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Casco Antiguo

Desde el balcón de mi habitación disfruto, una noche más, de la vista a plaza Herrera, aun no me aburre, hoy hay poca gente allí, es inusual siendo un sábado en la noch. Me tomo un Ron seco, lo saboreo, mientras trato de lidiar con mi insomnio o distraerlo. Pasé el día intentando organizar ideas, ordenarme para escribir, pero no hay forma de comenzar, estoy en mutis, pausa, resaca, qué se yo, como quiera que sea no arranco a escribir y a eso vine, a eso me enviaron, a investigar sobre la condición de inmigrantes venezolanos en Panamá, sus historias, documentarme para contarlas, pero no hay manera de reconciliarme con mi oficio, definitivamente soy malo escribiendo con condiciones y pago adelantado. Mi trabajo literario cayó en desgracia después de recibir el Rómulo Gallegos por mi novela Hombres de Arroz, y el Juan Rulfo por Vivencialidades, recopilación de cuentos y poesías, los premios llegaron uno tras otro, tenía razón el profesor Becerra cuando me dijo que estaba muy joven para recibirlos, los premios son útiles cuando se ha avanzado suficiente en el camino, para retirarse, cuando llegan antes acaban con una parte del genio, me dijo acertadamente. Hasta ahí llegó el impulso, desde allí mis letras e inspiración quedaron malditas. Fueron antes que premios un agravio, una mancha, pues ya no escribo para mí, como solía hacerlo, sino que escribo para un jurado y una crítica ácida, para unos lectores que no recuerdo, y un imaginario que desconozco, ando extraviado en esta dimensión literaria.

Hoy llamó mi editor, quiere saber cómo anda el trabajo, y no tengo el valor para confesarle que estoy parado, detenido, inactivo. Llevo casi tres meses aquí, llegué en noviembre, para fiestas patrias, me alojé en casco antiguo, excelente lugar para conseguir inspiración y motivación, pues es bohemio, sibarita, nocturno y pueblerino al mismo tiempo, pero Panamá es todo contrastes para mí, esta ciudad me ofrece una mezcla dosificada de sensaciones raras, repugnancia, y hasta rechazos. Noviembre y parte de diciembre fue de lluvias constantes, y al entrar el verano me sigue dando calor, ya sin humedad, con sol intenso, ya puedo caminar sin temor a empaparme, pero estoy inconforme y tengo rabia. Lo común desde mi llegada ha sido el Ron y esta vista desde el balcón hacia la plaza, ah y la imposibilidad de arrancar a escribir, que es la razón de este viaje. Por su voz de hoy ya noté que el editor se anda desesperando.

Sobre mi escritorio están las libretas donde apunté los detalles de algunas historias interesantes, historias que pertenecen a gente común, a inmigrantes de “rabo sudao”, como los llamo.

Material hay, pero no encuentro como compaginarlo. Rosalba y Julián, que llegaron hace un año, comparten penas y apartamento con otras tres parejas de venezolanos viviendo prácticamente hacinados sin saber cómo arreglárselas con los horarios de la cocina y un baño, con los ruidos de las sesiones sexuales de la pareja separada a centímetros de su cuarto, con la histeria de Sandra la esposa de Marcos o los eructos de Pablo y sus peleas con Erika. La historia de Gustavo, un gochito de 20 años, que vive con su novia, embarazada, en un cuartico que alquilaron en San Miguelito, donde duermen en el piso, y se las arreglan para estirar un sueldo de 450 $ mensuales, él hace cinco horas diarias de ida y vuelta hasta el trabajo, y sabe que en cualquier momento lo despiden sin liquidarlo, por eso “saca”, cada vez que puede, un poquito de dinero de la caja, dice que así cobra por adelantado lo que el chino, su patrón, no le dará al echarlo. Hay muchas más, la de Carlos con sus penurias de taxista pirata, cuento aparte, o las de Miguel y las veces que los policías le han sacado plata por andar de moto sin papeles. Las de Carla y Tania, estoy seguro que mintieron con sus nombres, me dicen que vivían en Maracaibo, que dejaron familia y universidad y se aventuraron, se mueven por El Sortis donde pueden ser contratadas, son prostitutas modernas, damas prepagadas, como se llaman. O la de Daniela, que vino de manicurista para un Spa de manos y terminó de masajista tántrica, sobando cuerpos y masturbando ansias por 80$ de los cuales recibe 15 y no hay reclamos. Todas son historias interesantes, pero no me agrada contarlas, me molesta, porque debo hacerlo por encargo de otro y no por asombro propio.

Aquí hay cosas mucho más interesantes para mis cuentos, la neurosis del tráfico, su anarquía, por ejemplo, que gobierna el carácter precario de estos panameños baratos. Su chovinismo innecesario, y carentes de moneda propia, sus billetes tienen la cara de Washington, Lincoln, Jackson, son dólares americanos, aunque tienen la osadía de cobrar en Balboas y celebrar su independencia de los EE UU. Al principio, cuando llegué, cuando me cobraban, les decía no tengo Balboas, ¿aceptan dólares? y disfrutaba viendo su expresión de intolerancia, son extremadamente susceptibles y básicos, predecibles, la xenofobia que han ido desarrollando por los venezolanos los delata. Hay más absurdos que contar que las penurias de la diáspora ilegal con todas sus circunstancias, me digo, pero lo que me disgusta, lo que en verdad me desagrada es escribir lo que a un editor le parece importante, quien sabe si con fines políticos o qué carajo. Mis premios han sido una carga pesada, me arruinaron las ganas antes de dejarme disfrutar un rato de fama, me han hecho viejo antes de arrugarme.

Tomé otros tragos de Ron, Abuelo, y siento ganas de ir a la calle, caminar un rato. Son ocho cuadras que me separan de la Plaza Bolívar. Al pasar San Gerónimo con San Pablo todo se oscurece, a pesar que salí con una luna llena y clara, y un silencio incómodo me embarga. Cuando paso frente a la Merced percibo que la calle, ahora empedrada, está húmeda, como si acabara de llover, y en las esquinas hay faroles, que iluminan con velas de grasa. Ya no está la plaza Bolívar, en su lugar hay otra, pero reconozco la iglesia de San Francisco y a su lado el convento. Más que miedo o asombro siento curiosidad, solo caminé desde mi hotel hasta aquí, pero percibo que estoy haciendo una caminata más larga, un viaje. Ahí, en esta nueva plaza, frente a la iglesia, me consigo con un hombre maduro, de baja estatura, se nota cansado, lleva un sombrero de paja, muy ancho, y su cuerpo va cubierto con una ruana, que le alcanza hasta las rodillas, destacan sus lustradas botas negras, está sentándose mientras me habla sin saludarme, no necesita decirme quien es, lo he reconocido. Aquí convoqué al continente para mi último sueño americano. No fue casualidad hacerlo aquí, escoger este istmo, que era toda una simbología con el de Corinto y aquel intento por reunir las tribus griegas en torno a una liga anfictiónica, pensé en todos los detalles. Quería ganar el compromiso para unificarnos, al menos militarmente, y liberar Cuba y Puerto Rico, expulsar del continente a los enemigos españoles y arrebatarles sus últimas plazas. Para esa época, para el año 26, ya estaba convencido que éramos mejores militares que políticos, y aunque la guerra me parecía en parte locura, en su mayoría insania y el resto desgracias, estaba convencido que debíamos terminar lo que habíamos comenzado. Pero que difícil resulta ponernos de acuerdo, antes y ahora es igual, y este congreso anfictiónico que convoque aquí, solo les sirvió a los ingleses para persuadirnos de independizar las islas hispanas y para hacer acuerdos comerciales por separado. ¿Qué hace usted, amigo?, esta vez pregunta y voltea a mirarme, soy escritor su excelencia, soy escritor, ¿y sobre qué escribe?, pues ahora mismo de nada, estoy paralizado, detenido con las letras. Vine aquí a documentarme sobre las calamidades que padecen los inmigrantes venezolanos, principalmente los ilegales, y aunque he recogido buenos relatos, no logro motivación para compaginarlos, pienso que no quiero escribir sobre cosas malas. ¿Le gusta la historia?, poco General, poco, la verdad estoy hastiado de cada quien la cuenta a su manera y para su conveniencia, creo que estoy cansado porque llevamos 18 años oyendo cuentos y hazañas, y pienso que eso nos está robando futuro. La historia, amigo, es esencial, los pueblos que olvidan su historia tienen la tendencia a extraviarse, pero los que viven en ella pueden condenarse, ¿me explico? ¿Se entiende?, sí claro. Siento vergüenza por esta tierra grande, que no se encuentra a sí misma, que vive definiéndose, muy adolescente, llenándose de referencias, de intenciones, pero viviendo las consecuencias de sus indecisiones. Los españoles nos saquearon, es cierto, tienen una deuda con nosotros, pero los políticos nos diezmaron, nuestros políticos nos han hecho más daño en 200 años de vida republicana que los españoles en 500 años de colonización. No hemos sabido administrar nuestras independencias, y en parte ha sido porque no sabemos sentarnos a dialogar, a conseguirnos, a reconocernos, a unirnos, nos llamamos pueblos hermanos mientras hacemos todo lo necesario para distanciarnos, yo quería que nos uniéramos políticamente en una gran federación, hoy seriamos un gigante y mire usted que no contaba con los brasileños, los sabia distintos, pero me parecían un buen socio comercial y militar, pensaba que aun separados podíamos ser aliados, usted sabe, tener intereses comunes. Pero este congreso que convoqué en Panamá comenzó con el pie izquierdo, y terminó, como todos mis sueños de unidad, despreciado y olvidado. Sucre no pudo estar, algunos otros aliados tampoco, y yo me puse a un lado para no contaminarlo. Yo tuve razón al elegir Panamá, este istmo une dos continentes y aproxima dos océanos, ¿imagina usted algo más importante geográficamente que eso?

Lo más trascendente del siglo XIX fue la ocupación de España por Napoleón, la repercusión que ese hecho tuvo en las colonias de ultramar, generando, primero un movimiento de respaldo al Rey y más tarde siendo la razón para independizarnos, aunque no fue fácil lograrlo. El siglo XX estuvo marcado por dos guerras mundiales y el nuevo orden que devino en la postguerra, con todo y su mal llamada guerra fría, Europa de conquistador imperial pasó a ser territorio conquistado, y a depender del gigante del norte para su defensa, el siglo XX fue una lucha por dos sistemas. Este siglo que apenas comienza, será sin duda más importante que sus precedentes, he visto todo muy claro, el triunfo de Trump no hace más que decretar el fin del proteccionismo y la hipocresía política. Las dos superpotencias se aproximarán en otros términos más amigables para contrarrestar el peso y la arrogancia asiática, surgirá un nuevo orden mundial, y de nuevo nosotros, los latinoamericanos, estaremos marginados, este será el siglo de las desigualdades, de los contrastes, habrá guerras, claro, al poder económico les convienen siempre, pero serán guerras distintas, participación global en escenarios más locales. Surgirán sin duda las tendencias nacionalistas, porque esa parte de la historia va en ciclos y el hombre no aprende a descifrar su significado. Siento pena por mi patria, la chica, ahí me está prohibido revelarme, materializarme, advertir algo, no puedo intervenir, tenemos mucho que aprender. Ese debe ser un buen tema para usted, que me dice es escritor, escriba sobre las lecciones que tenemos enfrente y no aprendemos, eso es lo que nos hace equivocarnos.

De inmediato se pone de pie, me extiende la mano de forma amigable, pero se aferra a mi antebrazo. Mi alma perpetua está condenada a vagar hasta que seamos pueblos unidos e identificados, es mi castigo por haber alborotado tanto este continente. Y así, sin más, lo veo marcharse rumbo al convento de San Francisco, cabizbajo, va murmurando algo más que no alcanzo a escuchar… De repente un sonido típico, marcha de caballos, un carruaje, todo está oscuro, nublado, alguien desciende del coche, y mientras corre tras El General va gritando, Your Excellency, please wait, stop, I must tell you something, is very important… Me dispongo a regresar y siento la excitación por lo que acaba de acontecer, ¿fue el Ron?, ¿las noches sin dormir?, ¿el cansancio?, ¿la desesperación…o fue real?, ¿atravesé un portal?, ¿un espacio?... ¿qué carajo fue esto?...

Aún atribulado, subo las escaleras que conducen a mi habitación en el hotel American Trade, quiero beber un buen trago de Ron, quiero asomarme a mi balcón, pero me llama la atención el sonido fuerte de alguien que golpea una máquina de escribir, vocifera en inglés, y alcanzo a escuchar un shit muy claro, todo porque la puerta de su habitación, cercana a la mía, está abierta, y ahí está parado, es un hombre entrado en adultez, descubierto el torso, lleva un pantalón caqui, sujetado con un cinto grueso, está descalzo, cabello blanco, despeinado, inmensa barba blanca, desarreglada, toma una bebida y maldice en inglés cuando nota mi presencia y voltea hacia mí, ¿are you American?, no, I´m from Venezuela, y entonces me dice en español con bastante acento, pasa, pasa a mi habitación, please, por favor, come in, acompáñame a tomar un trago, no puedo escribir, estoy enojado, ¿tomas Ron?, el hombre estaba escribiendo de pie, a un lado de su máquina de escribir, una Underwood, tiene un frasco de Ron Zacapa, y una pistola Luger alemana. ¿Cómo te llamas muchacho? Y sin esperar que dé mi nombre me dice, call me papa, no tenía que haberlo dicho, ya le había reconocido, estoy excitado de verle, más aun, de hablarle, mientras busco acomodo en una butaca de su estar, es una habitación grande, en otro ambiente su cama, desordenada, logro ver el cuerpo de una mujer, semidesnuda, sus nalgas están expuestas, morena, duerme boca abajo. No te fijes en ella, amigo, es una mujer mala, y esboza con picardía una sonrisa, mientras cierra la puerta del cuarto, ¿cómo dijiste que te llamabas?, y de nuevo prosigue, sin esperar mi respuesta, y me dice que estaba a punto de suicidarse, no puedo escribir, estoy muerto si no escribo, la razón de mi vida es escribir, bueno también beber, tener sexo rápido, pescar y compartir con amigos, pero si no escribo estoy muerto. El Pulitzer me detuvo, y el Nobel, el maldito Nobel, acabó conmigo. ¿Tú a que te dedicas?, ya no tengo ni siquiera intención de responder, es un monólogo, yo soy escritor dice él, pero estoy condenado a no escribir, lo peor que puede pasarle a un escritor, como yo, es no escribir, yo no sé qué cosa es la fama, pero la disfruto y la padezco, el dinero financia mis aventuras y borracheras, mi dinero tiene fecha de vencimiento, de caducidad, ¿entiendes?, y ríe con soltura y gracia, parece haber pasado de la depresión a algún estado de euforia. Salvaste mi vida, muchacho, sin duda lo hiciste, estaba a punto de pegarme un tiro en la sien, me fue mal con esa mulata, no logré emborracharme, no escribo desde hace unos años, la vida es una desgracia. Yo estaba acostumbrado a las guerras, sabes, esas eran mi inspiración, guerras, dramas, vida de sobresaltos, crisis, divorcios, infidelidades, traición, escándalos, eso es lo que hace de la vida algo interesante, no nací para ser recatado en nada, y sí para vivir de excesos. Soy escritor, señor, escribo, y cómo usted estoy estancado, no consigo qué cosa escribir, tampoco quiero que mi editor me diga cómo hacerlo, no quiero recibir órdenes. Pues te doy un consejo muchacho, escribe para ti, para tu alma, si te gusta a ti, si te estremece lo que escribes y te agrada, eso será suficiente para que a otros les agrade, pero no mientas, no finjas, si lo haces vivirás en un disparate… Eddy, please come, please let’s have a sex, please fuck me… En mi habitación, con el corazón acelerado, tendido en mi cama, recuerdo a Calderón de la Barca, uno sueña que está aquí, en sus prisiones, y soñé que en otro estado más lisonjero me vi, ¿qué es la vida? ¿un frenesí? ¿una ilusión?, ¿una ficción? ¿Qué es la vida sin sueños? Que toda la vida es un sueño y los sueños, sueños son.

Jesús Zurita Peralta, Venezuela, Brasil © 2017

jzuritaperalta@gmail.com

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