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El libro infinito

Agnus Frei sabíase elegido por el destino. A la edad de ocho años convenció a sus padres para recibir un curso de mecanografía. Éstos, que si bien no alcanzaban a entender las razones del capricho tampoco veían perjuicio en ello, consintieron. A los diez años Agnus Frei escribía con una soltura deslumbrante. Para cuando alcanzó los dieciocho años, dominaba el procesador de textos con una maestría que envidiaría cualquier taquígrafa de cualquier parlamento. Y precisamente fue a los dieciocho años, sus padres recién fallecidos y con un patrimonio que cubría con creces sus parcas necesidades, cuando decidió abordar su misión. Un buen día, era un lunes, tras avituallarse de comida y resmas de papel, se sentó frente al ordenador, conectó la impresora, la programó para que fuera imprimiendo a medida que la página fuera terminándose y comenzó a escribir el libro infinito.

Al cabo de un mes, la habitación rebosante de hojas impresas, Agnus Frei detuvo la escritura para trasladar las más de cien mil páginas impresas a un recinto aledaño. Dispuso el manuscrito en altas columnas junto a una pared del cuarto. Después de avituallarse de más comida y más papel, se aplicó, con renovado brío, a la tarea de escribir el libro infinito. Agnus tecleaba a gran velocidad, con gran precisión y sin pausa. No necesitaba, como los escritores no llamados por la gracia, aguardar la inspiración. Él ya lo tenía todo en la cabeza, todo ordenado, la versión definitiva de ese texto sin fin que iba transmitiéndose de su cerebro a los dedos, de estos al procesador de texto y del ordenador a las hojas que escupía sin cesar la impresora. Tras un primer año de intenso trabajo, Agnus llenó todas las habitaciones de la casa con hojas del inacabable manuscrito. Había tenido que cambiar tres veces de impresora, había consumido miles de cartuchos de tinta y comprado toneladas de papel. Por último instaló en el jardín una carpa cerrada con lona impermeable para almacenar sus próximos escritos. Como la fábrica de papel y las tiendas de fungibles dieran noticia del extraordinario evento, la prensa acudió a visitarlo e hizo pública la colosal tarea emprendida por un habitante de su pequeña ciudad. A partir de entonces, las noticias de sus acarreos periódicos de hojas impresas para almacenarlas en la carpa en la que se había transformado el jardín, eran seguidas con curiosidad. El asunto no pasó desapercibido para los responsables del Ayuntamiento, quienes acordaron por unanimidad acondicionar varios edificios vacíos para almacenar futuras impresiones del libro infinito de Agnus Frei. Y efectivamente, al cabo de un tiempo la carpa del jardín se llenó y los nuevos materiales impresos se acarrearon a los edificios adaptados por la municipalidad. A partir de ese momento el Ayuntamiento se encargó de proveerle de papel y comida, así como de retirar la profusa producción diaria. Querían con esa medida permitir al extraordinario escritor dedicarse en exclusiva a su tarea.

La noticia del libro infinito trascendió y pronto fue conocida en todo el orbe. Mucha gente acudía a la ciudad para presenciar el almacenaje de las distintas porciones del manuscrito o para ver en acción al vigoroso escritor, ese Hércules de las letras que había emprendido tan sobrehumana tarea. El Consistorio, contento con esta notoriedad, que atraía reconocimiento y visitantes a su ciudad, prodigó atenciones al escritor. Como vieran que la rápida producción llenaría en pocos años los edificios acondicionados, construyeron un inmenso edificio de tres plantas diseñado para almacenar las nuevas páginas del libro infinito.

Fueron pasando los años y el manuscrito crecía y crecía, inundando todos los habitáculos que el ayuntamiento adaptaba para contenerlos. Agnus Frei, pese al transcurso del tiempo, mantenía su producción a un ritmo frenético. Tenía a su disposición un ejército de ayudantes que le proporcionaba materiales de escritura, comida y vestido, incluso un equipo médico que vigilaba su salud o ponía remedio a determinadas afecciones propias de su dedicación, como tendinitis y llagas en las posaderas. Pero estas dolencias, escasas, apenas retrasaban la escritura del libro infinito.

Eruditos de los países con Universidades económicamente solventes comenzaron a enviar expertos para leer el manuscrito, que dividieron por partes. Todos ellos, después de meses de estudioso escrutinio, reconocían que el libro era de una belleza literaria extraordinaria y su lectura apasionante, pero lamentaban que no pudiera distinguirse el propósito, que no se percibiese un hilo conductor.

El día que cumplió cincuenta años, Agnus Frei hizo un descanso de media hora para celebrar la efeméride con la prensa y los representantes municipales. Pero inmediatamente después se enfrascó de nuevo en la escritura con su habitual ritmo enardecido.

Al cumplirse cincuenta años desde que se iniciara la escritura de este libro infinito, Agnus Frei un hombre de 68 años, algunas cosas habían cambiado. La gente ya no hablaba de la hazaña, que apenas conseguía reseñas periodísticas en épocas de escasez de noticias. El Ayuntamiento, si bien no se atrevía a abandonar la ayuda personal al escritor, ahora casi un anciano, sí daba muestras de preocupación por los elevados costes de construir nuevos albergues para las hojas del libro que seguían saliendo sin parar de la impresora de Agnus Frei. Sus escritos ocupaban ahora una superficie semejante al de una barriada, y la financiación de nuevas localizaciones encontraba oposición en los plenos municipales. Los cambios también afectaban al propio Frei. Sus manos ya no eran tan rápidas, sus períodos de descanso eran cada vez mayores, y su salud sufría achaques que a veces le tenían varios días inactivo. Pero por lo demás, la obra continuaba su constante progreso. Las universidades que comenzaron a analizar la obra y prodigaron elogios de la misma, ahora la ignoraban alegando que era inabarcable. Todo a su alrededor tornose indiferencia. Pero Agnus Frei, ajeno a estas circunstancias, proseguía con su misión, una misión para la que había nacido y a la que había dedicado toda la vida. Cierto que en esos cincuenta años habían cambiado los utensilios de escribir. Comenzó con un ordenador que ahora semejaría una antigualla. Nada que ver con la hodierna pantalla de pared o el teclado de tacto del presente, ni con la forma actual de impresión en papel, sin gasto de tinta merced a nuevos dispositivos de teñido digital. Incluso no hubiera necesitado sacar lo escrito en papel, pudiendo almacenar el inmenso texto en los nuevos prismas de almacenaje, capaces de albergar todas las obras de una gran biblioteca. Pero él había insistido en que quería imprimir su trabajo en papel, pues casi toda su obra se hallaba en este soporte, un soporte que amaba y en el que deseaba proseguir. La anti?ecológica determinación le fue aceptada como miramiento por su tenaz labor y los méritos hechos para el reconocimiento internacional de esa pequeña ciudad. Agnus Frei, cerca ya de los setenta años, siguió tecleando con pasión, salvo aquellos momentos, cada vez más frecuentes, de obligado reposo.

La noticia de su muerte reavivó los rescoldos de su pasada celebridad. Todos los periódicos del mundo recogieron la noticia. En el momento del óbito, una caravana de camiones trasladaba el contenido de su obra de un edificio en ruinas a una nueva nave en una ciudad vecina. El convoy de transporte fue detenido y conminado a regresar a la ciudad y esperar una decisión por parte de las autoridades locales. Inmediatamente se creó una comisión que dictaminara qué hacer con los miles de metros cúbicos de manuscrito que ocupaban el libro infinito de Agnus Frei. El delegado municipal que acudió a casa del escritor, vio cómo el cuerpo sin vida de éste era retirado por los servicios de salud. Se acercó a la pantalla y notó con satisfacción que la mano caritativa de un vecino había escrito, después de dejar varios espacios desde la palabra inconclusa pulsada por el celebrado autor, el sustantivo “fin”. Ese fin suponía un inconfesado alivio para las autoridades. El delegado, sin ser consciente de la paradoja de su acto, anunció a la prensa allí reunida que El libro infinito había llegado a término.

Como conclusión de esta extraña historia, consignar que todas las hojas de la inconmensurable obra de Agnus Frei, después de larguísimas y acaloradas deliberaciones, fue acumulada en una explanada en un paraje desierto lejos de la ciudad, cuidadosamente filmada y fotografiada (una reproducción de la montaña de documentos titulada apropiadamente El libro infinito figura en la sala de eventos del Consistorio) y rociada con líquido inflamable. El director de la Biblioteca Nacional, como representante idóneo, fue el encargado de prender fuego al fruto del más grande esfuerzo literario jamás emprendido.

Zaragoza, septiembre 2004

Lamberto García del Cid, España © 2005

lgdelcid@telefonica.net

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