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El domingo fusilan
a Januario Arenas

El hombre tomó un sorbo de su totuma de aguardiente y auscultó el cielo con calma. A la luz de la hoguera, él y sus cuarenta guerrilleros semejaban una banda de fantasmas enredados en la noche. Esperaban con paciencia la señal convenida para atacar la cárcel por sorpresa. Cuatro guerrilleros presos aguardaban su ejecución a manos del despiadado coronel español, Lucas González. La semana anterior habían fusilado a Antonia Santos Plata, una heroica guerrillera, tras la parodia de un juicio. Los españoles ya no estaban tomando prisioneros y querían acabar con los líderes para descabezar así la insurrección. Sin embargo, este hecho, lejos de amedrentar a los patriotas, había exacerbado su odio contra la Corona española.

La totuma circuló de mano en mano y cada uno tomó un sorbo simbólico del brindis por la libertad. Negros nubarrones amenazaban con descargar su ira cielo abajo y en la distancia se empezaba a oír el canto de los toches. El jefe de la guerrilla de Guayaca de Oiba oteó el horizonte y se quitó la capa negra que le cubría la cara, revelando el bien parecido rostro de un hombre de unos cuarenta años, de ojos claros y nariz aguileña. Januario Arenas se incorporó lentamente y con gestos precisos empezó a repartir a sus hombres por la colina que miraba al pueblo. Abajo, los cuatro prisioneros hacinados en una celda diminuta, yacían ateridos, con las huellas de la tortura recibida surcándoles el cuerpo. No habían querido confesar quién era el jefe de la guerrilla y el coronel González había dispuesto su fusilamiento en la plaza mayor para que les sirviera de escarmiento a los insurrectos y también para elevar la moral de sus propias tropas, recién derrotadas en Gámeza, Belén y Corrales.

-De ésta no salimos vivos -dijo Pascual del Espíritu Santo, uno de los prisioneros, con la poca vida que le quedaba entre los labios-. Pero de una cosa estoy seguro, ya sea que nos toque el cielo o el infierno, allí seguiremos peleando.

-Januario no nos abandona -le contestó una voz que ya parecía arrancada de este mundo. Era la voz de Isidro Bravo, un valiente guerrero santandereano, pequeño de cuerpo pero grande de alma, que le había encomendado el sufrimiento de su tortura a las almas benditas del Purgatorio, para que lo sacaran de allí con vida.

Pronto vendría el cambio de guardia y con él llegaría la luz del día. Las esperanzas de los dos hombres parecían esfumarse, ya que al toque de diana enfrentarían el pelotón de fusilamiento. Las gruesas paredes de la cárcel la hacían prácticamente inexpugnable ante un asalto y las pesadas cadenas que los ataban eran suficientes para impedirles cualquier intento de resistencia. Los otros dos prisioneros, embadurnados en su propia sangre, parecían haber pasado ya a mejor vida.

Isidro Bravo comenzó a rezar una vez más y Pascual del Espíritu Santo decidió unírsele en los rezos, a pesar de que hacía años que no visitaba una iglesia y a duras penas recordaba las palabras. Apenas empezó a orar sintió que una greda pegajosa le embadurnaba el pelo. En ese instante se escuchó en la calle un grito que cortó de tajo la calma nocturna. Uno de los soldados de guardia asomó la cabeza por una ventanita enrejada para ver qué pasaba y vio a una mujer vestida de negro que cargaba a un niño pequeño. La mujer iba lanzando desgarradores alaridos.

-¡Mi hijo, mi hijito, se me muere! ¡Dios me socorra! ¡Ayayay!

La mujer iba y venía bajo la lluvia que había empezado a caer y pronto toda la guardia estaba en la puerta, tratando de calmarla. Entre tanto, los hombres de Januario Arenas, con sigilo de gato de montaña, desentejaban el techo de la cárcel justo encima de la celda donde estaban los prisioneros. Los pedacitos de greda se convirtieron en terrones y los terrones en aguacero. Como si el Espíritu Santo en persona hubiera acudido ante sus rezos, los dos hombres vieron la luz del amanecer entrar por el techo de la celda. Y ante su sorpresa, el mismo Januario Arenas bajó por ese agujero, colgando de una cuerda.

Cuando la guardia española cayó en cuenta del engaño, ya era demasiado tarde. Los dos prisioneros que aún estaban con vida se habían esfumado como la oscuridad de la noche. La noticia se difundió de inmediato por Oiba y sus alrededores. El alcalde de Oiba, Cayetano Estrada, fue el primero en poner el grito en el cielo. La cabeza del jefe de la guerrilla ahora tenía precio. El siguiente guerrillero en caer preso en un encuentro entre la guerrilla y el ejército realista en los alrededores del cerro Pan de Azúcar, fue fusilado de inmediato en la plaza de Oiba. Se llamaba Patrocinio Salgar y no valió de nada pedir por él clemencia, pues la lucha era ahora del todo por el todo.

Pero el pueblo y la guerrilla tenían suficientes razones para tratar de derrocar el orden establecido. El alcalde extorsionaba e imponía multas a todos aquellos que poseyeran algún bien de fortuna, según él para sostener al ejército español. Pero la verdad era otra. Él y el gobernador español del Socorro se echaban al bolsillo lo recaudado, a lo que había que añadirle las bestias y ganado que rutinariamente confiscaban para la "causa de la guerra", que no era otra sino su propia causa. Cualquier ciudadano podía ser acusado de colaborador de las guerrillas y sus bienes ser entonces expropiados, si no es que además lo fusilaban. Y colaborador de las guerrillas era cualquiera que por caridad le diera aunque fuera una aguapucha a un guerrillero. Sin embargo, los guerrilleros tenían una gran ventaja: el anonimato. Por eso el alcalde estaba más decidido que nunca a encontrar quién era el jefe de la guerrilla.

A pesar de la represión, los españoles continuaron siendo derrotados en los pueblos vecinos a Oiba. La ejecución de Antonia Santos Plata, lejos de amedrentar a los patriotas, había aumentado su fervor revolucionario. En el pueblo del Socorro, las tropas españolas atrincheradas en dos cuarteles instalados en casas paralelas de dos pisos, estaban dispuestas a disparar hasta por el vuelo de una mosca ante las manifestaciones constantes que efectuaban en la plaza principal los patriotas. Y fue así como el alférez español Mariano Ruiz Monroy confundió a diez campesinos desarmados con diez guerrilleros al ataque, les dio la orden de alto y sus tropas les comenzaron a disparar. El pueblo del Socorro no se hizo esperar, airado por aquella ejecución a plena luz del día, y pronto había en la plaza más de 8.000 personas armadas de fusiles, machetes, palos y lanzas, dispuestas a tomarse los cuarteles. Los españoles se refugiaron entonces en un convento capuchino, confiando en que si no los salvaban las balas, los salvaría el milagro de algún rezo. Pero Dios hacía tiempo que había dejado de estar de su lado y allí mismo fueron arrestados el corregidor, los oficiales y la tropa, junto con 16 frailes capuchinos. Al saber de esta derrota, los españoles centraron el grueso de sus fuerzas en retirada en Oiba y el jefe guerrillero fue el primero en recibir la noticia.

Desde las montañas que dominaban el pueblo, Januario Arenas y un grupo de 80 guerrilleros, muchos de ellos provenientes de los pueblos vecinos, se alistaban para el audaz ataque. Esta vez se trataba de detener al batallón español de más de 500 hombres, allí acantonado, para que no pudiera partir rumbo al sur a darle apoyo al grueso del ejército español que se trababa en fieros combates con las tropas del Libertador, Simón Bolívar. El momento decisivo se acercaba y Januario Arenas sabía a ciencia cierta que si los españoles derrotaban a Bolívar, la causa de la independencia sería casi imposible de alcanzar. Los hombres de Januario Arenas tendrían a su favor un factor: la sorpresa. Esto les ayudaría a compensar por su inferioridad numérica y de armamento.

Januario Arenas sacó de su morral la totuma que lo había acompañado en tantas batallas y sonrió con aplomo, llenando a sus hombres de confianza. Para él, aquella era una totuma especial, no solamente había cultivado el árbol de totumo de donde la había cosechado, sino que su esposa había grabado en el fondo de la misma la palabra "libertad".

La totuma pasó de boca en boca y Januario brindó con sus hombres por la patria que estaban por recobrar. Le dio la mano a cada uno de ellos y sintió como suyas aquellas manos de labriego, labradas en tierra, esculpidas por el sol y por la lluvia. Juntos habían recorrido escarpadas montañas y cruzado torrentosos ríos para hostigar a los españoles donde menos lo esperaran. Januario se encomendó a la Virgen y les dijo a sus hombres:

-Más vale morir de pie que vivir arrodillados. Si uno de nosotros cae preso, preferiremos los tormentos de la tortura al deshonor de la delación.

Y no había hombre que no supiera que Januario hablaba en serio. El jefe de la guerrilla de Guayaca de Oiba ya había probado en combate que no le temía a la muerte y muchos pensaban que, por algún misterio, las balas españolas cambiaban de curso cuando le disparaban.

Amparado por el manto nocturno, el grupo se lanzó al ataque. Pronto un fogonazo les hizo saber que los españoles los estaban esperando. Los cañones enemigos apuntaban exactamente a los senderos por los que el grupo de guerrilleros tomaría para atacar el pueblo. Tenían que decidirse en un instante; retroceder significaba darse por vencidos antes de empezar la batalla. Januario Arenas habló con sus hombres más allegados y él mismo dio la consigna.

"¡A la carga!"

Ochenta hombres, firmes como una montaña, recibieron la orden y la cumplieron de inmediato. Pelearon con ardor toda la noche. A la madrugada supieron que sería imposible vencer la resistencia española. Había que retroceder o arriesgarse a ser masacrados en pleno día por el fuego enemigo. Las bajas habían sido altas y la guerrilla estaba siendo diezmada. Con voz seca, Januario dio la orden de retirada.

"Al monte todo el mundo. Cubramos bien la retaguardia".

Cincuenta y dos guerrilleros lograron confundirse con la tierra, reptando por caminos y atravesando ríos por puentes de piedra ocultos bajo el agua, que sólo ellos conocían. El pelotón español que salió a perseguirlos no pudo encontrar ni siquiera una guacamaya en qué descargar su rabia. Pero de un momento a otro las cosas cambiaron.

Un guerrillero preso, a punto de ser ejecutado, decidió tratar de salvar su vida delatando al jefe de la guerrilla. Al saber la noticia, el coronel González brindó con un vino añejo que había traído de España.

"Nada más ni nada menos que el hacendado Arenas. Tan devoto y tan beato y tan traidor el malnacido", dijo con un brillo maligno en los ojos, mientras preparaba a sus hombres para darle captura. Llegarían por la noche a su hacienda y lo cogerían encamado. El coronel González sabía lo que representaría para él acabar con aquella guerrilla y ya se veía desfilando con galones de general. "General Lucas González, héroe pacificador de la provincia de Santander". Qué bien le sonaban esas palabras. Se miró al espejo y se quedó quieto, como si estuviera posando para un óleo. El espejo devolvió la imagen de un hombre con mirada de gavilán pollero y con la cara recubierta por una espesa barba que ocultaba una larga cicatriz, recuerdo de sus combates en Europa contra las tropas de Napoleón.

Era una noche sin luna y sólo se escuchaba el canto de los grillos. Los soldados españoles se vistieron de paisano para no despertar sospechas. La casa de la hacienda estaba completamente a oscuras y comenzaron a rodearla. Sin embargo, en una habitación de la casa, alguien no podía conciliar el sueño. Gabriel Pinzón o "el indio Gabriel", como lo llamaban cariñosamente sus compañeros de la guerrilla, percibía un olor en el aire. Por encima del aroma embriagante de los borracheros en flor le llegaba un olor desagradable. Era el olor a sudor humano que tantas veces había percibido cuando estaba en combate con los españoles. Sus sentidos no podían engañarlo. Corrió a la habitación de Januario Arenas, quien dormía completamente desnudo en una cama. Lo despertó de golpe y le tendió un par de pantalones y una camisa, haciéndole señas de que se apresurara. Saltaron por la ventana trasera de la casa, pero el pelotón que los rodeaba se percató de que escapaban y salió en persecución apresurada. El río Tolotá estaba allí cerca; si lograban cruzarlo, estaban salvados. Corrieron como espantos perseguidos por la noche, hasta escuchar el canto del río que se arrastraba con fuerza por las entrañas de la tierra. Estuvieron a punto de lograrlo. Pero, a la orilla del río, un destacamento español los esperaba para detener su retirada. La delación había sido completa. Januario Arenas vio cómo un soldado español amarraba al indio Gabriel de pies y manos y lo arrojaba al río para que se ahogara. Sin embargo, el indio Gabriel no andaba solo aquella noche. Sin que nadie lo notara, otro patriota a quien apodaban el indio Ignacio, se sumergió en las profundas aguas del río y le salvó la vida.

Januario Arenas fue llevado preso poco después al cuartel que horas antes intentara tomarse. Allí fue recluido en un oscuro calabozo y por las primeras veinticuatro horas, todo lo que recibió de los españoles fueron patadas constantes que le dejaron maltrecho cada músculo del cuerpo. Al despuntar el alba del día siguiente, el coronel González hizo que lo sacaran del calabozo para interrogarlo personalmente. Allí estaban, frente a frente, guerrillero y soldado, patriota y realista, criollo y español, liberador y opresor…sin nada que los separara, excepto que Januario Arenas estaba maniatado y por su boca ensangrentada e hinchada apenas podía proferir palabra.

El español taconeó con sus botas recién lustradas y miró los pies descalzos y embarrados de Arenas, luego levantó la vista y contempló su cara amoratada. Se pasó la mano por la bien cuidada barba, lo miró a los ojos y con desprecio le lanzó un escupitajo en plena cara.

-Hacendado Arenas -le dijo con voz de sorna-, de día ciudadano honesto y de noche rata revolucionaria.

Januario levantó la vista, e impotente sintió la saliva del español chorrearle por la cara. Clavó su mirada de acero en la del coronel español y sin que éste tuviera tiempo a reaccionar le devolvió un sanguinolento escupitajo. Sólo sintió una vez cómo se le hundía en la carne aquella bota brillante, pues su mundo se convirtió en tinieblas.

Cuando el balde de agua se regó en su cabeza, Januario estaba soñando. Se soñaba en su hacienda, sembrando algodón y alimentando el ganado. Soñaba que su esposa, María Resurrección Lamo de Arenas, le daba un vaso de leche de cabra recién ordeñada y que él se relamía la espuma en su bigote negro y poblado. Pero no era leche de cabra lo que se estaba relamiendo. Era el agua apestosa que el alférez español le había lanzado a la cara. Abrió los ojos y se encontró con la mirada fulminante del coronel González. Escuchó su voz amenazante, fría y cortante como una barbera recién afilada.

-Aquí tenemos sólo dos opciones, hacendado Arenas, o confiesa quién más está con usted en la guerrilla o lo fusilamos.

Los golpes no habían servido para hacerlo confesar. Sabía que le habían roto las costillas a patadas y cada vez que sentía la puntera de acero clavársele en la carne, se encomendaba a la Virgen. En su agonía le había prometido que si salía vivo de aquel calabozo, le haría una capilla en su hacienda. Sin embargo los españoles también rezaban y para colmo de males le rezaban a la misma Virgen. Pero, en el fondo del alma, Januario sabía que la Virgen no escucharía los rezos de unos torturadores y asesinos.

Con una voz todavía firme, a pesar de las torturas y del dolor que le costaba hablar, Januario Arenas respondió:

-Sus balas no serán un castigo sino un premio; mi vida no vale nada comparada con lo que vale la libertad de un pueblo.

El coronel González se quitó sus guantes blancos y le pidió al alférez que le diera una pluma para firmar la orden. Hundió la pluma en el tintero y firmó un papel en blanco. Luego apuntó la pluma entintada al corazón de Januario Arenas y dijo:

-El domingo lo fusilamos. En la plaza de mercado, públicamente, para que todo el pueblo sepa quién manda aquí, si el ejército español o su guerrilla de mierda.

La noticia se regó como un barril de pólvora por todo Oiba.

"El domingo fusilan a Januario Arenas".

Cuando el padre Juan Nepomuceno Azuero Plata supo del fusilamiento, sintió que el alma se le salía por la boca. Se quedó como mudo contemplando el cáliz de plata que tenía entre las manos, le dio el último toque de brillo y con cuidado lo colocó en una urna. Luego se volteó a mirar al sacristán que le acababa de dar las malas nuevas y dijo:

-Le pediré una audiencia de inmediato al coronel González.

El padre Azuero Plata tenía una presencia imponente. De alta estatura, rosado, gordo y barrigón, más que caminar, parecía flotar envuelto en sus sotanas. Con sus sandalias resonando en la amplitud de los pasillos, se dirigió a la oficina del coronel González.

-Coronel -le dijo con voz de sermón dominguero- usted está a punto de ejecutar a un santo.

El coronel González abrió los ojos desmesuradamente, ya que no salía de su asombro y después soltó la carcajada.

- Padre Azuero, usted sabe que yo soy un ferviente católico, pero si de algo no me arrepiento en esta vida es de haber ejecutado ya a 149 subversivos. Con él serán 150 y sabe el cielo que todavía me quedan por delante muchos más.

El padre Azuero se sacó una camándula del pecho, besó el Cristo y con el mismo le dio la bendición al coronel González.

-Perdónalo señor, porque no sabe lo que dice. Recuerde coronel González la historia de Daniel en el foso de los leones. Condenado a muerte por Darío por el delito de orarle a Jesucristo, fue arrojado al foso de los leones y los leones no lo tocaron. Luego sus acusadores fueron lanzados al mismo foso y fueron devorados.

-Padre Azuero -dijo el coronel González alisándose mecánicamente la barba- ¿insinúa acaso usted que Arenas va a salir vivo y que yo voy a ser el fusilado? Guárdese esos cuentos para escarmentar al pueblo ignorante en sus sermones del domingo. Ah, y hablando de domingo, acuérdese que la ejecución está programada para las diez de la mañana. Puede bendecir a Arenas ese día con esa misma camándula.

-Estaré ahí sin falta -respondió secamente el padre Azuero y sin despedirse salió de la pieza que le servía de oficina al coronel González. El eco de un rosario rezado en latín resonó por toda la casona convertida en cuartel por los soldados del imperio español.

Y a ésta le siguieron más audiencias implorando clemencia para el cautivo, pero de nada valieron, pues la decisión del coronel González era inapelable. "Su muerte le servirá de escarmiento a los desgraciados que como él, osen alzarse en armas en contra del rey", fue la única respuesta que de sus labios oyeron los amigos y familiares de don Januario Arenas. Incluso su esposa, María Resurrección, decidió apelar a los sentimientos humanitarios del coronel. De unos treinta años, de cabello negro y rizado y con una cara que irradiaba una plácida ternura, doña María Resurrección ingresó dos días antes del día señalado al despacho de González.

Apenas la vio entrar, el coronel González sintió por todo el espinazo el impacto de su hermosura y pensó que sería la viuda más bella de toda la comarca. Fijó la vista en aquella boca, que de sólo contemplarla ya le sabía a vino, y al saludarla sintió entre las suyas una mano suave como el cuello de una garza. Recorrió con su mirada las cascadas de su pelo y sintió en lo profundo de su ser la falta que le hacía estar con una hembra. Sin pensarlo dos veces se dirigió entonces a su armario y sacó la botella del vino que guardaba para ocasiones especiales.

-Gusta usted una copa -le dijo mirándola a los ojos y acariciando repetitivamente la empuñadura de su sable.

-Ésta no es una visita social, coronel González. Vengo a suplicarle que le perdone la vida a mi esposo.

-Sería más fácil escuchar su petición si esa mirada tan bella no estuviera tan llena de odio.

-No es odio, coronel. Es amargura…

El coronel avanzó lentamente hacia ella. Se acercó tanto que pudo percibir la dulzura de su aroma.

- ¿Y qué estaría usted dispuesta a dar por la vida de su esposo?

Ella retrocedió un paso y lo miró con altivez.

-Le daría gracias al cielo y a la Virgen por hacerle recapacitar a usted acerca de esta locura.

El coronel González sintió la respuesta como si fuera una bofetada en pleno rostro. Retrocedió y, desenvainando el sable, lo apunto al aire y dijo:

-Reciba desde ya mis condolencias, señora viuda de Arenas.

***

La pesada puerta del oscuro y maloliente calabozo se abrió con un crujido exagerado, como si también a ella la estuvieran torturando. Una luz mortecina dejó entrever sobre el piso de tierra el cuerpo agarrotado de Januario Arenas. Los soldados de guardia le dieron la orden de que saliera y él intentó incorporarse, pero en un principio las piernas no le respondieron.

-Sáquenlo de ahí aunque sea a patadas. Que se lave y que se ponga una muda de ropa limpia -bramó un sargento dándole al preso una mirada llena de desprecio.

Desde el amanecer, por ser día de mercado, la plaza se había estado llenando de gente. Puestos de frutas y verduras y de aves y de carne res le daban colorido a aquel día gris y fatídico. Las campanas de la iglesia habían repicado desde temprano y el padre Azuero había dicho una misa dedicada a Januario Arenas.

A las diez en punto se escuchó el redoble de tambores y por la Calle del Chispero se vio venir marchando a un pelotón de la guardia española. La gente se asomaba a los balcones y los gallos cantaban en la plaza. Justo al lado de la iglesia, contra la pared de una casa abandonada, se llevaría a cabo la ejecución. Con la mirada en alto, descalzo y vestido completamente de blanco, marchaba Januario Arenas en medio de los soldados de la guardia. Su rostro maltratado denotaba el sufrimiento de que había sido víctima. Cojeaba un poco al caminar pero iba a dejando a su paso aquel sentimiento contagioso de que está hecho el heroísmo. La plaza de Oiba jamás había estado tan llena de gente ni tan rodeada de soldados españoles por sus cuatro costados. El coronel González no quería sorpresas. Bajo la sombra plácida de un samán centenario, Januario Arenas sería ejecutado.

Por el extremo opuesto de la misma calle y en dirección contraria, avanzaba otro grupo encabezado por el padre Azuero. Hombres, mujeres y niños marchaban rezando entre el incienso que iba dejando el padre Azuero y el batir de las camándulas. María Resurrección Lamo de Arenas se cubría el rostro con un manto de encaje negro para ocultar sus ojos náufragos en un mar de lágrimas y en las manos llevaba un solo clavel rojo del jardín que ella y Januario cultivaban. Por un lado de la plaza se escuchaban los tambores de guerra y por el otro las letanías cantadas.

Los dos grupos llegaron junto al samán y Januario Arenas fue conducido frente a la pared, desconchada ya por otras balas. Allí pidió que no le vendaran los ojos, como era costumbre, decisión que le fue respetada. El padre Azuero se acercó a él, y juntos rezaron un avemaría. Luego el padre Azuero se sacó la camándula del pecho y lo bendijo con el Cristo. Acto seguido colgó la camándula alrededor del cuello de Januario.

Januario miró al padre Azuero, pero de sus labios resecos no salió ninguna palabra. Luego buscó a su esposa entre la multitud que lo observaba. Ella se descubrió el rostro, y el clavel y su boca se volvieron un beso de pétalos, que como bocas rozaron los labios sedientos de Januario.

Seis soldados se pararon frente al condenado, tres de pie y tres arrodillados. El coronel González, vestido en su uniforme de gala, desenvainó su sable y con él en el aire se dirigió al pelotón de ejecución y dio la orden.

"¡Apunten, disparen…fuego!" El sable descendió con la fuerza de una guillotina. Seis dedos se doblaron sobre sus gatillos. Januario Arenas cerró los ojos esperando las seis balas que le arrancarían la vida de su cuerpo. Cientos de personas esperaron el resonar de la pólvora al reventar sobre las balas. El coronel González esperó ver la camisa blanca florearse de rojo y el cuerpo de Arenas caer como un fardo más en medio del mercado. María Resurrección Lamo de Arenas miró furtivamente al padre Azuero, quien se alistaba a levantar sus manos hacia el cielo, y esperó a que todo terminara.

Pero los fusiles se negaron a soltar sus balas. Por más que apretaban el gatillo, los fusiles no disparaban.

El padre Azuero, con las manos ya en el aire, cayó de rodillas y mirando al cielo gritó:

-¡Milagro, milagro! ¡Gracias, Señor mío!

-Y cientos más de rodillas cayeron al suelo y cientos y cientos de brazos se elevaron hacia el cielo y la multitud enardecida continuó gritando:

"¡Milagro, milagro!"

María Resurrección miró a su esposo y adivinó en su rostro el alivio de aquél que ha resucitado.

El coronel González se vio rodeado de un enjambre de gente que gritaba que le perdonara la vida a Januario Arenas.

El padre Azuero apartó a la multitud con el retumbar de sus pasos, se acercó hasta donde estaba el coronel González, e hincándose de rodillas dijo:

-Perdónelo usted, coronel González, que hasta el mismo Dios ya lo ha perdonado.

El coronel González, temeroso de que el pueblo enardecido se fuera a las armas, exclamó:

-La ejecución queda aplazada hasta nueva orden.

El mercado se llenó de gritos de júbilo. El rostro de Januario Arenas se iluminó de alegría y entonces sintió que de su boca se desprendían cientos de pétalos rojos y que se volvían a posar en el clavel deshojado que sostenía su esposa.

Más tarde, Januario se enteraría de quién había sido el autor intelectual de aquel milagro. Todo había empezado con el padre Juan Nepomuceno Azuero Plata, cuyo lema era: "A Dios rogando y con el mazo dando". Religioso de día y consejero de la guerrilla de noche, el padre Azuero había decidido salvar a Januario Arenas fabricando un milagro. Sabía que uno de los soldados de la guardia estaba perdidamente enamorado de una sobrina suya, Milagros Azuero Ramírez, y a través de ella le propuso al soldado que fuera parte del milagro, por lo cual sería monetariamente recompensado. La misión del soldado consistía en mojar la pólvora de las balas asesinas y depositarlas de vuelta en los fusiles del pelotón que ejecutaría a Januario Arenas. El hombre dudó en hacerlo en primera instancia, pero temiendo perder a su amada y con el incentivo en oro que le estaban ofreciendo, dio su brazo a torcer. El secreto del milagro debía ser total para que los españoles no se enteraran de lo que había pasado con las balas y para que el pueblo actuara como si en verdad estuviera presenciando un milagro. Ni la misma esposa de Januario Arenas supo del asunto antes del hecho.

No habían pasado sino unas cuantas horas desde la fallida ejecución, cuando un correo del ejército español ingresó jadeante a Oiba y de inmediato fue recibido por el coronel González. Las fuerzas españolas habían sido derrotadas en la batalla del Pantano de Vargas, y el virrey Sámano solicitaba refuerzos de inmediato en Tunja para detener a Bolívar, cuyas tropas amenazaban con tomarse a Santa Fe, la capital.

En un abrir y cerrar de ojos, González alistó sus tropas y dejando atrás una pequeña guardia, se encaminó hacia Charalá, para seguir de allí a Tunja y unirse a las tropas de Barreiro.

Poco después de la partida de González y del grueso de su ejército, otro correo español hizo su entrada al pueblo, atravesó la plaza y gritó a la puerta de la guarnición:

-Abrid las puertas, que traigo órdenes del coronel González.

Las puertas se abrieron de inmediato y los escasos guardias que quedaban fueron fácilmente subyugados por un grupo más numeroso de guerrilleros. El correo no era otro más que el indio Pinzón, quien disfrazado de español venía a liberar a Januario Arenas.

Entre tanto, el coronel González había llegado a Charalá, donde pernoctaría con sus tropas para seguir a Tunja. Sin embargo, en Charalá, más de dos mil campesinos mal armados lo acorralaron en el pueblo. A ellos se unió en el curso de la noche la guerrilla de Oiba, con Januario Arenas a la cabeza. Fue una cruenta batalla que duró tres días. El pueblo quedó destruido y más de trescientos muertos cubrieron las callejuelas de piedra. Finalmente, los españoles arrasaron hasta con el templo, donde se habían refugiado numerosas personas en busca de asilo. Al final del tercer día, cuando los patriotas dispararon su última bala, las tropas de González se abrieron paso y rompieron el cerco. Cuando González llegó a Tunja, supo que todo había terminado. Barreiro había sido derrotado y hecho prisionero mientras esperaba refuerzos. Era el 8 de agosto de 1819. El día anterior se había sellado la independencia de la Nueva Granada.

De vuelta en su hacienda, Januario Arenas cumpliría su promesa y erigiría una capilla en honor a la Virgen. El padre Juan Nepomuceno Azuero Plata sería el primero en celebrar allí una misa y también una boda, la de su sobrina con aquel hombre que había traicionado a su rey para ganarse una esposa. Y Januario Arenas viviría el resto de su vida convencido de que la vida de por sí era un milagro y que además, a él la vida le había encimado otro milagro: su propia resurrección ante un pelotón de fusilamiento.

Mario Lamo Jiménez, Colombia © 2000

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