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El niño partido en dos

Cuando mi madre me propuso que volviéramos a pasar una temporada en la casa de mi infancia, me entusiasmó la idea, a pesar de que ella llevaba ya casi veinte años de muerta y que hacía mucho que la casa estaba vacía y condenada. Mi padre no quiso ir. Sus razones tendrá para no volver, pero yo creo que es porque allí siempre hizo mucho frío. La casa, o mejor dicho el piso, era el entresuelo de un bloque de vecinos de cuatro plantas sin ascensor construido con todo el gris de la postguerra. Volver allí fue como entrar a una película en blanco y negro, a un barrio neorrealista de una ciudad de provincias que permanecía congelado en el tiempo. Tan pronto como me adentré por el largo pasillo de baldosas hasta las habitaciones vacías noté que todo seguía del mismo tamaño. Esperaba encontrarlo todo pequeño pues los recuerdos que guardaba eran por los ojos de un niño de ocho años. La luz también era la misma, una combinación del cielo nublado de patio de cemento y de bombillas de 25 vatios que proyectaban un halo amarillento sobre los muros, y sobre los techos sombras como arañones. El cuarto de baño seguía igual, con su lavabo a la altura de mi pecho y con el temible ventanuco de aireación, que daba sólo a la carbonera y por el que, como una gran cucaracha, subía la oscuridad húmeda.

Mi primera indagación tras el retorno a la casa fue a ver si seguía en el bloque el niño partido en dos. Debo aclarar que el niño partido en dos era un niño del piso cuarto de la misma escalera. Como mi madre gustaba de contarme, el niño, que se llamaba Jacinto, o Jaime, se había subido al tranvía sin pagar. Cuando el revisor vino a pedirle el billete, se tuvo que tirar del tranvía en marcha, con tan mala fortuna que cayó sobre las vías y las ruedas brillantes como cuchillas del tranvía lo troncharon limpiamente en dos mitades. Los que las recogieron, antes de llevarlas a casa, unieron con prendedores la camisa al pantalón para que su madre no lo tuviera que ver así, en dos pedazos. A pesar de eso, gritó como una loca cuando se lo metieron en casa y los gritos se oyeron por todo el bloque.

Como es lógico, después de aquello el niño partido en dos nunca salía de casa . A lo más, se limitaba a salir al descansillo del cuarto piso a jugar solo. Una regla preventiva que yo seguía para no encontrármelo era no pasar nunca más arriba del segundo piso. Como mucho, me asomaba brevemente al tercero, pero no me quedaba mucho tiempo. En algunas ocasiones, desde allí oí sus pasos blandos y descompasados arriba, dos piececitos que rascaban el suelo, como los de los niños de piernas con armazones de metal por la polio con los que jugaba en el patio. Otras veces por el hueco de ventilación del baño lo oía sollozar, muy quedo. Me imagino que era cuando su madre desnudaba y metía sus dos mitades en la bañera, con agua fría, claro, para que no se desangrara.

A veces, al salir de casa, me asomaba al hueco de la escalera y miraba para arriba. Esbozada en el contraluz de la claraboya del tejado veía la silueta de su cabeza en el descansillo del cuarto piso. Simpre tenía el mentón apoyado en el pasamano de la barandilla. Tenía la cara pálida y triste, y los ojos llorosos. Nunca asomaba más que la cabeza, debía de tener miedo de que, si se asomaba más, se le desprendiera el torso y se le cayera por el hueco de la escalera hasta el sótano. Alguna vez que me atreví a bajar hasta allí encontré juguetes que debían de habérsele caído por debajo de la barandilla cuando jugaba solo en su descansillo. Siempre estaban rotos o eran sólo fragmentos de juguete, así que nunca los cogía. Además, desaparecían al poco tiempo. Por las noches debía de bajar él a buscarlos. Una vez encontré dos canicas de cristal, grandes como ojos.

El castigo de ser cortado en dos era desde luego duro, pero se lo tenía bien merecido. Era el resultado de haberse alejado sin permiso de la calle cortada al tráfico de delante de nuestro bloque y adentrarse en las vías transitadas de la ciudad, eso sin contar el tomar un tranvía él solo. Pero, dado que mis transgresiones no alcanzaban nunca aquellos niveles, yo no tenía que temer nada parecido. Mi culpa era de otro tipo, más bien un pecado original genérico, a lo mucho como el de Nerón, que mandó abrir a su madre para ver de dónde había venido. La cicatriz en el vientre de mi madre por la que me habían tenido que sacar al mundo dada mi falta de cooperación era la marca de esta culpa, mi arda Roma irreparable. Es posible que el niño partido en dos del cuarto hubiera pagado en carne propia por mi transgresión original, así que, en el fondo, sentía algo de pena por él.

Aunque los tranvías desaparecieron de la ciudad al poco tiempo, sus vías quedaron enterradas en el asfalto y en el calor de los veranos a veces reaparecen entre el asfalto derretido como vestigio de aquella redención fallida. Ahora, más de medio siglo más tarde, por fin he vuelto al bloque de vecinos y miro para arriba por el hueco de la escalera, a ver si veo su cara triste al contraluz de la claraboya apoyada en el pasamanos del cuarto piso. En el sótano no hay más que polvo, en capas tan espesas que sería imposible encontrar nada allí sin ponerse a hacer excavaciones de envergadura, y eso es algo a lo que no estoy dispuesto. Me pregunto si el niño cortado en dos se habrá hecho un hombrecito, y luego un hombre, y luego un viejo. O quizá la parte de abajo no le habrá crecido y tiene un tronco de adulto sobre unas piernas enclenques de niño que apenas le sostienen, y a pesar de una voz ronca de hombre y de la barba tiene un puntilina lampiña entre sus dos piernecitas. O a lo mejor le habrán crecido piernas nuevas, o a la parte de abajo le habrá salido un torso y ahora él son dos, y los dos han llevado vidas diferentes, sin saber el uno del otro. Debería subir al cuarto piso y llamar a la puerta de su casa, pero me temo que mi madre se vaya a enfadar si se entera, y entonces tampoco me dejará a mí salir de la casa nunca más.

Enrique Fernández, Canadá, España © 2009

fernand4@cc.umanitoba.ca

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