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Misantropía

I Antecedentes

Nunca he tenido queja de los médicos, la verdad. Sí, ya sé que muchas personas se quejan, yo creo que sin motivos, de la Seguridad Social, de los médicos, de los ambulatorios y de todo. Hay que ser paciente. No se puede pretender llegar a un sitio y que lo atiendan a uno enseguida. Además, por regla general, en los hospitales siempre hay gente que está peor que nosotros. El egoísmo humano. La mala baba humana. A mí nunca me ha gustado la sociedad, ni la gente, claro; no he sido más feliz que cuando he estado solo, y no he necesitado de nadie, o cuando he podido pagar los servicios que he requerido. Es muy triste depender de otras personas, y no porque uno sea egoísta o rencoroso, aunque tal vez lo sea, sino porque lo son los otros, y uno sabe que no hacen nada de buena gana ni con buena voluntad. Unos actúan bien porque se lo exige su fe, otros porque tienen más remedio que hacerlo, otros porque son parientes, y nadie porque una persona lo necesite. Yo no quiero depender de nadie. Por eso le dije a la doctora, estoy enamorado platónicamente de ella, que no me hiciera ninguna orden para que me pincharan en domingo: tenía que desplazarme a un ambulatorio que está lejos de casa, ya no tengo coche, y no me gustan los autobuses, ni los taxis, ni la gente. Pero, claro, nada de esto le podía explicar a la doctora. Me hubiera tomado por un idiota. Y para mí es importante que tenga una buena imagen de mí. Memeces de la edad. De todas las edades.
—¿Y qué pasará si el domingo no puedo ir a ese ambulatorio a que me pinchen?
—Haga lo posible por ir —me dijo—. Y si se encuentra mal, llame y que vayan a su casa.

No, todavía no ha llegado ese momento. Así que me levanté el domingo un poco tarde. Me levanté tarde porque a pocos metros de mi casa hay un local fallero. Estaban celebrando la noche de San Juan, y ya se sabe cómo se celebran aquí las cosas: poniendo ruidos, eso no es música, hasta altas horas de la noche, y con un volumen más que elevado. El aburrimiento de esta sociedad es tal que si no se molesta al vecino, no hay diversión posible. Es penoso. Me dormí muy tarde, maldiciendo a estos bestias y los bestias del ayuntamiento que permiten semejantes cosas. Me dormí muy tarde, y como todas las noches, maldita diabetes, tenía que levantarme cada dos horas para ir al servicio. Cuando me he despertado, ya de día,no tenía ganas de hacer nada. He recordado, sin embargo, que debía ir a pincharme. Me he duchado con agua fría. Me sienta bien. Cuando he salido de la ducha estaba lloviendo. Me gusta la lluvia. He salido a la calle, y me he mojado de arriba abajo. Hacía calor. Me he secado enseguida. Me he puesto a caminar, y no he cogido ningún taxi, ni ningún autobús. Me encanta pasear. Me he perdido, como siempre; y he llegado al ambulatorio más tarde de lo previsto. Pero nadie me espera, ni nadie depende de mí: no tenía ninguna prisa. Y me he encontrado tan bien que he pensado regresar a casa caminando, más que nada por pasar por un horno cuyo pan me gusta mucho, y por comprarme un pollo a la brasa: con esto tengo comida para varios días.

II El hombre propone y Dios dispone

Y así es como he llegado a esta situación. Cuando he llegado al ambulatorio volvía a llover de nuevo. Apenas había dos o tres personas haciendo cola. Vaya diferencia con los días normales. Había una señora un poco mayor que yo delante de mí. Tenía mala cara. Ahora la tiene mejor —humor negro. Se llama María, y la tengo tumbada aquí a mi lado. Creo que está muerta. Estoy esperando a que venga la policía, o una ambulancia, o los bomberos, o todos juntos. Ya no sé ni a quién he llamado. He cogido su móvil, y me he puesto a apretar teclas. Enseguida he recibido mensajes. Todos vienen hacia acá... Me han pinchado, como quería mi joven y bella doctora. He entrado en la sala, pequeña, fea y vieja, detrás de María. Cuando he salido, sin sentir dolor, estaba ella empezando a bajar las escaleras de salida del ambulatorio. Si no la hubiera sujetado se hubiese caído escaleras abajo. La he ayudado. Ya en la calle me ha preguntado si la podía acompañar a casa. ¿Es que no tienes a nadie que te acompañe? —he preguntado mentalmente, pero sin decir nada, pues siempre me he preciado de discreto y educado, por eso no me gusta la gente. La he acompañado dejándole mi brazo para que se apoyara en él. Hemos pasado por la panadería, y me ha hecho entrar a recogerle el pan, luego le he recogido un par de manzanas de una frutería, abierta los domingos, y me ha rogado, en la puerta del ascensor, que la ayudara, que no se encontraba bien. No sé. He temido alguna encerrona, aunque, claro, ni tengo veinte años, ni una envidiable pensión. He dejado mis manías y miedos de lado, y he subido con ella a casa. Le ha venido justo tumbarse en la cama. Antes de desmayarse, o de morirse, me ha alargado el móvil, y me ha marcado el número 1. Alguien, su hijo o su yerno, ha contestado de forma airada, y ha colgado. Ella, María, ya no me ha respondido. Entonces he marcado el 2, y el 3, y no sé si el 5 y el 6... Oigo ya las sirenas en la distancia. ¿Será la policía? ¿La ambulancia? ¿Está muerta? ¿Me detendrán a mí? No, no me arrepiento de lo que he hecho, pero qué putada, ¿no? Y al mismo tiempo estoy intrigado. Ahora veremos cómo responde la gente ante una situación así. No creo que nadie me acuse, a estas alturas, de un crimen pasional. No, ni siquiera se lo contaré a la buena doctora: no es una historia ni agradable ni interesante. Ahora ya no llueve. Hace un sol de justicia. Ojalá esta noche, esté donde esté, consiga dormir y descansar. ¡Pobre María! ¿Qué te ha pasado? Siento que haya sido un desconocido quien ha estado presente en tu traslado. Aunque visto lo visto, quizás haya sido mejor así. No, no me gusta la gente, ni la compañía. Prefiero, con mucho, la soledad. Envidio tu forma de morir. Creo que has tenido mucha suerte.

Vicente Adelantado Soriano, España © 2016

adelantado.soriano@gmail.com

Vicente Adelantado Soriano nació en 1952 en Caudiel (Castellón), España. Es doctor en filología española por la Universidad de Valencia, profesor de secundaria y bachiller, y director del grupo de teatro clásico.

Entre sus últimas publicaciones está “Breve introducción a los episodios nacionales, de don Benito Pérez Galdós”, publicada en la revista Isidora, donde también tiene publicados varios artículos sobre Galdós. Y la novela Los amores imposibles de Agustín Martínez, en la editorial Niram Art, Madrid, 2015. Publica regularmente en revistas electrónicas tales como Reeditor, Manos de tiza, Todas las artes Argentina, Letralia, etc. Últimamente está dedicado de lleno al estudio del latín clásico y de la filosofía senequista. Sin olvidar a Aulo Gelio y sus Noctes atticae.

Lo que el autor nos dijo sobre su cuento:
La narración trata de ser una ironía sobre la imposibilidad de vivir aíslado hoy en día. El personaje es un personaje solitario, que huye de la gente y, pese a todo, se ve involucrado en una historia de la que no puede huir, tal vez porque su misantropia no es sino un escudo frente a los otros. El lector juzgará.

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