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Un rato de inspiración

Gay Cesc se tropezó con Brenda una mañana a la salida de Correos. Se la encontró de improviso y no quiso saber nada más sobre quién era o adónde se dirigía. Brenda iba caminando enfundada en unas mallas de color oscuro que dibujaban su figura de cintura para abajo con una gran precisión. No es que le vinieran demasiado estrechas; solamente que, al mismo tiempo que le caían bien, dejaban al cuerpo —piernas, caderas, trasero— llenar la tela de una forma rotunda: no apretaban en ningún punto ni eran tan anchas esas mallas como para formar algún pliegue por encima de la piel. Brenda llevaba además una blusa con escote, la melena suelta al viento y se puede añadir que, en general, iba vestida de una forma no demasiado apropiada para la hora del día, para la mañana de un martes laborable, aunque tampoco se pueda añadir que fuera vestida como para salir de fiesta. Llevaba un paso más bien rápido y decidido calle arriba y lucía el llamativo conjunto con asombrosa naturalidad. Lo cierto es que llamó la atención de Gay, y lo más probable es que también atrajera la curiosidad de la mayoría de los transeúntes con los que se cruzara esa mañana. A Gay le resultó todo un descubrimiento, una aparición. Hasta tal punto se sintió atraído, que decidió dar la vuelta a la manzana con paso rápido, casi corriendo, con el fin de cruzarse con ella otra vez y de poder tener, de ese modo, otra oportunidad de contemplarla:
—¡No me lo puedo creer! ¿Será que estoy soñando? —le dijo de pronto cuando se cruzaron más arriba en una calle que era ancha y larga. Y añadió, como arrepentido de su propia audacia—: Hola, perdone que la interrumpa pero no me puedo creer que exista alguien tan así, alguien tan como usted.

Brenda se paró al oír lo que parecía un piropo. Se paró de golpe y puso gesto de sorpresa, aunque también hizo frente al intrépido desconocido con bastante naturalidad.
—¿Qué quiere usted decir con tan así?

Gay se le había puesto delante y le obstruía sin querer el paso sobre la acera.
—No se ofenda, no es mi intención. Lo último que me gustaría es que me tomara por un patán sin modales. “Así” quiere decir algo que no soy capaz de explicar con palabras. Sé lo que quiero decir, pero no encuentro las palabras. No se trata de la perfección hecha mujer. No, no es eso; es algo mejor todavía. Es la plenitud. Sí, eso es; se trata de algo parecido a la plenitud.

El muchacho se había quedado con la impresión de las mallas en pleno funcionamiento y le había dado varias vueltas a esa imagen antes de salirle al encuentro y cortarle el paso. No se puede decir que hubiera sufrido una reacción del todo espontánea y fuera de control, sino que había tenido algún segundo de duda antes de tomar la determinación de acercarse a Brenda y de abordarla. Gay no era un muchacho impulsivo, tampoco era un atolondrado. Tenía estudios superiores y un trabajo fijo y muchas cosas que hacer a lo largo de la jornada.
—Me ha dado como un pálpìto —se puso a explicar Gay Cesc, aunque acabara de confesar que no encontraba las palabras—, es una tremenda impresión que me ha venido de golpe y que me lleva. No parece posible un martes por la mañana en medio de la calle, pero lo es; se me ha presentado la oportunidad y la estoy aprovechando como puedo. Usted es la plenitud puesta en movimiento y parece además un ser de carne y hueso; parece un caso completamente real pero también imposible.

Brenda no supo si molestarse con el desconocido o sonreír ante todas esas ocurrencias. Y Gay Cesc, por su parte, estaba seguro de que no quería saber más sobre la aparición, ni su nombre ni su domicilio. Brenda le parecía una aparición, aunque fuese capaz de llenar las mallas de forma rotunda. La presencia de esta mujer en toda su plenitud no podía durar mucho y lo más probable era que, cuando la muchacha comenzara a explicarse, a dar datos sobre sí misma, sobre cómo se llamaba o a dónde se dirigía, la lógica llenara el vacío tan holgado del que ahora disfrutaban y enturbiara también el efecto del descubrimiento espontáneo. Porque, cuando ella empezara a hablar, echaría por tierra la anormalidad de un caso que tantas cosas prometía. Ella se llamaría Brenda, o Sara, o Raquel, u otro nombre todavía más corriente. Iría en mallas a esas horas porque no habría tenido tiempo de buscar en el armario otra prenda más convencional que ponerse: lo más probable sería que se hubiera levantado tarde y que le hubieran venido las prisas porque tuviera muchas cosas que hacer a lo largo de la mañana. No podía tratarse de una prostituta en tránsito, no tenía aspecto de prostituta, aunque esa sería, tal vez, la explicación menos convencional. Seguro que tendría un novio o un amigo —un marido incluso— al que estuviera estrechamente unida. Su forma un tanto desaliñada pero muy llamativa de vestirse y de conducirse encubriría quizás —y eso sería lo peor— a una mujer de su casa aunque con un punto de desenfado innato como marca de personalidad. Y todo eso podía venir a continuación, en cuanto se iniciaran las explicaciones por ambas partes, y Gay no quería descubrir la verdad de Brenda ni ninguna otra aproximación posible o verosímil. Gay pensó que si pudiera apartarla del resto de las circunstancias de la calle y de todas las circunstancias lógicas al acecho, la conservaría aparte de todo y no le pediría nunca explicaciones. Los dos se mantendrían solamente en lo esencial y en lo autónomo, en esto que tanto le estaba llamando la atención. Ella sería solamente ella por siempre, exactamente como la acababa de ver y de percibir en un arrebato de inspiración irracional. Y Brenda también tendría, tal vez, la oportunidad de desenganchase del lastre acumulado. Podían ponerse a hablar de cualquier tema en los minutos siguientes, pero nunca de sus respectivas trayectorias vitales y tampoco de los planes que cada uno pudiera tener para el futuro. Y esto fue lo que le dijo poco más o menos Gay Cesc a Brenda cuando se cruzaron por segunda vez en la mañana del martes.

Se expresó con sinceridad, sin miedo, y, luego, acto seguido, vino la conclusión del caso de la forma más apropiada para sus intenciones. Notó con sorpresa que ella no mostraba interés en contradecirle: no mostraba estupor ni desconcierto: no había abierto la boca. Gay no paraba de hablar movido por un impulso y por una honda inspiración. Ella, por el contrario, lo escuchaba en silencio mientras los demás transeúntes del martes pasaban por la acera de enfrente sin detenerse y mientras la circulación rodada hacía uso del centro de la calle. Nadie parecía advertir el cambio de perspectiva, el hecho insólito, la anomalía evidente y, más que eso, sobresaliente. La prueba de fuego llegó cuando, por la misma acera, vio venir a un conocido, a un vecino o a un compañero de trabajo, y Gay Cesc tuvo que interrumpirse un segundo para saludar. El conocido correspondió al saludó, pisó el asfalto para bordear a la pareja y, como si fuera la cosa más natural del mundo, siguió su camino sin hacer comentarios o gestos y sin mostrar una pizca de interés.

—No quiero que nada me estropee este momento —dijo Gay—. ¿Usted me comprende? No puedo perder esta oportunidad —añadió—. Lo que quiero decirle es que la quiero, que siento un impulso fortísimo hacia usted. Que no puedo aceptar ningún razonamiento que desmienta la primera impresión que me he hecho.

Brenda no había dicho nada que la explicase y que, por tanto, la incluyese en un marco lógico y reconocible; solamente escuchaba, aunque con expresión muy atenta, la declaración amorosa. Luego, cuando él se calló por fin; se permitió sonreír con una expresión algo más relajada pero sin atreverse todavía a pronunciar palabra y a emitir un juicio favorable o desfavorable. Cesc notó que a Brenda no se le ocurría nada que decir, nada que proponer pero tampoco que oponer. Bastaba con que fuera exactamente así de real, una mujer espléndida, una chica ni demasiado joven ni demasiado mayor y con un encanto muy manejable y una auténtica belleza urbana. Una mujer fuera de lo corriente, en definitiva, tanto por su manera de vestir como por su forma de comportarse. Brenda sonreía con sonrisa de inteligencia y no se pronunciaba ni a favor ni en contra del plan trazado por Gay. Sonreía porque, tal vez, le hacía gracia el esfuerzo del muchacho por hacerse entender. El plan consistía en que ambos se vieran por fuera nada más y en que aceptaran por completo la primera impresión: nada de antecedentes ni de cálculo de probabilidades, tampoco de pactos tácitos y menos aún de formalidades. Y de esa forma, todo sería posible. Y también consistía en que se conformaran con ser dos completos desconocidos que de repente se atraen con una fuerza imprevista.

¿Qué fue de Gay? ¿Qué fue de Brenda? Fue un día gris todo aquel martes del mes de marzo en el que se conocieron, aunque disfrutaron también algún instante de sol y de cielo azul: un día corriente en el aspecto climatológico en el que, sin embargo, se abrieron todas las posibilidades y en el que los protagonistas no hicieron agua torpedeados por la rutina. Él estaba seguro de que Brenda ya no se resistiría. Por suerte, el entorno todavía no había hecho mella en Brenda, todavía estaba intacta en su interior. La intención de Gay desde el primer pronto fue cambiar el rumbo de los acontecimientos y, gracias a Dios, a las circunstancias favorables, a los hados tal vez, empezó por el buen camino en el preciso instante en el que estuvo seguro de consolidar la aventura.

Gaspar Jover Polo, España © 2014

joverpolo@hotmail.com

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