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Justo a la medianoche cantó el gallo pinto y con ese canto empezó el resto de mi vida. Sé que la abuela Julia también lo escuchó cantar, porque al otro día me dijo que por qué no hacía un sancocho con ese "tenor de los infiernos". Yo no le puse bolas porque no creía en agüeros de ancianas y me fui a abrir la tienda.

Una mula con una carga de panela, arriada por don Silverio Carmona, venía con el primer pedido del día. Don Silverio era un verraco para los negocios y a pesar de que ya tenía su buena finca, todavía arriaba sus mulas por cualquier trocha que le tocara. Saqué la llave y abrí la puerta para recibirle la carga, y como venidas de la nada, un par de mariposas negras me revolotearon por encima del sombrero. Don Silverio las vio dentrar y trató de ahuyentarlas con el machete, pero las muy malignas se me instalaron en el quicio de la puerta. Le pagué la panela y vi cómo se iba persignando calle arriba.

Al mediodía me fui a aplacar la gurbia donde mi tía Pastora. Ella era la maestra de kínder del pueblo y a los 75 años seguía tan soltera y tan casta como el primer día que llegara a este mundo. El almuerzo siempre era el mismo: arepita con fresoles y mazamorra con leche. Mientras mi tía pelaba el pan, porque no se comía nada que hubieran tocado las manos de un hombre, me dijo algo que me puso la carne de gallina.

"Eleodoro, un conocido se va a morir porque anoche estuvo deshaciendo los pasos por la sala de la casa. Lo escuché patentico, entrando por el corredor y sentándose en esa misma silla, como si llegara a almorzar".

Los granos de maíz de la mazamorra se me atragantaron de inmediato en el guargüero. Tres anuncios de muerte en menos de 24 horas eran como para morirse del susto. La miré a la cara pensando que me estaba jugando una broma, pero su rostro serio de virgen de iglesia me convenció de lo contrario. Sin siquiera terminar la mazamorra me despedí, alegando que tenía una cita atrasada. En vez de abrir la tienda por la tarde, decidí más bien ir a confesarme porque la cosa parecía que iba en serio y yo para alma del purgatorio no servía. Por el camino a la iglesia comencé a pensar de qué diablos podría yo morirme. De viejo no podía ser porque sólo tenía treinta y seis años, tampoco me podría caer jumado de un puente porque al guaro yo no le hacía y cuentas tampoco tenía con ningún marido celoso porque a la finada Eloísa le había sido más fiel que la mula Trina a don Silverio. "Muerte repentina" pensé, es de lo único que se pueden morir los sanos.

Cuando dentré a la iglesia, le confesé al padre Paz mis pecados y mis temores.

"Le juro padre que la balanza me la vendieron ya alterada y que he deseado a la mujer del prójimo, pero porque ella a mí también me deseaba".

El padre Paz bregó por cuadrarse la caja de dientes en la boca y como mordisqueando una mogolla, me dijo:

"El peor pecado que has cometido no ha sido robar a tu clientela por diez años ni morbosearte con la vecina de al lado sino creer en esos estúpidos agüeros".

Salí de la iglesia como si fuera un hombre nuevo. Agüeros, todo eso no eran sino agüeros de ancianas supersticiosas, me repetí una vez más para convencerme. Para celebrar que ya no me iba a morir, decidí abrir la tienda y echarme una agria. No habían pasado tres minutos cuando entró una de las hermanas Patiño, la chismosa que vivía en la Calle del Embudo, dizque para comprarme medio litro de aceite, cuando sabía que el aceite se me había agotado. Me miró a los ojos como si estuviera mirando ya a un difunto y me dijo: "Nos faltó tiempo para hablar en esta vida" y se fue calle abajo, taconeando tan duro, que ella sola parecía toda una procesión de Viernes Santo. Y así siguió la romería de gente que me llegaba a comprar cosas que yo no vendía y a darme un pésame disimulado, sin darse cuenta de que el pésame lo estaban dando por un vivo. No me pude aguantar más. Cerré la tienda y me fui para donde mi prima, Alba Arango, para que me resolviera de una vez por todas el misterio de si me iba a morir o no, antes de que me matara la zozobra. Yo nunca había creído que ella en verdad supiera leer las cartas y me parecía que todo lo que decía era producto de su propia fantasía, pero, ¿a quién más le podría preguntar uno de qué se iba a morir sino a alguien que leyera el futuro, así fuera un futuro inventado?

"Eleodoro, Eleodorito, te estaba esperando", me dijo mientras se acicalaba una peluca negra que usaba cuando leía las cartas. "Ya todo el pueblo sabe que tu tía Pastora te oyó deshaciendo los pasos, que te visitaron las mariposas negras de los difuntos y que el gallo pinto cantó anunciando tu muerte. Y yo sé que venís a que te diga de qué vas a morir, pero que no vas a creer en las palabras de esta vieja. Pero, partí la baraja con la mano derecha si querés saber el futuro, porque las cartas no engañan" me dijo de saludo y yo, atortolado, tomé asiento y con mano temblorosa acaricié la baraja grasienta y casi transparente por el uso. Ella repartió las cartas en siete grupos de tres cada uno, las puso boca abajo y sin perder por un instante la misma mueca que dejaba entrever una sonrisa, levantó la primera carta. Era un amenazador as de espadas. Le vi el filo a la espada y de inmediato pensé "me van a matar de un machetazo, el carnicero se va a enloquecer y me va a cortar en dos cuando vaya a comprarle la lengua del sábado..."

"Aquí veo malas noticias, posiblemente una muerte en la familia, tal vez por una enfermedad grave".

"¿Muerte en la familia?", pensé, "claro, si uno es familiar de uno mismo, me está leyendo mi propia muerte".

"No te me asustés, que la carta que sigue puede borrar el efecto de ésta", dijo levantando la siguiente carta con sus uñas rojizas como pétalos largos.

"Diez de espadas. Carta de mala suerte. Cuando sale junto a una carta mala, el mal será el doble".

"¿Será que me voy a morir dos veces, Albita?", le dije para tentarla.

"Por suerte nadie se muere la víspera", me contestó ella, levantado la tercera carta. Ante mi vista apareció un nueve de espadas que de lo puro gastado ya parecía un ocho.

"Vas a pasar muchas noches incómodas, sufriendo de divagaciones nocturnas...", dijo lista a seguir leyéndome mi mala suerte. Entonces le dije que no quería saber nada más. La muerte se iba a joder porque yo le iba a salir adelante. ¿Nadie se muere la víspera? "No habré yo de ser el primero", me dije.

De ahí salí derechito para donde el mejor carpintero del pueblo, Bernardo Jaramillo, un solterón empedernido y amigo de la familia que hacía 40 años había pretendido a mi tía Pastora. "Vengo a que me tomés las medidas porque necesito un ataúd para mi entierro", le dije con la naturalidad con que le había encargado una mesa, meses atrás. El hombre casi se machuca un dedo con el martillo que sostenía en la mano al oír mi pedido. Pero era obvio que ya todo el pueblo estaba enterado que me iba a morir, porque se sobrepuso rápidamente y sacó un metro para medirme.

"El ataúd lo quiero bien acolchonadito, porque no me gusta dormir en cama dura, y si va a ser una eternidad, mucho menos", le dije y luego añadí, "tiene que ser de caoba, porque muerto que se respete no se va al otro mundo entre cuatro guaduas amarradas con bejucos". Con las medidas tomadas, saqué un fajo de billetes y me dispuse a pagarle.

"Tranquilo Ele, que mucha es la cerveza gratis que he tomado en tu tienda y esta ronda corre por mi cuenta", me dijo rehusando mi dinero. Entonces, con un disimulo mal disimulado, me preguntó:

"¿Para cuándo lo quieres?"

"Mañana vengo a probármelo".

Le di las gracias y me fui directamente para la casa cural, para darle al padre Paz los detalles de mi entierro.

"Quiero una misa simple, padrecito y sin mucho berrinche, porque nada más desagradable de que fuera de estar muertos, veinte viejas desocupadas lo anden berriando a uno. La misita corta, lo mismo que el sermón, porque usted sabe padre cómo soy yo, que hasta de muerto vengo y me le duermo y a usted no le gusta que le ronquen en la misa. De una vez le pago la misa y le encimo la limosna, para que nadie diga que Eleodoro Arango era un muerto tacaño. Y eso sí, padre, ya sé que no hay muerto malo, pero no se le vaya la mano alabándome, porque mejor que lo alaben a uno de vivo y no de muerto, porque, ¿de qué le sirven esas benditas alabanzas al muerto?", le dije al padre pagándole de antemano sus gentilezas. Para despedirme le dije: "Bueno padre, nos vemos en mi entierro y que Dios me lo bendiga".

Listos el ataúd y la misa de entierro, me fui a la notaría pública a arreglar mi testamento. Allí estaba don Néstor Jiménez, el notario, fumándose un pucho que no soltaba ni para ir al baño, peleando con una resma de papeles para parecer ocupado. Viéndole su traje brillante y raído, me dije "otro solterón que no tiene mujer que le arregle la ropa". Entonces caí en cuenta de que en este pueblo no se casaba nadie y que los casados no teníamos hijos. "Terminaremos extinguiéndonos como los guatines", pensé embebido. Me sacó de mi sopor la perenne tos de fumador del notario.

"Buenas las tenga don Néstor", lo saludé. "Como ya estará enterado, el altísimo me está llamando a calificar servicios y quiero dejar por escrito y con un sello que le dejo la tiendita y la casa a mi hermana Esneida y a mi sobrino Rogelio, no sea que algún vivo decida quedarse con ellas".

A don Néstor casi se le atraganta el pucho. Lanzó un escupitajo por la ventana a plena vía publica, se instaló las gafas y se peinó el único mechón de pelo que le quedaba en la frente.

"En otras palabras, quieres testar", me dijo.

"Usted llámelo como quiera, no más dígame dónde y qué firmo y asunto arreglado, porque ahora me voy para donde el barbero, porque los muertos mal presentados lo único que causan es lástima", le contesté y él me alargó una hoja de papel sellado donde de prisa le escribí mi nombre y fresco como una lechuga me dirigí a la barbería de don Pedro Betancourt, mi barbero de los últimos 20 años.

"Pensé que sólo te tocaba motilada hasta la semana entrante", me dijo al verme llegar.

Además de barbero, don Pedro trabajaba en el profiláctico del pueblo, sacándoles sangre a las prostitutas, para revisar que no tuvieran ninguna enfermedad contagiosa. Era pequeño y flaco y tan viejo que ni él mismo llevaba la cuenta de su edad, aunque todavía tenía el pulso firme, ya fuera con las tijeras o para meter agujas en las nalgas de las mujeres de vida alegre del pueblo.

Esa tarde, mientras afilaba la barbera, le vi por primera vez la mano un poco tembleque y de pronto me dio la corazonada. ¿Qué tal que la muerte me fuera a sorprender allí en la barbería, degollado por aquel anciano que parecía más que yo tener ya una pata en la tumba?

"¿Ya te enteraste de mi muerte?", le pregunté para tratar de calmarme, mientras sentía que sus tijeras me revoloteaban por la cabeza como si fueran las negras mariposas del destino.

"Hombre, Eleodoro, para morirse sólo se necesita estar vivos. Además, ¿acaso has oído de alguien que se haya muerto de buena salud?", contestó acercándome la fatídica barbera al gaznate, donde la yugular cobra su nombre.

Entonces sentí el punzón y la sangre que me brotaba del cuello, como si saliera de una botella recién descorchada. "Me llegó el momento", pensé mientras escuchaba gallos cantándome por todo el cuerpo y sentía los gallinazos de la muerte aleteándome en el estómago. Ya me iba a desmayar, cuando escuché la voz de don Pedro que decía: "Perdoná que te haya regado encima la gomina, pero se me saltó la tapa".

Me toqué el cuello y me di cuenta de que no me estaba desangrando y que mi imaginación me estaba jugando ya una mala pasada. Fue así como lo vi todo claro como la luz del día. Sin embargo, mis cálculos mentales fueron interrumpidos por la voz carrasposa de don Pedro.

"Y vos, ¿qué afán tenés de morirte? ¿Acaso no te hemos tratado bien en este pueblo?", dijo dándoles los últimos toques a mis patillas.

"Para el amor y la muerte, no hay cosa fuerte, don Pedro y si la muerte cree que le tengo miedo, se jodió, porque en vez de ella llegar por mí, yo la voy a recibir a ella". Y diciendo esto le pagué la motilada y yo mismo me quité los pelos del cuello que ya me estaban haciendo cosquillas.

Salí de la barbería y por algún extraño motivo, la calle polvorienta de siempre ya no parecía la misma. La ceiba de la plaza despedía un aroma que de tanto olerlo no me había dado cuenta de que existía y el violeta de los sietecueros que bordeaban los andenes se me pegaba a los ojos, dejándome la vista como el calidoscopio conque jugaba de niño. Pasé por el café de Hernán Jiménez, el hermano del notario, y el aroma a café recién hecho y las voces de los muchachos jugando billar me penetraron los sentidos. Olía las voces y me sorbía el café por su aroma. Entonces resolví escribir mi obituario para que lo publicaran en "El Cafetero". Me senté en una banca de la plaza y lápiz y papel en mano, garabateé las primeras palabras.

"Ayer a las cuatro de la tarde murió de muerte repentina mientras se tomaba un tinto el distinguido hijo de San Juan de la Tasajera, don Eleodoro Arango. El finado era..." y así continué hasta terminar mi propia nota fúnebre. De camino a mi casa la dejé en el diario vespertino, donde la leyeron sin pestañear y le dieron el visto bueno, sin siquiera cuestionarse que el muerto de la nota todavía gozara de perfecta salud.

"¿Cuándo la quiere publicada?", me preguntó la señorita Ismenia, la cual a pesar de que ya se acercaba a los ochenta todavía había que tratarla de señorita porque nunca se había casado.

Sin vacilar le contesté: "Cuando las chismosas Patiño les traigan la noticia de mi deceso". Y sin decir más decidí que era hora de ir a morirme y con paso firme me dirigí a mi casa a esperar la muerte, porque uno sólo nace y se muere una vez en la vida y ambas veces está demasiado ocupado, ya sea naciendo o muriendo, para darse cuenta de lo que está pasando. Y aquí estoy, sentado en mi poltrona de mimbre, fumándome un tabaco más largo que un viaje a pie a La Tebaida y sorbiéndome un tinto con aguapanela, mientras aguardo como he aguardado cada noche durante los últimos 50 años a esa anunciada visitante que por algún extraño motivo no se ha querido cruzar en mi destino.

Mario Lamo, Colombia © 1999

Cosongo@aol.com

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