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La mucama y él

El azar lo explica todo, hasta se atreve con el Universo. Una calle cerrada, un desvío y la pizarra escrita con tiza con la promoción del día, tres cajas de vino tinto Lampedusa Malbec al precio de dos. Irresistible. Sin embargo, no podía distraer esa cantidad de dinero, tampoco podía disimular dieciocho botellas de la mirada regente de mi esposa por hallarme ante una supuesta recuperación de lo que los virtuosos llaman adicción y que no es otra cosa que ser un buen bebedor.

Por suerte para mi estaba él, mi amigo de toda la vida. Tal vez la palabra amigo sea demasiado. Es que no lo elegí. Tampoco pude abandonarlo desde que tengo memoria. Reconozco que ha sabido acertar y que el mérito de estos aciertos los he asumido como propios. El problema han sido sus errores, los que, también asumidos por mí, me han hecho fama de inestable.

Cuando comencé a beber él se replegó como si solo pudiera ejercer sus influencias en mi estado descontaminado.

Esta vez dijo cosas del estilo: comprá las cajas, es una buena inversión, decís que no te pagaron todo y chau. Pero dónde las guardo. Las dejas en la camioneta y cuando Rosita (mi esposa) sale aprovechas y las escondes bajo tu lado de la cama.

Las compré y seguí todos sus consejos con el agregado de mi impronta, una caja contra la pared del respaldo de la cama oculta por la mesa de noche, otra encima y la tercera al lado de la primera. Las tres con la tapa hacia afuera volcadas sobre una de sus caras. Allí dormirían seguras conmigo en la penumbra y frescor del piso como auténticos tesoros que eran. Él también fue preciso: no te delires, una botella por semana, con la excusa de que es domingo Rosita no dirá nada. Un plan perfecto, conclusión a la que llegamos frente al espejo.

Claro que está el azar y justo en la primera semana de los Lampedusa a mi esposa se le ocurre que la empleada, Adelina, corra la cama y limpie debajo.

Él y yo, yo y él, estábamos en casa (siempre el azar). Ahora o nunca, me dijo en un destello. Fuimos a la habitación y cuando Adelina entró, cargada con los elementos de limpieza, me apuré en decirle “Por favor, señora, no diga nada de lo que vea allí abajo” y señalé el extremo sobre el que yo dormía. Traté de acompañar lo dicho con el hecho y deslicé un billete (de baja denominación para no disminuir los beneficios de la oferta) en su mano. Pero Adelina la retiró como si intentara quemarla con una brasa y preguntó: “¿Qué hay allí?”

Como sostenía San Agustín, si no me lo preguntan, lo sé, pero si me lo preguntan, no sé explicarlo.

¡Qué pícara esta Adelina! Con su voz cascada de actriz de la limpieza y sus gestos felinos me obligó a confesar.
—Hay unas cajas de vino y usted sabe como es Rosa.

Se encogió de hombros y parpadeó con los ojos en blanco antes de decir:
—Si me regala una…

Un chantaje en mi propia habitación de parte de una militante de los más bajos escalones en la escala social. Él se apuró en decirme dásela.
—Está bien, no se hable más, lo que cuesta vale.

Adelina era una mujer de más de sesenta y gastada en tareas de limpieza desde joven. Si bien los años la habían tornado más gruesa, gozaba aún de un buen porte y un pelo ensortijado de un castaño natural. De atrás, ilusionaba, de frente era un mar de tetas derramadas bajo una cara que semejaba un mapa orográfico.

Un día, en que yo le miraba el culo mientras agachada fregaba un piso, él me dijo se parece a Beatriz Viterbo.
—¿Cómo sabes? —le pregunté yo. Es fea como un culo.

Él aseguraba que el gusto de Borges y el tal Daneri no podía ser bueno porque eran dos gangosos.

Según Rosa, Adelina había transitado por todos los estados civiles, de los que prevaleció el de viuda.

Por mi parte, yo sabía que Adelina bebía, la había visto regresar del almacén con el inconfundible tintineo de las botellas en la bolsa. La había oído hablar con Rosa con la lengua densa. Había olfateado el aliento de los caramelos de menta con que se presentaba a trabajar todas las tardes y también me había enterado de un episodio en el invierno anterior en que bebida se había puesto a cortar el pasto en la vereda a las tres de la mañana y peleado a los gritos con vecinos que debían madrugar.

Él, yo y el tesoro estábamos en las manos de una mujer de avería. Una Beatriz Viterbo degradada y escapada del retrato.

Las cosas se precipitaron (empujadas por quién…el azar). Rosa debió ausentarse por una súbita enfermedad de mi suegra y viajar a Córdoba. Él y yo nos quedamos solos con el tesoro y la intermitencia de las visitas de Adelina para cumplir con sus tareas.

Los vidriados cadáveres vacíos comenzaron a aparecer en simultáneo con la desaparición del Lampedusa que como toda energía más que desaparecer se transformaba (ya verán como).

Para el primer viernes, desde la partida de Rosa, del tesoro quedaba una caja y nos rondaba la idea de una reposición que por dos motivos no se concretó, uno, quizá el determinante, fue lo ya apuntado, la escasa influencia de él cuando bebo, el otro, una tormenta que desalentaba la voluntad de salir. Así dadas las cosas opté, fuera de toda sugestión, por resistir con mis seis botellas vivas y un plan de racionamiento de dos unidades diarias para evitar cualquier abstinencia hasta el lunes.

Esa noche sonó el timbre. Espié por la ventana del living y bajo un paraguas, sitiada por el aguacero, se recortaba la figura patética de Adelina.

Con fingido interés le pregunté qué deseaba.
—¿Puedo pasar, don Carlos?

Te conviene que entre rápido por si la ve algún vecino, aseguró él.

Entró de manera grotesca rezumando agua como una fruta pasada.

—Estaba sola sin nada para beber y me acordé de su rinconcito —dijo con lascivia.

Después se quitó la capucha del impermeable y el cabello se desparramó en rulos desparejos sobre sus hombros mojados. Le pedí el impermeable y el paraguas y los colgué en el baño. Luego busqué mis pantuflas para que se cambiara las botas.

Cuando se sentó para que la ayude las pantorrillas gruesas le quedaron expuestas y percibí, quizá por ser viernes, que una femineidad la trascendía e invadía mis sentidos.

La planificación del consumo quedó atrás. El Lampedusa de suave bouquet frutado le iluminaba los ojos. Ya nos tuteábamos. La lluvia hizo lo demás.

Al despertar Adelina era fea de nuevo. Fea y desnuda sus ronquidos tapaban el murmullo de la lluvia que aún persistía. Del Lampedusa no quedaba nada y eso fue lo que más me irritó. Regresé a la habitación y entonces él me dijo, si no lo haces vos lo hago yo. Ante mi inacción él tomó la iniciativa, se le subió encima y la ahorcó, tuvo tiempo todavía la mujer para orinarse en la cama y apagar sus ojos en los míos.
—¿Ahora qué hacemos? —pregunté yo conmovido.

Él hizo un gesto de asco al percibirse mojado por el pis y dijo ponela en el lugar de los vinos.

Carlos Arturo Trinelli, Argentina © 2017

piedrazul@hotmail.com

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