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El agujero de la tortuga

La tortuga que compartía conmigo la mansión familiar se tiró por el agujero sin fondo del jardín el mismo día de julio que la avioneta de John-John Kennedy se precipitó a las profundidades del Atlántico. Ahora que aquí abajo tengo todo el tiempo en mis manos creo poder explicar esta coincidencia.

Quién era John-John no necesita explicación. La revista Hola le dedicó un número monográfico, al cual me remito. La tortuga --kilo y medio, negriamarilla y bastante lenta-- la trajo al jardín mi bisabuela allá por el milnovecientos. En el jardín la tortuga ha visto pasar con indiferencia el siglo XX, repartiendo su tiempo entre hibernaciones y cacerías de caracoles. Cuando un caracol babeante pasa cerca de ella, la tortuga saca sus cuatro patitas escamosas con parsimoniosa ferocidad y se lanza a una persecución que puede prolongarse durante semanas. El caracol se apresura hacia las tapias, pero tiene que replegarse en la seguridad de su concha al ver que le da alcance la tortuga. Ésta, sabedora de que el tiempo está de su lado, se repliega también dentro de su caparazón, y espera. Indefectiblemente, este duelo de inmovilidades termina con el caracol extraído de su concha y devorado.

Este jardín que ella y yo compartimos está en la parte trasera de mi vetusta mansión familiar. Construida a finales del XIX en una colina, hoy las calles excavadas a sus pies han hecho de la casa y el jardín un Montmartre privado, un hortus conclusus con tapias que desde fuera semejan las murallas de una fortaleza. Una encina es el único árbol en esta selva amena, que no es oscura ni alberga leopardos, leones o pavos reales, sólo la tortuga y los caracoles cuyo destino es ser devorados.

En estos jardines colgantes de Babilonia, las tardes de verano me siento bajo la encina a mordisquear una manzana. Entonces, la tortuga abandona al caracol que acecha y se acerca arrastrándose por los laberínticos parterres. Cuando está a mis pies, mete sus cuatro patas reptilianas dentro de su caparazón dejando afuera sólo la cabecita escamosa, y espera a que le arroje el corazón de la manzana.

En los raros días soleados de invierno que salgo al jardín con mi manzana, exhumo a la tortuga de su voluntaria sepultura invernal. Pero por más que la tiento con exquisitas frutas exóticas cuidadosamente extraídas de tarros de almíbar, ella nunca se digna a salir de su caparazón. Solemnemente la entierro y vuelvo al interior del caserón donde vivo cómodamente solo, sin necesidad de trabajar gracias al interés compuesto de mis ahorrativos ancestros. Entonces paseo por sus habitaciones de ventanas estrechas y altos techos abovedados, donde, sentado al pie de uno de sus muchos armarios encumbrados y sombríos, mordisqueo mi manzana.

Pero esta mi bucólica existencia empezó a desintegrárseme entre las manos en el mes de julio de 1999. Unos días antes de que John-John se precipitara al fondo del Atlántico, en un rincón del jardín noté un pequeño boquete en la tierra. Sin darle importancia, lo achaqué al hundimiento endémico de un galería en la mina de carbón, gigantesca lombriz ciega que desde hace un siglo horada el subsuelo del pueblo. Paleé algo de tierra y tapé aquel vórtice que amenazaba tragarse mi jardín de las delicias.

Al día siguiente, la lluvia nocturna había abierto de nuevo el boquete. Aunque lo volví a tapar, un día después este agujero negro de mi universo se había reabierto. Discurrí entonces que, en vez de paletadas de tierra efímera, taparía aquella boca del infierno con materiales más contundentes. Empecé por arrojar calendarios de principio de siglo con regordetas señoritas morenas, fajos de fotos de ancestros bigotudos en blanco y negro, y reatas de incanjeables bonos de guerra del Kaiser. Esta abundancia documental se debe a que cada generación se ha afanado en atestiguar su paso por la casa mediante una celosa labor archivística. En los armarios, baúles, alacenas y aparadores de las muchas habitaciones, gruesos atillos de papeles acumulan polvo. Las tardes lluviosas los clasifico a veces por año, a veces por tema. Así, en una soleada alacena de la galería tengo los recortes de periódico sobre las desapariciones de Mallory en el Everest y de Amundsen en el Polo Norte. En una caja del sótano, he archivado en orden cronológico inverso recortes de la desaparición de los aviones de Saint-Exupéry en el Mediterráneo y de Amelia Earhart en el Pacífico. En el aparador del comedor, he archivado los más recientes reportajes sobre el vástago de los Rockefeller que desapareció en Nueva Guinea mientras estudiaba las tribus antropófagas.

Por cuestiones de racionalidad y espacio, ya llevaba tiempo planeando deshacerme de parte de este voluminoso legado familiar al que yo, modestamente, he ido contribuyendo. Esta operación de limpieza no fue indiscriminada, sino, muy al contrario, altamente selectiva. Así arrojé al agujero dos cajas de participaciones de bautismos con serafines regordetes, pero conservé las dos cajas correspondientes que contenían las más sobrias esquelas de sus defunciones. Arrojé las instrucciones de gramófonos, lámparas de petróleo y otros utensilios del legado familiar ya fuera de servicio, pero conservé sus garantías expiradas. El agujero se tragó esto y mucho más para, cada vez que llovía, reabrir sus fauces insaciables.

El soleado 16 de julio de 1999, según acostumbraba, salí al atardecer a compartir mi manzana con la tortuga. Esperé a que viniera, la llamé en vano por sus campos de caza. Entonces, instintivamente, miré hacia el agujero y tuve el tiempo justo de ver sus patitas traseras y su cola apuntar al cielo mientras se precipitaba al abismo.

Para seguirla tuve que ensanchar la entrada a este orco pueblerino que había abierto sus fauces en mi jardín. Pala en mano, metido hasta la cintura en la tierra, en vez de la noble calavera de Yorick desenterré una agusanada foto autógrafa de Rodolfo Valentino que yo había arrojado al agujero días antes. Tras una hora de trabajo amplié la entrada lo suficiente para poder arrastrarme adentro. Llevaba un candil en la mano derecha, y en la izquierda a guisa de lira órfica o ramus aureus blandía un plátano medio pelado para sobornar a la tortuga a que retornase a los superficiales placeres. Más que a Dante o al Mantuano, creo que me daba un cierto aire a Alicia tras la liebre de reloj y chistera, o a Dorothy, la de Kansas, con sus zapatos mágicos al rescate de Toto.

Los primeros metros de bajada fueron desagradables. El agujero no descendía verticalmente, sino en una pendiente pronunciada. Repté sobre papeles humedecidos por la lluvia que despedían un hedor a podredumbre. A medida que descendía, los papeles estaban más secos y las paredes del túnel se ensancharon hasta permitirme gatear. Tras media hora de bajada, podía caminar encorvado. Si me detenía, oía a lo lejos las pezuñas de la tortuga arrastrándose sobre los papeles, pero entonces ella también se detenía, supongo que a esperarme.

Unos metros más abajo el túnel se bifurcaba en dos ramales igualmente llenos de papeles. Por suerte, las pezuñas de la tortuga y el peso de su caparazón habían dejado un claro rastro en el corredor de la izquierda. En otra bifurcación en que me paré a comprobar qué dirección había tomado la tortuga, me encontré papeles que, con toda seguridad, yo no había arrojado al agujero. Eran recortes de la primera travesía transatlántica del Andrea Doría. Yo había notado esta laguna en mis labores archivísticas, pero, dado que el Andrea Doria ya no existía, no me inquietó. Entonces, como en una iluminación, la realidad se me hizo clara en aquella oscuridad: generaciones anteriores de mi familia habían realizado sus operaciones de limpieza y relleno, también angustiadas por la falta de espacio y por el agujero que yo había notado hacía días solamente. A pesar de la tentación de pararme a estudiar aquellos preciosos documentos, seguí mi descenso en aquilínea persecución de la tortuga. En otra bifurcación en que me agaché a comprobar sus huellas, encontré documentos de otras familias. Así comprendí que todo el pueblo está lleno de estos pozos negros de la historia que en vano se intenta sellar con papeles que aquí abajo acaban juntándose.

Desde entonces he perdido la cuenta del tiempo que llevo aquí adentro, donde día y noche no significan nada. La vela del candil se ha extinguido. El reloj digital se ha parado parpadeante en las cuatro y media, dejándome entre una hora del té que nunca termina y una fatídica corrida de las cinco de la tarde que nunca empieza.

Una cosa importante sí ha ocurrido desde que estoy aquí adentro: he alcanzado a la tortuga. En armoniosa camaradería hemos ido compartiendo el medio plátano a un ritmo cuidadosamente racionado mientras seguimos descendiendo. A veces, nos arrastramos por estrechos corredores, otras atravesamos catedrales subterráneas en las que nuestros pasos resuenan en bóvedas invisibles. Silenciosos y obscuros, deambulamos durante días sin interrumpir nuestro descenso, o nos paramos a dormitar hasta que nos cubre el moho.

La familiaridad con que la tortuga se mueve por estos parajes sombríos me hace pensar que los ha visitado antes. Yo, un novato de este laberíntico inframundo, he ido recolectando documentos que la tortuga me ayuda a seleccionar. De cuando en cuando, se detiene para tocar un papel con su hociquillo cornudo. Merced a estos documentos he descubierto que la misma conspiración está detrás del hundimiento del Maine en la bahía de la Habana, del asesinato del padre de John-John y de la caída de su avioneta. También he descubierto que el tercer misterio de Fátima profetiza que el tercer misterio de Fátima es falso, por lo que nunca podrá ser revelado. Gracias a la ayuda de la tortuga y a la riqueza de archivos aquí enterrados, estoy a punto de formular la Teoría de la Historia, una Geschichtetheorie que sintetice el materialismo histórico, el mito del eterno retorno y varias fórmulas neohistoricistas. Mis tesis de la historia explican perfectamente que la decisión de la tortuga de descender in profundis se debe a que este fin de milenio hemos alcanzado el fin de los tiempos. John-John es el ángel apocalíptico de alas de acero, el Ícaro caído hasta las profundidades del Atlántico donde las frías aguas sombrías corroen eternamente al soberbio Titanic.

Presumo que, en las galerías más profundas de este descenso, nos encontraremos con un John-John chorreante, con un Rockefeller semidigerido y con un Amundsen congelado, cada uno descendiendo en pos de su tortuga. Presumo también que, al final de este agujero hasta ahora sin fondo, saldré por entre las piernas sanguinolentas de una mujer embarazada, o que en algún jardín del paraíso seré modelado de papier maché. Pero dudo que la tortuga acceda a un principio tan vulgar.

Enrique Fernández, Canadá, España © 2001

Enrique_Fernandez@umanitoba.ca

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