Esa vieja da miedo.

De repente nos miró a los tres y sentimos que el corazón se nos paraba. ¿Nos habría escuchado? Quizás no. Estaba muy lejos de nosotros para podernos oír, pero esa mirada, esas ojeras y ese rostro pálido enmarcado por sus negros cabellos nos dejaron a todos muy intranquilos.

Esta tarde hizo frio. O quizás éramos nosotros los que lo percibíamos. No lo sé. Solo pensaba que quería llegar rápido a mi casa. Pero mi trabajo era acompañar a Amelia hasta el Cementerio y asegurarme que tomara el taxi. Mientras tanto Mauricio le había dado la dirección de su casa.

El plan era el siguiente. A las 6 p.m. Mauricio pediría al profesor que lo dejara ir más temprano a su casa porque su abuelita llegaba de los Estados Unidos. Una mentira piadosa para poder esperar en su casa la llegada de Amelia. A las 7 p.m. Juan Mario y yo iríamos con Amelia hasta la puerta del cementerio y ella allí tomaría el taxi.

Juan Mario había preparado un libro de Patología de Robins marcado en su primera página con el nombre de Amelia pero con la dirección de la casa de Mauricio. Ese era el objeto que ella dejaría olvidado en el taxi.

La elección del objeto no fue al azar. Los tres habíamos perdido patología y habíamos tenido que repetir el semestre y si el taxista no devolvía el libro, pues bueno, era una forma de desquitarnos del Dr. Robins, autor de semejante mamotreto.

Habíamos escogido la casa de Mauricio porque toda su familia se había ido de viaje y la casa estaba sola para el. Al día siguiente era sábado y Mauricio nos propuso (a Juan Mario y a mí) irnos a su casa a estudiar el fin de semana para el examen de neurología (por supuesto, con asado, cerveza y alquiler de algunas películas). Así podríamos además esperar a ver si volvía el taxista con el libro.

Todo estaba preparado. Al salir del Seguro Social, Juan Mario y yo acompañamos a Amelia hasta la entrada al cementerio. A pesar de que eran las 7 pm de un viernes, las calles estaban solitarias. Era definitivamente un barrio que vivía gracias a la muerte. La Clínica del Seguro Social a dos cuadras del Cementerio; el hospital San Vicente de Paúl, dos cuadras mas abajo, y alrededor varios negocios de marmolerías que hacían las lápidas ante la solicitud de los acongojados familiares. Aún en la calle había restos de flores marchitas que impregnaban el aire con olor a camposanto. Fue entonces que recordé que mi familia solía llevar anturios a las tumbas de mis abuelos todos los años el primero de noviembre por la celebración del día de todos los muertos.

Juan Mario me sacó de mis reflexiones. “Ahí viene un taxi” casi gritó, y le entregó el libro a Amelia con un papel aparte, donde tenía apuntada la dirección de Mauricio y un billete para pagar la carrera.
—Ya sabés lo que tenés que hacer.

Amelia tomó las cosas en sus manos. Casi se las arrebató y me miró de forma extraña mientras Juan Mario me halaba del brazo para que me escondiera con él detrás de un árbol.

Amelia estiró su lánguida mano al taxi, que se detuvo a pocos metros. Abrió la puerta trasera y Amelia entró en él. Cuando arrancaba nuevamente cruzó cerca de nuestro escondite. Amelia giró su cabeza como para mirarnos y creí ver una lágrima rodando por su mejilla.

Juan Mario, por su parte, bailaba, brincaba y reía, anticipando el susto del taxista. Yo sentía un peso en el corazón. Sentía lástima por Amelia y no entendía por qué.

Al día siguiente desperté muy tarde. Eran casi las 11 de la mañana cuando me levanté con una fuerte jaqueca. Había tenido una mala noche con sueños entrecortados en los que veía al profesor de neurología entregándome un bisturí y pidiéndome que abriera un cadáver. En mi sueño, todos se reían de mí por haber perdido el examen.

Había quedado de ir a la casa de Mauricio desde temprano en la mañana y lo llamé y le dije que iría mas tarde. Cuando llegué, Juan Mario me mostró el video que había grabado del taxista cuando Mauricio abrió la puerta y casi llorando le dijo que ese era el libro de su hermana que había muerto hacía una semana. El taxista desencajaba la mandíbula cuando Mauricio en un aparente estado de conmoción le preguntaba cómo estaba vestida la chica y a medida que el taxista le describía a su pasajera, Mauricio le decía que era la ropa con la que la habían enterrado. En el video el taxista salía despavorido a su taxi y arrancaba como alma que lleva el diablo.

Me contaron muertos de risa que Amelia había llegado como a la media hora de que abordara el taxi. Llegó hasta la casa de Mauricio y éste le abrió la puerta sin que el taxista se percatara de que él era el que abría. Una vez el taxi dio vuelta en la esquina, Amelia salió de la casa de Mauricio ignorando la invitación (por cortesía) a quedarse un rato más.

Mauricio se ofreció a pedirle otro taxi que la llevara a su casa pero ella simplemente dijo “Es la última vez”, y se marchó sin decir nada más.

Aunque Juan Mario y Mauricio estuvieron riendo hasta más no poder con la travesura, yo fingía reír pero pensaba en Amelia. Habíamos ido bastante lejos. No entendía por qué una muchacha tan extraña se había prestado para participar en semejante broma.

Estuvimos estudiando hasta muy tarde aquel sábado. El domingo nos despertamos tarde, pedimos arroz chino y pusimos una película de acción que habíamos alquilado, para relajarnos. En la tarde comenzamos a estudiar de nuevo para el examen.

Al salir de la casa de Mauricio el domingo en la noche, vi que en la mesa de la entrada estaba el libro de patología (que supuestamente era de la difunta Amelia) y sobre él reposaba la cadena con el crucifijo metálico que le había visto el viernes colgado en su cuello.
—Esa tarada también dejó el Cristo en el taxi. El taxista lo devolvió con el libro —me dijo Mauricio todavía riendo.

Tomé el Cristo en mis manos y vi que era muy viejo, parecía de esos que tienen las abuelas en alguna caja de zapatos y que dicen que era de sus antepasados.
—Si quieres se lo llevas mañana —agregó Mauricio.

El lunes presentamos el examen de neurología. Estaba muy nervioso. Al mirar atrás, vi que la silla de Amelia estaba vacía. Miré a Juan Mario y me hizo señas de que el tampoco sabía nada de ella.

Al terminar el examen, nos encontramos para comparar respuestas. Ya todos los otros estudiantes sabían de la broma de los tres mosqueteros, aunque la gran mayoría dudaban de la historia, sobre todo porque nadie se imaginaba a Amelia haciendo semejantes travesuras.
—Si no me creen, pregúntenle a Amelia. —decía Juan Mario.
—Y a propósito... ¿ella por qué no vino?
—Será que se le olvidó el examen —aventuró alguno.
—Es tan rara que hasta habrá decidido no venir —respondió otro.
—Estará en un motel con un taxista —bromeó otra, mirando a Juan Mario.
—¿Esa mojigata? ¿Estás loca?
—¿Alguien tiene su teléfono? —pregunté yo.

Nadie lo tenía. Nadie sabía donde vivía ni donde ubicarla.

Mientras todos salían en manada a celebrar la terminación del examen (aún sin saber las notas) yo me fui a la secretaría de la facultad a preguntar el teléfono de Amelia. Quizás le había pasado algo luego de salir de la casa de Mauricio.

Margarita la secretaria me dio el teléfono que aparecía en su hoja de registro.
—“el número al que usted está llamando no ha sido asignado al público, por lo tanto, sírvase verificarlo. Gracias. ... El número al que usted está llamando...”

Volví a secretaría y pedí la dirección. Por si acaso.

El martes nos encontramos Juan Mario, Mauricio y yo en la Clínica del Seguro Social. Amalia no llegó a la rotación. El profesor preguntó por ella y le dijimos que no sabíamos. Ante mi insistencia, al salir de la práctica tomamos un taxi y nos fuimos a la dirección que me había dado la secretaria del decano. Era un barrio de clase media. Al llegar el taxista nos indicó una casa en ruinas.
—La casa que ustedes buscan debe ser esa. Miren que las casas de los lados son la 46 y 50. La número 48 debe ser ese lote. No creo que ahí viva nadie. Esa casa está en ruinas hace varios años.

Todo el camino hasta mi casa Juan Mario y Mauricio me recriminaron por haber copiado mal la dirección. Sin embargo dos días después, en la universidad, confirmamos que la dirección era la correcta.

Amelia Gómez nunca volvió. Nadie la volvió a ver. Algunos dicen que el decano de la facultad habló con la fiscalía. Nosotros estábamos muy asustados pensando en que su ausencia tenía algo que ver con nuestra travesura.

Un día nos llamaron a la oficina del decano. Un señor gordo y canoso que decía ser de la Unidad Investigativa de la Fiscalía estuvo preguntándonos cuándo había sido la última vez que la habíamos visto. Había sido enterado de que éramos compañeros de rotación y quería saber cuándo había sido la última vez que la habíamos visto, si tenía novio, si le conocíamos algún amigo. Aunque nosotros fuimos enfáticos en afirmar que no la conocíamos bien, el detective parecía no creernos.

Mauricio confesó toda nuestra travesura. Le explicó a la fiscalía que habíamos planeado una broma y que solo era eso. Juró que ella solo entró a su casa y volvió a salir ese primero de noviembre a los pocos minutos y no quiso que se le llamara otro taxi ni que nadie la acompañara a su casa.

Tuvimos que entregar la grabación del taxista que asustamos. Creo que para investigarlo a él también. De forma muy amenazante, el investigador de la fiscalía nos sugirió no salir del país y nos hizo saber que iba a llegar hasta el fondo del asunto. Mauricio era el principal sospechoso.

Todos en la universidad nos miraban con desconfianza, a partir de aquel momento.

Luego llegaron las vacaciones y me olvidé temporalmente del asunto. Sin embargo, al semestre siguiente Amelia tampoco apareció.

Unas semanas más tarde pedí una audiencia con el decano. Quería saber en qué iba la investigación. El decano me recibió amablemente. Era la segunda vez en mi vida que entraba en aquella imponente oficina. Me contó que la investigación fue suspendida. Al parecer nadie, con excepción de los alumnos, los profesores y las secretarias conocían a Amelia Gómez. Nunca se encontró algún familiar. Nadie preguntó por ella y nadie se contactó con la universidad. Aparentemente nadie había notado su ausencia. El decano había hablado con el investigador de la fiscalía y él le había contado que ni siquiera el número de su cédula aparecía en la registraduría. En palabras del decano, “era como si hubiese sido un fantasma”.

Con el correr de los meses, dejé de pensar en Amelia. Durante el resto de la carrera me fui distanciando de Juan Mario y de Mauricio. Los tres mosqueteros se separaron definitivamente. Me gradué de médico unos años después y no volví a hablar con ellos. Sé que uno de ellos es patólogo y el otro trabaja en urgencias.

Tenía a Amelia en mi saco de los olvidos hasta hace un mes que llevé a mis hijos a un programa lúdico en el Cementerio de San Pedro. Desde hace unos años el cementerio realiza actividades culturales y los quise llevar a un concurso de pintura. Estando allí, en uno de los corredores laterales me llamó la atención una lápida que tenía una cruz pintada que me pareció familiar. Por alguna razón me sentí atraído hacia ella. La lápida decía:

Aquí yace Amelia Gómez.
Abnegada estudiante de medicina.
Quiso salvar a los pacientes
Pero Dios la llamó a su presencia
Sin terminar su misión.
31 oct 1915 – 1º nov 1935

Casi se me sale el corazón. Tuve la misma sensación que sentí cuando la Amelia que yo conocí me miró esa lejana tarde del primero de noviembre de 1985.

Traté de fingir que todo estaba bien cuando mis hijos llegaron con sendas cajas de colores como premio por sus dibujos.

Al llegar a mi casa estuve buscando como un loco entre mis objetos de la época de la universidad. Allí, en una caja de zapatos que tenía en el closet con mi carné de estudiante y algunos otros recuerdos, encontré la cadena de plata y el crucifijo que supuestamente yo debía devolver a Amelia luego de la travesura.

Por primera vez reparé en el crucifijo. Era aparentemente una antigüedad. En la cruz había unas letras gravadas. Tomé una lupa y pude leer la inscripción.

Señor: Recibe en tu reino a nuestra hija Amelia. Amén. 1915-1935

Hace ya un mes que encontré esa tumba. Mientras escribo esta historia no puedo sacarme de la cabeza la mirada de Amelia Gómez cuando la vi por última vez mientras arrancaba el taxi esa noche del primero de noviembre de 1985. No puedo olvidar esa lágrima rodando por su mejilla. Quizás era su segunda despedida de este mundo y ella lo sabía.

Hoy volví al cementerio. He dejado unas flores en la tumba de Amelia Gómez y he mandado celebrar una misa en su nombre. Estuve mucho tiempo parado al frente de su lápida en completo silencio sin saber qué decir. Lo único que se me ocurrió mientras depositaba sobre su tumba la cadena con el crucifijo de plata fue rezar un padrenuestro y pedirle a Dios que le conceda por fin el descanso eterno. Amén.

Carlos Alberto Velásquez Córdoba, Colombia © 2017

calveco@une.net.co

Carlos Alberto Velásquez Córdoba nació en 1966 en Medellín, Colombia. Es un médico y cirujano colombiano, especialista en Administración de Servicios de Salud y en Epidemiologia. Combina su trabajo asistencial con la administración, la docencia y la escritura. Ha participado en talleres de literatura con los escritores José Guillermo Anjel (Universidad Pontificia Bolivariana) y Luis Fernando Macías Zuluaga (Cooperativa Médica de Antioquia COMEDAL–taller Relata). Miembro de la Red Mundial de Escritores en Español. Wikipedista desde hace varios años. Es autor de un blog dedicado al conocimiento, el arte y el humor:
http://www.elblogdeloslagartijos.blogspot.com
Ha obtenido varios premios literarios en la modalidad de cuento. Tiene tres libros publicados: Ane-Doctas de un Médico Desmemoriado (2012), La Monja sin cabeza y otros cuentos (2012), y La fuga del paciente y otros cuentos (2013). Actualmente tiene otros libros de cuentos en proceso de edición.

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