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La herencia

Quantus tremor est futurus,
Quando Judex est venturus,
Cuncta stricte discurssurus.

Disculpe señor. No fue mi intención asustarlo. Sólo pretendía sentarme a descansar un rato. ¿Sabe? En esta época del año hace aquí en España un frío terrible y los músculos se paralizan hasta rebelarse e impedir que mis huesos se muevan.

¿Cómo dice? Sí, tiene usted razón: no soy de aquí. Es usted muy observador. En realidad soy colombiano. No, por favor, no se asuste. Contrario a lo que se cree, los colombianos somos gente amable, honesta y trabajadora. Desgraciadamente, hemos tenido muy mala fama gracias a unos pocos que han dado muy mala imagen ante el resto del mundo.

No, por favor, no juzgue mi apariencia. A pesar de mis harapos soy un hombre de bien. En Colombia yo era una persona trabajadora, aun más de lo que quisiera. Tenía mi trabajo y mi casa. Y podía darme el lujo de comer tres veces al día.

¿Qué si soy un “desplazado”? No, qué va. Mi primo, Juan Diego, ese, ese sí era desplazado por la violencia. Déjeme le cuento. Juan Diego era el único hijo de mi único tío. El era ingeniero, al igual que yo. Sólo que mi padre nunca tuvo una propiedad y mi tío gracias a unos trabajos que hizo pudo conseguirse algunas fincas ganaderas en el Bajo Cauca y en el Magdalena Medio. Resulta que al morir, dejó todo a Juan Diego y éste, como buen negociante, comenzó a tecnificar las haciendas hasta hacerse cada vez más rico.

Pero como usted ya sabe, la situación de orden público en mi país fue empeorando más y más, hasta el punto de que ya mi primo no podía ir a las fincas. Los problemas llegaron hasta tal grado, que fue amenazado de muerte y no volvió a salir de Medellín. Pero ahí no paró la cosa. No contentos con esto, los grupos armados lo empezaron a sobornar y a pedirle “vacuna”, es decir que comenzaron a pedirle dinero a cambio de dejarlo tranquilo. Finalmente, como Juan Diego no tenía hermanos, esposa ni hijos, y sus padres ya habían muerto, decidió dejar el país y venirse a vivir acá a España para tener una vida tranquila.

Y esa fue mi perdición.

Una mañana muy temprano recibí una carta de España donde Juan Diego me decía que no había soportado la presión y se había ido a vivir a Madrid. En la misiva me explicaba los pormenores de sus últimos días en Colombia, cómo había podido reunir un poco de dinero, y había hecho maletas con la esperanza de vivir tranquilo en la Madre Patria.

Aunque Juan Diego y yo no fuimos muy amigos de niños, me sentí muy triste cuando él se vino para Europa, porque yo también era huérfano y no tenía hermanos ni familia. Mi única familia era él y dejaba el país. Así fue como comenzamos a escribirnos.

En sus cartas subsecuentes me describía con lujo de detalles su paso por las diferentes ciudades de España, sus costumbres, sus riquezas. España, me decía, es un país de contrastes, es como estar viviendo en el pasado, con la tecnología del futuro. Leyendo sus cartas me sentía yo visitando El Escorial o los viñedos más famosos de todo el mundo. Sus palabras me hacían soñar con plazas de toros y bellas mujeres morenas. Sangre y Sol.

España se volvió para mí una obsesión. Cada carta se convirtió en un dulce tormento. Juan Diego me enviaba postales de los sitios que iba conociendo y me decía que esperaba que algún día fuera a visitarlo.

Aunque nunca me envió la fotografía de su casa, me contaba que vivía en una especie de castillo. Era una casa del siglo XVII, en las afueras de Madrid. Tenía jardines y viñedos donde los pájaros retozaban alegremente todas las mañanas. Aunque la propiedad no tenía un corral, había estado averiguando cuánto le costaría su construcción ya que su sueño oculto de toda la vida había sido aprender a lidiar un toro.

Claro que en cartas posteriores me explicaba que su sueño debía esperar un poco, dado que el dinero que había podido llevar a España no era suficiente ya que la casa requería de algunos arreglos y quería remodelar primero la piscina y el gimnasio. Además, sus sirvientes cobraban mucho más de lo que cobra un peón en América.

Mientras tanto, en un discreto barrio de Medellín, yo daba vueltas en la cama todas las noches envidiando la suerte que había tenido mi primo. A las cinco de la mañana el despertador insensiblemente me decía que era hora de levantarme para ir a trabajar en una calurosa fábrica, para lograr que cada quincena un minúsculo salario me permitiera pagar la cuota de mi casa o el mercado que comería en los días siguientes.

Claro que el orgullo es una cosa muy jodida. En mis cartas yo siempre le respondía que no podía ir a España porque tenía que hacerme cargo de una de las empresas más prestigiosas del país. Yo también le hablaba de supuestos éxitos, de forma tal que él sintiera que estaba ante un igual

Muchas veces llegué a pensar que la justicia divina no existía. Yo era el que debía estar en España y no mi primo. Entonces fue cuando comencé a tramar un plan perfecto. Asesinar a Juan Diego y hacerme su heredero.

¿Pero cómo podía yo asesinar a mi primo a miles de kilómetros de distancia, de una manera efectiva y sin despertar ninguna sospecha?

La respuesta surgió de repente mientras veía una película donde un personaje muere leyendo un libro con las páginas envenenadas. Era un libro prohibido que provocaba la muerte a quien lo leía, si al pasar las hojas iba humedeciendo sus dedos con saliva. De esta forma la persona llevaba el veneno a su lengua y moría en forma misteriosa.

Ya tenía un punto ganado. Por espacio de más de dos años, Juan Diego me había pedido que le enviara libros. Imagínese usted: llevar leña p´al monte. Sin embargo la razón era muy sencilla. Al parecer la industria editorial de mi país producía libros mucho más baratos que los que circulan por la península ibérica.

Conocedor de la obsesión de Juan Diego por la lectura comencé a fraguar mi plan de la forma más meticulosa posible. En primer lugar debía escoger libros con una calidad de papel muy especial. Debían ser libros muy bien logrados para que fueran aceptados por mi primo. Por otra parte, las características del papel debían ser únicas. Las hojas debían pegarse entre sí para obligar a pasarlas exclusivamente con los dedos húmedos. Por otro lado el papel y la tinta debían ser tan resistentes que no permitieran deterioro alguno cuando se les aplicara algún veneno.

Por otra parte el veneno a utilizar debía ser especial. No debía tener olor o sabor delator. Además, debía pasar todos los controles de la Aduana y las pruebas antidrogas que se usan en todos los aeropuertos. Debía ser estable en el tiempo sin deteriorarse ni perder sus propiedades tóxicas. Y como si fuera poco, no debía producir ningún daño en el papel o la tinta de los libros. Un punto crucial era que el veneno debía tener efecto acumulativo en el cuerpo dado que sería muy sospechoso que muriera con el libro en la mano. Por tal razón, tendría que ser envenenado progresiva y lentamente mediante la lectura de muchos libros, semejando alguna enfermedad mortal conocida por los médicos.

Jamás me imaginé que realizar mi plan fuera tan complicado. Conseguir libros baratos era fácil, pero no cumplían las características necesarias para mis fines. Muchas editoriales (incluso muchos diarios del país) tenían colecciones de literatura para el alcance de todos. Sin embargo el tipo de papel utilizado despegaba fácil, lo que hacía innecesario utilizar la saliva para pasar la hoja.

Finalmente, después de visitar muchas librerías y bibliotecas llegué a la conclusión de que de la pléyade de editoriales solo cinco servían a mis propósitos. Realmente tuve que gastar una fortuna para hacerme con una gran colección de libros de excelente calidad. Todos mis ahorros fueron invertidos sin piedad en la compra de libros. Aunque con seguridad eran mucho más costosos que los europeos, tendría que enviárselos a Juan Diego aduciendo que eran más baratos.

El segundo elemento de mi plan –el veneno– era aún más complicado. Aunque me gradué de ingeniero químico –con honores y todo– mis conocimientos de toxicología eran precarios, por no decir nulos. Debí comprar libros de toxicología (¡más libros!), para estudiar el tema. Conseguí los tratados de toxicología de los autores más conocidos (Repetto, Calabresse, Astolfi, Córdoba, Casarett, Dresibach, etc.). En ninguno se hacía alusión al veneno de mi interés. Incluso llegué a leer toda la biografía de los Borgia de Cloulas, creyendo encontrar allí alguna respuesta a mis necesidades. Fue como arar en el mar.

Visité el serpentario de la Universidad de Antioquia y entrevisté químicos de la Universidad Nacional de Colombia, y otras universidades, aduciendo una investigación para mi tesis de un supuesto postgrado. Algunos venenos cumplían algunas características pero no podía preguntar sobre su estabilidad sobre el papel sin despertar sospechas. Finalmente opté por una sustancia que tenía la virtud de producir cambios en la sangre similares a los de una leucemia, y que no podían ser detenidos ni con los adelantos médicos más avanzados.

Mi plan era perfecto, pero todo lo perfecto tiene un alto precio. Tuve que hipotecar mi humilde casa para montar un laboratorio de pruebas. Pasaba las noches en vela tratando de descubrir la mezcla perfecta del veneno que pudiera rociarse sobre el papel sin dejar rastro y que pudiera permanecer el tiempo suficiente sin que perdiera su actividad mortal.

El tiempo que no trabajaba en la fábrica lo pasaba en mi casa, convertida en laboratorio. Tuve que vender la máquina lavadora y empeñar el televisor para poder seguir experimentando con los diferentes compuestos. Los reactivos eran muy costosos y se requerían grandes cantidades para obtener gotas del veneno. Después de cinco meses, tenía el primer libro venenoso. Lo recuerdo bien. Era una edición lujosa de la novela de Umberto Eco, El nombre de la Rosa.

Así empezó la tercera fase de mi plan. Por fin llegó el día del primer envío. Pedí un permiso en la fábrica bajo el pretexto de una cita médica y, luego de tomarme dos aguardientes dobles, llevé el paquete a la oficina de correo. Dudé al entregarlo pensando en lo que pasaría si alguien destapara el libro y lo leyera, pero me tranquilicé al recordar que se necesitaba una dosis de más de treinta libros para matar a un adulto de cincuenta kilos.

Al día siguiente del envío de “El nombre de la Rosa” todo el peso de mi conciencia me abrumó. Quizá fue eso, o las noches de trabajo sin descanso en el laboratorio, pero me reporté enfermo y no fui a la fábrica. Sentía que todo me dolía, tuve náuseas y vómito. Durante unos quince días no tuve apetito y solo tomaba yogurt con un pan a la hora de almorzar. No quería contestar el teléfono o abrir la puerta temiendo que de un momento a otro llegara algún policía a decirme que un envío contenía un veneno. Mi corazón se quería salir si alguien me llamaba por mi nombre, aún en el trabajo.

Cada lunes enviaba a Juan Diego un libro debidamente preparado y embalado. Como era de esperarse, también sus cartas comenzaron a llegar con mayor frecuencia. En ellas me agradecía por los libros y me felicitaba por mi excelente criterio en la escogencia de ellos.

Las cartas que me enviaba mi primo renovaron mis ánimos asesinos. Juan Diego me describía cómo se sentaba en el jacuzzi a leer su libro. O cómo disfrutaba de un buen vaso de vino de su bodega mientras leía las historias de García Márquez en el extático silencio de su espaciosa biblioteca.

Yo sorbía con deleite aquellas letras venidas de tierras lejanas, imaginándome sus células sanguíneas muriendo durante el disfrute de un agradable libro.

Tal vez fue la sugestión o quizás era real. La caligrafía de mi primo fue cambiando casi imperceptiblemente. Igualmente el contenido de sus misivas. Cada vez era más prolífico al enunciarme sus muchos logros en la Vieja España. Cada carta describía con mayor ahínco los tesoros que había logrado reunir, las riquezas de las que se había rodeado en su “pequeño palacio”. Había sido admitido en clubes sociales e incluso se daba el lujo de jugar golf cada quince días con el suegro de una de las infantas. Hasta había recibido un llavero de oro como regalo personal de Don Juan Carlos.

En sus cartas me reiteraba su deseo de que fuera a España a vivir con él. Y yo respondía fingiendo no poder ir a Europa debido a múltiples compromisos empresariales.

La envidia me carcomía con mayor rapidez que lo que actuaba en él mi veneno. Sin embargo un día el corazón me dio un vuelco cuando me escribió contándome de las maravillas tecnológicas que había en el Hospital del Rey. Según decía había ido a un chequeo rutinario (...por eso de los cuarenta y cinco años...) pero yo estaba seguro de una cosa: mi triunfo estaba muy cerca.

Proseguí con el envió de los costosos libros y a cambio solo obtenía centavos. Cada libro que le enviaba podía costar unos doscientos mil pesos (incluyendo los costos en la fabricación del veneno) y Juan Diego continuaba enviando unas mil pesetas, (menos del 5% del valor real del libro), convencido de que en Colombia las casa editoriales debían estar locas al hacer libros de tan alta calidad por tan poco precio. Al principio yo le había dicho que le regalaría esos libros “tan baratos”, pero al final accedí “para que no se sintiera mal” a que me enviara de vez en cuando cinco o seis mil pesetas.

El envío de libros continuó pero las cartas cada vez se hicieron más espaciadas. Era evidente que algo le pasaba a mi primo. Hasta que un día las cartas no volvieron a llegar.

Como era de suponer mis reservas económicas se extinguieron por completo al igual que la confianza de mis acreedores. Ya ni en la cafetería de la fábrica me querían fiar aunque fuera un yogurt y un pan. Siempre que llegaba a mi casa debía dar una vuelta por el vecindario hasta la una o dos de la mañana porque muchos me esperaban en la puerta buscando obtener un abono a la deuda. Una notificación de un juzgado civil me informó que de no ponerme al día con el crédito hipotecario, en veinte días se haría el desalojo. La cosa tenía que reventar de algún modo. Es cierto que tenía un poco de dinero guardado (en pesos y pesetas), pero eso era para la cuarta y última fase de mi plan.

Entonces, como a los quince días, me llegó un telegrama que me informaba que debía comunicarme con la embajada española en Bogotá. El corazón se me quería salir. Cuando llamé al teléfono que aparecía en el telegrama, una voz muy impersonal me preguntó si yo era familiar de Juan Diego Vásquez. “Su primo Juan Diego murió en Madrid hace dos semanas. Al parecer usted es su único familiar vivo. ¿Cuándo puede venir a la embajada?”

Era la hora de la cuarta y última fase de mi plan. Al día siguiente empaqué una pequeña maleta con las pocas pertenencias que me quedaban, tomé el dinero que tenía guardado y abordé el primer vuelo a Bogotá con la esperanza de no volver nunca jamás a Medellín.

En la embajada una secretaria me dijo que esperara unos segundos, que realmente fueron dos horas, hasta que un hombre vestido elegantemente y peinado con gomina me informó que mi primo había muerto en Madrid y que había pedido que su primo –único familiar vivo– se encargara de su sepelio y sus pertenencias. “Por supuesto, ante la dificultad que hubo para ubicarlo a usted, el Gobierno español dispuso los restos del señor Vásquez. Sin embargo usted puede acudir a esta dirección en Madrid para recibir lo que su familiar le ha legado”.

¿Se puede imaginar usted, mi júbilo? El siguiente avión a Madrid salía el día siguiente desde Bogotá. Desde la formulación de mi plan, había hecho los trámites para obtener la visa para entrar a España. Todo marchaba como estaba previsto. Esa noche me alojé en uno de los mejores hoteles de Bogotá. Ya no había necesidad de escatimar un solo peso. Era rico. Era multimillonario, gracias a mi primo. A pesar de la cama mullida y el olor a limpio no pude dormir. Me sentía como un niño la víspera de nochebuena en espera de los regalos.

El viaje transoceánico estuvo plagado de sueños y fantasías, imaginándome en un crucero por las Islas Canarias, en la Riviera francesa, en la Costa Azul. Incluso al llegar lo primero que haría sería darme un chapuzón en la piscina remodelada por mi primo, y por qué no, con el tiempo construir una pequeña plaza para aprender a lidiar toros. De una cosa estaba seguro: jamás volvería a Colombia.

El aeropuerto de Madrid es impresionante. Nosotros en Colombia no alcanzamos a imaginarnos la majestuosidad de los aeropuertos extranjeros. La cordialidad de los taxistas españoles es increíble. A pesar de sólo tener una pequeña maleta de mano, el conductor se apeó del vehículo y recibió mi carga. Me abrió la puerta y esperó a que me acomodara. No arrancó su vehículo hasta que no estuve debidamente sentado. Le extendí el papel que me habían dado en la embajada con la dirección y condujo por calles y calles llenas de historia y fantasía hasta dejarme a la entrada de un viejo pero cuidado edificio de tres pisos ubicado al frente de una plaza con una fuente de agua.

Pagué al taxista dos mil pesetas y le di mil pesetas de más como propina. Es cierto que sólo había viajado con el dinero suficiente para sobrevivir una semana, pero gracias a Juan Diego, podía darme el lujo de ser generoso.

Entré al edificio por una puerta en arco, y llegué a un espacioso zaguán donde una joven con su característico acento ibérico, me dirigió a una oficina en el tercer piso.

Me presenté ante el caballero de anteojos sentado frente a un escritorio, y pareció alegrarse de mi llegada.
—¿Así que usted es el empresario familiar del señor Juan Diego Vásquez?
—Si, así es —respondí.
—Es una lástima. Tan joven. Tuvo la esperanza de que usted viniera a despedirse de él, pero no pudimos hallarlo a tiempo. Usted sabe, la burocracia... —y sonrió como queriendo disculparse—, el ayuntamiento tuvo que hacerse cargo de su sepelio.
—Si, de veras es una lástima —dije con cara de compungido—. ¿Y de que murió?
—Nunca se supo con certeza. Comenzó con un problema de la sangre. Creo que una leucemia o yo que sé. Esos médicos tienen palabras muy raras para las enfermedades.
—Sí, claro.

Un silencio bochornoso nos tomó por sorpresa. El hombre del escritorio carraspeó y me dijo que antes de entregarme las cosas de Juan Diego debía firmar unos documentos.
—Y dígame, sus propiedades quedan muy retiradas de aquí? —pregunté como quien no quiere la cosa, mientras devolvía la pluma.

El alma se me salió del cuerpo cuando el hombre de anteojos me miró por encima de ellos.
—¿Cómo dice? ¿Propiedades? No, si el pobre hombre rentaba una habitación para dormir. Incluso tuvo que mudarse con frecuencia porque a los caseros no les gustaba que viviera con un gato. Con lo poco que ganaba en la fábrica donde trabajaba apenas le alcanzaba para una comida al día. Podía subsistir gracias a unos libros que creo que usted le mandaba. El los vendía a diferentes personas y con eso ajustaba para la pensión. Ni siquiera se sabía cómo hacía para alimentar al gato.

De un momento a otro sentí que todo me daba vueltas. Un zumbido en los oídos se hizo insoportable al mismo instante que el corazón me latía en los ojos, el cuello y la lengua. Todo se fue volviendo negro, muy negro...

Desperté en la enfermería. El hombre de anteojos me miraba aterrado. Comencé a llorar desconsoladamente. La joven que me había atendido en la recepción empezó a llorar conmigo. “Pobrecillo”, decía, “se ve que quería mucho a su familiar”.

Cuando estuve en condiciones de levantarme, me entregaron una caja de cartón amarrada con una cinta de color, que contenía las cosas de Juan Diego. Con dedos temblorosos desaté el nudo y me encontré con las cartas que yo le enviaba hablándole de mis falsos logros como empresario. Además había un libro. Un único libro. La lujosa edición de El Nombre de la Rosa de Umberto Eco.

Al momento de salir, la joven que lloró conmigo me condujo a un patio donde había un desabrido y descuidado gato pardo. Salí del edificio con la caja de cartón, mi pequeña maleta, y un famélico gato siguiéndome atado a una cuerda.

¿Cómo dice, señor? ¿Qué pasó después? Viví como pude con el escaso dinero que me quedó. Renté una habitación, como lo había hecho mi primo, en un barrio marginal de Madrid, hasta que las pesetas se acabaron. Desde entonces vago de aquí para allá, donde me lleven mis pies.

¿El gato? Ah sí, el gato lo cambié por un plato de alubias calientes y una botella de vino barato.

Por favor, señor, no me mire así, no soy un asesino. Al fin y al cabo mi primo no leyó los libros (si acaso uno solo) ¿No recuerda que los vendió todos?

A propósito, señor, ¿no tiene una peseta que me regale? ¿Sabe? En esta época del año hace aquí en España un frío terrible y los músculos se paralizan hasta rebelarse e impedir que mis huesos se muevan. Además, tengo hambre y no tengo nada que comer.

¿Qué es lo que tengo en esta bolsa? Adivine. Es un libro.

Carlos Alberto Velásquez Córdoba, Colombia © 2018

calveco@une.net.co

Carlos Alberto Velásquez Córdoba nació en 1966 en Medellín, Colombia. Es un médico y cirujano colombiano, especialista en Administración de Servicios de Salud y en Epidemiologia. Combina su trabajo asistencial con la administración, la docencia y la escritura. Ha participado en talleres de literatura con los escritores José Guillermo Anjel (Universidad Pontificia Bolivariana) y Luis Fernando Macías Zuluaga (Cooperativa Médica de Antioquia COMEDAL–taller Relata). Miembro de la Red Mundial de Escritores en Español. Wikipedista desde hace varios años. Es autor de un blog dedicado al conocimiento, el arte y el humor:
http://www.elblogdeloslagartijos.blogspot.com
Ha obtenido varios premios literarios en la modalidad de cuento. Tiene tres libros publicados: Ane-Doctas de un Médico Desmemoriado (2012), La Monja sin cabeza y otros cuentos (2012), y La fuga del paciente y otros cuentos (2013). Actualmente tiene otros libros de cuentos en proceso de edición.

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