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Diablo

Por la calle negra que lleva al muelle, lentamente, llevando una soga enrrollada en la mano izquierda, camina un hombre, o lo que queda de él. Por encima de las terrazas se adivina el reflejo de la calle principal donde el pueblo festeja y baila y ríe en una fugaz y ritual abolición, no de sus penurias, sino de sus efectos. Ese resplandor apenas recorta en las sombras de la noche la silueta rechoncha del Doctor Giardina. Aunque en rigor, no debemos llamarlo Doctor ya que una decisión de los más altos Tribunales lo ha despojado de su título, de modo que, sin temor a sus artimañas de leguleyo ya podemos llamarlo Giardina a secas: un canalla derrotado que va a encontrarse con su destino.

Giardina nació en un hotelucho de mala muerte, aguantadero de prostitutas y rufianes melancólicos. Ya de niño era malo y se divertía hostilizando a otros niños y a los animalitos del barrio. Pero lo que más le divertía era robarles sus monedas. Su crueldad era una coraza que lo protegía de referencias directas a su mamá. Sólo de dos cosas Giardina no tenía la culpa en su infame vida: de su aspecto desagradable y de ser un hijo de puta, aunque andando los años hiciera de ésto último un culto. La mamá murió por una sobredosis de cocaína, allí en la pieza donde vivían, mientras aliviaba de ardores a un cliente habitual, un abogado. La habitación se colmó de vecinos alarmados por los lamentos del usuario entre los que se abrió paso el Giardina niño y, un poco después, la policía. Los representantes de la ley obligaron a salir a todos los curiosos, Giardina se ocultó tras un canasto desde donde observó la escena que signaría para siempre su vocación. Interrogado el cliente, y habida cuenta de su buena posición, los policías se dedicaron a esquilmarle un buen fajo de billetes, el reloj y cadena de oro, el juego de lapiceras y hasta el cinturón y los zapatos, sin olvidar el pequeño envoltorio con la droga. El hombre fue entregando todo mansamente y todo fue desapareciendo en los ávidos bolsillos de los vigilantes. El hombre fue liberado. Sobre la cama, el cadáver de su madre, comenzaba a ponerse tieso, había desaparecido de su rostro toda emoción. Como en Giardina, ninguna emoción.

Aquella escena lo habitó como un fantasma durante años. Ese era el mundo: un señor con mucha plata y un señor con poder suficiente para arrebatársela. Giardina supo, quiso, ser ambas cosas y, andando el tiempo, para su mal y el de otros, lo consiguió. Como se sabe, cuando los dioses quieren castigarnos, nos cumplen los deseos.

En verdad que Giardina tuvo que superar la repetida frustración de sus intentos por ingresar a la Escuela de Policía. Aunque nunca lo logró, su terquedad terminó acercándolo a los otros aspirantes, que luego, ellos sí, se convertirían en policías y en sus "amigos". Digámoslo así aunque en realidad Giardina jamás tuvo amigos, sólo cómplices. Con el rinde de su trabajo de informante de la policía y de entregador para los "trabajitos" que sus "amigos" realizaban en el tiempo libre, Giardina se financió sus "estudios". En el secundario y en la universidad, con habilidad ratonil compró exámenes, sorteó prubas y extorsionó resultados. El fin de la primera juventud lo encontró como flamante abogado sumando aquel título malhabido a sus conocidas habilidades de soplón y entregador. Ahora reclutó entre su clientela a un sinnúmero de policías corruptos, erigiéndose en su defensor toda vez que fueron alcanzados por la Ley. Su actuación en los Tribunales y en su despacho no difirió en nada de su carrera de estudiante, también allí compró resoluciones, sorteó pruebas y extorsionó sentencias. Se dedicó además a desplumar a los incautos que osaron acudir a su consulta, maestro de promesas huecas, se convirtió en un pertinaz estafador procesal.

Pero a Giardina también le llegó su San Martín. Y le llegó en la forma de un juez honesto que lo descubrió y de un fiscal que, con obsesiva meticulosidad, desenmascaró toda su vida de embustero y usurpador. Como resultado del proceso al que fue sometido, en el que se presentaron como testigos hostiles no pocos de sus antiguos "amigos", fue a dar a la cárcel. Su casa y sus bienes rematados para indemnizar a sus víctimas, expulsado del Colegio de Abogados, destituído académicamente y abandonado rápidamente por la rubia que compartía con alegría su mesa y con disimulada repulsión su cama, el escenario donde representaba su histérico machismo.

Un Giardina destruido es el que hoy fue puesto en una libertad condicional que, pobre y sin recursos, lo ha dejado a merced de los muchos enemigos que se supo conseguir. Es este Giardina derrotado el que camina con paso lento hacia el muelle, llevando una soga en la mano, a quien no le llega, sino como una burla en sordina, la algarabía del pueblo que baila y festeja y ríe. Es este Giardina el que ata a un extremo de la soga la pesada piedra y el otro al breve cuello. Es este Giardina el que mira las negras aguas del río y piensa que más negro es su destino. Es este Giardina el que, estando a punto de arrojarse, siente una mano que le golpea la espalda. Se vuelve y lo que ve lo deja pasmado: Alto, como de dos metros, la piel de un rojizo subido, la capa verde, los ojos inyectados, patas de macho cabrío, dos prominencias le adornan la frente. Oliendo a azufre, el personaje le sonríe apoyado en su tridente mientras, a sus espaldas se menea nerviosamente una gruesa cola de ratón punta de flecha.

- ¿Qué vas a hacer, hermanito? -Inquiere el extraño con amabilidad.
- Me voy a matar.
- Pero ¿por qué? si la vida es linda, hay montones de burradas que todavía podés hacer.
- Dejame de joder -repone Giardina- la vida es una mierda.
- Estás equivocado, la vida es un puro placer. Te lo digo yo que tengo como dos mil años.
- Qué placer ni placer. Me sacaron el título.
- No hay problema, en lo que tarde en chasquear los dedos te lo devuelvo, aunque, si me hacés caso, ya no vas a necesitarlo.
- Además estoy en la ruina.
- ¿Eso te preocupa? Yo puedo hacerte más rico que Menem.
- Perdí mi casa.
- Te hago un palacio que hará que Buckinghman parezca una tapera.
- Me dejó mi mujer.
- ¿Cuántos años tenía?
- Cuarenta.
- Yo te habilito dos de veinte que te van a volver loco -remató el luciferino.
- Sí, ya sé. A cambio debo entregarte mi alma. Pero yo mi alma no la entrego -repuso Giardina con el último resto de dignidad que le había conferido la proximidad de la muerte.
- Pero no, querido. Eso ya no se usa -dijo mientras le pasaba una mano huesuda por el hombro y le ayudaba a quitarse la soga del cuello-. Eso hace ya mucho que no lo pedimos.
- ¿Ah, no, y ahora que piden? -Giardina estaba ya intrigado.
- Sexo -le respondió juguetando distraídamente con la punta de la cola.
- ¿Sexo?
- No sabés lo difícil que es para nosotros conseguir un poco de buen sexo, con esta pinta que tenemos.
- ¿Con otro hombre?
- Nosotros no somos hombres, somos ángeles. Los ángeles no tenemos sexo.
- ¿Quiere decir que si me dejo fornicar me vas a devolver el título?
- Exacto.
- ¿Y me vas a dar el palacio?
- Así es.
- Y la fortuna de Menem.
- Correcto.
- ¿Y me vas a entregar las dos de veinte?
- Por supuesto.
- ¿Y todo eso sólo por dejarme?
- Claro.
- ¿Cuántas veces?
- Una.
- ¿Seguro?
- Palabra de honor. Además tendrás mi amistad para siempre -dijo levantando solemnemente la izquierda peluda y mirándose como sorprendido las largas uñas.

Giardina cavila. La tentación es grande. El precio es alto, siempre sintió una especie de asco instintivo por los pederastas (como gustaba llamarlos). Pero más alto era el precio que estaba a punto de pagar por su derrota. Por otra parte, contando con este aliado, ¿qué no le sería dado conseguir? Se vio poderoso, rico, intocable y repentinamente se sintió lleno de vida y de alegría. Pero lo que en definitiva lo decidió fue que tendría la oportunidad para ejercer una terrible y dulce venganza sobre todos aquellos que le habían hecho mal. Giardina levantó la vista. La música y las risas de la fiesta popular le llegaron distintas, maravillosas, incitantes. La vida le daba una segunda oportunidad que no estaba dispuesto a dejar pasar, y aceptó. La prueba fue dura. Su nuevo "amigo" lo arremetió con todos los bríos de su demoníaca fuerza, mientras Giardina se aferraba al poste del muelle que humedeció con las lágrimas derramadas por su vencido orgullo de macho. La sesión pareció que nunca iría a acabar, pero Giardina la aguantó a pié firme y sin chistar y, sobre el fin, inconfesablemente, con algo de gusto, que no hizo sino intensificar la humillación.

Giardina está mareado. Su nuevo "amigo" acaba de retirarse. Lo oye acomodándose las vestimentas y recuperando el tridente. Se vuelve hacia él. No se siente seguro de nada. Una puntada húmeda le arde en el trasero. Sigue mareado, la visión se le ha puesto borrosa. Como puede se recupera. Su voz ha perdido la sonoridad que siempre le acompañó cuando pregunta...

- Bueno, ¿y ahora qué hacemos?
- Vos hacé lo que quieras. Yo me vuelvo para el Carnaval -contestó el diablo.

Cuento popular

Ernesto Mallo, argentina © 1998

emallo@ar.inter.net

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