Regresar a la portada

Finca Vigía

No, no manejes al suroeste, por esa carretera de Rancho Boyeros —esa te lleva a ver los aviones que salen de la isla. No son muchos. Parece que estamos encarcelados de una manera muy suave, rodeados de agua y ni manera de salir. Como me gustaría montarme en un DC-3 y salir volando. Sí, ya sé que no podemos, que no nos dejan. Eres tan realista. Hay que tener imaginación y volar por todo el mundo. Pero bueno. Pasemos al asunto. Maneja conmigo, salgamos de nuestra estrecha morada y viajemos hacia el sureste de La Habana por la Carretera Nacional. Y en nada estamos allí, son unos pocos kilómetros hasta el pueblo de San Francisco de Paula. ¿Ves que rápido llegamos? Sí, el crepúsculo es buen momento para salir y para llegar pues todos los gatos parecen grises, y nosotros también. Somos sombras, fantasmas, exhalaciones de la tierra. Todos se apartan de las sombras y miran cómo se hunde el sol dejando estelas de naranja y amarillo. Y así nos escurrimos.

A esta hora no se observan los absurdos colores de los framboyanes que rodean la finca. Ya no pueden competir con el crepúsculo. Son flores de día. Son como pavos reales que siempre quieren envanecerse con sus colores. ¡Qué aburridos! La noche es mucho más interesante —ese casi sin ver donde se disciernen los más oscuros momentos. Pero eso sí, nuestra labor es insólita. Quién lo pensaría. Es el momento de nuestra aventura ¿peligrosa? No sé qué decirte. En todo hay riesgo, y no tenemos tanto que perder. Y no me preguntes por qué vive en esta finca a tantos kilómetros del mar, aunque a él le encanta el agua, la pesca, las barcas. Esa es historia que no viene al cuento. Aquí estamos, en la Finca Vigía. Vamos andando, vamos por esta colina. Es la loma de Bacalao. No, no tenemos que trepar ni nada. Entremos por los jardines y sigamos este trillo marcado con palmeras —nos lleva a la casa. Esa casa que ves allí, toda blanquita como una sábana, ya tiene sus años. Nos la podemos poner encima y dirían que somos fantasmas. Sí, es una broma. Pero mira, ha pasado que sé yo cuánto de tiempo y la casa sigue en pie, y la gente que primero vivió aquí ya ha muerto. ¡Como son las cosas! Casas casi inmortales, pero sin saberlo, ruinas de lo que han sido y enigmas de lo que serán. Tú crees que nosotros somos enigmas también. Pues te lo agradezco. No pensaba tener tanta complicación dentro. Creía que lo mío era muy sencillo.

No vamos a poner pie en la torre. Que no está encantada ni viven vampiros en ella. La leyenda de que su último dueño se sentaba a escribir allí también es absurda. Se la construyó su esposa, bueno, una de ellas, creo que la última que se llamaba Mary, pero a él le gustaba la casa en sí. Esta finca la encontró otra de sus esposas, Martha, en 1939, cuando él vivía en La Habana, en el Hotel Ambos Mundos. ¿No te gusta ese nombre? ¿No te parece apropiado para nuestra pequeña aventura? Me refiero a Ambos Mundos y no al nombre de la casa. ¡Eres un ignorante y no me prestas atención y aquí te llevo en esta gran aventura! ¿Quieres saber más del nombre de la casa? Bueno.

Déjame decirte que él y Martha la alquilaron y luego la compraron, pensando que era el sitio idílico para sus amoríos. Él estaba entre esposas y la pobre Mary quedó fuera. ¿Te das cuenta de que tengo toda la información a mano? Soy tan listo que me voy a hacer periodista. Y, ¿ves que bien pronuncio el inglés? Esa te-hache me encanta, me encanta pronunciarla. Y lo hago tan bien: Martha, la muy tonta. Que no, que no te rías de mí. Tú no sabes ni palabra de ese endemoniado idioma; y no, no hablo como una ninfa ronca; y cállate, tampoco hablo inglés como jirafa atragantada.

Que no, que no nos están vigilando. El nombre de esta finca no tiene nada que ver con eso. Ni se lo puso él. Ya se llamaba así antes que se construyera la gran casa. Que no te miento. Es así. Lo leí en Bohemia. Sí, leo la revista de vez en cuando, sobre todo cuando alguien tira las revistas y los periódicos a la basura. Y recuerdas que hay un basurero muy cerca de donde vivimos. Está a dos o tres pasos, y podemos admirar los desperdicios de otros. Te aseguro que a nosotros no nos vigilan en pleno 1961 —y eso no puede decirse de todos. Si quieres que te asuste, te diré que antes de ser finca la Vigía fue cuartel del ejército… que sí, que fue cuartel de vigilancia como sitio estratégico en Guanabacoa. Aquí temían ataque a fines del diecinueve: por un lado los mambises, por otro los americanos. A ver quien trataba de echarlos y de tanta vigilancia vino el nombre de Vigía. Por fin un fuego acabó con el cuartel. No quedó nada, cenizas, ansias olvidadas.

Estás gruñendo, ya, ¡cállate! Que no te gustan las leyendas, pues a mí, sí. Que a veces tienen más realidad que lo que llaman por ahí la historia. Está bien, está bien. Te cuento. Una verdad es que la finca perteneció por décadas y décadas a una familia llamada Gárciga. Si, desde mediados del diecinueve y que tenía ese nombre por las bellas vistas desde la colina. ¿Contento?

Ya sé que es un dato sin importancia para nosotros. Ya vendrán los Yuris con sustanciosas explicaciones.

Entremos a la casa. Que no, que no tengas miedo. Está vacía y no hay espíritus que nos acechan. Está en blanco.

¿Por qué? Ya lo sabes bien…. Y ya sabes (suspiro) a qué venimos.

Poco a poco, por esta puerta. Por aquí, por este pasillo. ¡Qué torpe eres! Mira por dónde vas. No te metas en la cocina. Y peor todavía, no metas las manos en esa bandeja. Está llena de mangos podridos. ¿Es que no escuchas el zumbido de todas esas moscas? Zum, zum, zum, zumbabae. Estás en babia. ¿No hueles ya? Eres peor que un niño majadero. Has metido las manos donde no debes. Ni qué decir, eres peor que un perro sato y abandonado que mete su hocico en todo, en el fufu del otro perro con sarna. No es que no puedas ver en la oscuridad. Camina con tiento y cautela y ponte las manos en los bolsillos. ¿Qué te pasa? Que no, que no te lo digo porque nos vayan a ver, ni porque haya espíritus. Es que es mejor el silencio en estas cosas.

No me importa, te digo que no me importa que hayas encontrado en esa pared llena de moho fotos de su juventud en París con fulano, con mengano, con Gertrude Stein. ¿Y desde cuándo sabes tú quién es esa mujer? Y si te quieres hacer el culto, por lo menos pronuncia bien su nombre. La ge no se pronuncia como la de esa Gertrudis que se nos va para no volver, sino como la ge de gato, de gallo y de galleta. No tropieces con la mesita —está llena de botellas, algunas vacías, otras llenas, y otras a medio tomar. ¡Qué aroma! Más sabroso que el mar arremolinado; más delicioso que el humo de los centrales de azúcar. ¡Qué bien me acuerdo! Ni se te ocurra tomarte esa ginebra Gordon’s. Es su bebida favorita y te puede regañar. ¡Ay, mi vida, que no! Te digo que ni te sientes en ese sillón blanco, floreado al lado de la mesita. Allí se acurruca con sus libros. Que se va a enfadar cuando regrese. ¿Tú crees que hemos venido aquí a hacer turismo?

Que no son cadenas de fantasmas. Te digo que no, que esa máquina de escribir, esa Carrier, no está escribiendo por sí misma. Es uno de esos gaticos muy inteligentes que tiene él. A esas criaturas les encanta poner su pata en una de las teclas y escuchar el sonido que hace al tratar de marcar una letra. El miau y la tecla son como una rumba que se oye en el salón cuando el dueño no está en casa.

Que no, que no está en casa. Y que no va a venir tan pronto. Estamos a tres de julio y le llevará tiempo viajar. Sí, ya sé que puede haber salido ayer pero, para mí, que se quedaría en su casa de Ketchum unos días más. Y puede que ni quiera regresar aquí. Pero no me preguntes más nada. Tengo que concentrarme y recordar dónde está lo que buscamos. Que sí, que está aquí. Ya sé que encerró todos sus manuscritos en una bóveda de seguridad en julio del año pasado. Pero éste no. Este lo escondió, como escondía muchos otros. Primero los cubría con papel de celofán, luego los encubría con unas toallitas y los ponía dentro de un maletín. La cosa es, ¿Dónde está el dichoso maletín que dejó atrás?

Detente, detente (olfateando, tentando con las manos). Ya sé, está detrás de esa pared. Lo tapió todo como si fuera un cuerpo muerto, corpus delicti, que quería esconder. No me toques, no me toques. Tengo que meter la mano por allí y traspasar el muro. ¿Quieres ayudarme? ¿Qué tonterías dices? ¿Piensas que vives en el cementerio por casualidad?

¡Ya, ya casi llegamos! Que no me toques te digo. A ver, ¿Qué? Siempre te la pasas con preguntas impertinentes. Las cortinas se deben de estar moviendo porque hay brisa. Ya sabes, estamos en Cuba y aquí hay brisas tropicales. Qué tonto eres. ¿No sabes dónde vives? Que sí, que está muy oscuro esto. Pero, ya debes de estar muy acostumbrado a la noche, a los diferentes tintes de la oscuridad. Han pasado tantos años… ¿Qué te pasa? ¿Cuántos gatos? Pues cuéntalos y déjame tranquilo mientras me acerco al maletín.

Si no te callas, te juro que más nunca te traigo, porque sin mí nunca llegarías hasta aquí. No, no es que tengamos que venir más. Es por variar. Y nos han permitido esta salida. Ya estoy aburrido de nuestros compañeros en el cementerio de Colón. Ya sé que tú y ellos se divierten mucho tarde por la noche y por la madrugada con todos esos aullidos y sustos. Pero a mí me gusta esta casa. La recuerdo tan bien… bueno, basta de nostalgias y manos a la obra.

Ya estoy cansado de tu mieditis. ¿Cuántos gatos? ¿Trece? Bueno, puede que tengas algo de razón. Eso no me gusta. ¿Y con seis dedos en sus paticas? ¡Ay! Los habrá dejado para que guarden sus tesoros. ¿Se mueve otra vez la cortina? No me digas que hay un hombre con barba y con una escopeta detrás de la cortina, que no te lo creo. Estás alucinando. O puede ser uno de esos barbudos tan de moda hoy día que está vigilando la casa. No nos verá. Espera, que casi toco el maletín ¿Qué me dices? ¿Rodeado de gatos? Sí, los escucho maullar. ¡Ay! ¿Tú crees que nuestros guardianes lo intuían y por eso nos dejaron salir? (suspiro) Nunca hubiera querido esto. Bueno, voy a dar la vuelta y espero que todo haya sido alucinación tuya. ¡Ay, qué miedo! Que no, que no puede ser. Por favor Papa, no te queremos mal, mira que me arrodillo frente de ti y te suplico, por lo mucho que nos queríamos.

Sólo venía a recordarte, a recordar cómo eras. Ya sé que moriste ayer y quería ver el sitio donde hacíamos el amor. ¡Ay! Malvado, me has dado con la escopeta en la cara y mira que estoy sangrando, si eso es posible.

No, no me pegues otra vez, te lo pido por favor, amor de mi vida. Que no, que no me golpees. Sí, sí, sabía que el manuscrito estaba aquí, sabía que no lo habías llevado al banco, porque nunca podrías revelar esto. Nunca podrías hablar de nuestro amor. Quería… quería solamente leer lo que habías escrito de mí.

No, no me lo quería robar. No quería destruirlo ni que tú lo destruyeras. Es verdad que todos somos leyenda y la tuya es esa escopeta en la mano. No vamos a cambiar la leyenda por la historia. Papito, papito, sólo quería leerlo y recordar. ¿Me crees, verdad?

Mira mis lágrimas. Ya sé que estás algo aturdido. Eso de morir de repente lo mata a uno. Pero déjame en paz. No, por favor, no. No apuntes esa escopeta. Si disparas, me vas a echar a perder la cara. Ya veo ese agujero negro, tan negro como la noche. Que no salgan centellas y humo de él. Me estas hipnotizando con el leve vaivén de la fea escopeta. Veo que recoges mis lágrimas con su cañón. Espera, espera, dame unos minutos más, déjame que te vea un rato más.

Una pausa breve, ligera como el viento, pero que se lo lleva todo. Ese agujero, ese agujero es el punto del desengaño. Ya sé que no me quieres (sollozando), que quieres que desaparezca de tu vida; que deseas pretender que yo nunca he existido en este macho mundo. ¡Ay! ¡Ay! (llorando y riendo), ya comprendo mi propósito en venir aquí. Ya sé por qué me dejaron salir de Colón. No tenía nada que ver con el manuscrito; tenía que ver conmigo.

Ya estoy sin deseos, ya me puedo ir de aquí, de este mísero planeta; no tengo que estar esperándote en el cementerio. Adiós, amor. Si quieres, aprieta el gatillo —nada importa. Allá, tras el cristal, veo la media luna que me llama. La luz de sus cuernos abraza el cañón sombrío y amenazante de tu fálica arma. ¡Ji, ji! Que mal me siento. Ya te he ganado en esta batalla de almas. Ya no estoy en pena. Mi sombra va esfumándose, ¡qué raro, qué emoción, qué dolor, qué maravilla! Voy haciéndome nada y subo como el humo hacia el vacío de los cielos.

Espera, espera. Algo se queda atrás. Es como si parte de mi ser te encubriera con estrellitas. Es ese antiguo amor que queda contigo… ¿o es que te veo ya en las estrellas?

Frederick de Armas, Estados Unidos, Cuba © 2013

fdearmas@uchicago.edu

Ilustración de Enrique Fernández

Para enviar un comentario sobre este cuento pulsar [AQUI]

Para ver lo que los lectores han dicho sobre este cuento pulsar [AQUI]

Regresar a la portada