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Irene y los gatitos

Irene se acerca al viejo puente de piedra con el saco bullicioso en sus manos. Afiladas pero diminutas garras rasgan la tela en su interior, y los cuerpos de los gatitos se entremezclan, se superponen, se avivan, mientras las redondas manos de Irene sujetan la cuerda roja que ata la boca del saco.

Los piececitos de Irene se adentran poco a poco en las losas húmedas y grandes que cubren la calzada del puente, mientras su respirar acelerado sofoca los sollozos y el antebrazo desnudo aparta el sudor frío de su cara bañada en lágrimas. Se toma la licencia de deslizar inacabablemente sus zapatitos negros de charol hasta la mitad del viejo puente romano, dejando al frío sol de invierno despuntar sobre la cúpula de la catedral. Pasa un arco, luego otro, y otro más, y así hasta cinco. Es el centro.

Irene necesita un par de minutos antes de acercarse al pretil. Deja el saco en el suelo, aún bullendo gatitos en su interior. Toca con la mano derecha el rocío licuado sobre la piedra. Un escalofrío recorre su pequeño cuerpo, y siente el calor febril de su frente, y el dolor de su estómago, y el temblor de sus piernecitas, y el cuerpo húmedo y frío, y la boca seca.

Irene se seca la mano en el jersey amarillo de lana. Mira al saco de arpillera a sus pies. Se siguen viendo las garras agitándose y los cuerpos moviéndose infatigables. Irene mira hacia el frente. Recuerda el hambre que ahora parece haber desaparecido. Recuerda los gritos. Se da cuenta de que sigue llorando. Le tiemblan las piernas de nuevo.

Por fin, toma el saco con su mano derecha, sin mirarlo. Lo eleva con ambas manos hasta tenerlo sobre la piedra. Ve el sol amarillo y grande elevarse de forma casi visible sobre la cúpula barroca. Sorbe y traga tantas lágrimas que le parecen imposibles. Se arma de valor. Agarra fuertemente el saco con ambas manos y lo sitúa ya sobre el agua, pendiente sobre el río, esperando al último gesto.

Y de nuevo siente el temblor de sus piernas, y la fiebre en el pecho y la cabeza, y una punzada de hambre y asco en el estómago. Y las lágrimas caen como nunca, unidas a los mocos. Y a pesar de ello no puede emitir sonido alguno.

Sus manos llevan el saco hacia atrás, lo rescatan. No puede dejarlo caer.

En cuestión de segundos sus pies empiezan una maquinal vuelta al hogar, lenta pero decidida. Las lágrimas fluyen más despacio, los temblores se aminoran, las manos ya no sienten el peso, mientras el frío de la mañana equilibra el ardor de la frente.

Durante los quince minutos del regreso, Irene no piensa en nada. Es incapaz de adelantarse al futuro inmediato, de asumir los siguientes episodios de la aventura.

Se detiene frente al portal número 9 de la Calle Clariano y golpea con sus nudillos la puerta de madera negra. Sus siete años no alcanzan al pomo férreo en forma de mano, pero hace un delicado puño que imita a la imitación.

Se oyen pasos y, después de unos segundos para inspeccionar por la mirilla, una alta y delicada figura abre la puerta. Irene observa a su madre, que con gesto adusto se queda de brazos cruzados en el umbral, protegida por la vieja bata, ya rasgada, y las zapatillas a cuadros agujereadas. Pasan solo unos segundos antes de que la mano diestra de la madre sacuda los rojos mofletes de Irene.

****

En la penumbra de la tarde, Don Gerardo está atizando los carbones de la chimenea y de cuando en cuando fuma su pipa de caoba. El fuego deja escapar chispas aquí y allá, avivándose lentamente. Viste un traje negro con finas rayas blancas, casi imperceptibles, un traje bastante inapropiado para estar en casa y ya casi a la hora de cenar.

Doña Prudencia va echando al puchero los trozos de patata que tres de sus hijas van cortando. Una de ellas canturrea La Bienpagá mientras recoge las mondas y las va poniendo sobre un papel de estraza.
–No se cantan canciones lascivas en esta casa –espeta don Gerardo sin dejar de mirar al fuego y de echar volutas redondas y lascivas al aire.
–Perdone, Padre –dice la adolescente.
–Y tú, Irene, vete pensando si quieres cenar esta noche –continúa él–. No te creas que vas a salirte con la tuya. ¡Aquí el que no hace su parte no come, como yo me llamo don Gerardo!

El saco de los gatitos permanece junto a la chimenea. Ahora no se menean tanto, quizás por debilidad o quizás por encontrarse más a su gusto en las proximidades del fuego. Irene permanece impasible, sentada, con las manos apoyadas en los mofletes y la mirada perdida en el vacío.

–Adela –prosigue don Gerardo–, vete trayendo baldes de agua para tu hermano Antonio, que aquí la rapaza anda ensoberbecida y no atiende a sus deberes hoy. Ya sabes que Antonio se baña siempre a esta hora, al volver de la oficina.

La gata se acerca por enésima vez al saco de sus hijos. Por enésima vez la retira la mano suave de don Gerardo, y luego le acaricia el lomo gris rayado, le pasa los dedos por la cabeza y le masajea el cuello.

Irene siente una fuerte punzada de dolor en el estómago, algo antes desconocido, algo más fuerte de lo esperado. Siente necesidad de retorcerse pero es a la vez incapaz de hacerlo, de abandonar su pose ausente, replegada, pétrea, con las manos bajo los mofletes. Es el tercer día sin comer. También ha sido el tercer bofetón a la vuelta del puente. Y la lección continúa. Y los gatos se rebullen.

****

Ahora la numerosa familia cena en torno a una gran mesa rectangular de madera. No hay mantel. La belleza de los platos de china contrasta con la exigüidad del alimento. Don Gerardo sorbe el caldo de su plato de patatas hervidas con la cuchara de aluminio. La observa.
–Hasta en el frente nos daban cubiertos más firmes que estos; hay que ver lo que se llega a vender en las tiendas estos días –concluye.

Doña Prudencia remueve las patatas sin ganas. Deja escapar un suspiro.
–Ave María Purísima... –dice de forma extraña e inesperada. Los demás la observan pero la frase les parece a todos fuera de contexto.
–Hasta la gata se está portando mejor que nuestra testarudita –elabora el padre–. Ya no se llega a ver el saco. Y se ha comido la sardina en un santiamén...
–¿Quieres cenar, hija? ­–le dice de repente doña Prudencia a Irene. La niña, sorprendida, abre la boca y los ojos como tres platos, y da una pronta respuesta:
–Sí.
–Pues prométeme que mañana por la mañana vas a tirar el saco al río, como es tu deber. ¡Los mayores no han de hacer el trabajo de los pequeños!

Irene se queda con los ojos abiertos, con la boca abierta, con el punzonazo en el estómago, con el pelo más ensortijado que nunca. Y calla. Las hermanas la miran de hito en hito, y Adela, la que canturreaba, se sonríe al verla.

Pasan tres minutos más de silencio. Al final, las zapatillas de la madre se arrastran hasta el escaño de la niña, y cae el cuarto bofetón.
–¡A la cama!

****

Es otra vez la primera hora de la mañana. Los rayos del sol aún no despuntan pero se adivina un nuevo día sobre los adoquines del barrio. Una ligera llovizna va salpicándolo todo. Hace frío.

Una vieja farola de carburo parpadea y se extingue al paso lento de Irene. Un pañuelo rojo de campesina protege sus orejas del aire frío. El mismo jerseicito amarillo de ayer cubre su pecho. Y la falda verde oscuro cae hasta casi los zapatitos de charol.

En sus manos, el saco de cinco gatitos se remueve. Extrañamente, los cuerpos sin nutrición siguen rebullendo tras cuatro días de ir y venir al puente romano. El frío de la mañana parece ponerlos en alerta. Las garras siguen saliendo aquí y allá por entre la fea arpillera marrón, y a veces se notan en las piernecitas de Irene a través de la tupida falda de paño.

Al doblar la Calle Mayor vuelven las lágrimas a su rostro, de forma automática, sin que ella sienta que su ánimo se ha alterado. Sin poder explicarlo, Irene intuye que a lo largo de su vida nunca será capaz de tener ni más ni menos ánimo que ahora. Pero por sus mejillas empieza a deslizarse ese sabor amargo y medio salado. La garganta le escuece.

Al llegar a la Cuesta del Perdón casi resbala en un adoquín deforme. Camina despacio porque no puede llevar el saco con una sola mano. También, claro, porque a pesar del frío y la llovizna no quiere caminar más deprisa. Si pudiera verbalizar sus pensamientos de manera clara, pensaría en hacer de este camino un camino eterno, sin final ni retorno; un camino que se realizara de forma tan lenta que nunca se pudiera atisbar su final; un laberinto de calles y adoquines y llovizna y rótulos, en el que el puente de piedra quedara siempre fuera de alcance.

Pasan ya veinte minutos de lento caminar, y la Calle Gelves desemboca por sorpresa en el puente. Irene se detiene. No es capaz de saber si ahora la lluvia es más o menos intensa que antes. Piensa en posar el saco sobre los adoquines pero por algún motivo ignoto no lo hace.

Un primer rayo de sol comienza a dibujar la silueta de la catedral, al fondo, aunque lo más visible es el puente, iluminado por doce farolas grandes, eléctricas, imponentes, aunque inadecuadas en el contexto de piedra.

En la cabeza de Irene, que sin ser consciente de haberlo decidido ha emprendido ya su marcha sobre las losas del puente, resuenan palabras sueltas en una suerte de crucigrama: “lección”, “deber”, “educación”, “soplamocos”, “ensoberbecida”, “familia”... De repente la mente en blanco se ha tornado caótico torbellino verbal.

Sin haberlos contado, sus pies se detienen al pasar el quinto arco, el arco del medio. Ahora sí posa el saco en el suelo. Mira al frente. Oye un maullido a destiempo.

Sus manos palpan el pretil, encharcado por la llovizna en los huecos que ha ido grabando la erosión. Se las seca para evitar resbalones. Piensa en mirar a los dos lados pero no se atreve. Piensa en no pensar.

Sin saber si está aún lloviendo sobre su cabeza, toma el saco en sus manos y lo sitúa arriba, en el pretil.

Su cabeza empieza a dar vueltas. Le sube la fiebre. Su pecho parece arder y una especie de picor sacude sus hombros. El dolor del estómago se hace más fuerte aún que el día anterior, y piensa en comida, en patatas, aunque la imagen del plato le hace sentir náuseas y cree que va a vomitar. No puede vomitar. Siente las lágrimas entrar por su boca, más saladas y amargas que nunca. La garganta le pica. Tose. Tose otra vez. Se atraganta. Siente por primera vez hoy el fluir de las lágrimas en sus ojos. Respira agitada. Su corazón late de repente y no sabe si antes ya latía así. Un escalofrío sacude su espalda.

A lo lejos, un coche empieza su lenta marcha por el puente. Irene agarra la boca del saco, lo suspende por cuarto día consecutivo sobre las frías aguas del río, lo deja resbalar hasta que solo lo sostiene por la cuerda roja.

El coche pasa a la altura de Irene, resbalando suave sobre los charcos, y sus faros redondos y pequeños iluminan la escena.

Irene deja caer el saco, con los cinco gatos dando vueltas y más vueltas en el aire, con los súbitos maullidos erizándole el cabello al amanecer, con el alma saliéndole de la garganta para siempre.

Cuando el saco golpea el agua, Irene alcanza la madurez.

José Luis Martín, España / Estados Unidos © 2008

joselmartin@hotmail.com

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