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Pablo en el laberinto

—¿Y esta es tu mayor aventura?
—Esta es, sí, sin duda —le contesté sin pensármelo mucho—. Es una gran aventura aunque muchos quieran quitarle importancia y reducirme el mérito. Es una labor de investigación difícil y peligrosa que puede traerme graves consecuencias. Todo empezó porque yo tenía la afición de investigar por mi cuenta y en solitario las casas en ruinas.

Las casas en ruinas, las construcciones deshabitadas, y porque me sentía irresistiblemente atraído por los edificios antiguos y en aparente estado de abandono, sobre todo por las balsas de regadío en desuso y por las piscinas abandonadas. Discretamente estudio las balsas y levanto acta de su estado de deterioro presente y de cómo pudieron ser hace ya décadas, cuando estaban en pleno funcionamiento. ¿Qué por qué me entró ese gran interés por las ruinas? Pues fue tal vez una inclinación enfermiza por los restos arquitectónicos que, no llegando a monumento artístico ni de valor histórico, urge la necesidad de inventariar, de catalogar, porque me angustia la necesidad de dejar constancia de su paso por esta vida. Las balsas de recreo o de regadío, las grandes, medianas y las chicas, de cemento cuarteado en sus muros y con escaleras para acceder al fondo, y aquellas que presentan un soporte, también de cemento, sobre el que un día estuvo instalada la plancha del trampolín. Y pensaba que mi escrutinio y estudio comparativo debía ser secreto sobre todas las cosas, al menos en un principio, pues estos trabajos nunca están bien vistos del todo y siempre surge alguien, siempre se alza alguna voz a la que no le parece bien esta clase de investigaciones, que tilda los proyectos de superficiales o directamente de estúpidos y que acaba con la moral de los estudiosos, alguien que pone todos los medios a su alcance para impedir que se culmine la tarea y que pretende desmoralizar, desmotivar y desanimar. Y en esas estaba cuando oí decir que, dentro de una antigua propiedad del pueblo, quedaba en pie una balsa que había servido para el baño de sus propietarios y también para regar un mínimo huerto. Por fuera parecía solo una casa grande y vieja, sin demasiada historia. Pero el caso fue que, un mediodía, pasé en auto por delante de la gran puerta doble, y estaba abierta, y lo que vi de refilón me produjo el mayor interés. No pude ver la balsa, pero sí una gran y robusta higuera que se imponía al fondo, al otro lado del porche, y que, cayendo como en cascada, tapaba un trozo de muro medio desmoronado. Pude apreciar que el verde fogoso de la higuera contrastaba llamativamente con el viejo color de las piedras, y, desde ese momento, ya no me pude quitar de la cabeza la idea de penetrar en aquel edificio. Pensarás que todos tenemos que morir. Y sí, nada es más cierto que la muerte. Pero, mientras tanto, qué actividad más útil que dejar un recuerdo de lo que tuvo ser, esencia, nervio, plenitud. De lo que disfrutó de un largo periodo de vida útil.

—¿Y entonces? ¿Empezaste la investigación enseguida? Aunque claro está que no tenías la llave y que no conocías al propietario, que sin duda sería un viejo vecino.
—Sí, pero enseguida me las arreglé para trabar relación con él. Me presenté y me dijo que le llamara Manolo, con toda confianza, y me dijo también que le hablara de tú, y al momento siguiente me explicó que ya nadie vivía allí, pero que él iba de cuando en cuando para darse un paseo por entre las ruinas y para recordar los pasados momentos, la época en que guardaba allí dentro el macho, su animal de tiro, y el carro. Yo le preguntaba; él me respondía alargando bastante las anécdotas de cuando fue niño y luego mozo, porque el anciano siempre había vivido en la misma casa, de cuando tenía todos los días que enganchar el macho y salir a la calle montado en el carro para ocuparse de las tareas en el campo, fuera invierno o verano, porque ya se sabe que los labradores no tienen días de vacaciones. Era un hombre muy anciano y un tanto despistado, así que, en la primera ocasión en la que entré con él en la casa abandonada, en cuanto tuve la oportunidad, me separé unos metros en busca de mi objetivo; el viejo creyó que ya me había marchado, así que tuve la suerte de que cerrara las "portás" con llave y de que me dejara dentro a mí solo. Ya no podía salir por la puerta, y en vez de retroceder angustiado y buscar otra posible salida, seguí avanzando por entre los escombros, tanteando las paredes que parecían a punto de venirse abajo, ampliando mi conocimiento del laberinto de dependencias y de terrazas voladizas que se alzaban en todas direcciones. Y al cabo de media hora, ya saltaba como un rebeco por encima de los cascotes, sin parar hasta dar con la balsa objeto de mi interés. Pasé por alguna dependencia más reciente o del todo nueva, casi recién enlucida, de pequeñas dimensiones y más bien cuarto trastero para guardar herramientas; pero lo más frecuente fueron los pasos estrechos y los saltos y hasta alguna zona de escalada que se me puso enfrente. Yo avanzaba sin miedo, lanzado a pleno rendimiento en busca de mi objetivo principal.

Y sí, allí dentro estaba la balsa, que era una balsa bastante profunda, amena a pesar de los años transcurridos desde que quedara abandonada. Ocho metros apenas de largo por cuatro de ancho y con escalones que llegaban hasta el fondo. Seguramente los dueños pudieron nadar en los buenos tiempos del edificio ya que cubría hasta el cuello. En su fondo ya no quedaba agua, ni siquiera barro, solamente el polvo dormía sobre el cemento cuarteado, y solamente las hierbas silvestres asomaban por entre las grietas. Mientras tanto, solo me llegaban desde las calles adyacentes sonidos lejanos y muy atenuados, salvo alguna ambulancia o coche de policía que hacía sonar la sirena de emergencia con rotunda sonoridad. Llevaba mi cuaderno de notas en el bolsillo; pero no tomé apuntes, no escribí una palabra, no tracé la primera línea de lo que debía ser el boceto del edificio.
—¿Y entonces? ¿La investigación?
—Ya no me parecía tan importante. Había retrocedido cincuenta años o más y, en esos momentos, yo vivía en un mundo casi paralelo. Llevaba la misma vida del solar, el mismo ritmo vital de la hierba en continuo crecimiento, de la balsa agrietada. Hasta que llegué a la conclusión de que no me sentía deprimido en aquella soledad completa y rodeado por el universal deterioro. Al lado de la balsa, empezaba una escalera con los peldaños desportillados pero todavía sólidos, y pensé que, desde arriba, podría ver mejor el conjunto y hacerme un idea más precisa de en qué punto me encontraba. Me crucé con una rata gorda pues por aquella escalera subían y bajaban las ratas y los gatos en continuo tránsito.

El descubrimiento me pareció deslumbrante porque, desde lo alto, alcancé a ver que no se trataba de una sola casa en estado de ruina, sino que esa casa lindaba con otras en una situación parecida, de tal modo que las ruinas ocupaban casi toda la manzana. El tiempo pasaba volando porque solo el vuelo de las nubes por encima del cementerio de los trastos me recordaba el transcurrir del tiempo. Si miraba hacia arriba lo veía correr, pero, si no, no parecían pasar los minutos alrededor de mi atalaya; además de que era un día de brisa débil, de luz del sol estática sobre los variopintos objetos y dependencias. Yo anotaba mentalmente las particularidades del lugar, aunque también es cierto que de una forma muy poco sistemática, con bastante despistes y con asociaciones libres del todo. La mejor manera de no llamar la atención de mis detractores.

Anoté que, en gran parte, todavía se conservaban firmes los muros más gruesos, de medio metro, los que tenían el objetivo de aislar a sus habitantes tanto del frío como del calor. Crucé otro huerto o patio (esos patios interiores tan protegidos de las miradas curiosas que podrían servir para que la mujer del sultán paseara desnuda sin ruborizarse), y di con una puerta que estaba cerrada con llave, de tal manera que tuve que observar el interior del habitáculo por la ventana con rejas que quedaba a la altura de la puerta. Y allí dentro vi una estantería de piedra con decenas de libros olvidados con las prisas de la última mudanza. La ruina al parecer crea un orden propio de piedras y de objetos variopintos, de telas de araña y de monstruos huidizos que corretean por doquier, y con la presencia constante del rayo de sol que atraviesa el espacio sin encontrar apenas obstáculos, un sol muy parecido al de la calle pero más alegre y directo. No me sentía recluido en ese mundo rodeado de muros rotos y de techos agujereados, no me sentía aislado sino todo lo contrario, aunque pueda parecer un contrasentido. Salí a otro patio, subí otra escalera todavía en pie y me asomé por la terraza voladiza desde la que se abarcaba la totalidad. Y descubrí que no se veía, sin embargo, la parte habitada de la población, ni se alcanzaba a ver más allá: el extrarradio del pueblo y el campo abierto hasta el límite del horizonte.

También es posible que esta ilusión por los restos de casas y de cosas me venga de la infancia, de mi etapa de chico de pueblo, pues recuerdo mi interés de entonces por el cuarto cerrado con llave donde mi tía guardaba sus cachivaches. Recuerdo con precisión que ese cuarto estaba en una casa muy céntrica pero también muy humilde, de la que ya no queda ningún rastro, salvo, tal vez, alguna fotografía borrosa.
—Pablito, no subas por ahí. ¡Ni se te ocurra subir la escalera!
—¡Pero tía! Es que me aburro —protestaba yo. Y en cuanto la vieja se descuidaba, volvía a correr hacia el piso alto y cerrado con llave.

Era un edificio antiguo, modesto, reducido a lo mínimo imprescindible. Por una escalera muy estrecha, también escalera muy empinada, se ascendía al primer piso. Más arriba todavía estaba la guardilla, pero, para llegar hasta allí, había que acceder primero al interior del apartamento. La casa en su conjunto mostraba un aire como de encierro duradero al que se sumaban los muchos años de las paredes y de los muebles, incluso antes de acceder a la dependencia más alta que servía como desván. La lluvia mojaba la fachada y se dirigía en forma de mancha de humedad hacia los objetos todavía en buen uso. La casa disponía, sin embargo, de un balcón abierto a la plaza desde donde se podían contemplar, en los días de fiesta, todos los desfiles y los demás actos oficiales: las verbenas y los conciertos de la banda. Y esos cuatro o cinco días al año eran un continuo tránsito de familiares y de amigos que subían las empinadas escaleras con dificultades y que se asomaban eufóricos al espectáculo de la plaza. El saloncito quedaba abarrotado de gente y la tía ponía una mesa con pastas y con chocolate, y hasta una botella de licor para los más entonados. La mayoría de las visitas, que en aquellos días constituían una pequeña aglomeración, ya ha muerto, ya nadie habla de aquella época; pero yo todavía recuerdo como superviviente que el misterio del edificio de dos plantas estaba en el segundo piso, allá donde los muebles parecían todavía más antiguos. En la dependencia más alta no reinaba la luz ni siquiera en las mañanas de sol; pero, en compensación, se extendía con menos fuerza el olor a humedad.

Los retratos almacenados no pendían de las paredes sino que aparecían amontonados. No tenían fecha, pero debían ser todavía más antiguos que los de la planta principal; ni siquiera estaban colgados de las paredes, y las camas no las podíamos utilizar para acostarnos ya que estaban ocupadas con el montón de los demás cachivaches. No se daba por el ático una mínima organización o un brochazo de pintura más o menos reciente, y nadie podía caminar por allí porque todo el espacio aparecía ocupado. No había espacio libre y, para poder avanzar hasta el fondo, había que subirse a las camas, a las cómodas cojas, a los baúles que habían perdido las asas en el último cambio de domicilio y que, en consecuencia, estaban ya sentenciados a la inmovilidad. Como la puerta de acceso a esta segunda planta casi siempre estaba cerrada con llave, los trastos amontonados parecían todavía más inútiles. Si el deterioro resultaba evidente ya en el primer piso, en el principal, qué se podría decir de la dependencia trastero. Todo parecía extraño, oloroso y preñado de una sensibilidad exclusiva si se ascendía hasta la máxima altura.

Lo que hoy podría ser un paraíso para el empresario del negocio de antigüedades se perdía en el silencio constante y en la perpetua falta de luz. La propietaria se preguntaba a menudo que qué pensarían sus antepasados reducidos a semejante estado de abandono, pero no cabe duda de que ella era ya una antigüedad en sí misma y que tenía demasiada edad para ponerse a limpiar y reorganizar el trastero: una vieja mujer que apenas podía subir las escaleras por su propio pie. Los antepasados más recientes aparecían colgados de las mejores paredes de piso principal y, en definitiva, no se podía culpar a la tía del abandono que reinaba en el cuarto de arriba.
—¿Y nadie le daba valor a aquella parte de la casa?
—No. Nadie se interesó nunca por el tesoro oculto, salvo tal vez los ropavejeros de entonces, los que vivían de la busca y sacaban partido de las cosas de menor interés. Nadie más tuvo la intención, que yo sepa, de penetrar en el santuario.

A mi tía le dolía el desorden, la descolocación, el deterioro galopante y por eso cerraba la puerta y clausuraba bajo llave esa parte del edificio. Tampoco ella podía recordar a quién habían pertenecido las dos camas que estaban allí arrumbadas, o quiénes eran los más antiguos habitantes de la guardilla. Abría con la llave que llevaba en un bolsillo del delantal, escarbaba un poco y hacía un hueco para depositar los utensilios que ya no resultaban imprescindibles. Recuerdo que el cuarto conservaba un débil foco de luz a través de una rendija en la ventana del fondo, aunque las tinieblas ocuparan casi todo el desván, y también recuerdo que, al penetrar, se distinguía en primer término el bulto de varias persianas de madera barnizada que se podía apreciar por el tacto, frascos de distintas tallas, recipientes de todos los tamaños. Y también que los sonidos de la calle quedaban amortiguados y apenas circulaban. Por el primer piso se hablaba, se gesticulaba y se oía el interminable murmullo de las conversaciones de los días festivos y la música en la calle: pero arriba el multitudinario regocijo llegaba con cuentagotas. Aquellos seres estaban encerrados y muertos del todo; estaban abandonados definitivamente, sí, pero todavía no habían desaparecido ni había finalizado su ciclo. Se notaba al entrar que los que habían sido todavía respiraban a través de las superficies pulidas y barnizadas de los muebles. Los cofres y las cómodas estaban repletos de variopinto equipaje y, al final del largo y estrecho desván, muy oloroso a algunas maderas nobles, allí donde nadie podía llegar si no era saltando de mueble en mueble, reptando en algún tramo, el ático se cargaba de una intensidad eléctrica. Olía bien y se llegaba a comprender el porqué de esa aparatosa forma de realidad que se veía de pronto reflejada en el espejo resquebrajado. El asalto era tan peligroso, que cualquiera podía romperse una pierna o una costilla: las maderas crujían, las sillas se tambaleaban y hacía no se sabe cuánto tiempo que un ser de carne y hueso no llegaba hasta allí. El descubrimiento del ático pudo costarme un esguince de tobillo o, tal vez, un desajuste radical entre el bullicio de la plaza en fiesta —con los cohetes, el estruendo de la comitiva oficial, el acompañamiento de la banda de música— y el recorrido cavernoso que llevé a cabo a tan pocos metros por encima de la gente. No soy una persona antisocial, tampoco me considero un marginado, pero he de reconocer que la incomprensión también alcanza a mi familia y amigos, que ellos tampoco pueden entender mi entusiasmo por los restos. No llegan a despreciarme cuando saco a relucir el tema, pero sí muestran una pizca de retintín y una amable sonrisa de desconfianza.

Me senté sobre el borde de la balsa y dejé colgar mis piernas dentro del rectángulo seco. Pensarás que qué clase de aventura es esta, allí sentado sobre una balsa sin agua, que la verdadera aventura está afuera, en el mundo, luchando contra los espíritus negativos. Pero la verdad es que yo me sentía entre las ruinas de la manzana como un valiente descubridor, como alguien que avanza sin miedo aunque, a cada paso, atraviese por el peligro del desmoronamiento. Es fácil andar por el campo, otro de los planetas hostiles que nos rodean, pero no por encima de los escombros, de la viga podrida de la que se colgó un hermano de Manolo, de los tejados barrigudos. Y tampoco sobre algún mueble astillado con decenas de clavos al aire. Y siempre con la amenaza de que me sobrevuelen en globo o en helicóptero.

Y en ese momento de calma total, oí una voz que me llamaba sin nombrarme, y que era la voz de un hombre, y estuve a punto de caerme y de romperme la crisma. Y fue entonces cuando te vi, dueño y señor del espacio, ocupado en arreglar lo que, desde mi posición en la altura, parecía un tocadiscos. Te descubrí como una aparición, como un ser puro, inocente, o como una víctima o espíritu atormentado que, sin embargo, parecía muy entretenido con sus manualidades. Ya no estaba solo; ya éramos multitud, lo que, al principio, me produjo una tremenda impresión y un sentimiento de frustración y de fastidio. Podías ser un infiltrado porque en todas partes sufro la persecución de mis inquisidores. Pensé en la alternativa de correr por encima del tejado hacia otra zona de la manzana, pero llevo tanto tiempo buscando un socio, que lo que decidí fue mantener la distancia justa de alto en bajo, por lo menos mientras que el espíritu me siguiera preguntando a la vez que trabajaba sin herramientas. Se afanaba en arreglar aquel viejo aparato utilizando solo sus manos. O, como mucho, se ayudaba con un palito.
—Llevo horas intentado recolocar esta pieza, pero ya está demasiado deteriorada para que encaje.
—¿Y para qué te sirve tanto esfuerzo? —objeté, más que nada por seguir la conversación— ¿Para qué, si no tienes dónde enchufar el tocadiscos?
—Pues para que queden puestas todas las piezas. Porque de ese modo tiene la apariencia de ponerse a funcionar en cualquier momento. El otro día arreglé la bicicleta. La rueda delantera ya gira aunque la cámara siga deshinchada porque no tengo parches ni bombín. Estos trastos tienen tal naturaleza que, en cuanto dejan de ser útiles, se manifiestan con otra personalidad y hasta alcanzan otro sentido. Son cosas que nunca presentan puntos débiles porque siempre relucen radiantes cuando hace sol, o resultan impredecibles en la noche cerrada. Y tampoco cuando se deterioran presentan puntos débiles, sino que en todos los casos mantienen su contundente presencia.

Casi resbalo al recolocarme sobre mi punto de observación en lo alto. Acababa de descubrir a un posible socio e incluso entreveía la posibilidad de añadirlo a mi empresa como colaborador de excepción. También he de confesar que no me fiaba del todo, que tuve mis dudas hasta que el desconocido terminó de arreglar el aparato y se puso a enseñarme los secretos menos a la vista del solar. No solo era un estudioso, como yo, sino que había dado, al parecer, un paso más al ponerse a actuar con las ruinas hasta el punto de formar uña y carne con ellas. Había buceado donde solo hay en apariencia ruina y desolación, y resultaba increíble el partido que podía sacar de los objetos desahuciados. Los trataba como si se hubieran liberado de un gran peso.
—Acabo de toparme sin esperarlo con un posible aliado, tal vez con un socio con el que sumar fuerzas si nos ponemos de acuerdo —dijo él. Y eso era precisamente lo que yo estaba pensando.

Nuestra charla me parecía un tanto insulsa, un tanto de compromiso, pero participaba en ella con interés porque, al paso de los minutos, iba comprendiendo quién era y qué pretendía. Ya éramos dos en la investigación, ya íbamos avanzando juntos, con lo que se había producido un cambio revolucionario, un cambio tan importante que ya estábamos cerca de visualizar el descubrimiento que desde siempre he intuido. La aventura consiste precisamente en el salto cualitativo, anoté mentalmente. Anoté también que el palito parecía en su mano un afilado bisturí, y que el hombre mañoso se movía entre los restos como un docto y escrupuloso cirujano.

Gaspar Jover Polo, España © 2018

joverpolo@hotmail.com

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