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Don Josep Caralt / Dr. Don Josep Caralt

Soy un hombre de 86 años, aún no me siento tan viejo como para abandonar mi lucha, pero me confieso cansado. El móvil de mi vida ha sido competir con la figura de mi padre, él sin duda fue y sigue siendo un hombre importante. Me esforcé en destacar en casi todo, pero jamás pude igualarlo en algo. Sus méritos y logros sobrepasan cualquiera de mis capacidades, y no digo virtudes porque no las reconozco en mí, y hoy, viéndolo bien, creo que las envidio todas en él. Mis amigos me admiraron, cambiarían su posición por la mía sin pensarlo, bueno quizá antes del día de hoy sí lo hubieran hecho. No me reconozco satisfecho con nada de lo mío. Nací en Barcelona, aun cuando ya una parte de la familia había emigrado a Venezuela por culpa de la guerra civil española; sin embargo, mi padre se encargó, visionario como fue en todo, de que sus hijos, al menos los del matrimonio legítimo, naciéramos en Cataluña, y que no solo fuéramos catalanes por gracia de los genes sino también por derecho de nacimiento. Infinidad de veces le oí hablar en tono profético de como Cataluña lograría su separación e independencia de España y que ser catalán sería un beneficio que no podría despreciarse. También mostraba incertidumbre por el futuro de Venezuela, país al que veía cometer errores injustificables, así que fue previsivo y nos hizo nacer catalanes. Hoy también pienso que la excusa le servía para la doble vida que llevaba, se hacía práctico cuando mi madre se iba meses antes a instalarse en Girona por motivos de maternidad y prolongaba la estadía hasta un año más por causas del postparto, de esa forma él podía atender sin contratiempos sus obligaciones personales y cumplir con el otro hogar, en el que por coincidencia tengo medios hermanos de edades similares a las nuestras. Hasta en esos pequeños detalles el hombre era calculador, planificado y sortario, todo le salía bien y sin esforzarse.

Él fue un intelectual, un hombre arropado de suerte y oportunidades. Lo mejor que pudo pasarle a él y a su familia fue venir a esa tierra virgen, joven, carencial, precaria, que les dio oportunidad para destacarse. Nada de ese éxito les habría llegado de haberse quedado en Girona, pero la guerra civil, si bien trajo calamidades y destierro para unos, a otros concedió gracias. Las maestras de la familia llegaron a ser profesoras universitarias destacadas, los dibujantes se convirtieron en arquitectos, los escribientes en poetas y abogados, los contadores en economistas, los boticarios en químicos y farmacéuticos, y mi padre, tan solo un hombre hábil, buen comerciante y un gran lector, pasó de librero a historiador, albacea de la obra de Bello, custodio del archivo de Bolívar, profesor y miembro de número de varias academias. De coleccionista de libros llegó a ostentar la biblioteca particular más densa y prolija, a fundar y crear universidades. Se regodeó con la intelectualidad, desayunaba con políticos, con ministros, banqueros, lo hacía igual con militares que con nuevos empresarios. Disfrutaba de tertulias con escritores y poetas, no había un personaje importante que visitara Caracas que no fuera convidado a su casa, era un excelente anfitrión. La casa de mi padre fue por largo tiempo el sitio de reunión de la crema y nata catalana que sin duda logró posicionarse en todos los ámbitos; él era el presidente del club, el pater familias, el hombre más importante, para mí la figura inalcanzable.

No le tuve odio, pero lo desprecié, sin duda no lo amé, pero le quise, él me arrebató el protagonismo y la figuración que anhelaba, él me hizo una sombra inmensa que impidió que fuera notado. A la edad de 14 años me estalló en la cara una realidad en relación con mis padres, bueno en realidad me estalló en el pubis. Una madrugada desperté abruptamente de un sueño perturbador, desperté sobresaltado y empapado, pero no de sudor, sino de una secreción nueva para mí, espesa, viscosa, pegajosa, blanca, que salió de mis genitales y de forma explosiva me hizo despertarme. Soñaba que salía y entraba de la vagina de mi madre, salía como un bebé y entraba como hombre, mi pene estaba erguido, erecto y mi madre tenía su rostro volteado, para no mirarme, sin embargo, no mostraba desagrado, en el suelo yacía un cuerpo, un hombre a quien yo había matado enterrándole un puñal en su corazón. No supe cómo interpretar aquello, no en ese momento. Tiempo después y sometido a sesiones de psicoterapia con el Dr. Rivelles en Barcelona pude entender todo su significado freudiano. Pocas veces hablo de este episodio, solo lo hice con Rivelles y con Helena, ambos supieron bien escucharme.

Yo me esmeré en hacer de mi trayectoria algo digno, hice todo para ascender en escalafones universitarios o destacar en mi profesión. Hice un libro de fotografías que logró publicación limitada gracias a la editorial que dirigía papá, logré que un destacado fotógrafo amigo suyo, el naturalista Charles Brewer-Carías, hiciera la presentación, ahora estoy seguro que lo hizo por mero compromiso y amistad con papá. También publiqué otro de cuentos y poesías, con prólogo del poeta Eugenio Montejo, agradó al núcleo cercano, pero recibió muy escasa crítica y fue intrascendente. Me empeciné en publicar, ya bien adulto, uno de anécdotas y pasajes con personajes importantes a los que había conocido o con los que tuve algún contacto; ese también lo publicó la editorial familiar y el prólogo correspondió al escritor Arráiz Lucca; qué compromiso sería esto para el maestro, ese libro fue duramente criticado al punto de ser considerado una recopilación fabulada o ingenua de contactos que en realidad fueron fortuitos, distantes o insignificantes; mi padre, ya anciano, ordenó recogerlo, y el episodio se olvidó rápido. Hasta ahí llegaron mis afanes literarios, ya luego, y gracias a internet, me pude mantener activo, dentro de un círculo intimo que me aprecia mucho y yo lo entiendo así cada vez que leen mis entregas y devuelven comentarios agradables.

Mi padre, por el contrario, si escribió obras de envergadura, trascendentes, principalmente sobre la vida y trayectoria de Bello. Igual se ocupó de Miranda, Bolívar, y de otros personajes más contemporáneos como Villalba, Betancourt y Caldera, con quienes mantuvo estrecha amistad. Sus libros le dieron notoriedad, además publicó un buen número de textos universitarios, que aún hoy se siguen utilizando en las escuelas de comunicación social, sociología, letras, bibliotecología y filosofía, por lo que fue considerado un hombre de saber universal. Cuando escuchaba elogios sobre él, sentía envidia y disimulaba mi rencor por su fama.

Supe de mi ambigüedad o ambivalencia afectiva desde aquel sueño a mis 14 años, una revelación edípica del ello que había aflorado, él me había arrebatado el amor de la mujer ideal, y yo deseaba su desaparición, toda una metáfora, pues cuando murió lloré en excesos, padecí un duelo prolongado, y tras su deceso mi vida perdió cierto significado. Mi madre le siguió al poco tiempo, murió triste y desconsolada, yo solía decir con sorna que mi padre se la había llevado para que ella continuara atendiéndole en el más allá.

Mi padre había adquirido una vieja casona colonial en Puerto Colombia que había pertenecido al presbítero José Félix Sosa, firmante de la declaración del acta de independencia de Venezuela. En esa ilustre casona hubo de reunirse el mismísimo Simón Bolívar en 1816 con militares de la talla de Piar, Mariño, Anzoátegui, Plaza, Soublette y el propio General McGregor. Él sentía predilección por ese inmueble, ubicado frente a la plaza y yo me hice de él tras su muerte. La casa estilo colonial, algo deteriorada y abandonada, requería reparaciones y arreglos continuamente, el gobierno del estado amenazaba constantemente con expropiarla para instalar ahí no sé qué clase de oficina gubernamental, el asunto era cíclico, cada cierto tiempo aparecían con la amenaza y luego las cosas se aplacaban, ya estábamos acostumbrados, los políticos andaban más ocupados en calmar ánimos y estómagos que en atender asuntos de la historia, total que ya nadie recordaba al padre Sosa y mucho menos a los otros generales, ni siquiera había alguien que recordara la importancia que tuvo Puerto Colombia en esos años de independencia y mucho menos que el mismo libertador había estado allí. Puerto Colombia era un pueblito pintoresco, el paso previo para llegar a Choroní, que se había convertido, con el tiempo, en pueblo sin ley, tolerante con drogas, vicios y prostitución, minado de sida, a orillas de un mar caribe hermoso y de fuerte oleaje, con montañas frondosas y tierras fértiles que aún hoy continúan produciendo el mejor cacao. Si acaso era conocido por su beata, la madre María de San José, a quien ya también van olvidando; estos pueblos olvidan y condenan demasiado rápido.

Decidí irme unos días allá, con una idea firme en mente y la excusa de atender personalmente los asuntos de restauración. Había acordado con una arquitecta y restauradora amiga de la familia, para reparar finalmente el lugar, adelantarme a las intenciones gobierneras, abrir una fundación, un museo, una oficina de gestión y apoyo social, de esa forma evitaría la expropiación y conservaría un espacio dentro del lugar que sirviera de residencia vacacional para la familia, aunque ya nadie venía o se atrevía a venir por estos lados. La empresa me parecía atractiva y eso me sacaba de mi aburrimiento campesino y mi exilio voluntario en la finca de Panamá donde poco acontecía.

Hechas ya las coordinaciones, el traslado a Venezuela se hizo fácil, pasé unos días en Caracas, en nuestra mansión de Los Chorros, desde ahí me trasladé hasta Puerto Colombia con Benito, el hijo de uno de los empleados de confianza que papá hizo cercano, y que ahora se había quedado en la mansión junto con su mujer e hijos atendiendo el lugar, cuidándola de alguna invasión hasta lograr su venta. Atravesar el parque Henri Pittier me trajo el recuerdo de las vacaciones de infancia, solíamos venir en Semana Santa, su camino estrecho, una carretera hecha en tiempos de dictadura, se mantenía igual de precario, la huella de derrumbes y sus precipicios hacían contraste con su densa vegetación y clima suave, agradable. Juncos y bambúes, chaparros y majaguas, palmas inmensas y árboles como el cucharón; desde la ventanilla alcancé a ver bromelias. Al pasar El Cenizo estuve consciente que pronto vería ese mar Caribe que tanto había extrañado. Lo pintoresco seguía siendo lo de los autobuses que bajaban o subían a gran velocidad, maniobrando en esos caminos estrechos de curvas cerradas y regresivas, se hacían dueños de la vía, tocando su bocina como si exigieran a los demás apartarse. También veía cantidad de motos, con uno, dos y hasta cuatro pasajeros, pasajeros que sostenían como podían bolsos y maletines. Me llamó la atención una motocicleta que transportaba dos adultos, entre ellos iba un niño y en los brazos del parrillero un par de bombonitas de gas que sostenía con dificultad y algo de acrobacia.

Llegar a Puerto Colombia es como hacer un viaje al pasado, las mismas casas, bien pintadas, callecitas angostas, esa soledad, el sonido del río, todo contrastando con el bullicio y el desorden que unos kilómetros más allá dominan Choroní. Ya estamos en la casa grande, luce intacta, como permanecía en mi memoria. Entrar en su zaguán, caminar por sus pasillos o corredores, contemplar su patio, me hacía viajar en el tiempo. Yo había escuchado con mucha atención los relatos que papá nos contaba sobre la historia de Venezuela, que conocía con determinación. Desde que compró esta casa y desde que estuvimos viniendo, oía una y otra vez, con el mismo entusiasmo, el asunto de su importancia, de la reunión que aquí sostuvo Bolívar con sus generales. Recreaba con minuciosidad de detalles como estuvo distribuido todo en aquel escenario en los días que El Libertador usó esta casa como palacio y cuartel general. Llegar aquí me agrada. Pero tengo en mi mente una idea y un propósito marcado, y no me distraigo.

El negro Marcelino nos recibió, sabía de nuestra llegada. Josefa, su mujer, tiene cena hecha para nosotros. Pescado frito, tostones con queso rallado, aguacates, majarete y un jugo de parchita bien frío y refrescante. Mi habitación estaba dispuesta, es la que usaban mis padres, cama grande, de caoba, con ese mosquitero amplio, mi hamaca blanca colgada a un lado. Se supone que aquí en esta alcoba durmió Bolívar, con alguna de sus amantes, al parecer aquí estuvo con Pepita Machado. Se dice que nunca dormía solo y yo creo que es cierto, la guerra debe ser más agradable si se combina con noches apasionadas.

A la mañana siguiente di un vistazo a toda la casa, recorrí el jardín interno, disfruté de la frescura que dan helechos y palmas. La fuente con los galápagos, la jaula de los loros, abierta, vacía, cubierta por enredaderas, donde los pájaros entran en libertad a comer mangos y guayabas. El solar, que tiene salida al rio, y donde hay rosas, orquídeas y bromelias, todo me agrada. La casa se mantiene bien después de las ultimas reparaciones, algunos detalles en los techos por culpa de filtraciones, pero todo está conservado. Me enteré de novedades domésticas y asuntos sin importancia. Despedí a Benito, aun cuando quería quedarse y combinamos en hablarnos cuando se diera el caso de volver. No es temporada vacacional, así que el pueblo está solo, aunque es ruta obligada de los que van o salen de Choroní, pero igual perturban los autobuses y las motos en su paso ocasional. Atravesé la plaza, me senté un rato en sus bancos, comí unas ricas empanadas, conocí al nuevo párroco de la iglesia, el padre Arturo, joven, con poco entusiasmo, por haber sido asignado a esta parroquia, pero no se queda toda la semana, me comentó que también tiene funciones en Maracay, en el seminario, y que por lo pronto estará aquí de jueves a lunes. Me habla de la inseguridad, de la escasez, del hampa, de los atracos, de la poca asistencia a misa. Me advierte tener precaución, me cuenta cómo han robado en la iglesia las pocas cosas de valor que ahí estaban, ha tenido que verse obligado a mantener el templo y la casa parroquial cerrados y bajo llave. A las hermanas de la casa de María de San José, a las recoletas, las roban todas las semanas, me comenta, y eso que son vecinas del puesto policial, pero ya no respetan a nadie, los policías no tienen ni patrullas, ni teléfonos y creo que ni armas, solo vienen unos guardias nacionales los fines de semana que es cuando hay más movimiento de visitantes, pero igual se oyen cuentos trágicos, y Choroní está peor, ahí el diablo menea la cola a sus anchas.

Mi odio sano por papá está vivo aquí, me descubro diminuto a mis 86 años; fui insignificante, me digo, opacado por su extraordinaria personalidad. Y vuelve la pregunta, ¿cómo quiero morir?, creo que ya ha sido suficiente, gozo de buena salud y al paso que voy, si no hago algo, voy a durar más de 100 años.

Estoy reposando en mi hamaca, el clima es agradable, tan solo con un ventilador de techo es suficiente, estoy solo en casa, Marcelino y Josefa han ido a Maracay a ver si consiguen comida y enseres. ¿Cómo es que quiero morir?, sería bueno morir aquí, tal como lo he pensado, no quiero regresar a Panamá, quiero quedarme.

Despierto sobresaltado, fueron ruidos los que hicieron que despertara, creo que hay gente en casa. Me incorporo ágil y camino hasta la cocina, pero justo al cruzar la puerta del cuarto y salir al corredor los veo ahí, son dos hombres, llevan el rostro cubierto con sus franelas, torsos expuestos, jóvenes, flacos, pero de abdomen marcado, están asustados. Dame todo lo de valor que tengas viejo de mierda, me dice uno que me apunta con un revolver oxidado; el otro está en la cocina y busca con desespero botín para llevarse. No tengo nada de valor conmigo. Mentira, viejo de mierda, mentira, déjate de vainas o te quiebro, dame los reales. No tengo nada, alcanzo a decir mientras recibo un primer golpe en la frente que me humilla y tumba al piso, donde caigo arrodillado. De inmediato me golpea en el abdomen y me hace caer por completo, dime dónde coño tienes los reales, dame la plata o te matamos. El que está en la cocina sigue buscando, desordena todo, está desesperado y le dice no lo mates, cuidado y lo matas antes de que nos diga donde tiene la plata. Siento un fuerte dolor en el pecho y como puedo hablar les digo que solo tengo unos cuantos bolívares en la cartera que está en el cuarto, también algunos pocos dólares, que se lleven eso, mi reloj, la cadena y lo que quieran y se marchen. ¿Dónde está el negro que vive aquí?, ¿dónde está? Se fueron a Maracay, deben volver pronto, váyanse, les digo, mientras trato de incorporarme, pero recibo otra patada, esta vez por un costado, quédate en el piso y no te levantes o te mato. Uno de ellos entra al cuarto y desde ahí me pide que le indique donde está mi cartera, le digo que está sobre el escritorio, que tome lo que quiera, en un sobre, ahí mismo, está la plata, pero que no me mate. De repente comienzo a temer por mi vida, por perderla así. El que estaba en la cocina pasa ahora cerca de mí y también me golpea, si te mueves te quiebro viejo de mierda, te vamos a matar, dinos donde está la plata. Tengo una sensación de ahogo, opresión, tengo ganas de toser, y ahí tendido donde estoy recibo otras patadas, ya no sé cuál de los dos me está golpeando. Ahora escucho la voz de una mujer, me es familiar, creo reconocerla, se viene aproximando desde el patio trasero, levanto la mirada, es la hija de Josefa, con seguridad es ella, pero ¿cómo?, me digo, ¿cómo es posible? No levantes la mirada, viejo, no me veas a la cara.

Ahora salen del cuarto, no tiene mucho, solo esta vaina, seguro tiene plata guardada. Me adelanto a decirles que no tengo nada más, ya váyanse, no tengo nada más, pero uno de ellos me levanta del piso, me jala con fuerza, sus manos tiemblan y están sudadas, me lleva a empujones hasta una silla de la cocina, me sienta aparatosamente, me cubre el rostro con mi franelilla, no levantes la mirada, lo dice gritando, y siguen revisando todo, la mujer les advierte que deben irse, que ya no hay nada más que llevarse.

Siento un fuerte dolor en el pecho, escupí sangre, no sé si al golpearme con el piso partí mi boca o si fueron los golpes en la cara, me duele el pecho, también el abdomen, me golpearon en el hígado, con fuerza, pienso que puedo estar haciendo una hemorragia interna, tengo miedo, no pensé morir así, deseo que esto acabe. Los noto próximos, uno de ellos me habla al oído, me dice que si los delato vendrán para matarme, que lo juran, la mujer grita ya vámonos, deja a ese viejo de mierda que no tiene nada que robarle. De súbito un fuerte golpe en la cara y otro y otro, ahora uno de ellos me tiene agarrado y el otro está golpeándome, la mujer les dice marico ya vámonos.

Recibo una soberbia y violenta patada en el pecho, lo suficientemente fuerte como para caer, con todo y silla, y golpearme bruscamente la cabeza contra el piso, el sonido fue dramático. Me evacué, me oriné, sé que estoy chocado. Coño vámonos, mataste al viejo, la cagamos.

Estoy convulsionando, mi consciencia se evapora, mi cuerpo trepida, se estremece, no era así como quería morir, no era así precisamente. Como un destello viene a mi aquel sueño, estoy entrando por la vagina de mi madre, salgo como un bebé y entro como un adulto.

En el piso yace un cuerpo tendido, inerte, con el cráneo abierto, hay un pozo de sangre. Un golpe certero acabó con mi vida, me contrajo el alma, acabó el odio y me llena de regocijo. Soy yo quien está muerto, no es mi padre.

Jesús Zurita Peralta, Venezuela, Brasil © 2017

jzuritaperalta@gmail.com

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