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A DIARIO

Sabe que con el abrir de un ojo, apurará el que la claridad irrumpa intrusa. Y el día nuevo se precipitará aplastante en encendida luminosidad, y acarreará un ir venir de gentes y sus cosas apuradas. Y él circulará encajonado entre sus pequeñas decisiones. Y caerá en la ineludible tarea de vestirse. Lo deprime enfrentarse a otro día trabajoso y repetido; si se queda a revolverse entre las sábanas, no le causarán placer, sus piernas son insensibles; se le llena la cachimba de tierra al recordar las torpezas del miércoles y teme enfrentar ese jueves con sus problemas nuevos y que viene ansioso por reventar en luces y cantos de pájaros en la alegre mañana para “los normales”. Se decide a iniciar su día. Temeroso, echa pie atrás. “No, no abriré ojo, ni desplegaré el día nuevo hasta que me rebote porfiada la realidad con su estruendo” El viernes, se prometió recatado, su comportamiento sería menos infantil. Haría lo que los otros esperaban de él. Esos con articulaciones lubricadas y vivas, que disponen de buena moneda. Su salud. Trabajoso se sube a la silla y rueda hacia al baño. “¡Y ahora qué!”. La puerta del baño se atascó y no abre, porque topa en la puta rueda delantera de la silla, se lo informa el tirón que le sacudió rudo la nuca. Retrocede y presiona el pomo de la estrecha puerta, arrinconado se lanza recto y la empuja, una incipiente rabia está por iniciar una espiral que puede ser incontrolable. Que no lo vayan a ver en pelotas en el suelo, se preocupa. Revisa el equipo de aseo. A la hoja de afeitar le quedan dos días, que no se olvide cambiarla para mañana. ¿Colonia? “No, hoy no, queda muy poca”. No se lavará el pelo, así ahorra once minutos, quizás en una de esas, se les ocurra sacarlo a la calle y él no va a regalar un pretexto atrasándose para que lo urjan. Con ayuda de los brazos pone los pies sobre el borde de la tina; con la mano izquierda en el asiento de la silla y la otra en el borde se impulsa e inicia el descenso, le falta gimnasia se da cuenta. Sabe que su supervivencia es persistir y persistir. Ocupa una hora en la fajina del baño. Ya es una rutina y no una aventura como era en el primer tiempo de su lesión. Así atesora tiempo para afanarse en sus otras pequeñas rutinas, que le son tan importantes. Cuando ve muecas en las otras caras, entiende que debe anotar algún error en su bitácora. “Ahora a disfrutar, agüita rica aguántate que aquí voy de hocico. Cresta, que poco agua. Y ya estoy embalado”. El agua lo relaja y anima. Para él, la sala de baño es una isla de serenidad, puede imaginar lo mejor y lo peor, diseñar y borrar mundos y respirar soledad y silencio. No encuentra ahora la segunda toalla, es que olvidó revisar anoche. Se secará de manera más avara que ayer. El impulso de sus brazos para salir de la tina casi fue insuficiente, ojalá que sea sólo falta de gimnasia y no que se esté acercando a la decrepitud, se asusta. “¡No pienses idiota! Sólo hazlo. Hay que llegar sin abolladuras a la noche, tu puerta al olvido liberador”. El jabón se escapa, justo ahora que ya está seco y le palpita que el maldito está fuera de alcance y pastoso, hay además, papel higiénico mojado en el piso. “Tendré que estirar la zarpa y limpiar para no dejar huella lastimosa” se inquieta. Calcula mal la distancia de la silla al jabón. El resbalón fue rápido. La diversión se trocó, en décimas de segundo, en trampa mortal. El cuerpo quedó en ángulo extraño y las descarnadas rodillas, más altas que la cabeza. Bajan delatoras, acusando su miedo e impotencia, lágrimas íntimas que son fuego líquido y vidrio molido, muerden abrasivas y crueles el globo de sus ojos quemándolo en el salvaje aflorar. El hombre lucha avaro por ocultarlas. Yace sentado, caído y vencido en el piso inhóspito, del baño y que está empezando a helarse. Clava absorta la mirada en el cromo reluciente de la silla, lejana como habitante de otro planeta. Se encuentra ésta a un metro escaso. Pero tan inasible como la imagen de sí mismo, que le rebota burlón el espejo adosado al muro, de luna entera. Como su carne lisiada es insensible, no se da cuenta de la posibilidad de alguna fractura, ni percibe la manera en que quedó su cuerpo postrado. Imagina, avergonzado que puedan verlo en la disposición en que quedaron sus nalgas. Piensa que: escuálidas, aplastadas y flácidas con el hueso a ras de piso, al no encontrar resistencia en su carne muerta. “Otrora, cuando era persona, lucían duras con un sensual ángulo casi obsceno y nerviosas como látigo”. Sonríe amargo, a la época esfumada. Impotente demanda lloroso y ronco: “¿No es acaso ya la hora de asear el baño? ¡Alguien que venga! Encuéntrenme, por favor”. Solloza quedamente el infeliz, vencido y en espera que le resuelvan el problema para el cual carece de fuerza y ánimo. El cuerpo desmadejado. El corazón quizás algo trizado. El agua de los ojos, baja en amargas gotas, a pervertirse en la sucia compañía de esa otra agua también suya, de sospechosos antecedentes ambarinos que anega el piso. Doble tiempo del acostumbrado, demora entre el trabajoso alzarse del suelo a la silla, limpiar el piso y borrar las huellas emocionales, para sentirse con derecho a ingresar al día nuevo y dar la cara a los de la casa. Sale fresco del baño, selecciona del armario un pantalón y el yérsey que le sienta tan bien. Y como cada día de Dios, se mueve con ese cansancio que nunca se va enteramente. Siempre está ese resto de agotamiento. Como esa mugre pringosa, que en un vagabundo es casi una segunda piel. “Este tiñoso pantalón azul roza en las arrugas del forro del asiento, me olvidé, de pedir que limpiaran el café oscuro que es más deslizante, claro que no va con el tono del yérsey ¡Y que cresta me importa la moda por la gran put...!” Cada vez que cedía a impulsos rabiosos, perdía el control y se allegaba al borde de una pendiente sensual de engañoso descenso sin retorno. Controlado salió al pasillo y estuvo atento a si había visos de que lo sacarían a la calle. ¡La entrada al disfrute, las tiendas, plazas y ese entorno ruidoso que le martillaba tan agradable en el oído y esos olores penetrantes a fruta pasada de madura, que se le incrustaba en el olfato y le hacía fiesta hasta el otro día. Y las ropas multicolores de las mujeres quienes se deslizaban con contorneo alegre, adelantándose intuitivas a la primavera en ciernes y que, cuando él parecía no mirarlas, se condolían sinceras. Pero no le importaba, incluso lo halagaba que de alguna forma le concedieran un minuto de sus vidas, intimidad solo para él, tiempo y mimo, robado a esposos y amantes, aunque fuese de lástima. Esperó paciente, en ese imaginar, una hora más a que vinieran por él; la invirtió en retener lo que le acudía a la mente y que olvidaba con el inicio de cada minuto nuevo que traía otras diferentes, o lo distraía el vuelo de algún insecto ocupado en sus cosas y que pasaba a altura rasante en vuelo lento, lo imaginaba burlón, como si supiera que la espera lo tenía enfermo. Esperó otro tanto más. No hubo movimiento. No se amargó. Ya había superado las dificultades de la primera cuarta parte del día. Le dolía y harto adentro, que lo patearan sin hostilidad calculada, no había intención de dañarlo. Solo se olvidaron. N era más que eso. Su diseño nocturno, para el día, estaba de cabeza en el tacho. El elaborado plan de la noche inquieta, hecho humo. Y dirían si reclamaba: “Será para otro día, hay tanta cosa más urgente que hacer” Que frágil era. Caía sin golpe, sólo con el roce del aire. No le hubiese importado si lo ignoraban por buscarle el odio, lo vitalizaría, su sangre circularía rápida, al oler el aire de lucha, extraería lo mejor de sí. Crecería. Pero... esto, ¡esto era no existir! Estaban dedicados a su propio vivir, no había espacio para jarrones, trapos o cosas en sillas de ruedas. Supo que se hacía la víctima y se avergonzó un poquito.

“A almorzar” penetró desde lontananza la voz hasta el núcleo de su preocupación, disolviéndola. En tanto se extinguían los ecos de la voz, ya rodaba hasta el comedor. Se bajó maquinal de su tristeza, manipuló con giro lento la silla y se acomodó en el sitio nuevo que le asignaron desde hacía poco, lejos de la tele; es que la tiró al suelo el otro día, claro que fue sin querer, pero igual. La conversación le llegaba a su lejanía como zumbido de moscardón. Su interés estuvo casi ausente. Aburrido, se embarcó en una orgía privada con vino del rojo. Luego del aromático café negro, se sumió en un sueño amodorrado. Lo sacó brusco de la somnolencia, dos horas largas después, el agudo ladrar de los dos falderos de la casa, quienes alborotados, recibían alegres y en calidad de anfitriones, a alguien que llegaba desde la calle e introducía la magia de afuera, misteriosa y excitante... La punzada aguda de pena, le dijo que al retornar al vivir, luego de su siesta y cuando ya anochecía, se había perdido la transición del crepúsculo. Estuvo en la nada ciento veinte minutos. Dilapidó un bien que se le otorgó para ese día. Se angustió. El pecho se apretó. No recuperaría esas dos horas jamás. No lograba armonizar de como saltó de la tarde clara, a esa oscuridad que lo oprimía. No hubo transición natural de un estado a otro. Fue una fea durmiente, en un bosque de árboles desolados sin hojas y fría nieve a su alrededor, sin príncipe. Algo sucedió allá afuera y él no estuvo. No importa que fuese una nada, como el hablar intrascendente de la gente, o los perritos remolonear, o el machacar los autos el pavimento en mal estado, un canturrear vinoso de un borracho, pero algo, ¡Dios! algo. No anclar en sopor pesado, eso era perder un derecho. Una explosión de posibilidades se esfumó. Y él, se hundió un poquito más, al perder “un poquito del hoy”. Trató de conformarse. Cómo lo aplastaba hundirse en la noche profunda, sin tomar el regalo que dispuso para él el suave crepúsculo. El día “en el afuera” se deslizó entre música y poesía, pasaron cosas. Los hombres anotaron hechos en su agenda del vivir. Se portaron con dignidad, hubo atrocidades sin nombre. Y él... se sintió innoble por su ausencia y envidioso de las cosas que no le ocurrieron y que no le sucederían jamás. Como esa vez, cuando era niño, lo dejaron una tarde encerrado en tanto oía a los otros pelear y jugar. Ese día él no creció. Pero habría otros y otros días luminosos nuevos. ...Pero este castigo de hoy, sin crimen definido; no habría tiempo nuevo…

¡Muerte y condenación! Se impuso, en furia sorda, salir de ese abismo de depresión silente en el que estaba cayendo. No lo logró. El estado de desesperación se hizo intolerable, al no saber como comunicarlo. Se ahogó. Juró y prometió, servil, aceptar en adelante su vida limitada actual sin queja. ¡Deja ahora y ya ese agobio! “¡Es una promesa!” reiteró. Creyó engañar a alguien, en alguna parte, con ese trato desesperado.

“Ven a ver tele” oyó. [¡Gracias, Dios!] Con firmeza, dientes apretados al principio y luego con flexible habilidad, el siguiente momento lo usó en sumergirse en la pantalla ruidosa. Aspirado ya todo lo que pudo extraer del día, se preparó para la fajina nocturna. Se propuso a sí mismo una apuesta valiente: “¡La puerta no estará atascada mañana!” Es que le gustaban los desafíos. Y sabía que según las estadísticas, si ganas una apuesta, puede que empiece lo bueno para ti, es cosa de quebrar la racha. Se preparó animado para el baño del día siguiente. “A ver: el jabón, la pasta de dientes. Todo conforme. ¿Seguro que han dispuesto una toalla seca. ...Mañana es el inicio de otro día. Y lo visualizo excitante. Nunca el día que se extingue, ha impuesto huella sobre el siguiente día virgen, el que está pronto a engendrar maravillas”.

Jorge Carmi, Chile ©2006

jck@vtr.net

Lo que el autor nos dijo sobre el texto:

-Existo. Y solitario, aspiro angustia, no me niegues sorbos de vida. ¡Escúchame! ...¡Mírame! Ten caridad...
-Nada veo... Nada escucho; nadie es.

Diálogo sordo, entre dos mundos paralelos y que no convergerán.

“A Diario” me ocurrió lento, a través del tiempo al escuchar la garúa cansina de la no relación entre “Los distintos” y los normales, quienes no actúan maliciosos, ni conscientes de su actitud. Diría: espontáneos ante lo diferente y desconocido.
La esencia no es lo que te sucede, sino como tú te le aproximas. “Los invisibles” -a la larga- en amalgama de humor, pertinacia, aceptación serena, sortean el muro indiferente divisorio. Para entender, en sabiduría nueva, que no necesitan a los del “Primer mundo” como bastón y sí como humanos. Iba a decir, como hermanos.

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