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Sísifo remasterizado

Y vi a Sísifo, que soportaba pesados dolores,
llevando una enorme piedra entre sus brazos.
Hacía fuerza apoyándose con manos y pies
y empujaba la piedra hacia arriba, hacia la cumbre,
pero cuando iba a trasponer la cresta,
una poderosa fuerza le hacía volver una y otra vez
y rodaba hacia la llanura la desvergonzada piedra.
Sin embargo, él la empujaba de nuevo con los músculos en tensión
y el sudor se deslizaba por sus miembros y el polvo caía de su cabeza.

Homero, Odisea, XI, 593-600


Al principio Sísifo no comprendía lo que pasaba. Su cabeza giraba y giraba y no había manera de pensar. Todo su cuerpo estaba en tensión, dividido entre tantos movimientos contradictorios que le hubiera sido imposible precisar la dirección de su caída. A veces parecía que se movía hacia la derecha, luego hacia la izquierda, más tarde quizá hacia abajo, y también a veces hacia arriba. Parecía que su cráneo iba a estallar.

Al cabo de un tiempo bastante largo, los movimientos acabaron y Sísifo escuchó un resquebrajamiento. Una grieta se abrió junto a su mano derecha, por la que entraba aire fresco. Sentía que iba a vomitar pero realmente no podía. Sus manos se aventuraron en la grieta y a duras penas sus brazos pudieron abrirla un poco más, para poder sacar su cabeza por el hueco. Lo que vio, sorprendentemente, era su choza, allá, a unos metros.

Le costó unos veinte minutos ir tirando de los dos lados de la grieta hasta poder pasar su cuerpo hacia fuera. Se raspó con los bordes, pero su cuerpo estaba tan dolorido que ni siquiera se dio cuenta. Al observar la bola desde afuera la reconoció, sin lugar a dudas, como la misma bola que tantas veces había subido con sus propias fuerzas hasta lo alto de la montaña, sólo que ahora estaba rota. Miró hacia arriba y allí en lo alto vio la cima, la misma cima de siempre.

Seguía sin tener claro si estaba soñando o despierto. Todo era demasiado imposible. Poco a poco el líquido en sus oídos iba dejando de dar vueltas, pero su cerebro no se sentía capacitado para decidir sobre el grado de realidad que correspondía a la experiencia.

Se sentó en el suelo. Sus manos comenzaron a recorrer su cuerpo, reconociendo cada centímetro de piel y comprobando los daños de la caída. Estaba entero, pero tenía tantos rasguños que no hubiera podido contarlos. Todos sus músculos se encontraban al límite. Se dejó caer hacia atrás y se durmió en el suelo, sin alcanzar a entrar en su choza.

****

Cuando se despertó, era de noche. No hubiera podido determinar cuántas horas o días había estado dormido, por lo que no se molestó en intentar averiguarlo. La luna dejaba caer su plácida luz sobre los objetos, que parecían más suaves y pulidos de lo que eran. A su espalda estaba su choza, a su derecha el caldero lleno de gachas, frente a él la gran bola de piedra blanca y, al fondo, entre la niebla, la cima de la imponente montaña. El paisaje familiar de todas las noches se repetía ante sus ojos, como si nada hubiera cambiado, como si todo hubiera sido un sueño. Tal vez lo había sido.

Sísifo no tenía hambre. Comió las gachas templadas sin mucho apetito, más bien por un cierto sentido del deber hacia sí mismo, indiferente a su carencia de sabor. Cuando terminó el primer cuenco, observó su propio cuerpo, aún lleno de magulladuras evidentes... Se abstuvo de intentar reflexionar sobre la posibilidad de que el sueño no hubiera sido tal. Tomó los otros dos cuencos, apurando las gachas de forma rutinaria, y echó un vistazo a la choza. Como siempre, estaba vacía excepto por el viejo jergón sudado de color azul.

Salió al exterior. Consideró que era probablemente demasiado tarde, pero inició con rapidez su trabajo para intentar que la bola llegase hasta la cima del monte antes del amanecer y así poder evitar los rayos del sol durante el ascenso. Estaba muy cansado, pero tenía tanta práctica en ascender con la bola que parecía tardar más o menos la misma cantidad de tiempo por tramo que cualquier otra noche.

Sería cansino explicar todas las vicisitudes del ascenso. El terreno era rugoso, las pendientes pronunciadas, la humedad insoportable y la bola pesada.

En fin, hacia las siete de la mañana, con algunos rayos de sol acariciando su torso, Sísifo coronó la montaña. Estaba a dos metros de la posición más alta cuando, de repente, como si hubiera surgido de la nada, vio ante sí a un hombre trajeado, con corbata a rayas y un maletín negro de cuero, sentado sobre una piedra blanca. El hombre le ofreció un cigarrillo, que Sísifo no tomó ni rechazó.

Después de encender su propio cigarrillo, el hombre dio una calada profunda y placentera y tiró la cerilla al suelo sin molestarse en apagarla. De todos modos, el monte era totalmente yermo y nada podía arder allí.

Tras unos momentos de quietud, el hombre indicó a Sísifo el lugar exacto en el que debía colocar la gran piedra. Sísifo la colocó, se apartó para dejarla caer como de costumbre, pero la bola no cayó. Sísifo miró desconcertado. El hombre esbozó una ligera sonrisa.

–¿Qué? –preguntó Sísifo con la simplicidad de un hombre que ya no está acostumbrado a hablar.

El hombre dio otra calada y se encogió de hombros.
–¿Qué de qué? –respondió.

Sísifo rebobinó todos sus conocimientos lingüísticos y con gran esfuerzo pronunció una pregunta completa:
–¿Por qué no cae la bola?
–Aún no estás dentro, muchacho –contestó el hombre.

Sísifo necesitó unos minutos para intentar comprender. De todos modos no lo consiguió. Dudaba si estaba soñando o si estaba completamente idiotizado. Quizá fueran las dos cosas.

–La bola caía sin mí. Antes yo no iba en la bola –dijo finalmente Sísifo con mediana certeza.
–Ah, ¿no?, jajajaja. Estamos apañados. Anda, métete dentro y deja de joder la marrana.

Sísifo se quedó parado. Sintió que nada le importaba. Estaba un tanto inseguro de por qué se dedicaba a ascender la piedra. No sabía si quizá hubiera podido negarse cuando empezaron a castigarle de aquella forma. Ahora le parecía que quedarse parado sería suficiente política por el momento.

El hombre del cigarrillo cogió a Sísifo por el brazo y le metió a la fuerza en la gran bola de piedra. La bola estaba en un estado prístino, sin arañazos ni grietas.

–¿Por qué? –preguntó.
–¿Por qué qué? –le contestó el hombre desde el exterior.
–¿Por qué estoy dentro?

Pasaron unos segundos. El brazo del hombre tomó a Sísifo y lo sacó de la bola sin esfuerzo. El hombre le miró de arriba abajo.

–¿Estás realmente confuso? –le preguntó.
–Sí –replicó Sísifo.

El hombre dio otro par de caladas.

–Mira, las cosas funcionan así. Nosotros somos los jefes. Tu vas en la bola porque nosotros decimos que tú vas en la bola. Es posible que la rotación te haya afectado al cerebro, pero te aseguro que siempre ha sido así... Tú siempre has ido en la bola. Es tu trabajo...

Sísifo no tenía un criterio para poder determinar el valor de las palabras que estaba escuchando.

–¿Y Zeus?
–¿Qué?
–Zeus...
–¿Qué Zeus?

Sísifo casi prefería ya no continuar la conversación, pero no estaba seguro de cómo terminarla.

–Mira –dijo el hombre–, esto es una empresa privada. No tengo todo el día para supervisar tu trabajo, ¿quieres este puesto o el otro?
–¿Qué otro?
–Ya sabes.
–No sé nada.
–Pues a mí no me pagan para dar lecciones y ya llego tarde –y diciendo estas palabras tomó a Sísifo por el brazo y lo colocó de nuevo dentro de la bola.
–Espere... –balbuceó Sísifo.
–¡Abróchense los cinturones, señoras y señores, que el show comienza...!

El hombre empujó la bola con el pie, y la gran roca comenzó a caer por la ladera de la montaña. Era como en el sueño, todos los músculos en tensión, todos los dientes entrechocándose, la cabeza dando vueltas.

****

Hacia la mitad del recorrido, Sísifo perdió el conocimiento, aunque lo recuperó casi al final, cuando quedaban unos veinte minutos de caída. En esos momentos, Sísifo no recordaba por qué estaba allí y no comprendía lo que pasaba.

José Luis Martín, España © 2007

joselmartin@hotmail.com

La ilustración de este cuento es el "Sísifo en el Averno" de Franz von Stuck (1863-1928).

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