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Tocar el fondo (una anécdota verosímil)

En el fondo o muy en el fondo, al final del parque con pinos de gran envergadura y altura aunque un poco desordenados y un tanto desmañados, estaba la poza, pero ¿a quién puede importar semejante accidente del terreno? Apenas dos o tres dedos de agua aparecían protegidos por un muro de hormigón en casi todo el perímetro del estanque que estaba rodeado también por una sólida barandilla. Las aguas aparecían turbias por el barro en suspensión, por lo que, a pesar de que no eran profundas, no se podía ver el suelo fangoso. Había, eso sí, unos peces criados allí mismo, pero eran tan pequeños, menos de la mitad de un dedo, que casi no se podían apreciar en la corta distancia. El paraje no tenía, por tanto, nada especial para los ojos humanos que lo visitaran salvo para los curiosos que manifestaran cierta predisposición. Nadaban rapidísimos los pececillos o se mantenían suspendidos hasta que, de repente, daban dos o tres coletazos bruscos y alcanzaban una velocidad de vértigo, eléctrica, que animaba con un imprevisto vigor sus cuerpecillos casi transparentes. En las temporadas de lluvia aumentaba el volumen de la poza un par de dedos más; en cambio, si se prolongaba la sequía, la mínima fuente que la alimentaba encontraba grandes dificultades en un término municipal de clima especialmente seco. El mismo Gorge Bush hijo se había reflejado en esta poza asomado a la barandilla de madera después de haberse alejado unos metros de sus colaboradores: se había apoyado precisamente allí, con las dos manos, y había visto el agua turbia color de chocolate y se había dejado impresionar sin querer por la potencia motriz de sus diminutos habitantes. George no vio al principio más que alguna burbuja asomando a la superficie, pero, luego, al seguir recorriendo el borde vallado, distinguió un movimiento primero de forma aislada y, luego, el desplazamiento de todo un banco de peces, si es que se puede llamar así al conjunto de unos seres tan pequeños. Se acercó un poco más, se arremangó la manga de la camisa -como hacía mucho calor todos se habían quitado la americana- y quiso tocar el agua. Los demás, todo el séquito, el ministro, el alcalde, la escolta lo rodearon enseguida y le impidieron contemplar por más tiempo el fondo fangoso. La comitiva se lo llevó hasta el coche y partieron en los negros automóviles de muchas plazas hasta dejar el parque otra vez abandonado a su monotonía habitual, al tránsito de los vecinos que van a pasear en familia los sábados por la tarde. Una gran inquietud se manifestó en la cara del presidente durante el trayecto de vuelta, y los consejeros y las autoridades que viajaban a un lado y enfrente dentro del amplio coche no pudieron dejar de notar el gesto de concentración en el famoso hombre público. Había llegado a la poza en plenitud de condiciones, con su paso enérgico característico, con su andar decidido, y había vuelto como taciturno y enredado en la maraña de sus propios pensamientos. Iba como cansado, o como mudo o, al menos, como distraído. Y lo cierto fue que apenas contestó a las preguntas, a las indicaciones por parte de sus subordinados, y que apenas sugirió o dio órdenes a los que le rodeaban. Y también que, al llegar a su residencia habitual de veraneo, mandó que le construyeran un parque y también una fuente que estuviera, más o menos, en el centro.

Otra rareza suya fue que no quiso levantar uno de esos parques que parecen diseñados por especialistas, con fuentes de piedra y con cascadas y con plantas ornamentales; sino uno muy especial en el que creciera una sola planta, el árbol pino, y en el que cada ejemplar de ese tipo de árbol estuviera como sembrado al azar. Pinos altos y también pinos bajos, algunos troncos rectos y otros ladeados de tal forma que el sol penetrase con dificultad por cierta parte y, en cambio, por otras, lo hiciera sin encontrar ningún obstáculo. Y quiso también que la fuente principal fuera sustituida por un simple hoyo, lo suficiente para mantener de forma constante una lámina de agua y un banco de peces. Quería una especie de pez muy concreto porque tenían que ser muy muy pequeños y, a la vez, orgullosos de sus habilidades acuáticas, natatorias, muy seguros del medio en el que se desenvolvían. Y tenían, sobre todo, que demostrar una vitalidad eléctrica en sus cuerpecillos, un dechado de vitalidad desconocido en el mundo subacuático en relación a las dimensiones del hoyo. Tenían que dar la impresión de una agilidad innata y en pleno goce de todos los sentidos, como si se sintieran verdaderamente seguros en su medio.

No caían en la cuenta de que le podía haber impresionado tanto al presidente durante el corto paseo; no había pasado ni diez minutos en un paraje que quedaba a los pies de la imagen de una virgen con fama de milagrera en una comarca especialmente dura por culpa del clima. Sin duda deseaba algo o muy oscuro o muy impreciso, algo inclasificable y que, por eso mismo, resultaba difícil de proporcionar a pesar de todos los medios de que puede disponer un gobernante. Sus consejeros no podían imaginar, deducir, adivinar qué era lo que le había pasado por la mente y lo que le estaba pasando. Y él, por su parte, no daba más pistas en ese sentido que las tres o cuatro instrucciones que todos debían seguir para la construcción del parque y la reproducción de la poza. Se le notaba especialmente taciturno y todos tenían que partir prácticamente de la nada para suponer por adelantado qué quería en realidad y cada uno de sus siguientes movimientos.

Gaspar Jover Polo, España © 2007

joverpolo@hotmail.com

Gaspar José Jover Polo, español, residente en España, profesor de lengua y literatura en la Enseñanza Media, autor de cuentos, novelas y también algún ensayo. Me gustan y me entretienen a la vez los autores que no se conforman con vender libros, ni siquiera con vender muchos libros, novelistas como Cortázar, Miguel Ángel Asturias y poetas como Carlos Germán Belli, Oliverio Girondo y muchos otros.

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