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El amargo sabor de la cerveza

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I

El cielo, de un color denso y gris, que se adivina tras el amplio ventanal del despacho en el que me encuentro, amenaza con descargar un aguacero de un momento a otro. Y eso me tranquiliza. De esa manera, pienso, se notarán menos las lágrimas sobre mi rostro.

Salgo a la calle justo cuando el velo de llovizna que cubre el aire se transforma súbitamente en un chaparrón, convirtiendo el asfalto en un espejo sobre el que, durante un instante, se forma la imagen de la antigua fábrica de cerveza Skol. Ya no existe aquel magnífico edificio, claro. Mis recuerdos son más nítidos que la realidad en esta mañana gélida en la que mi pasado se mezcla con mi presente impidiéndome pensar y ver con claridad.

Aturdido aún, llego hasta el centro, que es, a esa hora, un mar de paraguas por el que navega mi memoria. Entro en una cafetería y me siento en una mesa rodeado de desconocidos que, a su vez, se rodean de bolsas comerciales. Estoy a punto de pedirle al camarero dos Skol, una para ti y otra para mí, cuando el aquí y el ahora se vuelven a adueñar de la situación y me contengo. Me conformo con una cerveza cualquiera y, al dar el primer sorbo, tu historia vuelve a pasar ante mí como en una película. Han transcurrido más de cuarenta años.

II

Antes de trasladarse a Ecuador –a la calle Ecuador, quiero decir– mi abuela vivía en la calle Real. Y tampoco es que fuera mi abuela, pero era lo más parecido a una madre que tuvo la mía, así es que yo la llamaba y la trataba como si lo fuera. Y ella hizo lo mismo conmigo.

En aquellos tiempos, yo, es decir, mis padres mis hermanos pequeños y yo, íbamos a visitarla cada verano y nos acomodábamos como podíamos en aquella casita que ya era pequeña para ella y sus hijos.

Con ella, solía ir al antiguo mercado de La Piedra. Yo estaba fascinado con ese lugar. El aroma del café de Brasil se mezclaba con el del queso que algún barco había traído de Holanda, o con el del jabón inglés Lifebuoy que, no sé por qué, a mi madre tanto le gustaba y solo allí podía encontrar.

Y lo mismo pasaba con los colores. Las mantelerías blancas de algodón portugués competían con el negro severo de los paraguas plegables o el rojo chillón de los primeros “transistores” que cabían en una mano y funcionaban con pilas.

Pero aún había otro motivo para que me sedujera acompañarla. En uno de los puestos, justo a la entrada del primero de los dos cobertizos en que estaba dividido el mercado, estabas tú. Para los turistas que pasaban, una chiquilla que ayudaba a su madre a vender el género, consistente, en su mayor parte, en tabaco, calculadoras, cintas de casete y otras mercaderías de dudoso origen. Para mí, una mujer que solía mirarme fijamente al pasar a su lado.

Como yo me convertí en un asiduo, pronto comenzaste a sonreírme y a saludarme al pasar. Yo ya no iba a La Piedra buscando colores, olores o sabores, sino tus ojos negros, tu sonrisa roja de amapola, tus mejillas lunares, tus manos como golondrinas que revoloteaban filtrando la luz y dando vida a la mañana.

Te hablé por primera vez una tarde lluviosa que yo había salido a dar un paseo. El viento soplaba muy fuerte tras de mí y me obligaba a caminar encogido y sujetando el paraguas casi por las varillas. Tú estabas refugiada bajo una marquesina y parecías esperar a que la lluvia amainara para salir a campo abierto. Me acerqué y, por tu forma de mirarme y sonreír, tuve la sensación de que me estabas esperando, de que habías convocado a la lluvia para poder tener ese encuentro. Poseído por ese absurdo convencimiento, te dije:
–¿Me estabas esperando?

Te reíste con ganas. Y, de pronto, dejó de llover.
–Bueno, esperaba a que escampara un poco para poder volver a casa –dijiste riendo aún. Miraste al cielo y continuaste–: y parece que ya he conseguido lo que quería.

Debiste notar la decepción en mi semblante, porque añadiste:
–Aunque podría volver a diluviar. Si quieres acompañarme, no me negaré. Es más, por el tamaño de tu paraguas, parece que no era yo la que te esperaba, sino tú el que me buscabas.

Estaba atardeciendo y, en el horizonte, el cielo, ya despejado de nubarrones grises, se había teñido de un naranja oscuro que, reflejado en mi rostro, disimuló algo mi rubor. Tratando de pasar por alto tu broma, solo acerté a decir:
–¿Dónde vives?
–En Taboada Leal. No sé si sabes dónde está.

III

Igual que en aquella tarde de verano en que te acompañé a casa por primera vez, la lluvia acaba por desaparecer y un espléndido sol de primavera se refleja sobre el suelo encharcado creando la ilusión de un río plácido por el que discurre lentamente la mañana. Ya en la calle, y sin un destino fijo, paseo por calles que me parecen ahora muy distintas a las que conocí tantos años atrás. La ciudad es ahora más luminosa, más limpia. Me parece que ya no oculta tantos secretos como entonces.

Al llegar al mercado, no puedo vencer la tentación de entrar y dejarme embriagar por los perfumes y tonalidades de la fruta, las especias, los embutidos… Acabo comprando un par de botellas de Albariño en una vinoteca que en nada recuerda a aquella tienda de suministros navales en la que mi abuela compraba el vino tinto a granel que luego mezclaba con gaseosa, inventando, sin saberlo, el tinto de verano.

Pensaba que no llevaba un destino fijo, pero, evidentemente, no es cierto, pues al salir del mercado mis pasos acaban por llevarme, casi sin darme cuenta, a Taboada Leal. A tu calle. Al portal de la casa en la que vivías entonces.

IV

No sabía dónde estaba Taboada Leal, pero te hubiera acompañado hasta el fin del mundo si me lo hubieras pedido. Y aunque no lo hubieras hecho. Así es que empezaste a guiarme por callejuelas oscuras, con olor a humedad y a cena inminente. Ya había anochecido cuando en nuestro camino se cruzaron, como fanales en una noche negra, el cine Tamberlick y la librería Librouro. Tú curioseaste la cartelera del cine, mientras yo hice lo propio con el escaparate de la librería. Mientras aún estaba pensando en los libros que me gustaría, pero no podía, comprar, tú llegaste hasta mí y me dijiste que reponían “El violinista en el tejado”. Me propusiste entrar y yo te dije que para mí era demasiado tarde, pero que podría avisar en casa para ir al día siguiente. Me sonreíste burlona y dijiste:
–No sé si eres demasiado niño, o demasiado listo.
–No te entiendo –Lo decía de verdad.
–Quizá solo estés pensando en una excusa para volver a verme mañana.

La verdad es que no se me había ocurrido, pero al pensarlo, me relamí por dentro.
–La verdad es que no se me había ocurrido.
–Está bien, vendremos mañana. Pero sin tonterías, que casi podría ser tu madre.
–¡Sí, mi madre! ¡Si casi seremos de la misma edad!
–No esperarás que además de permitir que un desconocido me acompañe a casa y me invite al cine, le revele mi edad, ¿verdad?

¡Invitarla al cine! ¡Pero si tuve que romper la hucha para pagar mi entrada!
–Anda, anima esa cara, que es broma. Tengo diecisiete y yo me pago mi entrada.
–No, si no es por eso… –No supe qué decir. Afortunadamente echaste a correr y tiraste de mí.

Cuando llegamos a tu casa, me miraste con tanta intensidad que me dio vértigo y me dijiste muy seria.
–Lo decía de verdad. No quiero tonterías. Solo quiero que seas mi amigo. ¿te parece bien?

No. No me pareció bien, pero ¿qué podía decir? Te dije que sí. Me diste un beso en cada mejilla y te despediste de mí hasta el día siguiente. Entraste en tu portal y yo volví a casa con un calor en el rostro y un frío en el corazón que no se me pasaron hasta mucho tiempo después.

V

Se hace la hora de comer y decido comprobar si todavía está abierto aquel bar de la Alameda en el que me hiciste degustar por primera vez el amargo sabor de la cerveza. Yo solo tenía catorce años, pero eran otros tiempos y a nadie le extrañaba ver a un par de críos tomándose unas cañas.

De camino, cruzo Ecuador justo a la altura de la casa en que viví una temporada con mi abuela, encima de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días. La casa sigue igual, pero yo no. Después de esta mañana ya no soy el mismo. Seguro que tú eras perfectamente consciente de que estabas reescribiendo mi historia. Y seguro que en algún rincón de tu alma te reías con la ironía del asunto. Pero, cuando yo vivía aquí, tú eras ya una amiga de la que, solo muy de tarde en tarde, recibía noticias. Nada más.

No tengo nada que hacer aquí, pienso. Nada me une a esta ciudad fría. Tú fuiste, sin que yo lo supiera, el único e invisible hilo que me ataba a ella. Pero sí me queda algo pendiente, así es que sigo, pero al revés, el mismo camino que hacíamos cuando, al acabar tu trabajo, nos reuníamos para tomar una cerveza, que siempre pagabas tú, y volver hasta tu casa.

La Alameda tampoco ha cambiado. El viejo edificio de correos parece haber rejuvenecido y las cafeterías de la zona tienen un diseño mucho más vanguardista y cosmopolita, pero el perfume de las magnolias y la palidez de las camelias en contraste con la umbría del parque, siguen siendo los mismos que se quedaron grabados en mi piel infantil.

Aquí me desgranaste tu historia. Y aquí, de alguna manera, comenzamos también a separarnos.

VI

Fuimos al cine al día siguiente y seguimos viéndonos tarde tras tarde. Yo te recogía al terminar tu trabajo en el mercado y de ahí, nos íbamos a la Alameda, al café del hotel Universal o a pasear por el puerto.

El primer día, después del cine, me preguntaste si alguna vez había tomado cerveza. Yo te dije que no y tú me contestaste que esa tarde la probaría y, además, el mejor bocadillo de calamares del mundo. Y era verdad. Me comí un bocadillo de calamares espectacular y descubrí la cerveza que, naturalmente, no me gustó. Pero me cuidé mucho de decírtelo o de hacer algún aspaviento que te hiciera notar lo que me disgustaba aquel amargor. Supongo que no lo necesitaste. Te echaste a reír con mi primer sorbo y me conminaste a beberme el resto de un solo trago. Así lo hice, me atraganté, hipé y casi vomito. Pero eso no llego a pasar y, poco a poco, me fui acostumbrando, hasta que me convertí en un experto.

Pero eso no ocurrió aquella tarde de iniciación que lo fue en más de un sentido. Poco antes de marcharnos, me contaste tu historia.
–Mis padres no son mis padres.
–¿Perdona?
–Me enteré hace poco. Mis padres, las personas con las que vivo, me acogieron cuando yo no era más que un bebé.

No supe qué decir.
–¿Alguien lo sabe?
–Al parecer, mi padre, el de verdad, era un personaje bastante influyente. Un miembro de la alta sociedad. Ya sabes.

No. Yo no sabía nada. Nunca había tenido el gusto de toparme con uno de esos señores. Y más bien me los imaginaba como príncipes austrohúngaros. Nada que ver.
–Estaba casado, pero tuvo un asunto con una chica muy mona que conoció en un baile, es decir, con mi madre. De ese asunto nací yo. Naturalmente, él no quiso saber nada, de modo que ella tuvo que cargar conmigo sola.
–Pero entonces, tu madre sí que es tu madre, ¿no?
–No. Mi madre encontró otro novio, uno que estaba soltero y que estaba dispuesto a casarse con ella. Pero pensó que se le pasarían las ganas si en el lote se incluía una chiquilla, así es que me entregó a unas monjas que, poco después, encontraron a una pareja que aceptó criarme y tomarme como hija propia.
–Entonces…
–Entonces, las personas con las que vivo son mis padres, sí, pero, no sé, a veces pienso que me gustaría conocer a los otros... –dudaste, como si te doliera decir lo que estabas pensando– a los que me abandonaron.
–¡Yo te ayudaré!

Ahí fuiste tú la que se atragantó, pero de la risa.
–¿Tú me ayudarás? ¿A qué?
–¿A qué va a ser? A encontrarlos. Alguna pista tendrás, ¿no?
–Sé que se conocieron en un baile en el Círculo Mercantil, pero…
–Ya sabes algo. Ya tenemos por dónde empezar.

Ya no te reías. La idea era disparatada, pero también la única oportunidad que tenías de encontrar a tus padres. Al menos, a tu madre. Después de todo, tu padre se desentendió de ti desde el principio y ni siquiera llegó a conocerte, consecuentemente, tu interés por él era menor.

De modo que, al día siguiente, fuimos al Círculo Mercantil. No sabíamos muy bien qué ni a quién preguntar. Acabamos eligiendo al camarero que nos pareció más viejo y yo traté de salir del paso.
–Hace más o menos dieciocho años, hubo aquí un baile. En él se conocieron un señor muy importante y una chica muy guapa. ¿Recuerda usted algo de eso?

El hombre ni levantó la vista de la copa que estaba secando.
–Lo que tú dices, pasó hace dieciocho años, hace diecisiete, hace dos y la semana pasada. Eso, aquí, es el pan nuestro de cada día.

Entonces, alzó suavemente la mirada, la fijó en ti y se puso muy serio.
–Y si no sois socios, es mejor que os larguéis de aquí inmediatamente.

Yo traté de agarrarme al único hilo del que creía que podría tirar.
–La mujer se parecía mucho a mi amiga. Seguro que la recuerda usted.
–Os he dicho que yo no sé nada. Y aquí no encontraréis a nadie que lo sepa.
–Entonces, ¿dónde podríamos buscar información?
–¿Dónde? ¡En el ABC! ¡Yo qué sé dónde!

Pero cuando salimos de allí, él seguía mirándote y parecía algo turbado.

En los días siguientes, volvimos al Mercantil, obteniendo respuestas muy parecidas de otros camareros. Fuimos al colegio en el que habías estudiado, tratamos de localizar a las monjas a las que tu madre te entregó, removimos, en fin, cielo y tierra, mar y arena, tiempo y espacio. Y todo ello, sin conseguir nada. En todas partes se nos cerraban las puertas. Muchas veces dándonos con ellas en las narices. Habláramos con quien habláramos, se negaba a recordar.

Un día me dijiste que estabas harta, que querías abandonar. Yo traté de insistir, pero tú fuiste tajante. No querías seguir persiguiendo fantasmas.

Yo no tenía ni idea.

VII

Y no la he tenido hasta esta mañana, cuarenta años después. Mi intuición era correcta. El camarero que con tanta atención te había mirado, conocía tus orígenes. Tú volviste a hablar con él una y otra vez hasta que su corazón se ablandó. Él había sido amigo de tu madre. De hecho, uno más de sus pretendientes. Nunca me dijiste nada, pero él te puso en la dirección correcta. Pero tú no quisiste que yo lo supiera.

Se acabó el verano y tuve que marcharme. Empecé el bachiller superior y luego la carrera. Aunque nos escribíamos de cuando en cuando, fuimos perdiendo el contacto. En realidad, solo yo lo perdí, porque tú seguiste escribiéndome cada navidad para desearme felices fiestas. Nunca supe cómo ibas averiguando mis sucesivas direcciones. Hoy he entendido que siempre tuviste interés por saber dónde estaba, por tener noticias mías. Y que las tuviste puntualmente, incluso aunque no fuera por mí.

Sin embargo, esta navidad no recibí tu felicitación. Me avergüenza decir que ni me di cuenta. Un par de meses después, recibí la llamada de un notario que me informó de tu fallecimiento y me pidió que fuera a verle. Me envió un billete de avión y reservó una habitación para mí. Y aquí estoy. Reviviendo mi historia contigo.

Epílogo

Ya no existe nuestro viejo bar. Como en una metáfora de mi propia vida, desaparece el último hilo que nos unía, aunque fuera de forma simbólica. Muy cerca, encuentro otro restaurante que me permite descansar, comer y despedirme de ti.

Es entonces cuando vuelvo a abrir el sobre que me dio esta mañana el notario y cuyo contenido él mismo me desveló. En él, hay varios documentos. Tu testamento, por el que me nombras heredero de todos tus bienes, extractos bancarios, papeles del registro civil, tu partida de nacimiento y una carta en la que, entre otras muchas cosas, me explicas cómo acabó tu investigación.

Pero no deseo releer ninguno de esos papeles. Solo quiero volver a mirar la vieja foto que incluiste en el sobre. En ella, una mujer joven y muy bella coge de la mano a una niña de poco más de un año que, sin duda, eres tú. Está hecha a la entrada de la calle Real, cerca del mercado de La Piedra.

Ya había visto una foto igual. En el mismo lugar. La misma mujer, vestida de la misma manera. Solo que quien da la mano a esa mujer tan bella, que es mi madre, soy yo.

Alicante, 11 de agosto - 12 de noviembre de 2014

José Ignacio Sendón García, España © 2018

nachosendon@gmail.com

José Ignacio (Nacho) Sendón es profesor de Física y Química en el instituto Jorge Juan de su ciudad natal, Alicante. En el año 1997 resulta finalista en el concurso literario organizado por la cadena de hoteles NH con su cuento “Ángel". En 2014 obtiene el accésit en el XXX concurso de cuentos “Villa de Mazarrón” - Antonio Segado del Olmo con el cuento “Sin palabras”. En el mes de enero de 2013 publica (mediante el sistema de autoedición) el libro Historias que llegaron con la lluvia, colección de relatos escritos entre julio de1980 y diciembre de 2013. Desde el año 2007 mantiene los blogs: “Lo que quisiera contarte”, “Qué he hecho yo para merecer esto”, “Historias que llegaron con la lluvia” y, en la actualidad, “¿A quién podría importarle?”. Ha escrito más de cien cuentos (incluida su participación en un cuento a cuatro manos) y otros tantos ensayos. Pero, sin duda, es en el cuento el género en el que mejor se desenvuelve. Para él, como para Marina Mayoral, “la novela es como un veneno lento, mientras que el cuento es un navajazo”.

Lo que el autor nos dijo sobre el cuento:
“El amargo sabor de la cerveza” relata el encuentro de dos adolescentes en la ciudad de Vigo de los años 70 del siglo pasado. Es sobre todo, un retrato nostálgico de cosas que jamás ocurrieron un una ciudad que ya no existe. Pero es también una descripción, casi costumbrista, de un pasado que bien podría ser la del propio autor.

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