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Encuentro fugaz

Erase que se era una vez, en un lugar encantado, un hermoso hospital de ensueño. ¡No! ¡Maldición maldita! ¡Era siniestro, de color muerte! Sus paredes húmedas destilan hoy la tristeza que trepó anoche y se incrustó silenciosa en sus poros abiertos como bocas de leprosos. El cielo raso te susurra malévolo: “Su planicie no es lo único inalcanzable para ti”.

Te oprimen los pasillos desolados donde tu grito angustiado, recibirá su solitario eco montándose —una y otra vez de manera inexorable— sobre sí mismo y entregándote monótono mensaje desolador. "Estás solo... Nada esperes; ni a nadie”.

Y añaden, sombríos: “Ten lúgubre certeza: Te unirás algún día, y por siempre, a los melancólicos fantasmas que, atónitos, deambulamos en esta tristeza sin par”.

La caricia, tejida en ternura, de la cálida mano rozó por una vez más, nunca saciándose, la suave piel rosado-pálida, despidiéndose y no despidiéndose de su muerto, ese muerto que yacía entre las insensibles y flácidas piernas del joven. Y, pájaro de fluido vuelo, en decisión rezagada, se alzó y anidó ahora osada y ya posesiva, en el vientre del joven. De ahí saltó decidida a la zona de piel sensible, donde sabía sería captada con sensualidad su traviesa intención juguetona. Al torso del joven parapléjico. En esa piel latía la vida en plenitud y en libertad de otorgar entrega consciente. Las caricias, ahora maternales, se posaron, aquietándose, en los labios de miel del joven.

La fuente de las caricias era una mujer con su vivir en ese recodo donde se aúnan las ansias de la juventud y la ternura de la madurez. Paciente ambulatoria. Caritativa, se adentró en la soledad del joven al percibir que jamás recibió visitas amigas.

Dijo la mujer ciega:

"El azar ha juntado en este lugar: a mí, quien conoció la amorosa lid, con acopio de ternura exigente por ser entregada; y a ti, joven pleno de ansias que desconoces y virilidad en ruborizado inicio. Lujuria, es aún un indócil animal y extraño a tu sensibilidad. Sensualidad, es tan solo un nombre exótico a tus oídos imberbes.

¿Erotismo? Te es un libro hermético. El sentimiento de amor puro, te es sueño de locos.

Hondo es mi lamento de tristeza, visualizar que accederás en tu transcurrir solo a lo esencial. Negado te es lo superfluo y engañoso pero que aligera la carga. Saltarás sin probar los extravíos y diversiones vacuas de la edad intermedia —desde la época del balbuceo y asombro a la ya depurada y sabia de la edad última—, sabiduría que recogerás en tu solitario mirar desde la vera del camino, a donde fuiste violentamente apartado por un accidente. Te anonadará el arrollador paso de los libres de mácula física, quienes no tendrán tiempo de concederte su atención. Tus pies no recorrerán jamás, en goce pleno, el espacio de tiempo intermedio entre niñez y muerte, donde habita la amable convivencia y el disfrute de sus aderezos prescindibles, pero tan gratos. No tendrás la tarea de des-aprender experiencias que recargan nuestra alma inútilmente a lo largo de la azarosa vida.

El imperio ominoso que ejercerá sobre ti la soledad devastadora probará, exigente, tu corazón. Inexorablemente lo quebrará o hará de él una zarza ardiente de jamás extinguido sagrado fuego. Empero nuestra sensual relación hará cálido tu inicio. Tu aprender estará libre de mezquindad y malicia. Mi piel, agudizada hasta el dolor extremo su sensibilidad, motivada por mi ceguera oscura, despertará la sensualidad que duerme dentro de ti. Seré tu amorosa guía.

No te defraudaré. No. Disuelve el pasado, no recuerdes el futuro. Sólo manifiesta tu presente. ¡Es la totalidad de tu tener!

Embriágate, dulce joven, toma ya mi seno tibio, imprégnate de su aroma deleitoso. Sumerge tu rostro y aspira delicada vida. No hables, no pienses, déjate tan solo llevar. Tiempo largo tendrás para dudar, pensar y sufrir. Toma, intuitivo mi pensamiento emergente; aún es trémulo y dubitativo, incipiente y sin modelar. Condúcelo hasta la máxima altura de tu ola, sé tú su generar, diséñalo a tu íntima manera y retórnalo enteramente tuyo; yo lo recibiré nuevo con asombro maravillado. Seré tu gozosa hembra donde pastarás en serenidad o, si te place, mi señor, serás mi cruel amo.

Aduéñate de mis recodos; descifra los misterios de mis hendiduras. Humedece generoso mis surcos áridos, cambia la forma de mis ondulaciones, compenétrate de mi aroma, sáciate en mí sin sombra de vacilación ni de culpa. Aplasta y oprime mi cuerpo con tu cuerpo. Mi ansia con tu ansia. Sé mi señor, libera tu poder. Y hunde tu carne en mi carne que hoy es para ti. Sé, para mí, como Salomón lo fue con la altiva y luego sumisa reina de Saba.

Mágicamente permite que el delirio y la fantasía loca sean nuestro hoy. Avasallemos la pesadilla agónica que anida en estos deprimentes muros que lloran su miseria en humedad corrosiva. Muerde la libertad y agárrate a su hálito. Antes de que caigas de ineludible manera en manos de sabios terapeutas que te buscarán con ansia de caníbal y oprimiendo tus alas, nunca desplegadas, te convencerán de lo distinto y reptante que eres. Antes de que el indiferente afuera te imponga su ley, y te diga que eres nada...

...¡Sé Tú!

Y yo —dueño mío de mi hoy— seré tu cautiva y cautivadora. Llevaré mi creatividad sensual a excelsos campos ilimitados que serán tu gloria. Conocerás bajo mi tutela el alambicado erotismo, destinado a los escasos iniciados en arte tan sutil. Serás el amo atónito de mi universo. Guiada por experta y sutil ceguera, cada yema de mi mano, posada en lugar ardoroso y sensible de tu cuerpo, será torturadora exigente. Recorreré con apasionado ensimismamiento tu piel insensible y clamaré y exigiré pertinaz, al Dios Poderoso, vida para tus miembros inertes. Gritaré con mayor elocuencia y tenacidad, que aquella que Miguel Ángel tuvo para con su Moisés, el de gélido mármol. Recién apartaré mi cuerpo de tu cuerpo, cuando mi ojo opaco y mi corazón me digan que el hálito vital está en cada poro tuyo. Mi intuitivo ciego ojo conocedor, te recorrerá una vez y otra con arrobada y lenta admiración. Mi labio, mi boca, se posarán suaves en tu zona sensible, a la que sin aviso asaltarán febriles, exigiendo y mordiendo hasta que rindan su último espasmo, y pidan por piedad que mis agresivos ejércitos victoriosos se replieguen.

Fortaleceré tu espíritu con mi apego al vivir. Impediré que cuando abandones los yermos muros de este hospital, impregnados de crueldad indiferente, caigas sin armadura en ese mundo que te aguarda afuera, mil veces más sórdido, para un inválido como tú, que para los sanos... Tratará de destruirte con letal y mortífera arma: su indiferencia generadora de yerma soledad. A ti, niño mío, con un saber tan escaso. Conoces apenas la potencialidad de tu cuerpo y la transparencia de tu alma. Ambos no probados aún en las ásperas lides. Pero debes saber —y jamás olvidar, lindo niño mío— que el disfrute del caleidoscopio amoroso que yo te ofrendo en cariño y amistad, si bien no lo capta a fondo tu cuerpo de sensibilidad restringida, sí está en el poderoso y libre vuelo de tu mente. En ella radica el todo. El afuera no podrá prevalecer contra ti, si pones en tu mente el convencimiento de que Tú eres Tú."

El joven la miró, con ternura amorosa y conciencia del arduo y áspero sendero que le aguardaba hacia el entender. Y supo que estaba en el inicio adecuado.

Al esbozar la sonrisa dulce, su rostro irradiaba una suave serenidad.

Jorge Carmi, Chile © 2014

jck@vtr.net

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