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Murphy inverso

A todos los ingenieros que han sido y serán

Lo tenía todo planeado. Y tenía buen motivo para ello: el viernes era el día más importante de mi vida. Lorena Kanterewicz, la mismísima Lorena Kanterewicz de las revistas, iba por fin a pasar una velada en mi casa y yo no quería que las cosas se pusieran patas arriba otra vez, como en las tres ocasiones anteriores en que Lorena había accedido a pisar mi humilde morada.

En la primera ocasión, su abuelo materno había fallecido de repente esa misma tarde, atragantado con una uva. No sólo eso. Se trataba de la duodécima uva de un paquete de uvas sin pepitas que el pobre hombre había comprado para practicar antes de nochevieja y no hacer el ridículo como otros años. Así que tuve que pasar la noche del 28 de diciembre en un velatorio y cancelar la partida de póquer del sábado 29 para poder acompañar a Lorena en el entierro.

En la segunda ocasión, la noche del día de reyes, un borracho se había chocado contra el morro de su Lamborghini nada más salir ella del garaje. A ella no le pasó nada y al coche tampoco le pasó mucho, pero Lorena se empeñó en hacer un parte amistoso con el otro conductor, cuya evidente cogorza le impedía incluso tomar el bolígrafo en la mano para firmar el parte. Y no hubo modo de convencer a la benevolente Lorena de que llamase a la policía. Cuando el asunto se concluyó, ya era tarde para cenar... Al menos, yo había logrado que el borracho se declarase culpable del accidente, pero Lorena prefería irse a dormir y buscar una nueva ocasión para quedar conmigo.

La tercera ocasión, que por desgracia llegó ya varias semanas más tarde, había venido precedida de una reveladora conversación con mi colega Junichiro, según el cual “mi enemigo mortal era sin duda el inefable Murphy”, o al menos su famosa ley, la ley de Murphy: si algo puede salir mal, saldrá mal. “Al menos, esta vez no vendrá en coche, ya que se lo robaron la semana pasada”, le había contestado yo, esperanzado; “y tampoco se le puede morir otra vez su abuelo...” añadí, acogiéndome a un blando e ingenuo optimismo. Tras la salida de Junichiro, mi compañero de fatigas en los talleres de diseño de Seat, me dispuse a encender las velas, congelé el pollo de reserva en vista de que ninguno de los dos se había quemado, puse la botella de Chardonnay en el centro exacto de la mesa para que no pudiese caer al suelo si se desbalanceaba, y me senté cómodamente a esperar a Lorena, fumándome un cigarrito mentolado, seguro de que esta vez todo iría bien.

Ella debía llegar a las diez, pero no apareció hasta las diez y media, a bordo de un viejo coche prestado, toda llorosa, para decirme que su abuelo paterno había fallecido de repente y que debía ir al tanatorio Pons a toda prisa...

Así que este viernes tenía que ser la definitiva. A estas alturas yo prefería la castración a tener que pasar una cuarta velada sin la presencia de Lorena en mi cama. Era necesario rellenar uno de mis cuadernos de notas con un plan perfecto que considerase todos los posibles contratiempos y los abortase de raíz, de cuajo, ¡absolutamente! Tenía que derrotar a Murphy.

Desde el lunes por la mañana abandoné toda noción de contribuir al rediseño del Seat Ibiza 2013, metí a toda prisa los dibujos técnicos, hasta ese día esparcidos por todas mis mesas, en un arcón muy grande que nunca había sabido para qué servía (parece que otros ingenieros han pasado por crisis similares), cerré la puerta de mi despacho con pestillo, bajé las persianas y me puse a escribir el plan.

En primer lugar, debía asegurarme de que Lorena estuviera en las proximidades de mi casa desde dos horas antes de la cena, para que ningún accidente, ya fuera en coche o en cualquier otro modo de transporte, pudiera impedirle completar su viaje.

En segundo lugar, debía evitar cualquier problema con la comida, reservando un suculento menú de un buen catering, pero a la vez cocinar dos pollos, el oficial y el de reserva, como en la ocasión anterior, por si la furgoneta del catering tenía algún percance.

En cuanto a la bebida, debía comprar diez benjamines del mejor rioja, para que la caída de una botella grande no pudiera arruinar la ropa y el humor de Lorena.

Por último, debía idear un plan para conseguir que Lorena pasara la noche en mi dormitorio, ya que sentía que mi sistema cardiovascular no superaría cuatro intentos de la fase B del plan. Pero este último punto me parecía difícil de planificar.

El martes me desperté sobresaltado, recordando vagamente un sueño muy complejo en el que me dedicaba a la compra-venta de caballos. Haciendo un gran esfuerzo y ya con la segunda taza de café, recordé que en el sueño había seguido la “ley de Murphy inversa” para conseguir mi propósito de comprar un hermoso caballo árabe con una estrella blanca en la frente: había ido a la cita con el vendedor llevando sólo una cantidad irrisoria de dinero y sabiendo que en Arabia sólo se acepta el pago en efectivo, para que el “plan de no poder comprarlo” se fuera al traste. Y había tenido éxito. El vendedor se había enojado mucho conmigo por no llevar suficiente dinero y me había llevado en su limusina hasta mi casa para que le pudiera pagar, sin siquiera acordarse de regatear al alza mi primera oferta por su caballo.

Mientras me duchaba, una idea fue madurando en mi mente: la clave del éxito consiste en la aplicación de la ley de Murphy inversa. Es imposible tener éxito intentando evitar los contratiempos, ya que pueden ser, y de hecho son, infinitos. Así que lo mejor es planear para el fracaso y dejar que Murphy despeje el camino...

Pero ese día mi cabeza daba vueltas y no pude rehacer el plan. Al volver a casa me di cuenta de que el viernes se reinauguraba el sushi-bar de un amigo mío que había sido operado de parásitos intestinales, lo cual sería una forma muy buena de conseguir que Lorena estuviera en mi barrio antes de la cena... pero eso iba contra la ley de Murphy inversa. Estaba confuso.

El miércoles, por fin, tracé un plan que me pareció infalible: dejaría que Lorena llegase por sus propios medios a mi casa, pediría una cena de catering esa misma tarde, sin cocinar nada por mi cuenta, y compraría una gran botella de vino de dos litros, lo más alta posible, para que las probabilidades de que se cayera fueran muy elevadas. Por último, como modo de conseguir que Lorena accediera a acostarse conmigo esa misma noche, decidí tirar a la basura todos mis condones y no cambiar las sábanas de mi cama. De paso, tiré toda la comida que tenía en la nevera y en los muebles de la cocina, para depender exclusivamente del catering.

El jueves me sentí un poco asustado. Quizás estaba haciendo demasiado caso de un sueño... Aunque pude recordar muchas ocasiones en que la ley de Murphy inversa había operado correctamente en mi vida. Por ejemplo, cuando en mi primera entrevista de trabajo, pensando que era imposible que me dieran un puesto importante nada más salir de la universidad y sin haber acabado aún mi proyecto, me presenté en la oficina central de Seat despeinado y con ropa de diario, leyendo un comic y tras pasar la mayor parte de la noche jugando a Call of Duty. “Cada día tengo que entrevistar a docenas de pazguatos que se creen que van a impresionarme por llevar una puta corbata y apestar a Calvin Klein”, me dijo un sonriente ingeniero jefe, “pero tú, chaval, estoy seguro de que vales mucho... generalmente no me creería ni una palabra de estas cartas de recomendación hiperelogiosas que todo le mundo me trae... pero las tuyas me las creo, chaval, veo que eres de los míos”. Sí, así había conseguido mi empleo. También recordé que tras perder el pasaporte en Australia, en las vacaciones del 2002, me puse a la cola de revisión de pasaportes como si tal, seguro de que se iba a montar un follón, y fui el único al que el policía no pidió su pasaporte porque en ese momento le llamó su jefe para recordarle que debido a la amenaza de Al Qaeda era más necesario que nunca ser minucioso. “Sí, señor, miraré cada uno de los pasaportes cuidadosamente, sí, señor, le aseguro que los miraré todos con lupa...” iba diciendo mientras me hacía señas de que pasara, ya que el pobre no podía hacer multitasking. En fin, no recordaba ningún caso en que la ley de Murphy inversa no hubiera funcionado, así que tenía que rendirme a la evidencia: Junichiro estaba equivocado... ¡todo el mundo estaba equivocado! Murphy, simple y llanamente, ama a los audaces.

El viernes me desperté muy contento. No recordaba mis sueños de la noche anterior, pero sentía que eran un buen augurio porque al parecer habían sido alegres. Decidí dejarme llevar definitivamente por el espíritu anti-preparatorio. Respiré hondo cinco veces y desayuné en el bar de la esquina antes de darme una ducha. De hecho, no llegué a darme la ducha ya que decidí que era mejor no hacer nada que pudiera producir un buen desenlace en forma lógica. No, no iba a ducharme para esta cita. Y seguiría con la ropa del jueves todo el viernes.

Pasé todo el día en el trabajo, en donde volví a concentrarme en los planes del Seat Ibiza. A Junichiro le pareció brillante una idea que se me ocurrió durante el almuerzo, para que los limpiaparabrisas pudieran funcionar sin electricidad en caso de avería. Aunque luego no me acordé de dibujar ese plano... estaba tan feliz...

Hacia las nueve y media, después de tomar unas cervezas con amigos del trabajo, llegué a mi casa en el último autobús que salía antes de empezar una huelga indefinida de la que no había oído nada. La lluvia me mojó un poco al llegar, pero no tanto como para tener que cambiarme de ropa. Estornudé un par de veces. Pensé en cuál sería la solución que urdiría Murphy para que Lorena pudiera llegar a pesar de la intensa lluvia que caía, de la huelga de los autobuses y de sus malas dotes de conducción. Sonreí.

Justo a las diez, sonó el timbre de la puerta principal, aunque llevaba meses estropeado y siempre había que llamar con los nudillos. Me levanté a abrir y me encontré a una sonriente Lorena, bajo un extraño paraguas de colorines que dijo haberse encontrado al salir de una fiesta de reinauguración de un sushi-bar cercano. “Estás preciosa”, le dije. Ella me besó en los labios. ¡Dios! Era el primer beso en los labios que recibía de Lorena. Me hizo temblar un poco.

En ese momento llamaron a la puerta. Era el servicio de catering, que pidió disculpas porque un accidente con una de sus furgonetas había arruinado la lujosa cena que había reservado. Querían saber si yo aceptaría un pollo asado gratis. “Me encanta el pollo asado”, exclamó Lorena. Intenté darle una propina al repartidor pero me di cuenta de que había gastado todo mi dinero suelto en cervezas. “No se preocupe”, dijo el repartidor. “De hecho, si no tiene dinero en casa, le voy a dar una botella de cava que llevo de sobra, así no tendrá que salir al cajero con esta lluvia”.

La cena fue deliciosa. Ya no me acuerdo de cómo sabía ni de lo que nos dijimos, pero me acuerdo de que no parábamos de reírnos como críos. Al abrir la botella de cava la mesa se movió un poco y la botella de dos litros de vino tinto mojó todo el mantel y salpicó un poco a Lorena, pero eso sólo fue causa de que nos riéramos más fuerte. Lo estábamos pasando genial.

A las doce en punto se cortó la luz, sin duda debido a la gran tormenta eléctrica que descargaba sus iras sobre Barcelona. Y a la luz de las velas improvisamos, canturreando, una suave balada, con la que Lorena y yo bailamos unos minutos, muy pegados el uno al otro. “No quiero estar sola esta noche”, me susurró Lorena al oído. “Yo tampoco”, le respondí y la besé. Lorena se fue al baño un momento, después de asegurarme que yo olía muy bien y de preguntarme cuál era mi perfume actual. “Debe ser el ambientador nuevo que estaban probando hoy en Seat”, improvisé.

Yo me quedé embobado en la puerta del baño hasta que ella salió y me preguntó si yo tenía que entrar. “Sí, en un momento estoy en la habitación, es esa puerta de la derecha...”.

Al entrar en el baño, me remojé un poco la cara, acalorada por el vino y el cava, y me dispuse a sonreír al espejo, cuando de repente vi una extraña imagen negra en él. Un hombre encapuchado parecía observarme. Me volví, esperando que fuera algún efecto óptico, pero el hombre estaba de hecho allí.
—¿Quién eres? —le dije en tono de reto.
—¿No lo sabes? Soy la Muerte —me respondió con sequedad.
—¿¿La Muerte?? Pero... ¿la Muerte no es una mujer?
—Sólo cuando muere una mujer. Para ti soy un hombre. Funcionamos como la policía.
—Vaya por Dios... ¿Y no tenías mejor momento para aparecerte, imbécil?
—¡Eh! ¡No está permitido insultar a la Muerte!
—Ah, ¿no? ¿Y qué vas a hacer para castigarme... matarme dos veces?
La Muerte se mostró pensativa por un momento. Luego prosiguió con su rollo habitual:
—En cualquier caso, debo llevarte conmigo ahora mismo.
—¿De qué se me acusa?
—¿De qué? De falta de anti-previsión. Te creías muy listo al dejar que Lorena llegara aquí sola en un día así. Ni siquiera miraste el pronóstico del tiempo... También debo admitir que lo de la botella gigante y lo de tirar la comida de la nevera fue una táctica adecuada. No todo el mundo es tan listo como tú. Casi nadie se da cuenta de cómo se puede derrotar a Murphy. Pero te has olvidado de una cosa: no has hecho nada hoy que pudiera poner en peligro tu vida. ¡Por ahí te pillamos, cabrón! Así que ahora te mato y punto final. Otro pringao que sucumbe a la ley de Murphy...
—Te olvidas de un detalle —repuse con agilidad—... ¡yo soy ateo! Si me llevas hoy, sin haberme confesado en doce años y habiendo fornicado muchas veces sin arrepentirme, entonces no estás aplicando la ley de Murphy correctamente, porque me estarías enviando al infierno sin que yo hubiera hecho nada por evitarlo. Las cosas sólo salen mal cuando se intentan hacer bien. Así que ya te estás largando de aquí, ¡tramposo hijo de puta!

El señor Muerte no supo qué decir a esto. Sacó un teléfono móvil y marcó un número de tres cifras que no pude identificar. Después de varios tonos de llamada alguien se puso al otro lado.
—Sí, estoy en ello también, ahora voy... —le aseguró el señor Muerte a su jefe—... es que aquí hay un listillo que dice que no debo matarlo porque es un ateo imprevisor y eso le condenaría sin anti-motivo, pero el muy cabrón se ha cagado en Murphy siete veces hoy con todo tipo de anti-previsiones muy orquestadas y... sí... entiendo...

El señor Muerte cerró su móvil Nokia, me miró con asco y salió de mi cuarto de baño atravesando la pared azulejada del fondo, sin decir más.

Después de un par de segundos de pausa para serenarme, salí corriendo, sin siquiera hacer pis, para evitar que Lorena se quedara dormida. Pero justo cuando iba a entrar a la habitación me di cuenta de mi error, desandé los últimos pasos, y meé las cuatro copas de licor lo más lentamente que pude, esforzándome en no tener prisa alguna.

Cuando llegué a la habitación, Lorena estaba muy despierta, en pelotas, dispuesta a hacerme pasar la mejor noche de mi vida. Y lo fue.

José Luis Martín, España © 2013

joselmartin@hotmail.com

Lo que el autor tiene que decir sobre el cuento:
Desde que comenzamos con la revista, en 1996, hemos recibido muchos cuentos de ingenieros hispanos que trabajan por medio mundo y que están muy interesados, para nuestra sorpresa, en la ficción literaria, algo tan distinto a su profesión pero que sin duda les cautiva. Ellos siempre nos envían historias sorprendentes, llenas de humor y pensamiento crítico. Este cuento es un homenaje a su espítitu intrépido.

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