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La casa del último placer

En unos minutos vendrán a buscarme. Estoy decidido. Lo que me restaría de vida, que es poco, bien vale un atracón de placer. Cambiar prolongación por intensidad. En mi caso, un negocio rentable. Las normas para acceder a este servicio son muy estrictas. Se ha de padecer una enfermedad grave, estar en las últimas, pero no una enfermedad cualquiera. Debe tratarse de una dolencia que no resista dosis intensas de placer. Claro que no siempre funciona. A veces, me han dicho, se han dado situaciones en las que se ha necesitado más de una sesión, o ayuda extra. Espero que no sea mi caso. Padezco una enfermedad respiratoria grave. Y mi edad es muy avanzada. Un esfuerzo intenso puede matarme. Y no tengo familia. Cumplo los requisitos. Tuve noticia de esta agencia por un amigo, ya fallecido, que a su vez lo supo por un cliente anterior. Hay que ser cauto. No se puede divulgar de forma indiscriminada. Para ellos es un negocio y para nosotros una airosa salida. Todos ganamos. Pero hay que procurar no informar a esos ancianos quisquillosos que sólo de boquilla aceptan la muerte. Ni a los que tienen herederos o parientes que lo cuidan... o vigilan. Cazadores de herencias. No es mi caso. Cumplo todas las condiciones. Está todo apalabrado, todo firmado. Pago por adelantado. Vendrán a por mí. Me llevarán en un automóvil normal. Para vecinos curiosos, unos parientes que me llevan de paseo. Me conducirán a la morada del placer, a la que sólo acceden quienes ya han aceptado su final. Lo demás son rumores. Se habla de media docena de habitaciones. Mujeres exuberantes, damas exquisitas o viciosas, jovencitos si así se prefiere. Puedes retozar con varias de ellas, cumplir tus desviaciones o caprichos sexuales más ocultos. Una intensidad de goce hasta donde tus carencias de salud te lo permitan, hasta que el ahogo o el corazón no aguanten y abandones la existencia en medio de espasmos de placer. Si tardas, y esto lo imagino yo, es posible que te ayude una mulata despampanante tapándote la boca con sus desarrollados pechos. La anticipación también me produce placer. Casi lo deseo. Dejar de jadear por esta penosa existencia, eliminar, para siempre, este raspado de los pulmones que me quita la serenidad y me hace anhelar la muerte, estos ahogos intermitentes, esta servil subsistencia. Morir por asfixia con la boca taponada por unos pezones morenos, aferrando unos muslos prietos, experimentando, quizás, una postrer erección. Sí, la anticipación también produce placer. Pronto vendrán, ya es la hora. Luego, discretamente, te devuelven a tu morada, meten tu cuerpo en el lecho, o lo dejan sobre el suelo con cuidado, aparentando espontaneidad, y llaman a la policía fingiendo ser un vecino preocupado por no haberte visto o sentido durante días. Te encuentran muerto, quizás con una sonrisa en la boca, los papeles, luego lo comprobarán, en regla. Un entierro organizado por el municipio, o en mi caso con la aseguradora donde lo tengo concertado. Y fin de la historia. Una salida más digna que el dejarse marchitar en un cuarto mal ventilado o en una habitación de hospital, entubado, con mascarilla, gastando recursos de la Administración. Qué gran idea la Agencia de la Muerte Dulce. Viene a llenar un hueco, a saciar una necesidad. Pero deben actuar en la sombra. Nuestra hipócrita sociedad justifica la guerra pero no la muerte digna. Ya tardan. ¿Se habrán olvidado? Quedó clara la dirección, realicé el pago... Estoy impaciente. Vaya, me parece que el ascensor se ha puesto en marcha. Sí, está subiendo. Se ha detenido en mi rellano. Llaman a la puerta. Sí, por fin están aquí. Dejaré de escribir...

Lamberto García del Cid, España © 2004

lgdelcid@telefonica.net

Lamberto García del Cid nació en Portugalete, Vizcaya, en 1951, y es licenciado en Ciencias Económicas por la Universidad de Bilbao. Si las finanzas son su modus vivendi, sus aficiones son la literatura y la divulgación científica.

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