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Bendito Dios, qué nombre

Juan Martínez Mayagoitia se retuerce, se enconcha al sentir otra gasa húmeda recorrerle la zona quemada de la espalda. El hombre de blanco se voltea para dejar la gasa que lleva con pinzas hasta una bandeja. De soslayo, Juan ve que flotan varias gasas; imagina con rencor que son peces muertos en líquido morado.

Pasaba por ahí y vio una serie de fotos, de las que colocan en la calle para atraer a la clientela, y una de ellas le recordó a su añorada mujer: el cuerpito de delfín y la melena hirsuta, solo que alebrestada y amarilla; las piernas regordetas. "Yessenia Forza," decía un cartelón viejo y manchado. Bendito Dios, qué nombre, se dijo con emoción. Serán los tragos lo que me hacen ver parecidos. Decidió entrar y ocupó asiento hasta atrás del foro.

Yessenia le daba un parecido distante a su mujer, quien había huido de su ternura hacía diez años. Ambos andaban en ese entonces por los cuarenta y cinco años y todavía se liaban con esos desfiguros de abandonarse. Llevaban quién sabe cuántas despedidas y separaciones y, por lo mismo, nunca cruzó por sus pensamientos tal enredo de parte de ella.

Fueron muchas noches sin sosiego. Mayagoitia juraba que aún la amaba. Lo decía y lo comentaba a todo aquél que le prestara unos minutos. Que forcejeó mucho con sus memorias y deseos quebrados que de a poco se le fueron extraviando; al fin se le hicieron piedra en un rincón de la memoria. Todavía se preguntaba el por qué de la huida. Se le habrá calentado el hornillón por otro, razonaba.

La segunda vez que acudió, notó que Yessenia lo miraba con insistencia; él, con disimulo, volteo para atrás: no había nadie. Como el otro viernes, serían unos ocho espectadores, pensó que hasta eran los mismos. Esto lo animó más; no sólo era la semejanza, él había sido mirado por ella. No era el Teatro Lírico pero su venerada actuaba de lo mejor. Mayagoitia se encantó cuando la vio emprender su rutina en el piso: tendida a lo largo, giró varias veces y se puso de pie, con dificultad, pero con insólita coquetería. Esta vez quién quite y le arrojaría un piropo entre cachondo y picaresco.

Estaba a la espera de que llegara el turno de Yessenia. Entre sorbo y sorbo de la botella se durmió. Lo hicieron saltar las estridencias de la música con que ella ejecutaba su acto. Cuando logró despertar del todo, ella estaba en el fondo del escenario a la derecha. Se colocó entre las piernas un pliegue del telón y volteó las nalgas hacia el foro, luego giró con gracia su cuerpito de delfín y con sus manos levantaba las chiches y las ofrecía a los asistentes; caminó hasta el borde del escenario y, de rodillas, se torció hacia atrás en una pose cachondísima. Luego se levantó un poco y, casi sentada en el borde del foro, inclinó hacia su costado derecho, tomándose la nuca con las palmas de las manos. Cuatro segundos frunciendo la boca: los besos a su fiel público. Mayagoitia ya se encontraba en la primera fila.

La piel de ella cambiaba de colores a cada momento en que atronaba la música. De súbito, él reparó en el dedo de ella que, en forma de gancho, lo incitaba a acercarse. Mayagoitia se aproximó alegre, excitado. Lo que escuchó hizo que se le precipitara la sangre hasta las piernas: qué haces aquí, desgraciado; sonrisas hacia el público, lárgate, no quiero verte. La voz, reconoció la voz. Era ella.

No supo cómo ahogó sus sentimientos, sus ganas de gritar la pasión acumulada estos años. Quizás fue la sorpresa lo que lo dejó pegado a la butaca. Lo único que le rebotaba en las paredes de la mente eran las palabras de ella. Se perdió en sus frases.

No se dio cuenta en qué momento acabó la rutina de ella, pero cuando volvió en sí, estaban apagando el alumbrado de la sala. Por su mente corrían recuerdos y escenas vividas, de ánimos ennegrecidos.

Cuando se apagaron las luces por completo, se deslizó a la parte lateral del teatro, como quien va al baño. Dio vuelta en otro pasillo y al fondo vio luz; sacó de su chamarra la botella de aguardiente, empapó su pañuelo rojo y le prendió fuego. Fue a donde la luz, llegó hasta la puerta entreabierta y arrojó el trapo encendido y después la botella; vio un resplandor y escuchó un grito. Cerró la puerta y la detuvo con violencia.

Esperó hasta estar seguro de que adentro se extendería el fuego. Escuchó gritos y golpes a la puerta por dentro. En sus ojos se quemaban los recuerdos. El fuego se expandió tan rápido que se encontró atrapado; corrió, pero algo que caía le golpeo la espalda. El mismo golpe lo arrojó al vestíbulo del teatro y alguien le ayudó a salir hasta la calle.

Ya pasaba de la medianoche. Se mezcló con varias personas que presenciaron, impávidos, cómo se consumió el viejo teatro. Al rato notaron las luces intermitentes de los bomberos y las ambulancias; él recordó la luz rojiza del interior del teatro mientras imaginaba cómo habría bailado Yessenia en medio de las llamas.

Antonio Fuentes, México, Estados Unidos © 2009

antonio_fuentes42@hotmail.com

Antonio Fuentes es un mexicano avecindado en Estados Unidos. Lector empedernido desde muchos años ha, un buen día se sintió desbordado por la literatura y empezó a crear sus propias historias. A decir verdad, se le fueron creando, como crece el pelo, ahí estaban, y sólo fue que empezó a plasmarlas en el papel y, después de un insistente trabajo de afinación, se atrevió a publicarlas.
Ha participado en varios libros de cuento con un texto en cada uno; en revistas literarias; espera publicar en breve un libro de cuentos.
Considera que en los países de América hispana, en la actualidad, no es posible ignorar la realidad y eso incide en forma poderosa en la creación literaria del momento.
Es gran admirador de los escritores jóvenes que avivan la literatura en América: Piglia, de Argentina; Samperio, de México; Garmendia, de Venezuela, etc. y, por supuesto, de los grandes maestros: Márquez, Rulfo, Cortázar.

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