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Festejo

Mamita dice que tengo buen gusto. Los gemelos de la camisa son verdes y combinan con el cuello. La primer copa de vino se la dedico a los elogios de mamá, a mi buen gusto y al color verde.

¿El queso roquefort es amargo o podrido? Las dos cosas. Es verde, como los gemelos, y es ideal para agasajar a algunos amigos un día de pileta. De este lado de Buenos Aires está haciendo un calor deshonesto. Me compadezco por los que lo sufren en Retiro, en La Boca y arriba de un taxi en la 9 de Julio y los invito a esta casona donde veraneo. Un capricho que se compraron mamita y Roberto, luego de que papá y ella se separaran.

Además de buen gusto, tengo vocación para organizar festejos. Dicen que eso se lleva en la sangre. Yo soy de los que creen que todos los días debemos vestirnos de rojo o amarillo, lustrar los zapatos y escuchar algún bolero mientras se despliega una mesa con fiambre cortado, algunas aceitunas negras y una botella de vino recién descorchada. Esta casa es ideal para cualquier tipo de evento. La construcción es de estilo colonial y cruza un mármol blanco con pisos de parqué muy oscuro en las seis habitaciones. En la planta alta además hay un altillo lleno de cactus con macetas de barro y un Winco para escuchar nuestra colección de discos de pasta.

Roberto es liviano, tiene el cutis graso y los poros bien diferenciados. El desearía tener más corbatas de las que tiene, pero nada lo conforma. Brindo por Roberto y sus corbatas con arabescos.

A veces juego a planificar y me canso. Desde que uno se levanta hasta que se acuesta tiene que pensar absolutamente todo, incluso que con este mecanismo obsesivo de vivir se está perdiendo algunas cosas. Eso también es parte del juego. Pensar una fiesta me agota, pero lo llevo en la sangre. Brindo por mi vocación.

Corto queso y lo sostengo con los dientes de adelante mientras renuevo la copa de vino. A esta hora la gente se hubiera divertido en la pileta y hubiera estado esperando una bandejita con arrolladitos dulces y un Martini.

Falta una hora para recibir a la gente. La bebida, bajo llave. Solo me molestaban los mosquitos y le pedí las llaves del auto a Roberto para ir al pueblo a comprar espirales. De ida manejé contento y escuché a Nino Bravo. De vuelta, me puse un poco ansioso por saber qué otra cosa iba a necesitar luego de que se fueran los mosquitos...

Estacioné detrás de un sauce llorón y antes de bajarme jugué a pensar en los primeros invitados. Caminé hasta la puerta del quincho y no pude entrar.

Si me apoyo sobre la silla, se cae. La mesa estaba flotando sobre la piscina con las patas para arriba mientras desde una butaca, tambaleándose de un lado a otro, estaba Roberto a los gritos pelados. Yo llegué media hora tarde y fue suficiente para conocer lo peor de la fiesta. Mamá, desnuda y boca abajo, tomaba sol sin lona que la protegiera de la cerámica hirviendo. Cuando me vio llegar se levantó sin pudor y me dijo que había hielo en la heladera.

Roberto encerró a los perros en el sótano para que no reprodujeran sus heces en la pileta. A mis perros les gusta nadar cuando hay invitados.

Recordaba exactamente cada una de las cosas que había acomodado de manera muy prolija minutos antes de sacar el auto. La mesa en el centro del quincho con un mantel blanco encima, seis sillas, los perros desatados, Roberto escuchando Jazz en la biblioteca de la casa, y mamá buscando un par de zapatos celestes que combinaran con su traje sastre color melón. Toda la bebida estuvo guardada bajo llave y las llaves conmigo, durante todo el viaje.

-Salí de ahí, mujer, que se te van a achicharrar los pezones -le dije.

Sin sacarme los zapatos, bajé la escalera de la pileta de natación y a los tumbos saqué la mesa. Una vez que las sillas la rodearon y encontré un mantel seco, me ocupé de Roberto. Sin miedo, le moví una pata de la butaca y se me vino encima. Cuando sentí el vómito sobre mi espalda, apunté su cabeza hacia el pasto y se la sostuve con el pie hasta la última arcada. Mamá se puso una salida de baño de toalla y al verlo en ese estado me alcanzó un tacho con agua para limpiarle la boca. Entre los dos lo llevamos al sótano, soltamos a los perros y usamos una de las correas para ponérsela al cuello y asegurarnos de que se quedara quieto.

-¿Qué carajo vas a hacer conmigo? -me preguntó mamá.
-Vos me obligaste -dije enseguida.

La mandé a dormir sin cenar y mientras llamaba uno a uno a los invitados para avisarle que se había suspendido el festejo, corté sobre una tablita de madera algunas variedades de queso muy salado y me serví un vaso de vino tinto. ¿El roquefort es podrido o amargo? Las dos cosas.

Alfredo Staffolani, Argentina © 2003

Alfredo Staffolani es argentino y vive en la ciudad Buenos Aires. Mientras cursa la última parte de la carrera de Ciencias de la Comunicación en la Universidad, colabora con algunos medios gráficos dedicados a la cultura, como la revista El Pasajero, Máscaras y Amantes. Su actividad literaria fue difundida por sitios digitales y revistas universitarias. Participó de talleres de escritura en la Universidad de Palermo, la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, y actualmente, con la escritora Alicia Steimberg. Le gusta leer a Bioy Casares, Juan José Saer, Silvina Ocampo, José Pablo Feinman, Marcelo Birmajer y la misma Alicia Steimberg. Además de escribir, no deja de ver diferentes propuestas en teatro y cine, siempre acompañado por sus amigos o su familia, quienes para él, son “una fuente de inspiración inagotable”.

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