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Australopiteco

Sucedió en el metro de Valencia, a las 19:34 del viernes 17 de agosto de 2018, entre las paradas de Ángel Guimerá y Plaza de España. El profesor González Irache había tomado el metro en la estación de Facultades, y había seguido la línea 3 hasta Ángel Guimerá, donde hizo transbordo para tomar la línea 1 en dirección sur. Iba camino de su domicilio familiar en Torrent, a ocho kilómetros de distancia.

Al entrar en el vagón tercero del convoy, tomó asiento en el ala derecha, sintiéndose gratamente refrescado por el fuerte aire acondicionado que caracteriza a los trenes suburbanos de Valencia. Ambas alas iban llenas de viajeros en la totalidad del vagón, de manera que el profesor había tenido suerte de encontrar un último asiento libre. A su derecha, una niña columpiaba sus pies y, aún más a la derecha, la madre consultaba el teléfono móvil. A su izquierda, una joven con un sutil traje blanco de verano, que casi parecía camisón, leía en un eBook. Al frente, un hombre encorbatado y enfundado en un tres piezas de color negro, y que no parecía sudar lo más mínimo, leía un artículo en el diario Expansión; probablemente ya llevaba un buen rato en el frescor del vagón. Un poco a la derecha de este hombre, una mujer de mediana edad con una camiseta roja buscaba algo dentro de un gran bolso de cuero, en el que debía haber una veintena de artículos, y empezaba a desesperarse por el escaso éxito de la búsqueda. Más a la derecha, un joven de unos veinte años, con un polo azul y unos vaqueros negros, parecía amodorrado y se diría dispuesto a dejarse caer en dirección a la mujer del bolso. Pero era a la izquierda del hombre que leía el diario donde alguien llamó poderosamente la atención del profesor González Irache: un hombre de edad difícil de precisar pero cuyos rasgos físicos eran sencillamente imposibles.

El sujeto vestía unos pantalones vaqueros azules bastante gastados y una camiseta negra de algodón, también un poco desgastada. Ambas prendas, sin duda de la talla XS, iban ceñidas, aunque el hombre era muy delgado y muy pequeño. Medía más o menos un metro con cuarenta y cinco centímetros, y debía pesar sólo unos cuarenta kilos, a pesar de su complexión musculosa. A primera vista, el hombre tendría una edad de entre treinta y cinco y cuarenta años, aunque el profesor no estaba del todo seguro de ello. La piel era terrosa, oscura y cuarteada y la cabellera abundante y negra, sobre una breve y muy concisa frente, recta tanto arriba como abajo. La expresión fija, casi obsesiva, con la mirada al frente, parecía perdida en el infinito. No llevaba nada en las manos y sus bolsillos parecían estar vacíos. Pero no era nada de eso lo sorprendente, sino la forma del cráneo, extraordinariamente achatado, que no parecía poder contener un cerebro de más de 500 ó 600 centímetros cúbicos, en el mejor de los casos. Los arcos supraciliares, acabados en forma cien por cien recta y la notable prognación de la mandíbula, así como la anchura del cráneo a la altura del oído en comparación con la anchura de la mandíbula, se salían también de los cánones del género Homo. La primera reacción del profesor al considerar la fisonomía del viajero fue clara: "me encuentro -se dijo- ante un ejemplar vivo de Australopithecus afarensis".

Sin embargo, no se permitió a sí mismo aceptar sin más semejante conclusión. Apartó la vista durante unos segundos, concentrándose en los avisos que aparecían en el panel electrónico del vagón, donde se anunciaba ya la próxima parada; luego, con cierto temor de no volver a encontrar allí al personaje, volvió a mirar a su izquierda, para comprobar si el espectáculo había cambiado. Pero no, el espectáculo era el mismo. El misterioso viajero seguía mirando con fijeza al frente, con sus piernas balanceándose bajo el asiento, ya que su estatura no permitía a sus pies tocar el suelo, y seguía teniendo aspecto de australopiteco. Llevaba unas zapatillas de baloncesto de la marca Converse, de color rojo, anudadas con cordones blancos, que parecían bastante usadas. Que el profesor le observara tan detenidamente no parecía perturbarle lo más mínimo. Se diría que en realidad estaba tranquilo, y que la simplicidad de su mente le permitía mantenerse inmutable y ocioso, lo cual uno podría confundir con cierta obsesividad. Sí, definitivamente parecía tranquilo e inmutable.

El hecho de que el profesor no quisiera aceptar enseguida su propia conclusión es fácil de entender: los paleontológos han establecido que el género Australopithecus, del cual se conocen siete especies distintas, todas ellas restringidas al territorio africano, se extinguió por completo hace dos millones de años. Se trata de un homínido sólo lejanamente relacionado con el Homo sapiens y, en concreto, la variedad Afarensis, que sólo se ha encontrado en el África oriental, en la zona de Etiopía y Kenia, se extinguió hace tres millones de años.

Don Pablo González Irache tenía ese día cincuenta y tres años, más de la mitad de los cuales se habían consumido trabajando en el Departamento de Paleontología de la Universidad de Valencia, en el que era catedrático. Su tesis doctoral se había centrado en las dimensiones de la cresta craneal de los Paranthropus robustus, con el objetivo de intentar discernir si estos eran, en efecto, una rama proviniente de los australopitecos que había divergido de la que dio lugar a los actuales humanos, o si también estos hubieran podido ser antecesores nuestros, como los australopitecos. Era el profesor, por tanto, la persona adecuada para poder apreciar con la mayor profesionalidad los rasgos homínidos del personaje que viajaba en el tercer vagón de aquel metro.

Comprobó que, mientras observaba al sujeto, el tren ya había parado en la estación de Plaza de España y se dirigía ahora hacia la de Jesús, que tiene conexión con la estación del tren de Alta Velocidad, aunque por fortuna el sujeto no parecía prestar atención a los avisos de parada ni se intuía que tuviera pensado bajarse tan rápido. En una nueva observación de sus rasgos, el profesor anotó mentalmente que su capilaridad era muy superior al promedio de los Homo sapiens; a ambos lados de la frente las sienes aparecían cubiertas de un vello denso y untoso, y también en el cuello el pelo del pecho subía con claridad hasta más arriba de la nuez; los brazos estaban cubiertos de un vello corto, de un tono marrón claro, muy discreto para su color de piel, todo ello posible para un hombre actual, pero también tenía el pelo de la misma densidad en el exterior de la mano, lo cual no es muy típico en un humano; en cuanto a la cara, parecía estar afeitada, pero no muy recientemente; no había forma de saber, claro, qué cantidad de pelo tenía el sujeto en sus piernas.

El tren paró en Jesús, donde se bajaron algunos pasajeros con grandes maletas, y no entró nadie nuevo. El profesor intentó concentrarse al máximo con el objeto de recordar todas las características físicas del australopiteco mientras el sujeto estuviera dentro de su campo de visión. Recordó que las falanges de los dedos australopitecos son curvadas, tanto en las manos como en los pies. Al observar con detenimiento las manos del sujeto, llegó a la conclusión, sin embargo, de que sus falanges eran por completo rectas. Sus manos parecían plenamente humanas, aunque muy pequeñas. Este dato no encajaba con los anteriores. Y los fósiles no dejan lugar a dudas: las falanges siempre han sido curvas en todos los hallazgos de Australopithecus... ¿Sería otra especie de australopiteco aún desconocida para la ciencia? ¿Sería un híbrido de Afarensis y humano actual? ¿Se estaba equivocando y juzgando mal al sujeto, por no poder medirlo con exactitud?

El tren llegó, tras sólo un minuto más de viaje, a la estación de Patraix. El profesor se preguntaba cuál sería la manera correcta de proceder. ¿Era aceptable presentarse de súbito a una persona en el metro y preguntarle si sería posible hacerle unos estudios genéticos y unas mediciones craneales? ¿Sería al menos asumible pedirle a un desconocido la posibilidad de hacerse un selfie con él como recuerdo de un viaje, con la expectativa de que el sujeto no comprendiera la motivación de la foto? Nada de eso parecía entrar en los cánones de conducta civilizada... Este "australopiteco" llevaba ropa moderna, parecía vivir entre nosotros, y presumiblemente portaba un abono de los Ferrocarriles de la Generalitat Valenciana. También se le ocurrió al profesor que otros antes que él debían haber hecho preguntas al sujeto sobre tal materia, y que éste debía estar cansado de semejantes preguntas, puede que incluso reaccionara de forma agresiva... Pero, ¿no era el deber de un catedrático de paleontología documentar un caso así?

En otro par de minutos el tren llegó a la estación de Safranar, antes denominada "Hospital", por estar junto al Hospital del Dr. Peset, y al profesor se le ocurrió lo interesante que sería llevar allí al sujeto para hacerle unas radiografías. Esta idea le hizo sonreír. El sujeto, sin embargo, seguía imperturbable, lo cual atestiguaba su naturaleza especial. Cualquier persona que hubiera sido observada con esta fijeza durante tantos minutos se habría sentido intimidada.

Aprovechando la tranquilidad del sujeto, el profesor volvió a comprobar las cualidades físicas que ya había observado. Todo, menos las falanges, entraba en los parámetros de la especie Australopithecus afarensis: la estatura, el peso, la forma campanoidal del tronco, la frente, la prognación de la mandíbula, el cráneo plano... por más vueltas que le daba, sólo las manos (y el género sexual) le diferenciaban de Lucy, la famosa antepasada de los humanos cuyo esqueleto fue encontrado en Etiopía en 1974, y que es considerada el canon de la especie Afarensis.

Pero ahora ya eran las 19:42, y el aviso acústico del tren informaba de que el convoy se dirigía hacia la estación de Villanueva de Castellón, a una gran distancia de Valencia capital, mucho más allá de Torrent, y no se podía saber dónde se bajaría el sujeto. Era preciso decidir qué se debía hacer, y decidirlo con rapidez. ¿Debía él seguir a bordo si el sujeto aún no se había bajado al llegar a Torrent? El profesor sentía ahora una fuerte oleada de empatía hacia el sujeto. Estaba intentando darle un nombre supuesto, como a los fósiles: quizás "Jesús", porque "Plaza de España" no parecía muy humano, o quizás "Ángel", por la calle Ángel Guimerá, que en realidad era la parada en la que el profesor había abordado el tren; pero "Ángel" tampoco es un nombre del todo humano... por más que pensaba en algo cotidiano, le parecía que el mejor nombre para él sería "Australopitecín". Hay que entender que para el profesor no había nada de inferior en los homínidos. Además, sólo sentía admiración hacia el sujeto, cuya elegancia, imperturbabilidad y determinación le parecían encomiables. Le parecía una vulgaridad darle un nombre moderno.

Después de parar en la estación de Sant Isidre, con la vista del Cementerio General de Valencia al fondo -otro lugar repleto de huesos que el profesor conocía bien-, el tren se dirigía ya, raudo, hacia Valencia Sud, ese confuso entrecruzamiento de vías en el que sería una lástima que el sujeto se bajara para enlazar con algún otro tren... Pero no, todo seguía igual. Los musculosos pero pequeños brazos del sujeto reposando a ambos lados de su cuerpo, con las manos suavemente apoyadas en el asiento, dejando ver los velludos puños, y la mirada serena al frente. El profesor hubiera pagado un millón por sólo saber si el sujeto hablaba castellano.

Tras dos minutos de parada, el convoy reanudó su marcha hacia el sur, y se notó en el vagón el traqueteo de un cambio de agujas. Ya sólo quedaban cinco minutos para llegar a Torrent, vía Paiporta y Picanya. El teléfono móvil del profesor, aún en modo silencioso, tal como solía estar durante su jornada laboral, vibró dentro del bolsillo de su pantalón; era una llamada entrante de su mujer, pero el profesor prefirió ignorar la llamada y dejar que siguiera su curso hacia el buzón de voz: no quería que nada le distrajera, y tampoco hubiera podido expresar en voz alta la observación científica que estaba realizando sin alarmar a otros pasajeros o perturbar al sujeto. Otra duda asaltó al profesor: ¿era esta una experiencia que debía compartir con su familia, en caso de que decidiera no hacer nada y dejar al sujeto desaparecer de su vida sin más? También se dio cuenta de que él era el único pasajero que observaba al sujeto, mientras que los demás parecían no haber prestado atención alguna a sus rasgos, incluyendo la niña que acababa de sentarse a su derecha, sustituyendo a la hija con madre que antes había balanceado las piernas.

El hombre que leía Expansión se bajó en Paiporta. Eran las 19:49. Para entonces, el profesor ya sabía cuál era la decisión de su subconsciente: no abordaría al sujeto. Por su mente habían pasado imágenes del pobre hombre atado a una camilla de hospital, con electrodos en la cabeza y el pecho, y rodeado de jeringas y aparatos de rayos X. No se podía permitir una cosa así. Era mejor dejarlo estar.

En Picanya se subieron al vagón dos predicadores mormones, ataviados con su veraniego uniforme de manga corta, que sustituyeron a la mujer del bolso y al chico amodorrado, dejando un hueco entre ellos y el Australopiteco, justo donde se había sentado el lector de Expansión. No intentaron hilar una conversación con el sujeto, lo cual le pareció al profesor fuera de lo común, ya que se sabe que entablan conversación con cuanta persona encuentran en su camino. Quizás todo el mundo podía percibir el peculiar aspecto del sujeto, pero no les parecía educado mirar ni hacer nada al respecto. Tras esta ligera distracción, el profesor volvió a concentrarse en la observación de Australopitecín, que seguía imperturbable. El profesor hubiera preferido que Australopitecín le dirigiera una mirada, aunque fuera de reproche, que sus ojos se cruzaran, para poder comprobar el nivel de comunicación que sería posible entre los ojos de ambos. Pero nada parecía poder inmutar a su admirado amigo.

El tren ya encaraba la curva de entrada a la vieja estación de Torrent, junto a la torre medieval y los decaídos edificios residenciales de los 60, que ya no llevan bien el paso del tiempo. El profesor sabía que la decisión de su subconsciente era firme, que de ningún modo se permitiría molestar al sujeto ni fotografiarlo. Ahora sabía también que nunca hablaría de ello a nadie, ni siquiera a su mujer ni a sus hijos. Que nunca escribiría nada sobre ello. Eso era lo mejor, tanto si el sujeto era un australopiteco como si no. Pero sí, lo era, lo era, de eso no había duda. "Al menos un híbrido, con más de ellos que de nosotros".

El tren se detuvo a las 19:53, y don Pablo se apeó con decisión, aunque antes echó un último vistazo al hombre del ala izquierda. Le hubiera gustado tocarlo, darle un abrazo, rebuscar entre esa poblada cabellera los rastros de una posible cresta craneal que daba por seguro que estaría allí, pasear los dedos por cada punto de la cresta... sobre todo darle un abrazo.

Cuando salió de la estación, los ojos del profesor estaban húmedos y sentía que le temblaban las manos. El móvil vibró de nuevo en su bolsillo. Era otra vez su mujer y lo más seguro es que le llamara para que cogiera otra barra de pan en el Consum, siempre falta pan en casa para la cena, así que tomó el móvil y contestó.

José Luis Martín, España © 2018

joselmartin@hotmail.com

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