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El cabecilla

Ha salido una mañana estupenda, el clima es soleado y el ambiente tibio desde la primera hora. Conforme va acercándose, tiene que reconocer que el espacio donde se levanta la institución penitenciaria constituye, como se suele decir, un marco incomparable. Está bien situada porque dispone, por detrás, de una gran mole montañosa y de una ladera repleta de pinos, con lo que los residentes pueden disfrutrar de todo el aire puro que necesiten. Y al pensar en este detalle, nota que la cabina del auto se le va llenando de un agradable olorcillo a naturaleza que se impone al olor habitual a tabaco. Ha dilatado este momento todo lo que ha podido, ha alegado enfermedad, sucesivos compromisos laborales, pero, como ya no podía poner más excusas, ha tenido que decidirse a hacer frente a esta obligación que le pone tan mal cuerpo. Ha pedido una visita a la institución, pero piensa que será solo un instante y que con esto habrá cumplido por fin, que se verá libre de los remordimientos.

Todavía dentro del automóvil, recuerda que muchas veces ha sentido la necesidad de estrangularlo, casi cada vez que le llegaban noticias de alguna de sus fechorías, que eran verdaderos actos delictivos mucho más que gamberradas de adolescente con ínfulas. Nada que un par de hostias a tiempo no hubiera podido evitar, pero reconoce que, por desgracia para todos, sobre todo para las víctimas, no se dio el caso. Partirle la cara; eso es lo que hubiera podido evitar a la larga males mayores. Otros chicos participaron también en los hechos que se le adjudican, pero no cabe engañarse, no cabe duda de que él ha sido el peor de todos, el instigador y el dirigente.

Carlos padre ha tenido la precaución de leer el folleto que habla de las condiciones de vida en el centro de reinserción social, en el que se explica cómo son las instalaciones de las que pueden disfrutar los menores y a qué se dedican los recluidos, cuáles son sus actividades a lo largo del día; se dice que por la mañana dan clases, como en un instituto cualquiera y que, luego, por la tarde, hacen deporte o trabajan en el huerto, por lo que los tienen toda la jornada ocupados. Acaba de leer sobre estos centros de reeducación, que antes se llamaban correccionales: tienen como objetivo dotar a las personas atendidas de conocimientos, habilidades, herramientas, valores, principios y normas sociales de comportamiento y convivencia esenciales en todo proceso de crecimiento personal y socialización.

Saca la conclusión de que no se puede decir que esto parezca una cárcel, salvo por la valla de alambre que rodea las dependencias, y, nada más pasar la valla que circunda el establecimiento, se fija en el grupo de jóvenes residentes que rodean al que puede ser un cuidador o un miembro del equipo directivo. El funcionario les da instrucciones, pero Carlos cree notar que ellos, los muchachos reclusos, parecen incapaces de prestar atención, de concentrarse en la charla, aunque estén mirado más o menos hacia la persona que les está hablando. Le parecen un tanto idos, y puede ocurrir muy bien que solo puedan atender a sus preocupaciones o a sus ensoñaciones particulares, mientras el cuidador no para de gesticular con el fin de resultar más convincente en sus argumentos. Nota con alivio que Carlitos no forma parte del grupo. Puede que haya salido de excursión o que se lo hayan llevado a entrenar a la montaña, que se haya producido alguna confusión a la hora de concertar la visita y que no se pueda producir la entrevista. Pero no, lo más posible es que le esté esperando en la dependencia interior que deben tener destinada a las visitas de los familiares.

–No he podido dormir en toda la noche. ¿Te lo puedes creer? Será por los nervios, claro.

Pausa, pausa larga. Hasta que el adolescente parece recordar de pronto algo urgente, de gran interés:
–¿No me has traído las zapatillas nuevas? Mira que se lo dije a mamá. Sin ellas, no puedo hacer deporte. Con lo que llevo puesto cojeo. Soy prácticamente un inválido.

Su aspecto es del todo distinto al de los internos que Carlos acaba de ver en el exterior. Su actitud es muy diferente y parece a simple vista muy despejado y atento, sonriente, dicharachero incluso, como si estuviera pasando unas vacaciones en un campamento de verano. Carlitos lleva el chándal un poco descolorido, como desgastado por el uso, pero su rostro parece fresco, sano, radiante, como recién lavado, y lleva la mata de pelo, según lo que puede ser la última moda, levantada con gracia hasta formar una especie de cepillo boca arriba. Y muestra también un pendiente colgando del lobulillo de una oreja, lo que constituye para Carlos una nueva marca de rebeldía juvenil. El padre no puede verle los tatuajes de los brazos porque lleva manga larga, pero sabe que tienen que estar allí, donde siempre, y que le seguirán pareciéndo un sinsentido, poco menos que una aberración. ¿Cómo armonizar todas estas marcas de identidad superpuestas con la cara de niño travieso? Pero no cabe duda de que todo, también el pendiente, forma parte de la personalidad de esta criatura.

Carlos ha pensado por el camino todo lo que iba a decir durante la entrevista, o mejor dicho, lo que no iba a decir porque ya está dicho y repetido, y porque los consejos, las recriminaciones y las amenzas se ha demostrado que son un esfuerzo inútil. Su criatura solo hace caso en apariencia; es más, parece como si los actos delictivos le proporcionaran un chute de euforia. Y se dice para sí mismo que, sobre todo, ha de evitar caer otra vez en el grueso error de considerar el asunto desde el punto de vita del adolescente. Carlitos tenía que terminar aquí, encerrado en el centro de menores, este es al parecer su destino. Piensa que es una cosa de locos que lo hayan obligado a venir a verlo, que lo hagan pasar otra vez por el mal trago.

–¿Has visto a los que están ahí fuera? Parecen gente normal, o casi normal, pero todos ellos han cometido crímenes que pueden espantar a un hombre de pelo en pecho. Los ves así, tan poca cosa, en apariencia tan delgados y tan fofos, pero te puedo asegurar que engañan a simple vista.

Y Carlos piensa que Carlitos es por naturaleza muy moreno, un muchacho delgado pero fuerte y fibroso, y que tal vez por eso se constituye con rapidez en el líder de estas bandas de maleantes juveniles. Tiene abundantes recursos y conquista o por su simpatía y buenas palabras o por su fuerza bruta.

–Sí, sí que los he visto –acepta decir el padre, y con ello entra a desgana en el juego de la conversacón–. ¡Vaya banda!
–¿No tendrás por casualidad un cigarrillo? Aquí solo nos dejan fumar cuando vienen las visitas.

Y Carlos padre sonríe porque no puede evitar darse cuenta de que seguramente su criatura le está mintiendo para obtener alguna ventaja, porque, seguramente, tampoco dejan fumar a los internos cuando vienen las visitas. Se da cuenta de eso porque en ese sentido son iguales, tienen la misma habilidad para mentir o, por lo menos, para proporcionar apariencia de verdad a las mentiras, para crear un mundo fabuloso y paralelo.

–¿Y cómo es que fuma un chico tan deportista como tú? La verdad es que no hay por donde cogerte.
–Es un vicio pasajero, para matar el tiempo, como aquí nos aburrimos tanto... Si en los entrenamientos yo viera que me perjudica seriamente, lo dejaría sin más.

No quiere caer otra vez en el error, pero siente que se va relajando, que empieza a bajar las defensas, como todas las veces que mantienen una conversación a solas, cara a cara, aunque en esta ocasión parece que consigue sobreponerse y sacar a relucir el genio.

–¿Y ahora me vas a convencer de que el tabaco no perjudica a los corredores de fondo? ¿Pero no ves que no? ¿Que ya no cuela?
–No te preocupes, padre. Te voy a demostrar que puedo aguantar sin fumar todo el tiempo que sea preciso. La abstinencia me sirve como prueba, para hacerme más fuerte.

Y es que el condenado le hace gracia. No puede caerle del todo mal a pesar de todos sus crímenes. Le hace sonreír aunque no venga a cuento. Tienen tantas cosas en común, tantas vivencias compartidas: en la guardería, en el parque, en el mundillo del deporte por último, cuando en la categoría de infantiles todo el mundo decía que apuntaba a figura. Y al padre no le queda otro remedio que sacar el paquete de tabaco. Aunque antes se gira para echar una ojeada por la ventana del saloncito, para comprobar que nadie los puede ver desde la explanada.

Gaspar Jover Polo, España © 2021

joverpolo@hotmail.com

Ilustración de Enrique Fernández © 2021

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